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CRONICA DE UNA EXCURSION POR LA GUAYANA VENEZOLANA


Inmensas regiones de selva tropical, colosales montañas con forma de meseta llamadas Tepuy, ancestrales poblados indígenas perdidos entre innumerables ríos. Y en el corazón de la Guayana de Venezuela, donde los conquistadores españoles creyeron encontrar el mítico El Dorado, la caída de agua más alta del mundo: el salto Angel.

Por Julián Varsavsky

El andar del avión se vuelve vacilante. Los oídos nos advierten que descendemos, pero tras la ventanilla impera una blancura cegadora. De pronto, las nubes quedan arriba y, como resultado de una orden superior, el reflector solar se enciende sobre el salto Angel: el más alto del mundo –tres veces y media la torre Eiffel–. Desde la cumbre de una meseta de 1000 metros de altura, un río se arroja al vacío y se desintegra en el aire. Mientras cae, el agua se convierte en una densa llovizna blanca que atraviesa un pequeño arco iris. Al tocar tierra, el rocío se vuelve río otra vez para perderse serpenteando entre la selva.
Volamos por un gran cañón –casi a la altura de las paredes laterales– mientras el salto Angel va ganando nitidez. El avión hace tres incursiones ladeando el salto para que todos puedan ver esta catarata alta y flaca –la antítesis de las del Iguazú– y sus hermanas menores que emanan a lo largo de los 10 kilómetros de la meseta Auyantepuy.
Ya hemos dejado atrás el inmenso arco trazado por el río Orinoco –bien al sur del estado Bolívar–, tierra adentro, en el centro de la Guayana venezolana. Nos estamos internando en una tierra legendaria que enardecía los corazones de los conquistadores, quienes en el siglo XVII vinieron a buscar el ansiado El Dorado y sólo encontraron un infinito verdor. Es el Parque Nacional Canaima –con 3 millones de hectáreas–, el lugar ideal para compenetrarse con la selva amazónica, a sólo dos horas de la metrópolis, en pocos días y con todas las facilidades que satisfacen las exigencias básicas de turistas de todo el mundo.
Nos alojamos frente a una pequeña playa con arenas de un suave color rosado formada en el recodo de un río que se asemeja a una laguna. Nadie resiste la tentación de un complaciente baño en las aguas color té que bajan desde la cima de las mesetas. Las cabañas destinadas al turista respetan el modelo de la churuata indígena (base circular y techo cónico de hoja de palma), pero por dentro poseen todas las comodidades para una estadía placentera rodeadas por la selva virgen, y sin una sola construcción moderna a la vista.

En canoa por el río Carrao
La primera excursión parte en canoa a través del río Carrao y su laberinto de angostos afluentes. Vamos 10 personas navegando en una curiara indígena con motor fuera de borda, cavada en el tronco de un gran ceibo. Una maraña de árboles inmensos (con sus raíces entrando en el agua), lianas y enredaderas, nos encierra entre las dos orillas. Parecen macizas murallas verdes de 15 metros de alto que nos oprimen a los costados; un compacto mundo vegetal, impenetrable y sin fisuras. El río delimita el avance de la selva y, de hecho, es lo único que la vegetación no doblega y traga.
El empuje poderoso de la corriente nos acerca a unos raudales con espumosos torbellinos. Pero el indio que conduce la curiara no quiere arriesgar a sus turistas y nos hace seguir a pie por un sendero selvático mientras él maniobra entre los rápidos. Nuevamente sobre la canoa, el resonante caudal nos arroja con furia a la anchura del río, donde las aguas se derraman para luego apaciguarse en imprevistos descansos. Pero de pronto el curso recobra nuevos bríos y se lanza otra vez a su vertiginosa carrera hacia los confines de la selva.
Las aguas se han serenado. Navegamos lentamente y en silencio (con el motor apagado) impulsados por la corriente. De la nada se oye un impresionante graznido anunciándonos que se acerca, a vuelo rasante sobre las copas, la lechuza trompetera a cargo de la introducción de una Oda Musical en medio de la selva. Unos fastuosos guacamayos rojiazules vuelan en pareja cruzando el río, y se posan sobre una rama; una suerte de palco principal de esta exótica sala de conciertos. El canto aflautado de los turpiales asume la voz cantante, mientras que el pájaro violín afina su dulce y arpegiada melodía, seguramente escondido tras un secreto atril camuflado de hojas. Luego de un silencio de corchea, los sapos cantores frasean su aporte coral, al tiempo que la percusión y el ritmo son marcados por el pájaro carpintero. Como detalle sutil, la suave vibración del refinado colibrí sugiere la gama de matices que distingue a las grandes interpretaciones orquestales. Al final, a modo de aplauso, se oye la alegre algarabía de los pericos (loros verdes) que se alejan parloteando en bandada. Los músicos de la selva están dispersos y ocultos. Son ejecutantes sin rostro que sólo en ocasiones aparecen en escena; sin embargo siempre se los está oyendo. Interpretan su arte sincronizados por una enigmática batuta, acaso manipulada desde lo alto de un tepuy (meseta), donde según los indios, moran los dioses.

