Por Francisco Olaso
Chaco deriva de la voz quechua Chacu, que significa lugar de cacería. Sus antiguos pobladores fueron los tobas, hoy dispersos en comunidades por toda la región. Toba es en verdad una palabra guaraní, que no sin menosprecio significa careta, cara ancha. A sí mismos los tobas se han llamado siempre comblek. Después de la conquista, aparte de la colonización europea y el cultivo de algodón, la historia chaqueña está teñida por la savia del quebracho colorado. Al cual se llamó quiebra hachas, simbolizando la resistencia que oponía a la tala su madera rica en tanino y dura como la piedra.
Poco pudo el monte ante la llegada a fines de siglo pasado de La Forestal. Esta compañía inglesa, de celebridad amarga, explotó por igual a hombres y a bosques, con sus sueldos de miseria y su reforestación nula. A la vera de los obrajes creció un racimo de macondos sin fama, donde La Forestal hacía ondear su bandera y acuñaba moneda propia. Gran parte de las 15.000 hectáreas que ocupa el Parque Nacional Chaco fue explotada por la compañía. Más tarde, y hasta su creación en 1954, fue el turno del pastoreo de ganado. Hoy el área es un lunar, rodeado de chacras y estancias, donde la vegetación y la fauna han ido recuperándose poco a poco.
La fusión de los ambientes paranaense y chaqueño dan al Parque Nacional una diversidad que incluye selvas de ribera y monte fuerte, quebrachales y sabanas, esteros, cañadas y lagunas. La primera muestra la ofrece el sendero que nace detrás de la estación de guardaparques. Al ingreso uno se topa con un puente colgante, que cruza el río Negro, cubierto casi por completo por un manto de repollitos y lentejas de agua. De inmediato se percibe el salto de las bogas. Y los cardúmenes de sábalos, que barren con la boca abierta la superficie, alimentándose de pequeños vertebrados. Entre las 16 especies de peces censadas en el parque, hay también doradillos, tarariras y pirañas.
Mientras observamos a los gallitos de agua caminar sobre las plantas acuáticas, un aguilucho pampa cae a pique a ras del agua, captura una presa y vuelve a elevarse. Una vez cruzado el puente, el sendero acompaña el albardón junto al río. Hemos ingresado en una selva de ribera, parecida a la misionera, aunque más baja, dominada por ejemplares de ipitanga, guayubira, cocú, ceibo, laurel y timbó. La espesura se abre de pronto, y un bosque de guaviyú, de corteza similar al arrayán, conduce otra vez hacia la orilla. Esta vez el río Negro se esconde por completo bajo el manto de repollitos del agua. Pero los ruidos debajo ratifican que está vivo.
Quebrachos y pumas
La madera más apreciada en el Chaco, la que se llama de ley, es la del quebracho colorado, el urunday y el palo santo. En la zona de monte fuerte a la que ingresa el sendero hay de los dos primeros, y también lapacho, espina corona, guayacán, tembetarí, algarrobo. El monte fuerte se compone de árboles de gran porte, que no han sido talados. Pese a que estamos en tierra toba, muchas especies vegetales conservan su nombre guaraní, tal como se las llama en Misiones. Eso es porque fueron el correntino y el paraguayo quienes vinieron a talar el monte. A veces incluso se usan dos nombres. Lo que para el misionero es el cocú, aquí le dicen chalchal, como en Salta, explica Arnaldo Dalmasso, intendente del Parque Nacional.
Las especies misioneras, cubiertas de helechos y epífitas, conviven con la aspereza de quebrachos y algarrobos, de molles y tunas. Una especie llamativa es la espina corona, con su tronco hecho de púas y sus frutos envainados con forma de oreja. El guardaparque comenta que el criollo usa esa semilla como anticaspa y shampú, y que su gelatina sirve para solidificar los dulces de batata o membrillo.
Quienes conocen el monte suelen decir que los animales saben con qué intención anda el hombre. Cuestión de secreciones nuestras, o de entendimiento de ellos, el hecho es que hay unos pájaros que acompañan nuestra marcha y nos observan. Por momentos se posicionan en las ramas, para vernos mejor. La posibilidad de avistar aves puede considerarse segura, teniendo en cuenta que en el parque hay 386 especies censadas. Llegamos a un lugar donde el piso húmedo está marcado con una gran cantidad de huellas. Una parece de zorro; otra, quizá, venado. Está claro que entre el crepúsculo y el amanecer el sendero tiene otros dueños. A los pocos días de estar en el parque me encuentro en el sendero con una pareja de pumas: no sé quién se asustó más, dice Dalmasso. Los de acá son más chicos que los del sur, más petizones, adaptados a la zona de monte.
