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HISTORIAS NEGRAS DE LA SIDE 
Y LA SEGURIDAD COMO EXCUSA
Un club de espías prósperos con negocios sucios

La SIDE se desarrolló al calor de la Guerra Fría y fue utilizada para la represión con una impronta xenófoba y racista. Esa cobertura y la excusa de la seguridad hicieron que muchos de sus agentes se enriquecieran con la prostitución, la extorsión y la droga. Varios de ellos salieron a la luz en los últimos años como Raúl Guglielminetti, el extraño crimen de Daniel Rossini o la historia de Luciano Garbellano y el juez Norberto Oyarbide. 

Raúl Guglielminetti.

Luciano Garbellano.

Hugo Anzorreguy.

Mario Naldi.
Por Eduardo Tagliaferro

t.gif (862 bytes) Difícilmente los personajes involucrados en las historias de la SIDE hubieran tenido un lugar en la Historia universal de la infamia, escrita por Jorge Luis Borges; y no porque las historias de los espías no se vinculen con la infamia humana o los bajos fondos, sino fundamentalmente porque, al contrario de los personajes borgeanos, detrás de la cadena de complicidades, extorsiones, delaciones, escuchas ilegales, asesinatos y espionaje político, en los que aparecen entreverados los agentes locales, no hay rastros de inocente picaresca o de aventureros de arrabal, sino más bien de hombres fríos y calculadores, como Raúl Guglielminetti, aptos para todo servicio, formados en un organismo nacido al calor de la Guerra Fría, con un generoso aparato alimentado por fondos reservados para servir casi siempre al mismo amo: el poder. Un poder que la mayoría de las veces fue utilizado con discrecionalidad por uniformados que dejaron su impronta ideológica, xenófoba y fascista. Las pautas culturales que Carlos Menem desparramó durante los últimos diez años desde su gobierno también dejaron su huella en la SIDE, donde su hombre de confianza, Hugo Anzorreguy, lo acompañó durante casi todo su mandato. Así, los agentes del espionaje criollo aparecieron vinculados a los más resonantes escándalos que rodearon al menemismo, como Luciano Garbellano, Raúl Martins o el inefable comisario Mario Naldi.

