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LA CAMPAÑA DE DANIEL HADAD CONTRA LOS INMIGRANTES
La invasión racista 

Desde su revista “La Primera”, Hadad continúa sus ataques contra la “América oscura” que según él nos invade, ensucia y degrada. Un panorama apocalíptico apoyado en datos falsificados, distorsiones, palabras fuera de contexto y una buena dosis de racismo mal disimulado.

El autor de la nota caracteriza a los inmigrantes como sucios, hacinados, tramposos y delincuentes. Para demostrarlo, se utilizan datos distorsionados, se inventan declaraciones y se dan vueltas las cifras.

Por Sergio Kiernan

t.gif (862 bytes) Los extranjeros ilegales ya son más de dos millones. Les quitan el trabajo a los argentinos. Usan hospitales y escuelas por las que no pagan. Como se emplean en negro, no pagan impuestos. Algunos delinquen para no ser deportados. De todos modos, cometen más delitos que el promedio de la población. Y los políticos miran para otro lado. Es una “invasión silenciosa” que habría que prevenir de una buena vez. Este negro panorama lo pinta la revista La Primera, que edita Daniel Hadad, en una nota de tapa sobre la situación inmigratoria argentina firmada por Luis Pazos. La nota continúa la política de sistemáticos ataques a los inmigrantes de “la América morena” que lleva a cabo Hadad por Radio 10. El artículo acusa de todo tipo de pecados, malos hábitos y abusos a los extranjeros oscuros, sin la menor referencia a inmigrantes de otros orígenes y grupos étnicos más blancos. Concentrar en apenas un sector es el primer recorte de la realidad de una pieza llena de informaciones minuciosamente inexactas. Página/12 consultó a las fuentes citadas en el artículo y descubrió una serie de falsedades en cifras y conceptos.
El texto de Pazos se abre con una clara señal al lector: “A diferencia de la inmigración que soñaron Sarmiento y Alberdi, no vienen de las capitales de Europa. Llegaron de Bolivia, Perú, Paraguay. Son el sueño hecho realidad de los ideólogos de la izquierda setentista”. Habiendo aclarado que se habla de negros y no de inmigrantes blancos, Pazos los define en gruesos trazos: son demasiados, son tramposos, son delincuentes, son sucios y les gusta vivir hacinados. En este retrato, los inmigrantes se embarazan para tener hijos argentinos y poder radicarse, se casan con argentinos para obtener documentos y se hacen detener para que, mientras duren los largos procesos legales, no se los pueda deportar.
El autor y su editor parecen creer que este tipo de conductas caracterizan a todos los integrantes de un grupo tan grande como el conjunto de los inmigrantes extranjeros, y no a algunos individuos dentro de ese y otros grupos. En buen romance, esto se llama prejuicio, la misma actitud que permite escribir una frase como “Promiscuos, conviven 35 en una pieza”. La promiscuidad de a 35 es una imposición de la miseria, no una elección de vida voluntaria. 
¿Cómo se construye un prejuicio? Con opiniones prejuiciosas y con información distorsionada. Pazos cita a varios vecinos que cuentan anécdotas negativas –”fuman marihuana”, “el parque Avellaneda es un basural”, “los bolivianos salen borrachos e insultan a todo el mundo”– y relata horrorizado el caso de un matrimonio que se gana la vida vendiendo cebiche en la calle. La información distorsionada es la que le da estructura al artículo:
  “No hay vacantes para argentinos”: un recuadro de la nota sobre educación, que contiene dos falsificaciones. La primera es afirmar que la escuela Juan Andrés de la Peña tiene “80 por ciento de alumnos inmigrantes de los países limítrofes”. Pero la directora de esa escuela, Ana María Vangeli, desmiente la información. “Tenemos un 30 por ciento de extranjeros, de acuerdo con nuestras fichas de inscripción,” dice la docente. “¿Y qué hay de malo en que los chicos vayan a la escuela? ¿Tengo que preguntarles si son rubios o son bolivianos para darles vacantes? Ellos ya viven los sinsabores que vivieron nuestros abuelos... Dígale a ese señor que no invente y que la próxima vez llame a la escuela y pregunte.”
