Los ancianos de la tribu

Podemos llamarlos los Viejos de la Tribu. Levi-Strauss los denominaba “los sabios”. Se ha dicho demasiado de ellos, pero siempre resulta insuficiente: cada vez que alguien se decide a hablar de los viejos, a secas, aparecen muchas historias para contar. Si se trata de los y las suegras y suegros, de los jefes/as, siempre hay algo para mencionarlos, y pocas veces es benevolente.

Hace pocos días, hablando de viejos, un hombre batió los records: abandonó en una confitería restaurante a sus padres de 90 y 86 años. Los abandonó, como se abandona a los chicos en una estación de subte o a un recién nacido en el umbral de una iglesia. No los mató como hacen otros, se deshizo de ellos mediante la figura del abandono (que jurídicamente no es “abandono” porque existían otros que podían ayudarlos).

Los dejó sentados, comiendo y se fue. Cada uno de ellos tenía un bolsito con ropa porque les había dicho que preparaba una mudanza. Y ellos lo esperaron, dos horas, tres, cuatro, hasta que los dueños del local se preocuparon.

Con la ayuda de vecinos que los dos lograron mencionar localizaron a un hermano distante y ajeno que en algún momento apareció. Durante años desconectado de ese grupo familiar. La historia se pierde en la noche de los tiempos, donde la tevé apaga sus luces.

Hay que considerar que hacerse cargo de dos viejos                –que solamente disponen de escasa jubilación– es algo complejo, amargante, que traba la vida de quien tiene que cargar con los padres.

Los viejos no llegaron como idiotas a su estatuto de vejez: se fueron dando cuenta, lo dice Simone de Beauvoir haciéndolos hablar cuando la cosa empieza a resultar clara: “¿Volvería a asaltarme la angustia de envejecer? No mirar demasiado lejos. A lo lejos estaban los horrores de la muerte y de los adioses; los postizos, las ciáticas, las invalideces, la esterilidad mental, la soledad en un mundo extraño que ya no comprendemos y que continuará su curso sin nosotros. ¿Lograré no alzar mi vista hacia esos horizontes? ¿O aprenderé a percibirlos sin espanto?”.

Esto les puede suceder a los viejos cuando comienzan a envejecer y todavía no han empezado a molestar; años más tarde se suman los fastidios de quienes tienen que tolerarlos todos los días, los malos modales, a veces los gritos y especialmente la indiferencia: cuando se transforman en un mueble aislado en la casa.

La fantasía de subirlos a un tren que se ponga en marcha y dejarlos partir para no tener que ocuparse de ellos nunca más. Pero ¡caramba! ¡Son tus padres!, hay que cuidar de ellos, es responsabilidad filial... Todos lo saben, pero hubo quien batió el record y los abandonó con sus bolsitos con ropita y los dejó tal como lo fantasea la fantasía de muchos, hartos de tener que sentir amor por los viejos, aquellos que ni remotamente están dispuestos a verlos como quería Levi Strauss, como los sabios de la tribu.

Este es un signo de los tiempos porque hubo épocas en los que aun molestando y siendo fastidiosos, los viejos eran mirados como ancianos que merecían ser escuchados. La historia no camina hacia atrás, de manera que no volveremos a esas épocas, pero aún podemos pensar que en la montaña de abandonados que encontramos en nuestro camino cada día, quizá no encontremos otra pareja de padres abandonados, porque con mayores habilidades policiales es posible que se revierta la maniobra  y se localice al abandónico. Y deba pagar una multa.

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