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una de las tradiciones mas tipicas
y especiales de Guatemala

De la seca Andalucía a la América Central de colores vibrantes, la tradición de las procesiones sobre alfombras de flores ganó una vida espectacular en la ciudad de Antigua.

Por Jessica Garbarino

Es Jueves Santo y el violeta viste de la cabeza a los pies a cada antigüeño, violeta son los crespones que enlutan las rejas coloniales de muchas casas, violeta mezclado con negro. Pero el violeta y el negro no consiguen aplacar la algarabía de los demás colores, tan guatemaltecos. Porque el violeta que llevan, al estilo de aquellos hombres del desierto, hasta los chiquilines que no alcanzan el metro de altura, es tan saturado como el amarillo, el rosa o el naranja de las fachadas de Antigua, Guatemala. Y el trajín de los vecinos tejiendo sobre el empedrado sus alfombras de flores y aserrín para los pies de la procesión, desplaza cualquier aflicción.

Cuando Antigua huele a pino, se sabe, la Cuaresma está a punto de terminar. Mucho antes del Domingo de Ramos -primer día de la Semana Santa, cuando según la fe cristiana Jesús llega a Jerusalén a horcajadas de un asno, en medio de sus seguidores que le ofrendan ramas de olivo- alguien se encarga de ir casa por casa para asegurarse de que todos tengan suficiente paja de pino para solucionar las desprolijidades del adoquinado callejero. Sobre esa base, el Jueves Santo comenzarán a plantar las alfombras de pétalos, largamente planificadas para no descuidar ningún detalle. Entonces el aire huele también a flores deshojadas.

El mismo jueves se puede ver a Jesús Nazareno saliendo de la Iglesia de San Francisco o de la de San Cristóbal el Bajo, para rodar en andas por las calles coloniales. La ciudad, a fuerza de las sucesivas reconstrucciones tras los terremotos que la asolaron, luce maciza, defensiva y algo petisa. Su importancia histórica y el cuidado con que se conserva hizo que en 1979 la Unesco la declarara Patrimonio de la Humanidad.

La influencia de la religión católica es tan grande en la que fuera capital de la Capitanía General de Guatemala -una región que abarcaba a toda Centroamérica- que nadie es indiferente a la celebración de “la vida, pasión y crucifixión de Jesucristo”, paso a paso, con la misma intensidad cada año. Antigua es famosa por mantener las tradiciones sacras que los españoles supieron inculcarle durante la conquista. Aunque con algunos ingredientes muy locales. Adoptadas a imagen y semejanza de las procesiones sevillanas, las devociones guatemaltecas no se pudieron resistir a ciertos ritos indígenas, a los diseños coloridos de sus vestimentas, a los motivos tropicales, a los pictogramas mayas. Con todo, hubiera sido muy difícil componer el desierto original entre tanta santa rita que trepa en los portales o frente a una palmera caribeña.

Entre nueve y diez horas les lleva a varios vecinos, a una familia o a un grupo de compañeros de trabajo dejar lista una alfombra tan grande como el número de colaboradores que hayan logrado reunir. Los tramos de la vía procesional que cada uno decorará fueron asignados con anterioridad.

Alguien pretende en vano un taxi en la ciudad. La ausencia es un misterio hasta que se descubre que todos los choferes están atareados tejiendo su propia alfombra, larguísima, frente a los arcos de la Catedral de San José.

Una vez emparejado el terreno irregular que propone el empedrado, aparecen los canastos repletos de flores o aserrín teñido a propósito del diseño acordado. Primero se alisa una cama fina que haga más delicadas las posibilidades del dibujo que vendrá. Recién entonces, unas planchas de madera de poco más de un metro por lado, caladas, toman su puesto, cuando ya es completamente de noche. El aserrín de cada color se cierne sobre su hueco con precisión. Los artistas hacen malabares sobre un tablón, apenas unos 20 centímetros sobre el suelo, para llegar a las zonas más inaccesibles de la alfombra. Nadie planea dormir esa noche.

Los romanos con sus capas rojas, los cascos dorados con penacho y todo, las sandalias que trepan por la pantorrilla, sus lanzas y sus polleras compiten en exotismo con los hombres de violeta. Están por todas partes desde temprano. Al punto que pronto sorprende más un turista con sus ropas de calle, tan fuera de tema. Las mujeres aborígenes -mayoría en el país- que les venden artesanías a los visitantes llevan sus trajes típicos, bordados hasta el último rincón, no como un reclamo turístico sino como una tradición que resiste.

El Jueves Santo la ciudad ya está que revienta de gente y es imposible conseguir un cuarto de hotel. Lo mejor es llegar unos días antes para asegurarse una plaza y, de paso, visitar los alrededores de Antigua en excursiones de un día. Aunque si se está en apuros conviene consultar a los vecinos porque durante esa época muchos alquilan habitaciones en sus casas para hacerse unos pesos extra.

De todas formas, hay poco tiempo para dormir durante la Semana Santa de Antigua. Cómo perderse la fabricación de las alfombras toda la noche, empezar el Viernes Santo distraído vagando en las calles por donde pasará la procesión y seguir paso a paso las alternativas de “los últimos días de Jesús en la tierra”. Hasta el ateo más desorientado no podrá sustraerse a semejante manifestación cultural y querrá averiguar el porqué de cada detalle.