Drogas, sexo y videos

Historias de sexo y videos tuvieron como protagonistas a dos hombres vinculados con la SIDE, cuando Luciano Garbellano, regente de prostíbulos masculinos, denunció que había sido tentado para instalar un circuito cerrado de televisión en las habitaciones de Spartacus, con la idea de realizar una megaextorsión a los clientes del lugar. En esa ocasión, Garbellano, ex amigo del juez federal Norberto Oyarbide, dijo que el espía Jaime Stiuso, miembro de la Dirección de Contrainteligencia de la Secretaría, junto al agente inorgánico y ex comisario de la Bonaerense Mario Naldi, le habían propuesto comprarle un video que comprometía a Oyarbide, además de ofrecerle 750 mil pesos y una cuota mensual de 70 mil para instalar un sistema de espionaje sexual. La Policía Federal se encargó de que el negocio naufragara, cuando amenazó a Garbellano con quitarle la protección policial si aceptaba la propuesta de los hombres de la SIDE. Nunca se aclaró si los agentes encararon el negocio por cuenta propia o si, en cambio, era una movida orgánica. Lo que sí quedó al descubierto fue la red de encubrimiento que la comisaría 19ª le otorgaba a Spartacus, al igual que la amistad del entonces jefe de la División de Seguridad de la Policía Federal, Roberto Rosa, con Garbellano y con Oyarbide.
–¿El circuito cerrado sería utilizado por la SIDE o por Stiuso y Naldi? –preguntó Página/12 a Garbellano en aquella oportunidad.
–A mí me quedó la impresión de que ellos llevarían los videos ya filmados a la SIDE y que con los nuevos harían su propio negocio –fue la respuesta de Garbellano. 
La ruta del sexo, los prostíbulos y el dinero volvería a cruzarse en el camino de los agentes de la Policía Federal y los de la SIDE cuando siete balazos provenientes de pistolas 45 y de una ametralladora Uzi terminaron con la vida del espía Daniel Rossini. Desde los pasillos de la central de inteligencia, los compañeros de Rossini, custodio de Anzorreguy durante los casi 10 años en que el abogado laboralista ocupó la jefatura de la SIDE, centraron sus sospechas sobre los agentes de la Federal. Según los espías, los azules ya le habían realizado tres aprietes al custodio de Anzorreguy: en dos ocasiones lo habrían revisado a él y a su flamante convertible, un Renault Mégane valuado en 40 mil dólares, y en la tercera le habrían hecho una denuncia por consumo de drogas. Denuncia que según los propios espías no habría llegado a los estrados judiciales. La noche del martes en la que Rossini fuera acribillado estaba acompañado por una menor de 16 años, sobre la que se centraron las sospechas de los investigadores. En un primer momento se dijo que Solange, tal el nombre de la llamativa chica con la que solía verse al custodio de Anzorreguy, le habría dicho a Rossini que los ocupantes del auto que los seguía eran conocidos. Sólo así se explica, dicen los miembros de la pesquisa, que, al contrario de la usanza de los espías, Rossini haya revelado su identidad. La versión oficial sostuvo que se trató de un intento de robo, que terminó en asesinato cuando el custodio se identificó. “Sos rati, te morís”, afirman que dijeron los atacantes antes de comenzar a disparar. Enseguida se afirmó que la menor había trabajado en el boliche Coyote, un local de strippers de Ramos Mejía. Incluso los más audaces recordaron queSolange habría formado parte del elenco de alternadoras de otro boliche cercano a los hombres de la SIDE: La Diosa, un local de categoría, que según fuentes de la central de inteligencia pertenecería al ex director de Contrainteligencia, Jorge Lucas Casado. 
La muerte de su custodio cayó como sal sobre las heridas de Anzorreguy. Muy conmovido por la noticia, ni los whiskies ni los rápidos llamados de condolencias del ex secretario general de la Presidencia, Alberto Kohan, y del entonces jefe de la Policía Federal, Pablo Baltasar García, aliviaron la nueva sombra que caía sobre los últimas días de su gestión. Un año antes de la muerte de Rossini, otro agente de la SIDE había sido acusado de regentear prostíbulos porteños.
Raúl Martins, un profesor de historia en colegios católicos, conocido en la SIDE como “Aristóbulo Manghi”, fue señalado como el titular de varios puticlubs, algunos con cierta fama, como es el caso de The One, Veo-veo y Top Secret. Martins había ingresado a la SIDE en 1974, de la mano de José López Rega, el monje negro que, respaldado por las ciencias ocultas y la logia masónica P-2, fundó la temible Alianza Anticomunista Argentina, avanzada de la represión ilegal posteriormente perfeccionada por la dictadura militar. Martins, conocido como “el profesor” y jubilado de la SIDE en octubre de 1987, fue denunciado por pagar coimas a funcionarios judiciales y policiales. Un testigo habría señalado que el juez Oyarbide recibía dinero de Martins a cambio de protección para sus locales nocturnos. Locales que le otorgaban ganancias que rondaban entre los 6000 y los 7000 pesos por noche. Por ese raro voyeurismo que suelen compartir los espías, el boliche The One tendría instalado un sistema de televisión donde se filmaban los encuentros sexuales de sus habitués. Los videos de esos encuentros tenían un claro destino: extorsionar a los clientes.
No era casual que los espías de la SIDE buscaran el progreso individual, aunque éste se asentara en actividades non sanctas. En una década con un fuerte sesgo privatista como el impulsado por Carlos Menem, la fiesta y los fondos reservados parecían interminables. Era lógico entonces que negocios públicos y actividad privada tuvieran una delgada línea divisoria, tan delgada como la que separa la legalidad del delito. 


