Por Mariano Blejman
Cuesta creer que hoy es el trekking más famoso de Sudamérica. Hasta principios de siglo, tanto las ruinas de Machu Picchu como el Camino del Inca no eran conocidos por el mundo occidental.
Considerada un culto al Dios Sol, un homenaje a la arquitectura perenne y un ejemplo de resistencia en el tiempo, la ciudad no está mencionada en ninguna crónica de la época de los conquistadores españoles. Hoy se conoce como Machu Picchu, que en quechua quiere decir simplemente Cerro Viejo y fue dada a conocer con ese nombre por su descubridor occidental, el arqueólogo norteamericano Hiran Bingham el 24 de julio de 1911.
Para llegar a las ruinas, la opción más satisfactoria y a la vez fatigosa, es sin duda a través del Camino del Inca. En la actualidad, miles de personas pasan caminando durante todo el año por este sendero, intentando recrear en sus mentes la ciudad perdida, ubicada a unos 100 kilómetros del Cuzco. El recorrido a lo largo de esos 33 kilómetros es apenas un pequeño tramo del antiguo camino incaico.
Durante el trayecto (que puede durar de dos a cinco días, dependiendo del estado físico de los integrantes de la expedición) se atraviesan tres pasos que están entre los 3000 y los 4000 metros de altura.
Desde el Cuzco
Luego de pujar por la posesión de un boleto y un asiento, se sale en tren desde el Cuzco (donde se puede alquilar el equipo necesario para realizar la caminata), hasta el kilómetro 88 de su recorrido. De allí, a los 2750 metros sobre el nivel del mar, se cruza hacia la izquierda el caudaloso río Urubamba y casi instantáneamente se asciende sobre un espeso bosque de eucaliptos. Sobre la derecha, se observa la primera ruina del sendero: Llactapata, una construcción probablemente diseñada con fines agrícolas.
El comienzo del trekking es tranquilo. Sin embargo, se observan inexperimentados aventureros que realizan una serie indefinida de paradas para arreglar sus mochilas, acomodar las ollas que cuelgan y todo ese tipo de pormenores que hacen más incómoda la expedición. Se debe llegar al único pueblo semifantasma que existe en el camino: Huayllabamba, que no son más que unas cuantas casas cerradas y sin habitantes.
Unos kilómetros más adelante se cruza el río Cusichaca, por un pequeño puente de madera de construcción contemporánea. Luego, recorriendo el costado derecho del río Sillucha comienza un tedioso ascenso sobre una cerrada maleza, que puede ser engorroso si la travesía se hace en época lluviosa (de noviembre a marzo). Allí se llega al primer campamento denominado Tres Piedras Blancas. Al primer paso (sobre los 4198 mts), se accede luego de una hora y media de caminata por la selva. Ya sobre el final, la espesura se abre para dar paso a las áridas cumbres de los cerros andinos.
Después de observar las ruinas de Pacamayo se desciende hasta el río y al llegar al segundo paso, que está sobre los 3998 mts, los caminantes se sorprenden al descubrir que están pisando un suelo de adoquines perfectamente encajados y construido hace -por lo menos- más de 500 años.
Un kilómetro antes de llegar a Machu Picchu comienzan a verse las ruinas de Sayacmarca, y casi en el último paso -sobre las ruinas de Phuyupatomarca ubicadas a 3650 mts- se encuentran los famosos baños ceremoniales. Si el tiempo acompaña, se pueden utilizar las instalaciones para dejarse embeber por el agua sagrada de los incas, ya que sus dioses eran simbolizados con elementos de la naturaleza: el sol, el agua, la luna, las montañas. Ellos pertenecían a la tierra, a diferencia de los europeos, quienes aseguraban que la tierra era de su propiedad, por haberla descubierto.
Luego, se pasa por un túnel incaico. Es sabido que no usaban dinamita, por lo que hasta el día de hoy es una verdadera intriga develar la forma en que fue construido. Más adelante aparece en escena un tramo no apto para personas con problemas de articulación. Más de 100 escalones colocados en contrapendiente, dignos de ser admirados por cualquier constructor contemporáneo. Con cientos de años de antigüedad han resistido las embestidas de los cargados caminantes, que descienden ininterrumpidamente, como si se tratara de un camino al infierno. Y ya sobre el final, llegando al último campamento, siguiendo las torres de electricidad -que no fueron instaladas por los incas- hasta un blanco edificio, se accede al último paraje.
Hace unos años el último campamento era Inti Punk, las Puertas del Sol; pero debido a la aparición de incendios intencionales, la zona quedó prohibida para el acampe. Desde allí la vista de la ciudad es monumental. Los húmedos cerros redondeados chocan contra el cielo y sus siluetas se confunden entre las espesas nubes de la mañana. Reposada sobre la cima y en un lugar prácticamente inaccesible por la espesura de la selva, Machu Picchu muestra su imponencia frente a quienes se acercan a visitarla. Al fondo, se observa el Huaina Picchu (cerro joven), incendiado intencionalmente en 1996, casi en su totalidad.
Conviene arribar a la ciudad sobre la mañana, ya que para el mediodía son cientos los contingentes -en especial de orientales- que llegan directamente del Cuzco. Luego de la caminata, es reconfortante acercarse a la zona de Aguas Calientes y disfrutar de sus baños termales. La vuelta se hace también en tren, y conviene no salir después de las 5 de la tarde, ya que es aconsejable no llegar al Cuzco de noche.
Un centro ceremonial
Un aspecto sorprendente de la cultura precolombina fue la rapidez con que se realizó la expansión inca. Extraordinarios organizadores y guerreros, lograron expandirse por todo el territorio peruano. Actualmente sólo quedan los restos de los templos sagrados, ya que las construcciones populares eran de adobe y paja y fueron destruidas con el tiempo.
En realidad Bingham estaba buscando la ciudad perdida de Vilcabamba, cuando se topó con estas ruinas que continúan reteniendo miles de secretos. Se especula que la ciudad fue abandonada y, por la cantidad de material arqueológico femenino que se encontró entre las ruinas, se supone que sus últimos habitantes fueron en su mayoría mujeres. Tal vez porque los hombres estaban en la lucha contra los españoles.
Indudablemente la ciudad era un centro ceremonial, tal vez el más importante del mundo incaico. Diseñado, como el Cuzco, con una plaza central y habitaciones laterales en la cumbre del cerro, con un reloj solar que servía para medir las épocas del comienzo y fin de la cosecha, y esotéricas piedras sagradas, visitadas por los exploradores de ondas electromagnéticas, es un laberinto interminable que puede volver a recorrerse más de una vez.