COSAS VEREDES
Monumental queer
Con motivo del 50º aniversario de Stonewall, la ciudad de Nueva York anunció que rendirá homenaje a dos de sus activistas trans más legendarias: Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, incansables luchadoras por los derechos LGBTQ+, que tendrán ¡por fin! merecidísima estatua.

Junio es el Mes del Orgullo en Estados Unidos, así consignado de un tiempo a la fecha para conmemorar las famosas revueltas de Stonewall que acaecieron precisamente hace 50 años, a fines de junio de 1969, cuando la comunidad LGBTQ+ se manifestó espontáneamente contra la sistemática opresión, persecución, discriminación policial. Lo que podría haber sido una violenta redada más en el club nocturno Stonewall Inn, refugio del barrio Greenwich Village, en Manhattan, devino momento hito al resistir el colectivo, defenderse, pelear, sucediéndose protestas durante seis días contra la criminalización de la disidencia sexual. Los disturbios de Stonewall pasaron a la historia como catalizador fundamental de la lucha por los derechos LGBTQ+, y en este año aniversario Nueva York celebra con todas las pompas, habiendo programado muestras, fiestas, desfiles; habiendo izado –por primera vez en su historia– la bandera multicolor sobre su capitolio. Gestos de una ciudad en manos demócratas, en las antípodas de la republicana administración Trump. Una administración que no solo ha prohibido a sus embajadas flamear la bandera del orgullo estos días: tras vetar a personas trans de las Fuerzas Armadas, continúa su rancia cruzada asaltando sus derechos con particular tirria. Nótese que solo las pasadas semanas ha propuesto proyectos de ley que –de aprobarse– limitarían el acceso de gente trans y no binaria al sistema de salud, y que permitirían que los albergues para sin techo les nieguen el acceso “por motivos religiosos”.

Frente a tan retrógrado panorama nacional, ha sido especial motivo de albricias que las autoridades de la ciudad de Nueva York hayan anunciado que, para celebrar Stonewall, han aprobado un merecidísimo monumento a metros del bar, en Christopher Street, que honrará los legados de Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, activistas trans pionerísimas, figuras de las revueltas y de las luchas por los derechos LGBTQ+ en general. Las estatuas –de artista aún por definir– estarían listas para el 2021, costarían 750 mil dólares, y, como anota The New York Times, “son parte de un esfuerzo de la ciudad por achicar una brecha evidente en el arte público, en tanto las efigies a personalidades LGBTQ+ son prácticamente inexistentes en NY; serían, además, de las primeras en el mundo dedicadas a activistas transgénero”. “El movimiento LGBTQ+ a menudo es representado como un movimiento de hombres gays blancos. Ya es momento de corregir esa falsa narrativa, que excluye la vital participación de negrxs y latinxs en los disturbios históricos” dijo la escritora afroestadounidense Chirlane McCray, primera dama de la ciudad, esposa del alcalde Bill de Blasio. Y agregó: “Es importante que monumentos así tengan rostro y apellido, para enseñar a las jóvenes generaciones quiénes lideraron la lucha por los derechos civiles, para que conozcan a activistas como Johnson, que era negra, y a Rivera, que era latina”. 

Marsha y Sylvia eran, además, archimegaamigas. Integrantes del histórico Gay Liberation Front en sus primeros años, estas icónicas reinas –que durante buena parte de sus vidas experimentaron la pobreza más extrema, el racismo más brutal, la discriminación de género más rancia– crearon en 1970 el Street Transvestite Action Revolutionaries (STAR), un colectivo político para personas queer y trabajadorxs sexuales sin hogar, que además de ofrecer techo y comida a jóvenes en situación de calle, hizo lobby para que la Gay Activists Alliance incluyera en su plataforma reformas de vivienda, de salud, derechos específicos para travestis (la palaba “transexual” no estaba aún en boga). Tanto empuje tenían sendas activistas que, cuando en 1973, las propias filas del comité de las marchas de orgullo prohibieron la participación de las drag porque “le daban mala fama al movimiento”, ambas se calzaron sus mejores pilchas y se plantaron al frente de la marcha, desfilando al grito de “Cariño, ¡queremos nuestros derechos gays ahora!”. Más tarde, concentraron esfuerzos en concientizar acerca del HIV, asistir a personas con sida, participando de protestas y reuniones de ACT UP (AIDS Coalition to Unleash Power). 

Marsha P. Johnson (1945-1992) llegó a la ciudad de NY con apenas 15 dólares y una modesta maleta ni bien terminó la secundaria. Pronto comenzó a draguearse y devino refulgente personaje de la noche en Greenwich Village, tan brillante que ni el propio Andy Warhol se resistió a retratarla para su famosa serie de polaroids. Fue prostituta, mother de otras drags. A pesar de vivir sin residencia estable buena parte de su vida, de haber sido apresada más de 100 veces por la policía, se dedicó a cuidar de otres, en especial de jóvenes que llegaban a Manhattan en los años 60s y 70s en situación marginal. Murió a los 46, su cuerpo fue hallado flotando en el río Hudson; la policía declaró que se trataba de un suicidio, pero por insistencia de sus amigues, dos décadas después reexaminaron el caso, que actualmente permanece abierto, latente la hipótesis de asesinato.

“Cuando Marsha murió, una parte mía se fue con ella”, ofrecía una apenada Sylvia Rivera (1951-2002) años más tarde. De padre puertorriqueño y madre venezolana, Sylvia nació en el Bronx y acabó en la calle con apenas 11 años, ejerciendo la prostitución para sobrevivir. Johnson la conoció por esos tiempos y pronto la puso bajo su ala. Dicen que el primer botellazo de resistencia de Stonewall lo tiró la resiliente Rivera. “Me alegra mucho haber sido parte de semejante revuelo. Recuerdo que cuando alguien lanzó un coctel molotov, pensé: ‘Dios mío, la revolución ya llegó ¡La revolución por fin está aquí!’”, rememoró cierta vez. Un año después, en 1970, Sylvia intentó irrumpir en una reunión del ayuntamiento de NY donde se discutía una ley por los derechos homosexuales, escalando una pared con vestido y tacones; esfuerzo que le valió una visita a la cárcel. Cuando Marsha murió, Rivera siguió trabajando por el colectivo, abogando por un movimiento genuinamente inclusivo, que aceptara la cultura drag y a las personas trans. En el 2002 falleció por un cáncer de hígado; entonces el Village Voice la llamó “la Rosa Parks del movimiento trans”. 

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