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Contra lo cínicamente
correcto

Entrevistado por el excelente semanario Die Zeit, el flamante premio Nobel cuenta por qué decidió retratar el siglo año por año en su último libro (Mi siglo, que estará en librerías antes de fin de mes, editado por Alfaguara), cómo eligió cada uno de los cien episodios, por qué combina por primera vez escritura y pintura en un libro, qué lo lleva a descreer de la perfección y la felicidad como meta última y qué quiere decir cuando se define como �un pesimista con alegría de vivir�.

Por Frank Raddatz
y Roger de Weck

Para comenzar, una breve cita del Torcuato Tasso de Goethe: �Pareces pensativo y, no obstante, alegre�. De un modo particular la cita evoca el estado de ánimo de Günter Grass. Y desde hace mucho tiempo; no sólo en su último libro: Mi siglo. En un soneto de hace veinte años escribió: �De un amargo líquido de cocción fluye mi letanía�. Ese podría ser también el título oculto del nuevo libro. Al mismo tiempo, está esa alegría. ¿Un nuevo equilibrio del autor más provocativo de Europa? Dice Grass: �Por mi naturaleza y por mi estado de ánimo soy, por cierto, de la raza de Sísifo. Pero, siguiendo la alegoría de Albert Camus, soy uno de aquellos que hace rodar la piedra con alegría.
Así lo formuló una vez: �Soy Sísifo, pero soy feliz�.
�Sí. Aunque el material con el que trabajo (la xenofobia, el estallido de la violencia, del terror) y el material completo de Mi siglo es obviamente terrible. Si echamos una mirada retrospectiva sobre este siglo, veremos que está plagado de horrores de inusitada magnitud.
En gran parte es como un libro de imágenes del horror. El �hombre feliz� relata pocos momentos de felicidad en esas cien anotaciones, o cien relatos, o cien eslabones de la novela de un siglo.
�Son pocos, pero los hay. Porque no sólo he mostrado el dictado de la política, que está por encima de todos nosotros, sino también los intentos de ruptura y aquellos momentos en los que la política no tuvo ninguna influencia. Hubo inventos magníficos, por ejemplo, en la primera década de este siglo, el gramófono y el disco que se podía escuchar de los dos lados. Sobre ese tema escribí una historia divertida, sobre un empresario discográfico que logra persuadir a Chaliapin de hacer una grabación, pero durante años el gran cantante se hace la señal de la cruz luego de cada grabación, pues siempre tiene miedo de que la máquina le robe su delicada voz. O está la encantadora historia de una joven estudiante de música que se alegra de la construcción de la nueva Filarmónica de Berlín y que debe probar su acústica con un revólver.
Son como destellos. Pero la suma es amarga.
�Si vemos pasar este siglo desde la perspectiva o desde la experiencia alemana, lo que surge es que hemos determinado de un modo terrible la primera mitad del siglo: las dos guerras mundiales... e incluso el período de entreguerras. Las consecuencias de la primera mitad nos han dado que hacer hasta hoy, a lo largo de toda la segunda mitad del siglo. Lo querramos o no, lo neguemos o no, siempre nos veremos atrapados por este tipo de pasado.
Pero usted no es un noticiero; usted es un escritor. Uno de los relatos del nuevo libro comienza con la frase: �Ahora yo soy él�. ¿Cuándo opta por ser el papel de tornasol que ha absorbido la historia y la reproduce a su manera, y cuándo aplica la distancia del historiador? Porque algunas de las cien historias son autobiográficas...