Exitos efímeros y gloria esquiva

Cada vez que se ponen en descubierto las fallas cometidas por los espías, éstos suelen argumentar, en su descargo, que sus logros nunca se conocen, ya que pasan a engrosar la lista de lo que no sucedió, de lo desbaratado, de lo que no fue. Además de esta máxima, los espías deberían sumar a su glosario que la gloria no es sólo un hecho efímero, sino que también se desvanece rápidamente cuando se profundizan las investigaciones. Esa parece ser la experiencia que dejó el llamado “mayor operativo antidrogas en la Argentina”, la Operación Strawberry. En noviembre del año pasado, el Tribunal Oral Nº 3 de San Martín absolvió a los pocos inculpados y anuló la causa. Al mismo tiempo inició una investigación para determinar si la instrucción judicial que estalló en abril del ‘97, con el secuestro de 2200 kilos de cocaína que estaban escondidos en tambores cargados con pulpa congelada de frutilla en un galpón de General Pacheco, no fue una causa armada por el juez instructor Roberto Marquevich. La instrucción se había iniciado con un llamado anónimo, que impulsó a Marquevich a intervenir una gran cantidad de teléfonos, mientras le solicitaba a Naldi que profundizara las tareas de inteligencia. Luego de interminables horas de escuchas telefónicas, y de que la SIDE gastara más de cinco millones en el operativo, el juez decidió irrumpir en los galpones de General Pacheco y detener a dos choferes y algunos changarines que estaban descargando los miles de kilos de cocaína. Minutos antes de la llegada del juez y de los efectivos policiales, habían abandonado el lugar las dos personas que habían contratado a los choferes.
En aquel momento fuentes cercanas a la pesquisa sostuvieron que el propio presidente Carlos Menem había intervenido en el operativo, ordenando la detención de los camiones, no bien salieran del depósito. El golpe de efecto se había logrado, y a la hora de la foto, no faltaba nadie, estaban el jefe de la Policía Federal, Adrián Pelacchi, el de la Bonaerense, Adolfo Vitelli, y Marquevich. La SIDE había aportado gran parte de la logística y también sus hombres. Naldi con algunos agentes había partido rumbo a Hamburgo, punto final del embarque, para coordinar con las autoridades alemanas las características del operativo. Sin embargo, en ocasión del juicio oral, el ex comisario de la Bonaerense y agente inorgánico de la SIDE dijo que “a Alemania fui a pasear”. Eltribunal de San Martín señaló como altamente sospechoso que el embarque haya sido interceptado en Buenos Aires, evitando de esta manera llegar hasta los destinatarios principales y poder desbaratar así el grueso de la organización, o por lo menos conocer a la mayoría de sus integrantes.
Naldi, un ex rugbier del club Los Matreros, es un hombre muy cercano al ex juez de San Isidro, Alberto Piotti, como también al ex jefe de la Bonaerense, Alberto Klodczyk, siempre negó ser un hombre contratado por la SIDE. Aunque en verdad sus fluidos contactos con los entonces hombres de Anzorreguy comenzaron durante otro megasecuestro de cocaína proveniente del Cartel de Cali. El operativo denominado Café Blanco. En él se requisaron 1030 kilos del estimulante envuelto en paquetes en los que estaba estampada el águila de la legendaria empresa de motos Harley Davidson, se detuvo a 9 colombianos y se secuestró la avioneta PiperCheyenne con la que se había traído la droga desde la localidad de Leticia, en el sur de Colombia. Al igual que en el caso Strawberry, la pesquisa comenzó con una llamada anónima que fue recibida por Naldi. Uno de los colombianos detenidos en ese operativo, José Guillermo Salamanca, señaló en ese momento, que la cantidad de droga secuestrada variaba en cada anuncio que Naldi realizaba a la prensa. De los iniciales 1800 kilos, se pasó a 1300, para finalmente declarar que se habían decomisado 1030 kilos de cocaína. Según los colombianos, el envío era de 3000 kilos y no de 1030, como se reconoció oficialmente. En esa ocasión los agentes de la SIDE habían estado acompañados por los policías Daniel Diamante y Antonio Gerace, célebres por las pesquisas que junto al ex juez de Dolores Hernán Bernasconi los llevó a detener e inculpar a Guillermo Coppola por tenencia de estupefacientes. Al igual que años más tarde con Bernasconi, en el operativo Café Blanco Diamante y Gerace fueron acusados de “sembrar” las armas que fueron halladas en poder de los detenidos. La Justicia desestimó las acusaciones contra la instrucción policial y terminó condenando a los colombianos. El nexo de toda la pesquisa y propietario de todos los bienes secuestrados, Mario Alvarez, alias “El Gallego”, fue uno de los pocos prófugos de la redada y desapareció más rápido que la gloria alcanzada por los agentes de la SIDE y el comisario Mario Naldi.

