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Lo que
sé
POR ROMAN POLANSKI
Que me gustan las sombras en las películas. No en la vida.
Que la memoria no dura. Cuando empezó Kosovo, ya habían
olvidado Bosnia, para no mencionar la Segunda Guerra. Me acuerdo, al final
de la guerra, cuando mi padre volvió del campo de concentración
y dijo: Van a ver. Cincuenta años, y la gente habrá
olvidado todo esto.
Que después de la muerte de Sharon, sólo quería rendirme.
La pregunta, imagino, es qué lo evitó. No lo sé.
Simplemente sobreviví. Me viene de nacimiento. Mi padre sobrevivió
al campo de concentración. Cuando me preguntan cómo o por
qué, no sé qué decir. Quizá su deseo de supervivencia
era mayor que el de los demás. Hay mil motivos. El afán
de revancha. El de volver a ver a sus seres queridos. Nunca me lo he preguntado,
en realidad. Sé que no hay que hacerse demasiadas preguntas. Es
como el síndrome del ciempiés: cuando se preguntó
cuál pie mover primero y cuál después, no pudo moverse
más.
Sé que el trabajo siempre me ha sostenido.
Que el sexo no es un pasatiempo. Es una fuerza, un impulso. Y nos cambia.
Que la píldora cambió el modo de pensar de las mujeres.
Piénsenlo: millones de mujeres tomando hormonas diariamente, ¿cómo
no iba a cambiarles la personalidad? Realmente no creo que el feminismo
habría alcanzado esas proporciones sin la píldora.
Que durante mucho tiempo no quise tener hijos. Después de lo que
pasó, ni siquiera quería casarme. No le veo mucho sentido
a la crianza de un hijo si ya no está a mi lado la compañera
con quien compartir el resto de la vida. ¿Puede entenderse cómo
se siente uno después de pasar por algo así: perder a alguien
que lo era todo para uno?
Sé que lidiar con la adversidad es como el pedal de freno del auto.
Ocurre instintivamente: o lo pisas a fondo o pereces.
Que los niños aceptan la realidad tal cual es, porque no tienen
con qué compararla. Soy más sensible a eso ahora, que tengo
una hija pasando por todas esas edades por las que pasé. Ahora
tiene seis: la edad que tenía yo cuando los alemanes invadieron
Polonia. Tuvo cinco: la edad en que mis padres me llevaron de vacaciones
al campo por última vez. Pronto tendrá siete: la edad en
que yo entraba y salía clandestinamente del ghetto por un agujero
en el alambre de púas. Viendo las cosas a través de sus
ojos, me doy cuenta de que entonces yo estaba en el camino del daño.
No lo veía cuando era niño. La única tragedia era
haber sido separado de mis padres. Podía llorar por eso, no por
la falta de comida, los piojos, los catres pulguientos. Y no querría
que mi hija pasara por eso.
Sé que las películas son películas, y la vida es
la vida. Y que las películas siempre terminan costando más
de lo que uno calculaba. Y no creo que en Hollywood les guste hacer películas:
les gusta hacer deals.
Sé que hay que elogiar a los actores. Les resulta irresistible.
Sé que, después de una fiesta, o pones todo en orden o te
mudas. Por lo general, prefiero poner todo en orden.
Que el placer es una zanahoria. Y un palo del que cuelga.
Que hay una vara de justicia diferente para las figuras públicas
y para el resto.
Que no fui víctima de un plan, de una trampa. Fue mi culpa.
Que no soy un masoquista, pero siempre me doy una ducha bien fría
a la mañana. Es perfecto para empezar el día: no puede haber
nada peor después.
El
director polaco residente en París aceptó este mes el desafío
de la revista Esquire y resumió con maestría lo que aprendió
en su larga y accidentada vida, desde su infancia en Polonia, pasando
por la guerra, el
triunfo como cineasta, la masacre perpetrada por Charles Manson, su huida
de Estados Unidos acusado de abuso a una menor y su vida posterior, incluyendo
el nacimiento de su hija.
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