Por Graciela Cutuli
Hace más de una década, Corea del Sur decidió aprovechar la oportunidad que le brindaban los Juegos Olímpicos de Seúl -los primeros libres de boicots en doce años- para mostrarle al mundo los logros de un tigre asiático entonces floreciente y seguro de sí mismo. A las puertas del 2000, mientras todavía se viven los coletazos de la fuerte crisis que sacudió a la región, la próxima oportunidad de Corea para convertirse en la puerta de ingreso a Oriente también es deportiva, esta vez bajo el signo del fútbol. El Mundial del 2002 verá por primera vez una sede compartida entre dos países, Corea y Japón, unidos por la proximidad geográfica y separados por la historia. La ocupación japonesa en Corea, que duró desde los primeros años de este siglo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, dejó huellas perdurables: Aunque los coreanos muestran interés y en realidad admiran la cultura japonesa, también hay un profundo resentimiento. Además, recién este año se pudieron acercar un poco al mundo japonés: antes, su música, sus películas y sus productos estaban prohibidos, comenta Walter, un periodista argentino que visitó recientemente las principales ciudades coreanas.
Corea del Sur está bien dispuesta a no dejar pasar el enorme potencial turístico que representa el próximo Mundial. Justamente por eso ya puso en marcha toda una serie de iniciativas, que empiezan con dos meses dedicados a fortalecer la amistad con sus dos grandes vecinos (y rivales), Japón y China, en junio y setiembre de este año respectivamente. El siguiente evento será la noche del 31 de diciembre de 1999: en un barco con destino a la espectacular Montaña de Diamantes (Kumgangsan) de Corea del Norte -uno de los últimos cordones montañosos vírgenes del mundo, que acaba de ser abierto a la visita de los surcoreanos- se celebrará la Gran Fiesta para la Paz, ocasión en que el presidente coreano enviará un mensaje a todo el mundo y se celebrarán eventos a favor de la reunificación pacífica de Corea. El 1° de enero del 2000, además, se realizará en la playa de la Costa Sur, famosa por la salida del sol en Año Nuevo, una fiesta de recibimiento al sol del nuevo milenio. Pero eso no es todo: el 2001, que fue declarado Año de Visita a Corea, permitirá a los turistas asistir a eventos como la Fiesta Mundial de Taekwondo y la Fiesta de la Nieve, en tanto los coreanos residentes en el exterior gozarán de ayudas para regresar a su patria. Así, todo quedará listo para la gran fiesta del 2002, cuando diez ciudades japonesas y diez ciudades coreanas se conviertan en sedes del Mundial.
Corea gozará para ese entonces de la enorme cobertura mediática que acompaña al fútbol, y se convertirá en uno de los puntos más buscados de Asia para los visitantes llegados del resto del mundo. Un acontecimiento que obligará a los operadores turísticos a poner al día sus ofertas para mostrar a Occidente los verdaderos atractivos de Corea, más allá de esos nombres -Samsung, Hyundai, Daewoo- que en poco tiempo se convirtieron en los embajadores tecnológicos del país en todo el planeta (dejando muy lejos los años de posguerra, cuando una de las principales exportaciones de los coreanos eran sus cabellos, para fabricar pelucas). La tarea de promoción no será tan sencilla como en los casos de Italia, EE.UU. o Francia, países anfitriones de los tres últimos mundiales.
Si las más de treinta horas de vuelo que hacen falta para llegar a Corea desde cualquiera de las rutas que se elijan no han bastado para hacerse una idea de la distancia, será suficiente con poner un pie en Seúl para sentirse realmente en el otro extremo del mundo. La primera impresión se la llevan el idioma desconocido, el abrumador ir y venir de la gente, las olas de tránsito, las modernísimas torres contrastantes con las numerosas huellas de una rica historia. Imposible imaginar alguna conexión entre este paisaje urbano y el país del calmo amanecer del que hablan muchas guías y folletos turísticos.