�... si ocurren a partir de 1927, el año en que nací. Al principio no estaba muy seguro de poder lograrlo, me refiero a la incorporación del autor en las historias. Pero todo terminó dándose de manera fluida, sin que sea forzado. No hay quiebres entre las distintas historias. El planteo de estilo para todo el conjunto se da ya con la primera frase del libro: �Yo, intercambiado por mí mismo�. El escritor tiene la posibilidad de introducirse en muchos roles diferentes. Esto se hace evidente ya en la primera historia, la de la insurrección de los boxers. Yo no estuve allí, pero me pongo en el lugar de un voluntario del sur de Baviera que luchó contra los rebeldes en China. Salvo unas pocas excepciones, el libro trata fundamentalmente de personas a quienes les ocurre la historia y que tienen que reaccionar ante ella. Pueden ser seguidores, cómplices o víctimas. Pero no son los grandes agentes de la historia. Éstos también aparecen, pero se los ve desde la perspectiva de los mortales comunes.
En sus reflexiones sobre Alfred Döblin y su magistral novela Berlin Alexanderplatz usted dijo: �El secreto del texto reside en que, en realidad, el autor desaparece en y detrás del texto�. Pero usted no hace eso. Está siempre presente en el libro.
�Bueno eso se advierte ya desde el título: Mi siglo. Y vale para todas las historias. Tal vez interese saber que, en mis primeros bosquejos, en mis primeras notas, intenté narrar desde el punto de vista de una mujer mayor. Pero no funcionó. La perspectiva era demasiado limitada. A mi juicio, sólo hubiera reflejado una experiencia muy particular. Se hubiera convertido en una novela.

Difícilmente le hubiera sido posible contar la historia del primer campeonato de fútbol alemán en 1903, por ejemplo.
�Muchas cosas hubieran sido imposibles. Por eso pasé a ese desdoblamiento del yo en diferentes roles. Es que se me hizo evidente que, en algunos momentos, en determinadas historias, debía entrar el yo que soy realmente. Por ejemplo, en mi historia de los recreos cuando jugábamos al sitio del Alcázar (Grass se refiere al cerco republicano al Alcázar de Toledo ocupado por los franquistas, durante la Guerra Civil española). O en la historia de los años 70, cuando un grupo de escritores nos trasladábamos varias veces al año de Berlín occidental a Berlín oriental y nos reuníamos en casas de otros escritores para leernos textos. Como experiencia de trabajo en el oficio literario, fue una de las más bellas que he tenido. Siempre partiendo de la premisa de que ellos nos escuchaban, lo que resultó ser una presunción equivocada. Recién más tarde nos enteramos.
¡Objeción, Su Señoría! Usted dice que no le funcionó la perspectiva de una mujer mayor. ¿Pero sí la de un hombre mayor?
�No hubiera podido, de ninguna manera, desdoblar a la mujer mayor en las más diversas perspectivas. Conmigo sí lo pude hacer.
¿Cómo trabajó con el material? ¿Cómo llegó a él?
�Lo más difícil de todo era que cada año ofrecía múltiples posibilidades y yo tenía que decidirme por una historia en cada caso. Entonces me concentré en cada tema escribiendo y pintando. A menudo el tema aparecía primero en la pintura y luego escribía la historia; otras veces era a la inversa. Para la investigación utilicé los servicios de Olaf Mischler, un joven historiador que estaba desocupado, que trabajó con gran entusiasmo y eficacia. La metodología era la siguiente: yo le daba las indicaciones, qué suceso quería tomar para cada año... Por ejemplo, para 1903 elegí el primer campeonato de fútbol en Alemania, que tuvo lugar en Altona. Él encontró un par de artículos en una hemeroteca de Hamburgo. Y, como en muchos otros casos del libro, nos encontramos con algo que no se puede inventar: yo no sabía que en esa época era tan fuerte la influencia del inglés en la escritura y el habla cotidiana, que se hablaba de goal, de halftime, de score.
Y que un equipo de Praga jugó en la final del campeonato de fútbol alemán.
�Tampoco sabía eso antes de investigarlo.
En su obra, se puede hablar de períodos que se suceden formalmente: tras una gran obra en prosa vino siempre una fase lírica o una dedicada al dibujo. En Mi siglo por primera vez se dan juntas sus dos pasiones: el dibujo -.en este caso las acuarelas-. y la escritura. ¿Eso le impuso un método de escritura diferente? ¿Primero se dio la acuarela y luego vino el pensamiento racional?
