Conflictos y tensiones, otra mirada sobre la politicidad de la lengua
La lengua suelta
El autor advierte sobre las operaciones de una lengua del poder que tienden a promover algunas palabras para que otras sean olvidadas: una lengua secuestrada que sería necesario soltar.

Cuando corre sangre, hay
consecuencias, pero no hay
vuelta atrás. Así pasa con
las
palabras habladas...

Jorge Jinkis

 

Cuando yo hablo,
la muerte habla en mí.


Maurice Blanchot

 

A principios del siglo XVIII, los colonialistas franceses que ocupaban la isla hoy llamada Haití “inventaron” una lengua semiartificial, a la que denominaron créole (origen de nuestra palabra “criollo”), para poder entenderse con los esclavos que habían traído secuestrados de Africa, quienes, perteneciendo a una docena de etnias diferentes, hablaban otras tantas lenguas. A la larga, para esos esclavos sus lenguas vernáculas terminaron desapareciendo, sustituidas por la lingua franca de sus amos. Es un ejemplo inmejorable de glotofagia, concepto acuñado en los años 70 por el lingüista francés Jean-Yves Calvet para aludir, justamente, a los modos en que el poder colonial “devora” las lenguas colonizadas; y junto con ellas, lógicamente, sus culturas, sus historias, sus tradiciones, sus “identidades” (con perdón de la palabra).

La referencia, o el pre-texto, viene a cuento de un artículo publicado en esta misma sección (“La lengua, identidad y aflicción”, 4 de abril de 2019) por un miembro del colectivo Zona de Frontera, el psicoanalista Ricardo Nacht. No voy a glosar el artículo, ni para elogiarlo ni para criticarlo; el/la lector/a que esté interesado/a puede encontrarlo fácilmente. Pero sí quisiera detenerme, en principio, en una idea que campea en él: la de la historicidad, y por lo tanto la politicidad, de la lengua. No es una idea estrictamente original, va de suyo. Pero sí es una idea que vale la pena reflotar cada tanto –y este parece un momento particularmente propicio, ya diremos por qué–, y darle todo su alcance problemático. Ante todo –y es un “ante” que quisiéramos pudiera escucharse siempre por detrás de todo lo que decimos, se esté o no de acuerdo con ello– quien dice “politicidad”, en todos sus registros –en este caso el de la lengua– dice al mismo tiempo “tensión” y “conflictividad”. Sin esto no hay política. Se puede pensar lo que se quiera sobre la idea –proveniente al menos del liberalismo del siglo XVII– de un contrato social. Pero no se puede omitir que en un mundo dividido desigualmente en clases, razas, sexos y géneros (categorías que se pueden distinguir, pero no separar, dice Nacht), todo contrato es el resultado de una relación de fuerzas, con ganadores y perdedores. Como tantas veces se ha pensado la lengua (el “idioma”) como un contrato, la traslación, aunque no sea mecánica, es legítima y necesaria.

Aunque haya dominación, pues, el conflicto atraviesa inevitablemente incluso a la glotofagia, y nunca hay marcas claras que indiquen que su resultado está decidido de antemano. Cuando estalló la rebelión de los esclavos haitianos en 1791 –que finalmente lograría la independencia de Haití en 1804–, el créole se transformó en el instrumento utilizado por los esclavos para entenderse entre ellos en sus asambleas y reuniones conspirativas. Es decir: la reapropiación del arma del dominador por los dominados es siempre una posibilidad. Y también, por supuesto, lo contrario: en el “capitalismo tardío” es una práctica cotidiana del poder (económico, político, financiero) la de bucear en las lenguas, las culturas y aun las subjetividades populares para extraer de ellas argumentos “creíbles” para la dominación (por dar una ilustración trivial: ¿qué otra cosa es el “marketing”, comercial o político?).