Lo peor de cada casa

Cuando Página/12 reveló que el ex represor de Orletti, Eduardo Alfredo Ruffo, había sido conchabado como agente inorgánico de Hugo Anzorreguy, otro histórico de la represión ilegal y de los servicios se encargó de desmentir que estuviera trabajando para la SIDE. “No sirvo para realizar inteligencia en democracia”, declaró rápido de reflejos a La Nación, Raúl Guglielminetti, un agente vinculado al terrorífico Batallón de Inteligencia 601 y la Triple A, y asesor de los contras en Centroamérica. Ni la Federal ni la SIDE lo reconocen como propia tropa; sin embargo su nombre surgió como uno de los involucrados en la trama que le habría permitido fugarse del país al ex concejal justicialista José Manuel Pico. Por sus servicios, Guglielminetti habría cobrado por partida doble, primero por la fuga y luego por venderle a la SIDE el dato que permitió capturar a Pico. Cuando se sospechó de un miembro de la denominada “Sala Patria”, homónimo del socio de Guglielminetti que habría ayudado a la fuga de Pico, Anzorreguy salió a denunciar que había una campaña contra la SIDE. “Nos quieren voltear por los avances que estamos logrando en la investigación del atentado contra la AMIA”, fueron en ese momento los dichos del mandamás de la SIDE. Lo real es que, homónimos aparte, las andanzas de los agentes de inteligencia no dejan de sorprender. Así como podían ayudar a un prófugo de la Justicia, podían entregarlo, así como podían participar de una redada antidrogas podían ser el contacto necesario para vincular a los narcotraficantes con los abogados defensores. Tan irracional solía ser su conducta, que llegan a accionar un portón eléctrico para asesinar a una anciana por el simple hecho de que les daba de comer a los gatos abandonados en una sede de la SIDE. Como le sucedió a Sofía Fijman, el 26 de febrero del `98, cuando el agente Ricardo Dattóli accionó el dispositivo del portón de la Escuela Nacional de Inteligencia, que terminó ocasionándole la muerte. Lo variado de sus actividades y prontuarios demuestra que los agentes de la SIDE lejos están de ser considerados unos buenos muchachos y más lejos aún de ser eficientes. Pasar de la alcahuetería al profesionalismo es el dilema que planteó, aunque con otro lenguaje, su nuevo titular, Fernando de Santibañes, una vez que quedó en claro que la fiesta terminó. ¿Terminó? Antes del final, faltan conocer los archivos de la infamia, como debe ser reconocida la historia de estos “servicios” durante la represión ilegalde la dictadura militar, así como la complicidad de los espías nativos con la larga fiesta de champagne menemista. 

 

La bomba contra la AMIA

No fue por casualidad que la primera actividad que el nuevo jefe de la SIDE, Fernando de Santibañes, realizó luego de haber asumido su cargo fuera entrevistarse con el embajador de Israel, Yitzhak Aviran. Aunque no lo afirme públicamente, ni a Santibañes ni a nadie que haya seguido atentamente las investigaciones se le escapa la larga lista de sospechas que el accionar de los agentes de la SIDE dejaron en su paso por los atentados contra la embajada de Israel y la mutual judía de la AMIA.
No se atendieron las alertas realizadas por el gobierno norteamericano, meses antes del atentado contra la embajada de Israel.
El ex oficial de la Bonaerense Mario Bareiro está sospechado de ser cómplice en el atentado contra la AMIA, aunque trabajó para la SIDE durante la investigación del caso.
Aunque responsabilizan a la Federal, a los agentes de la SIDE se les “perdieron” valiosos casettes con grabaciones telefónicas de Carlos Telleldín, acusado de entregar la Trafic utilizada en el atentado.
El aviso que el taxi-boy brasileño Wilson Dos Santos realizó en el consulado argentino en Milán, antes del atentado de la AMIA, fue desestimado por considerarlo “un testigo trucho”. Tiempo después el gobierno creyó ver en el aviso de Dos Santos un intento de algún otro servicio extranjero para prevenir el atentado.

 

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