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BUSSI DECLARO EN LA CAUSA SANTUCHO QUE
LOS MILITARES HACIAN PARTES SOBRE LA REPRESION
Los tiempos en que el Ejército sí tenía documentos

El represor reconoció que hacía minuciosos partes diarios e informes sobre “la lucha antisubversiva”. También confesó la existencia del Museo de la Subversión. Podría ser careado con Jorge Rafael Videla y Santiago Riveros que la negaron.

Ana Santucho, la hija del ex jefe del ERP en la puerta del Tribunal en el que declaró Bussi.
La acompañan militantes de los organismos de derechos humanos que abuchearon al represor.


Por Victoria Ginzberg

t.gif (862 bytes) “Había diario de guerra e informes donde se registraban minuciosamente día por día la actividad de combate con sus muertos, heridos y desaparecidos por la acción de las armas y la metodología empleada por las bandas subversivas”, afirmó el dictador Antonio Domingo Bussi al declarar como testigo en la causa en la que se trata de recuperar los cuerpos de los líderes del ERP Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga. El represor desconoció la existencia del centro clandestino de detención que funcionó en Campo de Mayo y que estuvo bajo su mando en 1978, cuando se desempeñó como subjefe del Comando de Institutos Militares. Pero reconoció haber inaugurado el Museo Contra la Subversión. Esto último podría ocasionarle un careo con sus ex superiores Santiago Omar Riveros y Jorge Rafael Videla ya que ambos negaron que hubiese existido ese lugar. 
Bussi declaró en Tucumán ante el juez federal Francisco Maturana y en presencia de Ana Santucho –hija de Mario Roberto– y sus abogados, Manuel Gaggero y Vicente Villagra. El represor llegó al tribunal pasadas las nueve e ingresó por una puerta lateral para evitar a los periodistas. 
Durante el interrogatorio Bussi no aportó datos sobre los líderes del ERP. El testigo “arrepentido” Víctor Ibáñez había declarado que el represor exhibió el cuerpo embalsamado de Santucho en la ceremonia de inauguración del Museo de la Subversión realizada en setiembre de 1978. Pero el dictador negó toda conexión con el caso Santucho e incluso afirmó que se enteró del operativo de Villa Martelli del 19 de julio de 1976 en el que fueron heridos los jefes del ERP a través de “los medios de comunicación social” y que desconocía “los detalles” de éste.
Al hacer referencia a las posibles listas o “diarios de combates”, Bussi manifestó que los informes tenían “difusión pública” y que “están registrados en su mayoría en los diarios de la época”. Aclaró que se remitían al Comando Superior, al Tercer Cuerpo de Ejército con copia en el Comando de la Quinta Brigada y que, “si surgían víctimas, la comunicación también era cursada a la Justicia Federal”. “Por lo menos así estaba establecido”, agregó. 
“No tuve conocimientos durante ese año de actividad militar alguna ni de la existencia de los centros de detención”, dijo el represor sobre 1978, año en el que actuó como subjefe del Comando de Institutos Militares. Bussi también se cuidó de que lo vincularan con la maternidad clandestina que funcionó en el Hospital Militar de Campo de Mayo, donde habría tenido familia Ana Lanzilotto, secuestrada junto con Santucho y Urteaga. “No me consta”, dijo acerca de este hecho y desplazó la responsabilidad hacia Riveros. “Las unidades y organismos eran competencia interna del comandante”, afirmó. Riveros debe presentarse ante el juez Adolfo Bagnasco el próximo 21. Seguramente ese día quedará preso por su responsabilidad en el plan para apropiarse de los hijos de desaparecidos. 
Además de ampararse tácitamente en la ley de Obediencia Debida –”las operaciones se encuadraron dentro de las leyes y usos de la guerra, los reglamentos militares y las directivas impartidas por los comandos superiores, dentro de las cuales me considero solamente un ejecutor”, afirmó–, Bussi culpó a las “bandas subversivas” por las desapariciones. “Quiero dejar expresa constancia de que la figura del desaparecido en el caso de Tucumán obedecía a muchas circunstancias como la alteración de rasgos, falsificación de documentos, acción de los fuegos aéreos y terrestres y la actitud que adoptaban los cabecillas con sus desertores o los que no cumplían adecuadamente la misión que se les asignaba en el contexto de una guerra de eminente carácter ideológico”, testificó el dictador. “No recuerdo”, “No me consta”, respondió cuando lo interrogaron sobre posibles enterramientos clandestinos o “vuelos de la muerte”. 
Bussi negó que el cuerpo de Santucho hubiera sido exhibido como trofeo en una ceremonia de inauguración del museo y aseguró “no recordar” si allífueron expuestos el diploma de contador y una foto del cadáver del líder del ERP. 
El año pasado el Ejército reconoció la existencia del museo y remitió al juez Alfredo Bustos el inventario del material del lugar que fue bautizado “Juan Carlos Leonetti”, en honor al militar que murió en el operativo en el que fue apresada la cúpula del ERP. En la lista remitida por el Ejército figuraban los efectos personales de Santucho, que luego fueron devueltos a la familia. También aparecían como elementos de exhibición 33 fotos y escritos relacionados con el copamiento al cuartel de La Tablada. 
A pesar de que fue público que en Campo de Mayo había un ámbito en el que los militares ostentaban sus logros en la “lucha antisubversiva” , Videla, Riveros y el general Fernando Verplaetsen se obstinaron en negarlo. Gaggero anticipó que solicitará un careo entre los represores. 
Constatar la existencia del museo era importante para los familiares de los líderes del ERP, porque Ibáñez declaró que los restos de Santucho y Urteaga podrían estar bajo el edificio donde se exhibían panfletos, fotos, libros, discos y banderas rojas y negras. En diciembre de 1998 los peritos comenzaron la búsqueda de los cuerpos en el lugar, que ahora pertenece a la mutual del Círculo de Suboficiales. Hasta ahora, la indagación no dio resultados, pero se encontró una prueba material del museo: bajo una tapa del piso había una réplica de una “Cárcel del Pueblo”. 
Al salir del juzgado Gaggero comentó que “Bussi se puso nervioso cuando le preguntaron sobre la desaparición del secretario de Comercio provincial José Chabaia”, tema sobre el que se negó a responder. A las 11 de la mañana el represor abandonó el tribunal en un auto particular escoltado por un vehículo de la Policía Federal mientras un grupo de jóvenes de la agrupación Hijos realizaba una manifestación en su contra al frente del edificio.