Pero entonces, solo instalándose en la perspectiva de la politicidad de la lengua –de sus conflictos y tensiones, que permiten hablar incluso de la “lucha de clases en el lenguaje”, como hacía Bajtín– es posible sustraerse, aunque fuera parcialmente (porque, desde ya, buena parte del conflicto suele ser “inconsciente”, y por eso Fredric Jameson puede hablar del “inconsciente político” de toda cultura) de la operación ideológica que quisiera hacer aparecer a la lengua como, en efecto, un contrato neutro de plena reconciliación entre la lengua y el/la hablante, y a la educación como una mera acumulación cuantitativa de palabras y competencias gramaticales o sintácticas, como si la lengua viva, actuante, no fuera un resultado, en cada contexto histórico concreto, de las relaciones de fuerza –conscientes o no– que sobredeterminan a su “politicidad” (de eso, tengan razón o no, saben harto los irlandeses, vascos, catalanes, bretones, kurdos, pueblos originarios y un largo etcétera). Y lo hacen, por cierto, incluso en aquellas banalidades cotidianas más desproblematizadas en su naturalidad, que transforman a la emisión de un mensaje en un “wasapear”, a la indiscreción de contar el final de una película en un “espoilear”, a una liquidación de ropa en un “sale”, o a un descuento en un “off”, y así, como si la rica lengua de Cervantes (y de Borges u Octavio Paz) careciera de vocablos para designar esas acciones. Sin duda ese organismo viviente que es una lengua está en perpetua transformación, pero si al mismo tiempo aceptamos su “inconsciente político”, habría que poder dicriminar entre las necesarias actualizaciones y las violentas ofensivas glotofágicas.

Como sea, decíamos que es un momento oportuno para debatir la cuestión. No azarosamente, el artículo que mencionábamos al principio fue antes presentado como ponencia en el “contra-congreso” de la lengua (¿o era un congreso de la contra-lengua?) española –o sea, castellana– realizado en Córdoba en marzo pasado. Que haya tenido que concebirse un “contra” revela la evidencia de que la propia denominación de una lengua tiene una complejidad que quizá se le escapa hasta al notable narrador Vargas Llosa, y con toda seguridad a un monarca del país que lleva por nombre el de dicha lengua (¿o es al revés?). No tiene nada de raro: la modernidad se armó, entre otras cosas, mediante la equivalencia entre monarquía política y monoglosia lingüística, y aun los Estados más republicanos, en general, conservaron esa naturalización. No es que no hayan tenido sus razones, está claro. El problema no son las razones, sino su naturalización, que termina en una despolitización del asunto, desplazando de la vista toda aquella conflictividad, y aun violencia, que empapa históricamente la saliva misma de las lenguas, así como la sangre que corre en ellas para permitirles articular la palabra.

Lo que ya no parece tan evidente es que el psicoanálisis sea invitado a un contra-congreso de la lengua: es la primera vez, creo, y parece que requirió algún ejercicio de persuasión. Y, sin embargo, semejante rareza debería ser una obviedad: ¿con qué otra materia prima trabaja el psicoanálisis si no es con la lengua –y en especial con sus fallas, tropiezos y contra-lenguas, con o sin congreso– de los sujetos que hablan para decir, sin saberlo, por qué no están donde piensan? Y sobre todo en un país como el nuestro, donde –si es para bien o para mal cada quien deberá decidirlo– la lengua psicoanalítica (incluidos sus idiolectos, o, menos técnicamente, sus jergas) se puede escuchar en la esquina, atragantando el café y las mediaslunas mientras se proclama o se destrona al rey Messi. Por lo cual cualquiera mínimamente interesado en “el idioma de los argentinos” se debiera sentir autorizado, y aun obligado, con buenos motivos, a incorporar en sus cogitaciones a esa porción inexorable de la cultura nacional. A fin de cuentas, fue en los inicios mismos del llamado “lacanismo” local (quiero decir, cuando todavía no era un “istmo” sino un archipiélago en vías de exploración) que gente como Oscar Massota y sus compañeros/as lanzaron –bien dicho, porque eran como proyectiles– discusiones del tipo: ¿Qué significa hacer psicoanálisis en castellano –vale decir, inventarse con la propia lengua una relación como la de Freud con el alemán o la de Lacan con el francés–? O: ¿Puede, y debe, el psicoanálisis ser incluido en el discurso universitario –uno de los famosos cuatro que Lacan “analizaba” críticamente–? (vale la pena recordar que alguna vez se preguntó también eso sobre el marxismo, esa otra teoría inseparable de su práctica, que transformada en materia académica arriesgaba perder su poder de “subversión del sujeto”).