�Tomemos la acuarela que usé para el año 1922, que �ilustra� el asesinato de Rathenau. Ahí supe: �Es esto�. Primero surgió la acuarela: la mano que toma la forma de un revólver, y dispara el tiro que atraviesa la imagen en diagonal. Luego busqué material y, entre un montón de documentos más bien soporíferos, me encontré con historias que no han sido esclarecidas hasta el día de hoy, por ejemplo la de la �OrganizaciónCónsul�. Y también con Brüdigam: un extraño doble agente, un personaje poco claro a quien nadie había tomado en serio. Una figura muy moderna, si se lo piensa un poco.
¿En qué sentido �moderno�?
�¡Ese doble juego! Trabaja para la derecha y, sin embargo, le advierte a la izquierda y hasta da señales de alerta en dirección a Rathenau. Pero todos lo vieron como una figura dudosa y no le prestaron atención. Para mí ése era el punto en todas las historias: ¿cuál es el momento crucial de cada episodio elegido? ¿Dónde convergen todos esos elementos que, en apariencia, son simple material disperso? ¿Y cómo puedo narrar una historia de modo tal que el material no destruya a la historia?
Usted ha dicho que Mi siglo no es una novela. Pero hay una atmósfera estilística, un timbre determinado, hasta una unidad que podría convertirlo en una novela en cien partes. Y no está tan alejado de otros trabajos narrativos suyos.
�La novela es la puta de los géneros: se le puede ofrecer de todo y todo cabe dentro de ella. Pero ésa no es mi tarea. Todo lo que puedo decir es que yo no definiría este libro como novela. Pero hay algo que yo no quise ver tan así al principio: por debajo de todo subyace un patrón épico, determinado previamente también por el material. Y de modo obligado, sin que yo tuviera que hacer mucho al respecto (a menudo hay décadas de distancia entre las diferentes historias) surgieron conexiones entre ellas. Y también leit-motivs que las atraviesan. Tomemos, por ejemplo, los sombreros y sus variaciones: desde los sombreros de paja redondos, pasando por el casco de punta y el casco de acero hasta el sombrero de cazador con penacho de Franz Josef Strauss (el líder de la democracia cristiana bávara desde los años 70). Yo no me propuse inicialmente jugar con los sombreros; se dio así.
Cuando escribió Diario de un caracol, donde se cruza la historia contemporánea y las experiencias propias, empleó la misma estrategia.
�Sí, la incorporación del yo del autor y la transformación del yo del autor en ficción: los diferentes niveles. Eso siempre me atrajo. Lograr pasajes fluidos entre lo autobiográfico y la información.
¿Puede ser también un defecto? ¿Que se haya abierto demasiado a lo político? Es el reproche que se repite una y otra vez contra usted.
�Un reproche no es más inteligente porque se lo repita. Sobre todo en este caso, porque yo separo claramente los recursos estilísticos. En aquella correspondecia con Kenzaburo Oe, yo decía que vivimos tiempos cínicamente correctos. Sólo puedo agregar que, cuando quiero decir algo político, escribo un ensayo o un panfleto o un discurso, y que nunca acepté que un discurso político tenga que ser aburrido o retórico. No sólo rechazo la retórica sino también las afirmaciones que reducen todo a un solo significado, como la tendencia actual a reducir todos los problemas actuales a la palabra �globalización�. Ahora bien, en la ficción es otra cosa. Obviamente, en el caso de El tambor de hojalata podría haber narrado todo ese episodio del correo polaco lisa y llanamente como un recuerdo de la infancia, ya que de hecho un tío mío (primo de mi madre) trabajaba en el correo polaco y fue asesinado. Fue un golpe bastante fuerte en mi infancia, aunque nadie hablaba sobre ello. Pero sólo podía dominar la historia a través de la ficción. Nunca me atrajo la idea de usar la historia para hacer autobiografía.
