Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira




Vale decir



Volver

 

No hay futuro

Jean-Claude Carrière, el magistral guionista de Buñuel, Godard y Forman, explica cómo vivir con el pasado indefinido y sin un futuro perfecto.

¿Vivimos el fin de los tiempos?
–Lo primero que me viene a la cabeza, y que es indiscutible, es que asistimos al fin de ciertos tiempos gramaticales. ¿Qué ha sido del futuro perfecto? ¿Qué del pretérito indefinido? ¿Y qué son los tiempos gramaticales, sino una tentativa minuciosa de nuestras mentes por abarcar todas las formas posibles, todas las relaciones que mantenemos con el tiempo? ¿Qué es la conjugación? Un intento de pensar y expresar toda la diversidad de situaciones en el tiempo. Lo que es una tarea imposible. Nunca se podrá partir el tiempo en suficientes pedazos para llegar a controlarlo.
No nos esperábamos empezar esta entrevista con el fin del futuro perfecto.
–Es que deberíamos poder decir: “Cuando los vea mañana, mi trabajo habrá sido hecho”. Pero ya no se dice. El futuro perfecto, que introduce un pasado en el futuro, es de un refinamiento extraordinario. Muestra que los verbos se han atrevido a lanzarse a la conquista de lo inaccesible. La capacidad de nuestra lengua para traducir los movimientos del tiempo que nos rigen había alcanzado un grado muy alto de sutileza. En el interior del tiempo habíamos creado tiempos múltiples. Hoy, la desaparición de los tiempos es un fenómeno que a menudo pasa inadvertido. De todos modos, me cuido mucho de dar un sentido a la desaparición de los tiempos gramaticales; simplemente los advierto. Es una tentación deducir que esta evolución se encamina hacia una simplificación de la lengua, exigida porque nuestra vida se acelera. Somos, al parecer, incapaces de percibir los matices de la música de Couperin, porque nuestro oído se ha averiado; y sin duda no solamente el oído. Tal vez se haya instaurado una nueva pereza.
El hebreo ignora el presente ...
–El presente no existe en hebreo, y no existe tampoco para los científicos. Porque el ladrillo fundamental del tiempo no existe. Está, pues, totalmente justificado, gramaticalmente, dejar el presente en un punto muerto. La lengua hebraica, por omisión, nos dice mucho.
Este enfoque del tiempo lineal, irreversible, ha generado en Occidente una filosofía de ver el mundo. De toda historia que ha comenzado, pensamos inconscientemente que habrá un desenlace. Si el Dios creador empieza por “Érase una vez un mundo preparado para acoger al primer hombre y a la primera mujer”, cabe esperar que ese mismo Dios ponga un día un punto final a su relato. Sin duda para comenzar otro.
–Ya he contado que trabajábamos con Peter Brook en el libro de Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, sobre los trastornos que provocan algunas lesiones cerebrales. Un día le pregunté a Sacks: “¿Qué es un hombre normal, desde su punto de vista neurológico?”. Me respondió: “Un hombre normal, para nosotros, es un hombre que puede contar su historia. Un hombre que sabe de dónde viene, que tiene un pasado, se acuerda de su vida y de todo lo que ha aprendido. Y que tiene un presente: en el momento en que habla es capaz de decir correctamente su nombre, su dirección, su profesión. Tiene, por último, un porvenir, proyectos, y espera no morirse antes de haberlos ejecutado. Porque sabe también que va a morir”.
¿Esta definición es igual de válida para una sociedad?
–A una sociedad le costará mucho más que a un individuo admitir que es mortal. Yo cambiaría una palabra en la frase de Valéry, para hacerle decir: nosotros, como civilización, sabemos ahora que otras civilizaciones son mortales. Ninguna sociedad acepta esa condición para sí misma. En cuanto al fin del universo, los científicos no han podido ponerse de acuerdo todavía, pero creen saber que tendrá un fin.
¿Y qué va a pasar?