 


 

EL RELATO DE UN SARGENTO DESMIENTE AL EX DICTADOR 
Crónica del museo del horror

Por Fernando Almirón

Según el testimonio del ex sargento Víctor Ibáñez, volcado en el libro Campo Santo y confirmado luego ante el juez de San Martín, Ricardo Bustos: “Cuando Bussi asumió como segundo del Comando de Institutos Militares, ordenó construir en un sector de Campo de Mayo un museo de la subversión”. En ese museo, y por orden del ex general, “se expuso el cuerpo embalsamado de Mario Roberto Santucho”. Domingo Antonio Bussi negó ayer tajantemente esa circunstancia. 
Domingo Antonio Bussi reconoció ayer a medias su paso por el centro de exterminio de Campo de Mayo. Dijo que efectivamente había montado un “museo de la subversión” dentro de las instalaciones del Comando Institutos Militares. Aunque negó que en esa misma dependencia hubiera funcionado el centro de detención clandestino denominado “El Campito”, y que el cuerpo de Santucho se hubiera exhibido embalsamado en el museo que el ex represor inauguró con pompa militar el 12 de setiembre de 1977, tal como lo afirmó Ibáñez. 
El ex suboficial arrepentido aseguró que “a Bussi le gustaban los museos. Ya había construido uno en Tucumán. Ahí metía libros, panfletos (...) también armaba escenas que mostraban la actividad guerrillera, personificadas con maniquíes, vestido según cada caso”. “Pero –continúa Ibáñez en su testimonio– en el museo de Campo de Mayo, en vez de un maniquí de Santucho, Bussi puso su verdadero cuerpo (embalsamado) en exposición. Lo cierto es que a Santucho lo usaban como maniquí de Santucho”. 
El jefe guerrillero, siempre según el relato del ex sargento que entre 1976 y 1979, cumplió funciones logísticas en el mayor centro de detención y exterminio de la dictadura, Santucho llegó “con un hilo de vida” a la instalación militar, donde intentaron salvarlo para poder interrogarlo en la sala de torturas. Santucho habría fallecido mientras era conducido al Hospital Militar de la guarnición en cuya morgue su cuerpo se mantuvo congelado durante algún tiempo.
Bussi, sin embargo, dijo desconocer si Santucho pasó por el Comando del que fue su segundo jefe o si en esta dependencia existió un centro de detención clandestino que, según Ibáñez, inspeccionó en más de una oportunidad. 

 


 

IBARRA Y CONTI REPLICAN A BRINZONI
Críticas sistemáticas

Las declaraciones del jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni, sobre la inexistencia de un plan sistemático de robos de bebés durante la dictadura militar, produjo inmediatamente repercusiones en el partido gobernante. El candidato a jefe de Gobierno de la Alianza, Aníbal Ibarra, respondió con dureza al jefe militar al considerar que “negar el plan sistemático de robos de niños es ocultar una de las partes más terribles del terrorismo de Estado”. Sin embargo, la subsecretaria de Derechos Humanos, Diana Conti, fue –sin duda– bastante precavida. De Brinzoni dijo que “seguramente desconoce desde lo técnico jurídico qué significa plan sistemático y esto lo determina la Justicia”.
El candidato aliancista no ahorró comentarios sobre el plan de la dictadura destinado a la apropiación de menores. “No sólo hubo un plan sistemático sino que hubo listas de espera en distintos centros clandestinos de detención. Además, hay pruebas de jueces que determinaron vínculos naturales entre personas anotadas a nombre de militares y que eran hijos de desaparecidos”, señaló Ibarra. Ante una consulta sobre si Brinzoni negaba la existencia del plan de la dictadura, el candidato dijo que “muchas cosas se negaron en la Argentina, pero yo fui fiscal, trabajé en estos casos y puedo asegurar que no eran casos aislados”.
Sin duda, las declaraciones de Ibarra fueron muchos más contundentes que las de Conti. La funcionaria aliancista dijo que existe una buena predisposición de parte Brinzoni “en colaborar con la búsqueda de la verdad y con la identificación de hijos de desaparecidos, que no guarda correlato con expresiones que, aunque personales, parecen poco oportunas”. Y aseguró además, que “la apropiación de niños está archiacreditada entre nosotros”.

 

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