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MEXICO EN EL PACIFICO: PLAYAS DESDE PUERTO ANGEL A PUERTO ESCONDIDO

Barcos de pescadores para excursiones de alta mar; sabrosísimos huachinangos al “mojo de ajo” en la playa; espléndidos atardeceres sobre el Pacífico. Un recorrido por pequeñas bahías y pueblos de la costa del estado de Oaxaca, en el suroeste mexicano.

En cuestión de playas, en México hay para elegir: si se quieren evitar las luces de Acapulco, y ya se conocen las aguas siempre lánguidas del Caribe y los resorts de Cancún, una elección recomendable es la costa del Pacífico oaxaqueño, que goza de una atmósfera más relajada y espontánea. No se trata de una zona virgen al turismo, sino que aquí el turismo es diferente. Los visitantes no parecen estar en pos de un “shock de descanso”; es más, no parecen pretender otra cosa que estar, simplemente; lo demás lo proveerá la naturaleza.

Un pueblo de pescadores
Llegar desde el interior es una aventura. La tierra de Oaxaca es pura montaña hasta que se cae en el mar. Atravesar la Sierra Madre del Sur en un colectivo local, permite descubrir otras facetas del paisaje mexicano: montañas con cumbres sumergidas en nubes, bosques de coníferas y frío. Poco a poco el colectivo va bajando las curvas vertiginosas y el aire se vuelve tibio; los pinos desaparecen y llega la selva, con sus pueblos que apenas logran hacerse ver entre el verde del follaje y las Santa Rita de cien colores. Por fin, viniendo del confín del cielo, aparece el Pacífico y sobre la costa, Puerto Angel.
Este es el perfecto e idílico pueblo de pescadores, pequeño y cerrado sobre dos bahías azules, que esconden otras pequeñas bahías detrás de los riscos; sólo es cuestión de salir a explorar. Es un lugar familiar: los pescadores y sus familias están presentes en las playas, por las calles, siempre con un sonrisa y una palabra alegre. En contraste con otros sitios en donde los visitantes perturbaron la vida cotidiana de los lugareños, aquí se siente que los pescadores son los dueños de casa, cosa que se aprecia. En el Pacífico, muchos de los costeños (a diferencia de los serranos), tienen sangre negra en su ascendencia. Algo de este espíritu negro se hace evidente en el talante de esta gente: nadie en México baila como ellos (excepto tal vez los veracruzanos, a quienes se apoda “los brasileños de los mexicanos”).
Al atardecer se ven entrar los botes pesqueros a la bahía, con su botín. Sobre la playa, el restaurant Susy, una palapa con cocina y mesitas, se prepara para la noche. Morenas desinhibidas y con mucha piel al aire se llevan el pescado para cocinarlo, ya sea para los turistas o para los amigos que llegan de trajinar el mar. Pronto quien camine por la callecita costanera podrá sentir los aromas del pescado –atún, huachinango, camarón– que se cocina en la playa, bajo farolitos de colores y velas. Suena una música de fondo difícil de definir, algo así como un merengue con acordes de ranchera: “Dime si alguien te hizo daño, chiquita/ que por ti soy capaz de dar la vida”.
Los alrededores prometen. A sólo 500 metros está la bahía de Estacahuite, un sitio muy recomendable para practicar snorkelling o buceo, porque las aguas son muy calmas y cristalinas. Además de peces de colores también se puede ver algún delfín, y tortugas marinas. Unos kilómetros más hacia el norte están las famosas bahías de Huatulco, con sus complejos hoteleros y su Club Mediterranée (es posible ir a pasar el día desde Puerto Angel).
Muchos pescadores imaginativos ofrecen sus .servicios., que son variados y se adecuan al deseo, dinero y número de los viajeros, para salir a pescar con ellos o, por ejemplo, para llevarlos mar afuera a lugares donde se congregan cardúmenes de peces de colores, tortugas de mar (esta costa es una zona protegida para el desove) y, si hay suerte, delfines. Algunos días los delfines aparecen de a decenas, otros de a uno, otros no vienen. Un pescador cuenta que los delfines siempre acompañan a los barcos cuando salen a pescar, y que a veces los barcos siguen a los delfines para encontrar los bancos de peces.
Desde Puerto Angel hacia el sur, la costa es una de las más espectaculares del país, acaso del mundo. Acantilados y rocas erosionadas por el viento y el mar forman torres y túneles, extraños relieves de unpaisaje onírico. La mayoría son playas completamente deshabitadas, con algunos pueblitos de pescadores que ofrecen alojamiento básico, lo que a veces significa una palapa (techo de paja) y un espacio para colgar la hamaca.
Cuando Puerto Angel se vuelve demasiado tranquilo –atardeceres infinitos en la bahía que parece Río de Janeiro en miniatura, desde la terraza del hotel La Buena Vista– siempre es posible tomar rumbo al sur donde espera Zipolite, un nombre casi mítico para muchos. Dos kilómetros de playa que incluyen al pueblo, es decir: todo, todo sucede en la playa. No hay necesidad de calzarse zapatos mientras se está allí.
Al atardecer, el sol se esconde detrás del puente de roca que emerge del mar. Por el agujero ruge el agua con cada ola. En hileras sobre la arena, la gente mira al sol poniente en silencio: ellos son el espectáculo. Las caras curtidas, como si hubiesen estado aquí por mucho tiempo. Gente de todas las edades y de cualquier lugar de México y del mundo. Zipolite no es un lugar fácil. Acaso su nombre, que alude al peligro del mar (significa “playa de la muerte”), encierre algún sentido de transmutación alquímica para todo aquel que lo visite.
Siguiendo la ruta hacia el sur está Mazunte, un pueblito pescador que creció alrededor de la industria de la matanza de tortugas marinas. Paradójicamente, desde que en 1990 el gobierno prohibió la caza de tortugas, la economía del pueblo comenzó a sustentarse en un proyecto de conservación de estos animales en peligro de extinción. En 1991 Mazunte se declaró a sí misma Reserva Ecológica Campesina. Se creó el Centro Mexicano de la Tortuga, un acuario muy atractivo que trabaja en preservación e investigación. Además se instaló la Fábrica de Cosméticos Ecológicos, una cooperativa de gente del pueblo que fabrica shampoo y cosméticos naturales usando productos del lugar como maíz, palta, coco y semillas de sésamo.
Muchas cabañas y palapas están en construcción. Sobre los acantilados se ven restos de paredes de madera o concreto. Un lugareño recuerda, todavía con escalofríos, la tragedia de 1997, el huracán Pauline. “En la televisión sólo hablaban de Acapulco, pero allá por lo menos quedaron los edificios. Mira lo que son las construcciones aquí: todo madera y caña. Aquí y en Zipolite el mar se llevó todo. Lo que quedó fue de milagro”. Incluso en Puerto Angel, dice, volaron casi todos los techos. Sin embargo, como cada vez se vive más y más del turismo. La reconstrucción fue casi inmediata.
Desde Mazunte se organizan salidas a nadar con los delfines y las tortugas (40 U$ por barco hasta 10 personas), cabalgatas a playa Ventanilla, y viajes a la laguna de Playa Ventanilla.