Un túnel de agua
Mientras avanzamos por el río, nos alcanza el extraño rumor del agua al estallar contra la piedra. A medida que nos acercamos, el rugido va in crescendo, hasta tornarse un estruendo constante que tapa las armoniosas melodías de la selva. El agua de la catarata cae con tal furia que sus salpicaduras cubren todo el paraje con una fina llovizna. El refrescante rocío nos baña y aspiramos un aroma a agua de manantiales. Hemos recorrido 30 kilómetros para desembarcar en el salto El Sapo, uno de los tantos que visitaremos en Canaima. Aquí nos espera una vivencia probablemente única en el mundo: caminar por un túnel de agua. Detrás del salto, entre una pared de roca y otra de agua, existe una hendidura donde es posible transitar por debajo de la catarata casi sin mojarse. El salto mide 20 metros de altura, y sobre nuestra cabeza pasan toneladas de agua atronadora que crean una gruesa cortina al alcance de la mano, que apenas deja traslucir una vaga luminosidad.
De regreso en el poblado de Canaima, la noche sobreviene súbitamente, sin crepúsculo, tras los tepuyes. En el restaurante nos espera un festín de pollos asados sobre leños en brasa. El condimento (opcional) es bachaco molido; léase, una especia en base a deliciosas hormigas rojas del tamaño de medio pulgar.

Por los senderos de la selva
El segundo día, las excursiones son por tierra y por agua. El guía es un indio pemón, vestido con su tradicional guayuco (taparrabos). Habla inglés (que aprendió en la vecina Guyana inglesa), castellano y tres idiomas indígenas. Dice llamarse Luis, pero según se sabe los pemones rara vez confiesan su verdadero nombre al hombre blanco. Ellos consideran que al revelarlo entregan algo de su persona. Con la misma celosía guardan también el nombre secreto de ciertos tepuyes que consideran particularmente sagrados.
La curiara nos acerca hasta un primitivo caserío indígena a la vera del río. Son apenas tres churuatas con paredes de bambú junto a la orilla. Una mujer pemón que tiene el pelo ensortijado con una cuerda de bejuco (tipo de maleza) hace girar dos pescados morocoto, ensartados en una rama sobre brasas ardientes. Su marido los acaba de pescar con una cerbatana.
Nos dirigimos a la Isla de las Orquídeas. Ahora sí, al pisar tierra nos internamos definitivamente en la selva a través de borrosos senderos. Caminamos bajo el ramaje inclinado de árboles enormes. De sus copas cuelga una barroca proliferación de lianas que se mecen sobre el camino. Los velludos troncos y las cañadas de bambú están cubiertos de una enrevesada abundancia de plantas trepadoras, helechos, líquenes y un sinnúmero de orquídeas que decoran los bosques con vistosos colores como el rosado, el lila, el amarillo suave o el violeta.
Cruzamos un arroyo a través de un rústico puente de troncos brotados de hongos. Aspiramos el aroma de los lirios salvajes y de una tierra mojada que nunca pisamos directamente, ya que el suelo está alfombrado con hojas. Al caminar hay que ser cuidadoso de no tropezar con el sapito minero –con la piel vistosamente coloreada de amarillo y negro–, que compite en exotismo con el plumaje del pájaro sietecolores.
En la selva el verdor se impone por unanimidad. Hasta la luz del sol se convierte en un suave resplandor esmeralda tras las paredes de vegetación que nos impiden ver más allá de los 10 metros. Nos aventuramos bajo una suerte de galerías vegetales que nos protegen de los chubascos que nunca faltan, y de esa otra lluvia –de fuego. que desciende del tiránico sol tropical.
Canaima parece recrear el mundo del génesis bíblico, reflejado en la furia de sus aguas y la serenidad de los tepuyes. Así habrá sido la tierra al comienzo de la vida; cuando la creación divina aún no había instalado al hombre, que todo lo modifica. Un universo abismal que conserva el primitivo encanto de lo intocado. Estamos en Canaima, un mundo extraviado que aún no ha revelado todo su secreto... Luego de haberla transitado, ya será muy difícil librarse de su misterioso influjo.


El tepuy: la morada de los dioses


Los tepuyes son gigantescas montañas de arenisca rosada, de cumbre perfectamente plana –en forma de terraza– y laderas verticales. Estas mesetas, que se elevan hasta los 2700 metros, terminan en ángulos rectos perfectos y poseen una geometría tan simétrica que parecen tallados por la mano del hombre. Tienen algo de torres y de fortalezas, pero son restos del gran “escudo guayanés”, que hace 2000 millones de años cubría este territorio. Los escarpados perfiles de los tepuyes se elevan aisladamente en medio de extensas planicies sabaneras, y hay más de 100 en todo el parque. Están muy alejados uno del otro, pero parecen seguir una línea imaginaria que los conecta, como si fuesen fragmentos milenarios de una gran muralla, tan inconclusa como aquella de Oriente. Desde al avión, el horizonte se asemeja a un océano petrificado, de inmóvil oleaje verde, en el cual navegan estas colosales moles –asediadas por la selva–, como navíos fantasmagóricos.


 

DATOS UTILES

Tours a Canaima: En Buenos Aires: Agencia VEN, Tel.: 4314-0740. En Venezuela: Hotel Tamanaco de Caracas (Tel. 58-2-914555) o en Caribex Tour (Tel. 58-2-728271/2). Desde Caracas, es posible adquirir solamente el pasaje (128 dólares) e intentar alojarse en alguna casa de familia en el poblado de Canaima. Previamente se debe sacar un permiso en Inparques de Caracas (Av. R. Gallegos, Parque del Este –frente al restaurante Carreta– Tel. 284-1956). La excursión se puede contratar también en Ciudad Guayana (estado Bolívar) o en la Isla de Margarita. Mediante una excursión opcional se puede llegar navegando hasta la base del salto Angel (5 días).
Homepage en Internet (agencia de viajes)
Www.vintur.com/pa04e.htm Orinoco Tours:
E-mail: orinoco@sa.omnes.net Fax: 58-2-761-6801.