En Mi siglo, como antes en Un vasto campo, hace un montaje de fragmentos que están muy cerca del discurso político; incluso toma elementos de discursos políticos y de epístolas. Por ejemplo, la historia de Birgit Breuel, donde se relata cómo dirigió la Treuhand (la entidad fundada en 1990 tras la reunificación para la privatización y administración de las propiedades de la ex RDA). No se trata de ningún tipo de ficción.
�Pero el nombre Breuel no aparece. Yo describo una mentalidad. Reconozco que no está inventada, que no surge de la nada sino que ya existe en la vida cotidiana. Estamos rodeados de este tipo de personas, dispuestas a intervenir y tener poder. No temen los riesgos, pues aun cuando caen, caen bien. Esto no es nada nuevo en la literatura: desde Balzac siempre ha habido autores que osaron escribir de manera paralela a su tiempo. Algunos de mis libros han tenido muy mala recepción, y sugestivamente eso ha sucedido cuando mi escritura va en forma paralela con los tiempos. Cuando aparecieron El tambor de hojalata y Años de perro, muchos críticos trataron de desvalorizar la tercera parte de la trilogía porque estaba demasiado cerca del presente, porque se desarrollaba en la época de la posguerra: los años 50 y principios de los 60.
Alguna vez reivindicó para su obra una postura que le permitía dar un tratamiento particular a los conceptos de fantasía y realidad. ¿Qué es lo diferente en usted?
�Mi confrontación con la Ilustración. Mi crítica a la Ilustración. Ya que, con el paso de los siglos, el concepto de la razón se ha reducido demasiado a lo realizable, a lo técnicamente realizable. Otros aspectos, sobre todo los del sueño y la fantasía, que en Montaigne todavía están muy presentes, fueron demonizados por la Ilustración: en reglas generales fueron difamados catalogándolos de irracionalismo. En mis libros todos estos aspectos están presentes.
¿Interiormente se sintió como en casa en este siglo? ¿O hubiera preferido vivir en otro? ¿Es realmente su siglo?
�Por preferencias literarias ya aludidas en El rodaballo y más explícitas en Encuentro en Telgte, siento una predilección por el siglo XVII, también un siglo terrible, pero yo nunca privilegié el idilio. Sí, el siglo XVII, ese siglo barroco es una época en la que podría verme perfectamente.
La lectura de su último libro deja la sensación de que, pese a todo el caos y los horrores de este siglo, usted no se sintió del todo incómodo en él. ¿Ama este siglo?
�Volvemos a hablar del hombre que empuja la piedra con alegría. Éste es mi siglo. No tuve posibilidad de elección. Es el tiempo en el que me tocó vivir. He tratado de percibirlo en su multiplicidad. Y de reaccionar ante los distintos sucesos. El credo del nuevo libro podría resumirse en la expresión: �¡Es en vano!�. �Sísifo no es otra cosa que el saber que la piedra no permanece arriba, en la cumbre de la montaña. Y la aceptación de ese dato abrumador. Para mí, no habría posibilidad más abrumadora que la de que un día la piedra se quedara en la cumbre. Sería el fin. Esto se corresponde también con mi desconfianza ante toda ideología, sea de izquierda o de derecha: la ideología siempre promete al hombre que un día la piedra permanecerá en la cumbre. Todas las utopías trabajan con la promesa del paraíso: �Si todo sucede como lo prescribe mi utopía, un día la piedra no habrá de caer�.
¿Por qué hubo en este siglo mucho más ideología que en los anteriores?
�Seguramente está relacionado con la pérdida de poder de las promesas religiosas. Ante la visión del mundo como valle de lágrimas, la Iglesia Católica, y también la protestante, prometía el paraíso celestial. Siempre fue un elemento poderoso de la doctrina de la fe. Pero, en el transcurso de la Ilustración, esa doctrina de la fe perdió solidez, y hasta el día de hoy no la tiene. En esta brecha es donde se introdujeron las ideologías.