Sin embargo, sobran las oportunidades de confrontarse con esa Seúl antigua que tan bien sabe convivir con la vanguardia de la tecnología y la arquitectura. Como ciudad histórica, la capital surcoreana conserva sobre todo los restos de la Dinastía Choson, cuyo primer rey ordenó en el siglo XIV la construcción de una cinta de murallas y cuatro grandes puertas para controlar el ingreso. La Puerta del Sur, del Este y del Norte existen todavía, aunque Seúl ha superado hace tiempo el límite de sus muros, así como persisten todavía cuatro palacios de la dinastía: el majestuoso Kyongbokkung, donde se conservan el salón del trono y de las audiencias; Changdokkung, famoso por el bello Jardín Secreto que había sido construido exclusivamente para un rey, pero que ahora atrae a toda la gente de la ciudad con sus bosques, lagos y pabellones; Changgyonggung y Toksugung, sede de un Museo Real que guarda objetos usados por la antigua corte coreana. El enorme complejo del palacio de Kyongbokkung incluye uno de los sitios que vale la pena visitar en una recorrida por Seúl: se trata del Museo Nacional Folklórico, que abarca desde objetos relacionados con la vida cotidiana y la gastronomía hasta los testimonios de la vida social y religiosa del país.
Sin duda, entre una visita y otra quedará tiempo para acercarse a la comida coreana, una agradable manera de conocer mejor las costumbres locales. Por tradición, todos los platos se sirven al mismo tiempo, y no hay un orden específico para comer uno u otro: todo dependerá de los que prefiera el comensal. La base de muchas recetas es una gran variedad de vegetales, condimentados con ajo, ají, cebollas, salsa de soja, jengibre y especias. El kimchi -una verdura fermentada con ajo, sal y ají- es una suerte de comodín con que los coreanos combinan muchos platos (como los occidentales con la salsa de tomate, señalan los guías, mientras recomiendan probar el kalbi y el pulgogi, dos especialidades a base de carne de cerdo). Claro que a la hora de sentarse a la mesa vale recordar ciertos detalles: los coreanos comen el arroz y la sopa con cuchara, para alivio de muchos inexpertos con los palillos, pero se valen de éstos para los platos adicionales. No busque un cuchillo: sólo se usa durante la preparación de la comida, ya que los platos llegan cortados a la mesa. Y sobre todo, recuerde que ni la cuchara ni los palillos deben dejarse dentro del plato de arroz, ya que esto sólo se hace durante el rito a los muertos.
El viajero curioso que haya degustado la comida coreana no dejará pasar la oportunidad de conocer los ingredientes al natural, y para eso es ideal la visita al mercado público de Tongdaemun, uno de los lugares más fascinantes para un occidental (sobre todo si va bien dispuesto a practicar el regateo, uno de los rituales coreanos a la hora de comprar). Las señas y un par de palabras bien aprendidas, sumadas a la voluntad de los vendedores por despachar sus productos, harán que sea posible salir bien equipado con cualquiera de los innumerables objetos que se ofrecen en el mercado: desde comida hasta electrónica, muebles, telas y adornos para la casa. Otro lindo lugar para las compras es el mercado Namdaemun, cercano a los hoteles más importantes, donde también se puede conseguir ropa, flores y comida, o bien el Callejón de Mary, en el barrio Insa-dong, donde se apiñan los negocios de arte y antigüedades, con sus vidrieras llenas de pinturas, reliquias de la antigua Corea y bellas obras caligráficas de escritura oriental. En las casas de té tradicionales se pueden probar las exquisitas infusiones de diversos sabores mientras por encima de las mesas vuelan, en total libertad, pequeños pájaros de colores.
