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El país de las maravillas tiene algunos detalles que no cierran


Con el tono de desesperanza habitual en los
films de Michael Winterbottom, "Wonderland" busca desentrañar la esencia del Londres "real".

 

"Wonderland" recrea ciertos postulados del dogma


Por Horacio Bernades
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Hace unos meses se había editado, directamente en video, Te quiero sólo a ti, del británico Michael Winterbottom, que a los 38 años logró igualar a Woody Allen en ese ideal de filmar una película por año, todos los años. Y presentarlas, además, en los más importantes festivales del mundo. Su película más reciente pasó exitosamente por Cannes y Toronto, antes de llegar al Festival de Sundance, donde acaba de exhibirse. Estrenada hace apenas unos días en Inglaterra, Wonderland desembarca ahora en los videoclubes argentinos, editada por Gativideo. Dando testimonio de la capacidad de multiplicación de Winterbottom, también llega al video, por estos días y editada por AVH, la anterior Jude (1996), que se había visto hace un par de temporadas en cines argentinos.

   Otra característica saliente de Winterbottom es su carácter mercurial, sus violentas variaciones de estilo, de un film a otro. Así, en la misma obra pueden convivir un film de época como Jude y un drama realista "a la inglesa", como Amo la vida (Go Now!, 1996, AVH), o una épica bélica de sesgo hollywoodense, como Bienvenido a Sarajevo (1997, AVH). Y todas ellas, ahora, con Wonderland, cuyo estilo bien podría asimilarse al del "Dogma" danés. Si no fuera porque el Dogma no inventó (apenas fanatizó) los rodajes estilo "guerrilla", en escenarios reales, sin iluminación artificial y con ese inconfundible aire improvisatorio, expuesto a los imprevistos de lo real. "Colocamos a nuestro personajes entre la gente real de Londres --dice Winterbottom--, para que el resultado fuera fiel a las características del ambiente. En una película 'normal', lo que se hace es filmar a las 11 de la mañana en un pub una escena que en la ficción tiene lugar a las 11 de la noche. Se vacía el pub, se lo llena con extras, se los hace decir cualquier cosa y después se los dobla en estudio. Todo lo cual suena falso. En lugar de eso, nosotros filmamos en un pub a la misma hora en que lo pedía el guión y con la misma gente del lugar, para lograr el efecto de realidad buscado."

   Con una gramática tan entrecortada como la de un noticiero, luz natural que en ocasiones es escasa y tiempos "muertos" como los de la vida misma, Wonderland logra transmitir el efecto de realidad buscado. Claro que filmar tiempos muertos requiere un ojo que penetre la verdad de los personajes, y los de Wonderland son, en más de un momento, una materia demasiado opaca. Con guión del francés Laurent Coriat, la película se inscribe dentro del posible subgénero de "films sobre tres hermanas". Este subgénero cuenta con hermanas mayores, desde Tres mujeres de Robert Altman hasta Hannah y sus hermanas, sin olvidar las Tres hermanas de Margarette Von Trotta. En Wonderland (y de modo semejante a Corazones apasionados, otro "film de tres hermanas" actualmente en cartel), el lazo entre Nadia (Gina McKee), Debbie (Shirley Henderson) y Molly (Molly Parker) no se descubre hasta que el relato está bastante avanzado. Allí se revela también que Bill (Jack Shepherd) y Eileen (Kika Markham, una de las hermanas de Las dos inglesas y el continente, de Truffaut) son los padres de aquéllas.

  La familia entera (y sus ramas adventicias de novios, maridos, amantes, relaciones casuales y un hermano lejano) aparece marcada por distintas formas de la desolación. Una hace citas a ciegas, otra es abandonada por su marido al borde de la mesa de partos, el padre es una figura semiausente y la madre, una reprochona insufrible. Allí va tomando forma la tesis de fondo que parece animar a Wonderland (y que el título, traducible por "El país de las maravillas", contrapuntea con amarga ironía): en esa Londres "real", las vidas de sus habitantes están siempre al borde de una desesperanza terminal. Tesis que recorre también varios de sus films anteriores. Pero, así como impone una tesis, Winterbottom se ve en la necesidad de terminar con su contratesis, expresada aquí en los varios happy ends paralelos con los que el film se cierra. En términos dramáticos y de estilo, el realizador se muestra tan brusco como en lo temático, y es así como incurre en ciertos violentos ralentis y accelerandi que quiebran brutalmente aquel tan buscado "efecto de realidad". La elección de Michael Nyman para la banda sonora va por el mismo lado. El músico de cabecera de Peter Greenaway tiende al exceso y al énfasis, y sus subrayados melodramáticos, omnipresentes en toda la última parte, resultan la más flagrante contradicción de este film que busca una "naturalidad" que termina perdiendo, a toda orquesta.

 

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