La última frase de Arnold Zweig antes de morir fue: �¿Valió la pena?�
�Es una pregunta que yo también me hago. Y no puedo responder con un sí o un no. Me hace pensar en la inscripción que Willy Brandt escogió para su tumba: �Uno se esforzó�.
O en la de Brecht: �Hice propuestas�.
�Puedo reivindicar esa frase para mí.
¿Se puede decir siempre no a todas las imágenes y modelos de vida, a todas las ideas y las fantasías que hablan de la felicidad? ¿No existe la perfección?
�Según mi experiencia, no. Y también dudo de que haya que añorar tal estado de felicidad como la meta última. Todas esas promesas de la meta última me parecen terribles. Sólo nos han traído infelicidad. ¿A favor de qué estoy? De que uno, o muchos, yo o nosotros, en lo posible muchos juntos, pongamos todos los medios a nuestro alcance para no repetir los errores cometidos. Lo que ya es bastante difícil. Y que se ponga freno a tiempo a mecanismos y procesos errados, muchos de ellos catastróficos. Pero no es esto lo que sucede.
¿Habrá otra guerra?
�Sin duda.
¿Se definiría como un pesimista feliz?
�Podría ser. Aunque preferiría �un pesimista con alegría de vivir�. Me gusta la vida.
En Mi siglo nombra repetidas veces a sus nietos. ¿Lo escribió para ellos?
�Seguramente influyó: que una historia, tal como puedo contarla yo, les llegue también a los lectores jóvenes. Y ahora también a mis nietos. No tengo nada contra la pedagogía. Cuando no se la aplica de manera insistente y molesta.
¿Se puede decir que una de las cosas que impulsa su escritura es un eros pedagógico?

�Hay sí un afán de esclarecimiento. Lo que no tiene por qué transformarse en pedagogía. Pero no tengo nada en contra de los libros que me enseñan o que me instruyen sobre algo a través de la narración. Por eso, en Mi siglo inventé algunas historias que no tienen nada que ver con la realidad, lamentablemente. Lo hice porque deseaba que fueran así. Por ejemplo, cuando me meto en el papel de un estudiante de Germanística que visita la tumba de Heinrich von Kleist, el escritor romántico. Y ese estudiante vive algo que nunca ocurrió: el encuentro de Gottfried Benn y Bertolt Brecht poco antes de su muerte. Se ríen juntos, hacen chistes sobre los demás y respetuosamente se leen sus poemas. Así, en lo privado, rompen con la tensión de la Guerra Fría. No están tan lejos uno del otro como creímos siempre, como lo quiso el mundo.
Otra historia ficticia del libro habla sobre Remarque y Jünger. Allí, usted escribe con ironía: �Aparentemente el señor Jünger piensa sobrevivir a este siglo�. En cambio usted no escribiría sobre el próximo siglo bajo el título de Mi siglo. ¿Piensa en la muerte?
�Eso remite a un episodio de mi adolescencia, cuando leí Tempestades de acero y quedé fascinado con esa glorificación de la muerte y de la guerra. Afortunadamente, como ya he dicho, pocas semanas después encontré en la biblioteca de mi tío un ejemplar de Sin novedad en el frente, el gran libro antibelicista de Erich Maria Remarque, y fue un antídoto providencial contra Jünger. Cuando uno está por cumplir 72 años, la idea de morir va adquiriendo un cierto peso. Pero no es algo que me intranquilice demasiado. La muerte es parte de la vida. Es algo que he comprendido muy temprano en la vida. Todavía hay algunas cosas que quiero hacer y espero poder realizarlas con relativa buena salud. Pero el miedo a la muerte no es algo que me domine. A lo que tuve siempre miedo es al dolor.

Traducción: Claudia Baricco.