–Me acuerdo lo que decía Jean-Luc Godard hace unos quince años: el hecho de que los mirlos hayan desertado de los campos para venir a anidar en las ciudades le parecía uno de los acontecimientos más importantes del fin de siglo; el animal más feroz convertido, en poco tiempo, en casi doméstico ... También se lee en el Mahabharata, el gran poema vishnú: “El crimen entra en la ciudad. Los animales carnívoros duermen en las calles principales”. Las predicciones del fin del mundo tienen signos comunes en todas partes. Y no es una metáfora: se presenta como un hecho; los textos hablan de una degeneración de la especie humana. Pero si todo va de mal en peor, hay una cosa que va cada vez mejor: la calidad del vino mejora en todas partes del mundo. Detalle que no carece de encanto. Desde la introducción masiva de la química en la agricultura, en el aire, en las aguas, en la tierra, a partir de la década del 60, nadie puede predecir los efectos a largo plazo sobre nuestra especie.
¿La humanidad estaría entrando en su adolescencia: como el chico de 12 o 13 años que descubre determinadas verdades sobre sí mismo y su entorno y, aunque su entendimiento no le ha permitido aún aceptarlas, garantizan su plenitud futura?
–La visión optimista del porvenir se codea con la pesimista. No tenemos motivos para desesperar ni tampoco para la esperanza. La proporción de desigualdad entre los países pobres y los ricos es de 1 a 4000. Si miramos Argelia, vemos la matanza por la matanza misma. En Ruanda, los hutus y los tutsis se masacran, Bosnia-Herzegovina, Colombia, ahora México ... Ya no te mato por una y otra razón, te mato por matarte. El asesinato es inexplicable e inexpiable. Los sociólogos hablan del síndrome Ratópolis: se pone a las ratas en un determinado hábitat, se aumenta su número y al mismo tiempo su ración de comida. A partir de cierto número, aun cuando tengan de comer y beber, se matan salvajemente entre ellas. En varias de las peregrinaciones que he hecho en India, me encontré bloqueado en medio de un océano de millones de personas, reducido a secundar los movimientos de aquella muchedumbre, es decir, privado de toda iniciativa personal. Y me sentía bastante bien. Pero quién sabe si toleraríamos esta multitud compacta en Occidente.
Habla usted también de un foso que siempre ha separado al pequeño grupo de personas informadas del gran número que está ausente del debate. ¿El siglo XX no ha colmado ese foso como pretendía?
–Ese foso ancho y duradero se ha mantenido siempre. Una de las últimas ilusiones de mi generación fue la televisión. Nos imaginamos que sería un medio de difusión del saber que franquearía todas las barreras para llegar directamente a tu casa: gracias a ella, iba a ser una posibilidad cierta el elevar el nivel medio de los conocimientos. ¡Qué chasco! El único país del mundo que ha logrado servirse pedagógicamente de la televisión es la India, que ha accedido a un nivel científico internacional. En el resto del mundo ha ocurrido lo contrario.
Los peligros ecológicos planetarios son tal vez lo más amenazador del tercer milenio. La humanidad está en situación de autodestruirse, lo cual es sin duda el aspecto más radicalmente nuevo de nuestro tiempo ...
–¿Tiene de verdad la intención de hacerlo? No me parece que haya ido demasiado lejos en ese sentido. Nadie ha pensado realmente en volar la Tierra.
¿Cree usted que nuestra época tiene algo de único comparada con otras?
–Toda época es única. Y en el fondo, ¿qué es una época? ¿Cuándo empieza? ¿Cuándo termina? Vivo este momento en la Tierra al mismo tiempo que mi nieto, que tiene quince meses. ¿Puede decirse que compartimos la misma época? Hay que desconfiar de las épocas: El Antiguo Régimen, la Restauración, el Segundo Imperio. Tenemos que admitir que el progreso del hombre por medio de la cultura es una mera ilusión, pero eso no es cierto para las sociedades. Y es muy difícil distinguir al uno de las otras. Tenemos un sentimiento de desengaño porque notamos que no hemos cambiado, y una cierta esperanza porque comprobamos que la sociedad funciona bastante bien. Nada es gris ni blanco ni negro. Cada cual puede tener al respecto su propia opinión. Por lo que a mí respecta, vengo de un pueblito, de una zona rural en donde pasé mi infancia, y soy más bien proclive al pesimismo. Y soy consciente de serlo, porque el mundo aparentemente paradisíaco que conocí hasta los quince años ha sido destruido. Pero esa infancia destruida me induce a pensar que todo ha sido destruido, lo que no es verdad. Primero porque aún descubro rastros de esa infancia cuando vuelvo a mi terruño. La naturaleza es más resistente de lo que se cree, y no solamente la naturaleza humana. ¿Aquel paraíso perdido fue sustituido por otros? No sabría decirlo porque ya no soy un niño.