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OPINION

A las damas con un tubo

Por Julio Nudler

El día del retorno, tras las primeras vacaciones aliancistas, la estación del tren en Retiro lo recibe a uno con un cross a la mandíbula. Al atravesar el hall del Mitre (hoy TBA), una empalizada azul bloquea lo que durante casi un siglo fue la sala de espera de señoras. Mujeres sorprendidas, desconcertadas, leen el anuncio de que ese refugio en la inhóspita estación, donde no hay ni un banco para sentarse, será convertido en un nuevo locutorio de Telefónica, "para darle la atención que usted se merece". Un espacio público queda así usurpado por una corporación privada para explotar su negocio. ¿Cuenta la empresa española con algún código de ética que le proscriba cometer atropellos contra bienes comunitarios? El recinto de la estación sigue siendo propiedad del Estado y está bajo administración (desastrosa, a simple vista) del Enabief, pero nada de eso sirve para proteger el interés social. ¿Realmente se fue Carlos Menem de la Casa Rosada? ¿O es que su espíritu quedó flotando entre los muros del poder?

  La representatividad de esta pequeña anécdota de la subastada sala de espera de señoras es quizá mayor de lo que se supone. Por diferentes e intrincadas razones, el gobierno de Fernando de la Rúa está en deuda --creciente a medida que pasan las semanas-- con la defensa de los intereses de la población frente a las razones del gran mundo de los negocios. Allí está el precio de los combustibles con su efecto cremallera: una vez que suben ya no bajan. Mucha discusión, mucha amenaza, pero en concreto ninguna acción efectiva para romper el cartel petrolero. Habrá que ver, a su vez, en qué termina la controversia con las transportadoras de gas, que se resisten a soltar la presa de los (no tan) grandes consumidores. Tampoco se ha hecho nada hasta ahora para atacar los altísimos precios de los medicamentos, cuya reducción debería ser una prioridad por su impacto sobre la economía de la gente. Con los abusos de la banca tampoco se ha querido meter nadie, y en cuanto a las comisiones de las AFJP, en lugar de bajar es posible que suban más todavía. En cuanto a los riesgos del trabajo, si las administradoras (ART) no se ocupan, ni quieren ocuparse, de que sus clientes cumplan con las normas de seguridad, ¿para qué sirven, socialmente hablando? Aspiran simplemente a seguir instaladas con su cabina de peaje en el paso obligado que creó una ley, haciendo su negocio financiero, de matemática precisión, sin preocuparse por los accidentes que sufren los trabajadores. Representan así una renovada forma de capitalismo prebendario, donde la ganancia proviene de un mero texto legal, con la correspondiente firma al pie.

 

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