A las cinco de la mañana del viernes, cuando el sol no se anima todavía tras el horizonte, unos romanos de a caballo anuncian la sentencia a muerte por toda la ciudad. Algún Poncio Pilato se lava las manos y la luz borrosa del amanecer se mezcla con el humo espeso del incienso que deja en el olvido el aroma del pino y las flores. Los “cucuruchos”, como se llama a los hombres de violeta, cubren entonces su cabeza de blanco. A las siete de la mañana, la legión de desvelados que invade la ciudad se aglomera en la puerta de la Iglesia de la Merced, barroca hasta la médula. Cargado sobre los hombros de más de cien penitentes inicia su marcha el anda procesional de Jesús Nazareno llevando la cruz.

Es la procesión más importante y dura hasta el mediodía. Las bellísimas alfombras que tanta elaboración demandaron se disuelven bajo el vaivén del paso lento de los cargadores, al ritmo de una marcha fúnebre. Tras el anda procesional principal, las mujeres llevan una menor con la Virgen. Cierra el cortejo una banda de músicos con trombones lustrosos, clarines, bombos y redoblantes que penan a más no poder con sones lastimeros.

La crucifixión es a las 11 de la mañana y a las tres de la tarde el descenso de la cruz. Tan rápido parece ocurrir todo que el ateo desvelado a esa altura quizá se sienta mareado y lo atribuya al olor ubicuo del incienso.

Otro circuito y otras alfombras esperan a la “procesión del Señor sepultado” que empieza a las cuatro de la tarde del viernes. El que conserve un resto de energía tal vez pueda planificar entonces una excursión nocturna al volcán Pacaya que está activo y en erupción. Aunque hay que tener en cuenta que hace falta muchísima voluntad para trepar por la arena negra empinada hasta el puesto donde mejor se ve brotar la lava.

El Sábado de Gloria por la tarde sólo salen a peregrinar las mujeres, ataviadas con trajecitos muy formales y tocados con largas mantillas, como las que llevan las sevillanas españolas en su ropa típica. Las costaleras cargan a la Virgen Dolorosa sobre sus hombros para salir de la Iglesia de San Felipe o de la Escuela de Cristo.

Antigua luce más silenciosa y tranquila, reposa del fervor del jueves y el viernes, y se prepara para la fiesta dominical. Conviene aprovechar entonces para recorrerla o pasar las horas en alguno de los restaurantes for export de la ciudad probando exquisiteces. Observar, sin la multitud en torno, la Iglesia de la Merced que sobrevivió al terremoto de 1773, el Palacio del Ayuntamiento, la Plaza de Armas y la Catedral de San José, donde -suponen- está enterrado don Pedro de Alvarado, el Conquistador de Guatemala.

Muchas viviendas elegantes de la época de la colonia fueron reconstruidas tras los terremotos que sacudieron la ciudad, ubicada como está a los pies de los volcanes Fuego, Agua y Acatenango. Por ejemplo, la Casa Popenoe en la quinta calle oriente y la avenida sur, la Casa de las Campanas y la Casa de los Leones. Todas típicas de la arquitectura colonial, austera por fuera, de rejas portentosas y habitaciones que rodean el patio con jardines y fuentes en el centro.

A la hora del refrigerio la variedad de restaurantes es inmensa y los menúes por demás cosmopolitas, acostumbrados como están a complacer turistas de todas partes del mundo. Pero hay que probar los jugos de frutas tropicales y animarse a los platos locales.

La misa de Resurrección se celebra a las doce de la noche, justo cuando empieza el domingo. Un oportuno fogón en la puerta de la iglesia para encender las velas anuncia que ya es hora. El Domingo de Resurrección, por fin, nadie lleva los trajes violetas y desaparecieron los crespones negros. Los cofrades prefieren el blanco y el rojo, ya no se oyen marchas fúnebres y los petardos del festejo ponen en su sitio el nada sobrio despliegue cromático guatemalteco.


Cómo planear el viaje

Cómo llegar: Mexicana y United Airlines vuelan a Guatemala desde Buenos Aires. También es posible tomar un avión de Ecuatoriana de Aviación hasta Panamá y combinar con otra línea aérea hasta la capital guatemalteca. El precio del pasaje con impuestos incluidos ronda los 930 pesos. Antigua queda a 49 kilómetros de Guatemala capital. La empresa Transportes Unidos tiene autobuses que hacen ese recorrido. Los vehículos salen de calle 15 entre 3-a y 4-a avenidas, zona 1.

Visa: Las personas con pasaporte argentino, italiano y español no necesitan visa para estar tres meses en el país.

Dinero: La moneda guatemalteca se llama quetzal en honor al pájaro nacional, de vistoso plumaje verde, rojo y blanco. Las tarjetas bancarias argentinas de la red Electrón o Visa funcionan en los cajeros automáticos de Guatemala. Para cambiar cheques de viajero en cualquier banco es preciso tener en cuenta el largo feriado. Todas las tarjetas de crédito internacionales son ampliamente aceptadas en hoteles, restaurantes y comercios antigüeños.