Otra linda manera de aproximarse a las costumbres locales es en la Casa de Corea, construida en el típico estilo de la arquitectura tradicional: allí se sirven comidas coreanas, se toca la música del país y se pueden presenciar las bellas danzas presentadas en el Salón de los Banquetes. Los turistas que se queden con las ganas pueden acercarse a Yeijwon, una institución dedicada a enseñar y difundir la cultura y la etiqueta tradicionales de Corea: los cursos abarcan desde la Ceremonia de Té hasta Cocina, Danza, Vestimenta y el Rito de la Boda Tradicional. Tanto hombres como mujeres pueden sumarse a los cursos breves para turistas, de sólo una o dos horas.
Una de las calles interesantes de la ciudad es la Taehangno. En plena calle se presentan bailarines, poetas y otros artistas, ayudando a recrear un ambiente artístico enmarcado en un hermoso parque y jalonado de cafeterías. Muchos extranjeros eligen este lugar para llevarse una vívida imagen de una Seúl diferente a las convenciones, aunque otros prefieren el barrio de Itaewon, famoso paraíso de compras y diversiones. En unas quince cuadras animadísimas, llenas de gente haciendo compras, se pueden elegir joyas, ropa, antigüedades y muestras de la caligrafía artística coreana, todo matizado con restaurantes, bares y discotecas que empiezan a mostrar verdadera animación cuando comienza a anochecer. Quienes se sientan atraídos por el paraíso electrónico coreano deberían pasar por el mercado de Yongsan, el más grande de Asia en el sector de artículos electrónicos: 22 edificios que reúnen 5000 negocios, rivales en ofrecer todo lo que sea posible imaginar a menor precio. Y aunque la intención sea volverse con la valija tan liviana como al llegar, vale la pena conocer Yongsan para darse una idea de hasta dónde puede llegar la cultura electrónica en este rincón del mundo.
Así, trepidante y mansa a la vez, es la moderna Seúl. Una ciudad hecha a la imagen de sus habitantes, que tan fácilmente se confunden con sus vecinos nipones a los ojos de los turistas, aunque para ellos sea una de las mayores ofensas que se les pueden hacer. Porque ni la cercanía geográfica ni una larga ocupación ayudó demasiado a asimilar caracteres tan distintos: Para los japoneses, dominar sus emociones es el colmo de la educación. Para los coreanos, es el colmo de la hipocresía, resume un extranjero que vive en Seúl hace tiempo, y aprendió a orientarse en ese laberinto que puede ser tanto la ciudad como el corazón de su gente. Es cierto, entonces, que detrás de esa fachada hecha de lugares comunes existe otra Corea con una identidad fuertemente arraigada, una identidad que quienes pasan las primeras apariencias no dudan en definir como apasionada.
Una agenda de fútbol
Los fanáticos del fútbol tienen tres años para ir memorizando los nombres de las diez ciudades coreanas donde se jugará el próximo Mundial. Corea será sede de la ceremonia inaugural, la final se jugará en Japón.
Seúl: la capital de Corea del Sur.
Inchon: a apenas una hora desde Seúl, es el segundo puerto histórico después de Pusan y punto de conexión marítimo entre Corea y China. Para el 2001 tendrá nuevo aeropuerto.
Suwon: posee la Fortaleza de Hwasong, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.
Taegu: rica en cultura e historia, es la ciudad mediterránea más grande después de Seúl, y se encuentra a los pies del monte Palgonsan.
Pusan: punto de conexión marítimo entre Corea y Japón, será la ciudad anfitriona de los Juegos Asiáticos en el 2002.
Kwangju: ciudad de arte, sede de una importante Bienal desde 1995.
Chonju: conocida por el han-chi (papel de arroz) y la confección de abanicos.
Ulsan: una de las ciudades industriales más representativas del país.
Taejon: es la segunda ciudad administrativa de Corea, sede de la Exposición de Ciencias de 1993.
Sogwipo: en la isla de Cheju-do, muy popular para convenciones internacionales. Según la leyenda, poseía un mítico elixir que quiso conseguir el rey chino Shih Huang Ti.