Huelga decir que son discusiones “superadas”. Quiero decir: a las que ya casi nadie encuentra problemáticas. Y bueno, sí, se hace psicoanálisis en castellano, es el idioma de acá ¿no? Y sí, el psicoanálisis conquistó su lugar (incluso “hegemónico”) en la Universidad, como era su derecho, ¿qué problema hay? De acuerdo, es así (“es lo que hay”), no hay más nada que hablar. Ya sabemos que una de las potencias del lenguaje es la de callar. “De aquello que no se puede hablar, es mejor callar”, decía célebremente Wittgenstein, con una astucia filosófica que está en las antípodas de la redundancia, y que Freud (que estuvo a tiempo de conocer la frase de su compatriota, pero nunca la menciona, que sepamos) seguramente podría suscribir. Recordemos que una película argentina de hace ya décadas hacía del corte de la lengua, con profusa emanación de sangre, una decisión militante contra el riesgo de delación. Claro que una cosa es callar y otra silenciar(se) a propósito de la politicidad de lo que se elige omitir. Cuando hacemos esto, y lo creemos de sentido común, podemos estar seguros de que en nuestra lengua está hablando alguna glotofagia que tendría que despertar el esfuerzo en pos de la necesidad de una “descolonización de mí mismo” que confesaba Octave Mannoni. 

Se escuchan voces: son ejemplos nimios, “puntuales”. Puede ser. Pero se olvida –y este olvido, no cualquiera, es también marca de una lengua derrotada– que los ejemplos pueden ser los síntomas de una normalidad de la estructura, que tienen historia, que esa historia, como todas, hizo correr sangre, y que algo puntual puede ser un puntal para corregir olvidos (¿es nimio o puntual debatir sobre la pertinencia de escribir con arroba o hablar con la “e”? Podría serlo si en los alegatos a favor o en contra se obtura su politicidad pasada y presente, las tensiones y conflictos generacionales, culturales, ideológicos, que asoman por todos los poros de la corrección gramatical). Lo sabemos por Freud, pero también por Benjamin: es el pequeño detalle “anómalo” el que, por contraste, permite acceder a la imagen dialéctica de la totalidad. Es por las palabras triviales, como dice Blanchot (probablemente siguiendo a Heidegger) que se instala en nosotros la conciencia de la finitud: ellas inscriben en el cuerpo –se recordará esa parábola kafkiana– la condena de la que a nadie le es dado escapar. Por otra parte, no obstante, no toda condena es igual de indefectible: las hay las que admitimos –generalmente sin advertirlo– como servidumbre voluntaria a una lengua conquistadora que, sin ser la nuestra, se disimula en ella.

También por estas cuestiones más amplias el debate merece oportunidad. Con las honrosas excepciones que cada cual puede nombrar, las lenguas dominantes en nuestras actuales discusiones políticas, se me admitirá, son de un pauperismo intelectual y una degradación argumentativa que ni siquiera merecen ser llamadas lenguas: aun ateniéndonos al más elemental saussurismo, cualquier significado se le puede atribuir a cualquier significante, cualquier denotación se llena con cualquier connotación, porque lo que importa no es ir a la raíz de los sentidos, sino disolver estos en una nube de sonidos primarios que parezcan estar diciendo algo. Sin duda contribuye a eso la estupidez cómplice de ciertos medios o la ingenuidad pérfida de ciertas redes (a)sociales. Pero también esos son los síntomas que revelan la estructura perversa: lo esencial son las operaciones de una lengua del poder (de un poder de la lengua) tendientes a promover algunas palabras para que olvidemos otras, y que no dejan de tener éxito incluso en las mejores intenciones de la enunciación “progre” (de las otras enunciaciones no se puede casi hablar: permanecen en estado de vómito apenas contenido). Usamos la grave palabra “corrupción” y se la aplicamos sin gradaciones al que se quedó con un vuelto o al que vende todo un país a los organismos financieros internacionales; decimos con asco “neoliberalismo”, y como no agregamos que esa es hoy la forma necesaria del capital mundializado, creemos que podemos atemperar uno sin combatir al otro; clamamos “antagonismo” y nos felicitamos de haber explicado la más íntima lógica de la política, por fuera de las concreciones históricas de la lucha de clases (de razas, de sexos, de géneros) o del consistente movimiento antiimperialista.

En fin, siempre habrá ejemplos de una lengua secuestrada que sería necesario soltar. Y sin duda la atrocidad de la situación que se vive hoy y aquí (aunque no solamente, se entiende) no es una mera cuestión de palabras. Pero que se nos prive de ellas, o peor, que se las degrade, deforme, vacíe de carnadura, es un componente imprescindible de la abyección del conjunto, apuntando al olvido de que es por la palabra que empieza la crítica de la realidad. Si ese olvido triunfa –y no está dejando de triunfar– ni los nombres propios van a estar a salvo: nuestra lengua devendrá carne muerta del idioma, como dice el poeta Luis Tedesco. Por suerte, hay trozos de esa carne descompuesta que todavía hablan, resisten, desean.

* Sociólogo, ensayista.

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