Hacia Puerto Escondido
Poco antes de llegar a Puerto Escondido, se encuentra un manglar selvático con las montañas como fondo. Es el Parque Nacional Lagunas de Chacahua. Este ecosistema extraño y fascinante para los amantes de la naturaleza, es una laguna con flora y fauna pródiga: árboles anfibios, orquídeas negras, cocodrilos, tortugas de agua dulce, innumerables especies de aves como flamencos, ibis, martín pescador, carpinteros, golondrinas, etc. Lo que hace de estas lagunas un sitio tan particular es que se ubican a pocos metros del mar: entre el océano y el manglar sólo existe una larga playa de arena de unos 100 metros de ancho. Basta girar la mirada 180 para estar frente a un paisaje completamente diferente. En esta franja de arena, el pueblito –unas pocas casas– de Chacahua es uno de esos lugares atemporales donde se puede estar un día, una semana, o unos meses, el alma llevada y traída por el rumor de las olas del océano enfrente, o por el canto de las aves detrás.
Desde allí, unos kilómetros más y se llega al popular Puerto Escondido. Este lugar, que solía ser un ignoto pueblo de pescadores, hoy es un pueblo conquistado por los surfers: “especialistas” y fanáticos de todo el mundo y de México se congregan en la playa Zicatela para mostrar sushabilidades, o en la de aguas calmas de Angelito para nadar con más tranquilidad. A pesar del clima exaltado y de las noches agitadas, el lugar logra mantener un aire relajado de pueblo pesquero, con sus calles peatonales tapizadas de adoquín y sus restaurants chiquitos y precarios, donde nada es demasiado formal y todo puede arreglarse conversando.

Datos útiles

Cómo llegar: a Ciudad de México vuelan Aerolíneas Argentinas, Lan Chile, Mexicana, Varig y United Airlines (750 U$ aprox.). Desde allí conviene tomar un avión (100 U$) hasta Puerto Escondido, o un micro. Desde Puerto Escondido van y vienen micros que bordean la costa pasando por los pueblos de Zapotalito, Chacahua, Ventanilla, Mazunte, Zipolite (etc.) y Puerto Angel, hasta Bahías de Huatulco.
Alojamiento: En Puerto Angel hay de todo; habitaciones dobles con baño privado y en general un balcón con buena vista a la bahía valen alrededor de 20 U$ en Hotel Soraya (tel 43009), Posada Rincón Sabroso (tel. 40295), Villa Florencia (tel. 43044), La Buena Vista (excelente ubicación en la colina, tel. 43104), Hotel Cabaña (43105), Posada Cañón Devata (apartado, en la colina, tel. 43048) y Bahía de la Luna (bungalows en la playa). El prefijo de área es 958. Los pequeños pueblos entre Puerto Angel y Puerto Escondido ofrecen alojamiento muy económico, desde cabañas con baño compartido por 5 U$ hasta la simple palapa y la hamaca por 3 U$. Allí no hay teléfono. En Puerto Escondido hay infinidad de ofertas. Entre 20 y 30 U$ la doble con baño privado, algunas son: Hotel Flor de María (tel 20536), Hotel Buena Vista (tel. 21474), Hotel Arcoiris (tel. 20432), Bungalows Zicatela (tel. 20798), Bungalows Acuario, Beach Hotel Inés (tel. 20792). Por precios más bajos hay muchísimas opciones.