Aullidos
La lluvia nocturna cesó por la mañana, y ahora las hormigas (unas rojas, otras negras de cola roja) reactivan los senderos. Por sobre el ruido del tractor que lleva la cortadora de pasto, se oye un aullido bronco y circular. Persigo su procedencia con la vista en alto. A trasluz veo gotitas que caen de un gran eucalipto, y que me hacen pensar en restos de lluvia o de rocío. Después me explicarán que el carayá se defiende de los intrusos orinando. En este caso el ruido del tractor ha activado la alarma. Arriba, como a cuarenta metros, hay un macho negro y dos hembras marrones. Pensamos que ese macho fue uno que trajeron de cría, decomisado. Acá se le daba leche y frutas. Les cuesta mucho readaptarse. Este se hizo adulto y consiguió dos hembras, pero siempre anda por acá, dice Pauli, la mujer de Dalmasso.
Otro que también se oye, pero de noche y en el sur del parque, es el aguará guazú o lobo de crin. Vive en las sabanas, estacionalmente inundadas, donde hay palmares de caranday. Tiene las piernas largas, adaptadas para andar en los esteros y bañados. Pobre aguará guazú, dice Dalmasso: En la zona los matan, porque existe la creencia de que es el lobizón, una persona que se transforma en lobo. Aunque dentro del parque está en recuperación, su observación directa es muy difícil. De noche, en la zona de pastizales, suele oírse su aullido, que es como un grito lastimero. También se ven sus huellas, similares a las del perro, pero con los dos dedos del medio unidos.
Las lagunas
El río Negro desagua en la laguna Curiyú o Panza de Cabra, en la zona sur del parque. En el norte, las lagunas Yacaré y Carpincho son antiguos madrejones del río Negro, ahora ganados por el pajonal, las totoras y el embalsado. El sendero que permite visitar ambas lagunas queda a seis kilómetros de la intendencia. Ante el riesgo de que el camino esté muy embarrado por la lluvia, el guardaparque se sube al tractor, y nosotros vamos detrás, sobre un acoplado.
Tras pasar una zona de pastizal, a la vera del camino se ven algarrobos, ombúes, quebrachos blancos. A poco de andar está la entrada del sendero El abuelo, de setecientos metros de largo, cuya cartelería explica los ciclos naturales de los árboles. Corona el trayecto un inmenso quebracho, que se salvó de la tala de milagro, y al que se le calcula una antigüedad de 500 años.
Nuevamente en camino, en las márgenes se ven pomelos silvestres, herencia de los antiguos pobladores que hubo en el parque. Llegamos a la entrada del sendero de las lagunas. Los árboles son portentosos; la vegetación, tupida. Las ramas se cubren de plantas epífitas, y de líquenes como la barba de viejo, similar al llao llao patagónico. Arriba, en la rama de un guayacán, hay un gran termitero. El tronco deja ver las galerías de traslado, túneles mínimos que las termitas construyen con saliva y tierra. Llegamos al mirador de la laguna Carpincho. El embalsado ha subido con el agua. Sobre el totoral aletea una buena cantidad de aves.
Siguiendo por el sendero de monte fuerte, uno desemboca frente al mirador de la laguna Yacaré. De yacaré ñato hay una buena población, se lo ve en espejos de agua, como el río Negro o estas lagunas. Las hembras son muy protectoras de las crías. Ves que se desplaza la madre y arriba de ella van las crías, dice Dalmasso. Hay una hembra, que ya conocemos, que anda por el río Negro cerca del puente, dice Pauli, su mujer. Debe tener cuarenta centímetros de ancho en el lomo. Quizá supera los dos metros de largo.
Por ser considerado zona agreste, el Parque Nacional Chaco atrae mucho a los extranjeros, que constituyen el 60 por ciento de sus visitantes. Entre estos europeos, norteamericanos, centroamericanos, sudafricanos y australianos, la conciencia ecológica es muy fuerte. El argentino está empezando a tomar conciencia -dice el guardaparque- ya no corta ramas ni flores, ensucia menos que antes. Los visitantes locales vienen los domingos a hacer un asado. Los de Buenos Aires, Santa Fe, o Córdoba suelen venir por uno o dos días, y después terminan quedándose una semana.
Datos útiles
Quince empresas llegan desde Retiro a Resistencia. Desde allí la empresa La Estrella (tel. 03722-425221) tiene cuatro servicios diarios, que atraviesan 110 kilómetros de asfalto hasta Capitán Solari. Los cinco kilómetros que separan al pueblo del parque, de tierra intransitable cuando llueve, son cubiertos por un servicio de minibus (tel. 03725499104). El Parque Nacional (tel. 03725-496166) dispone de un hermoso camping con parrillas, luz, baño con agua caliente, sin proveeduría. No olvide llevar repelente de insectos. La mejor época de visita, teniendo en cuenta el calor y las lluvias, es entre agosto y noviembre.