  El mismo recuadro cita un estudio de 1998 de la Secretaría de Educación porteña que describe el origen nacional de los alumnos de jardín de infante, escuelas primarias, secundarias y terciarias. Quien lea la versión de La Primera entenderá que, por ejemplo, el 34,8 por ciento de los alumnos de los jardines de infantes porteños son bolivianos, el 18,43 son paraguayos y el 17,04 peruanos. Lo que el estudio dice en realidad es que el 34,8 por ciento de los alumnos extranjeros en los jardines de laCiudad es boliviano, el 18 paraguayo, el 17 peruano. El sistema educativo no está invadido por extranjeros, que son una minoría.
  Pazos cita con destaque a la secretaria de Política Criminal y Asuntos Penitenciarios, Patricia Bullrich, para demostrar que los extranjeros son responsables de buena parte de la inseguridad y tienen una mayor tendencia a cometer crímenes que los argentinos. “El 20 por ciento de los presos en la Argentina es de origen extranjero,” dice la secretaria Bullrich. Lo que Pazos no aclara, como sí aclara un subordinado de Bullrich, el vocero del Servicio Penitenciario Federal Jorge Sberna, es que la cifra se refiere sólo a los detenidos en prisiones federales. Esto es, a 1250 encausados extranjeros sobre un total de 6800 detenidos. Fuentes judiciales aclararon a Página/12 que este número refleja más la tendencia de la policía a arrestar extranjeros, que una supuesta tendencia de los inmigrantes al delito: apenas uno en diez recibe una condena. 
  Un curioso corolario del razonamiento de Pazos y Hadad: ellos afirman, sin dar fuente, que hay cuatro millones de extranjeros en el país, casi el 12 por ciento de la población nacional. Si tienen razón, como los inmigrantes reciben apenas el 2 por ciento de las condenas del sistema federal de Justicia, resultarían seis veces más honestos que los argentinos.
  Otra persona citada por La Primera que desmiente lo que Pazos y Hadad le hacen afirman es el historiador, analista y encuestador Rosendo Fraga, del Centro de Estudios Nueva Mayoría. Según el artículo, “Fraga estableció que en la Argentina hay 3.300.000 inmigrantes de países limítrofes y Perú”. Pero Fraga afirmó a Página/12 que “nunca dije eso, ni podría decirlo, ni establecer semejante dato”. Consultando a “otras fuentes, funcionarios y ex funcionarios”, como hizo Pazos, este diario confirmó que nadie sabe exactamente cuántos inmigrantes hay en el país, aunque diferentes organismos y personas manejan cálculos diferentes. 
  Como para mostrar que no son sólo los autores de la nota, ambos argentinos, quienes manejan este tipo de cifras, Pazos y Hadad citan al ex embajador boliviano en Argentina Manfredo Kempff diciendo que “del millón de bolivianos que vive en Argentina, 500.000 son ilegales”. Lo que no cuenta el artículo es que Kempff, un banzerista ferviente que hoy es secretario de Gobierno de la presidencia boliviana, fue refutado a viva voz por los líderes bolivianos en Argentina presentes en la conferencia de prensa en la que hizo sus afirmaciones. El mismo Kempff tuvo que admitir a sus coterráneos que a lo sumo hay 100.000 indocumentados bolivianos en Argentina, cifra que incluye a niños y ancianos, y que equivale a un tercio de un uno por ciento de la población argentina.
Mentirosa, prejuiciosa, aviesamente parcial y exagerada, la nota de Pazos y Hadad es eminentemente política. Esto fue percibido con claridad por el director de relaciones internacionales del Centro Simon Wiesenthal, Shimon Samuels, que de pasada por Buenos Aires leyó el artículo. “Esto es haiderismo”, fue la conclusión de Samuels, que vive en Europa, siguió de cerca el crecimiento del líder austríaco neonazi Jorg Haider, y reconoce el racismo cuando lo ve. Haider buscó imponer un nuevo “sentido común” en Austria, un ambiente donde se acepte abiertamente y se discuta en la política nacional a la inmigración. En Argentina, los prejuicios étnicos y nacionales siempre existieron, pero nunca fueron un elemento de la vida política, excepto para la franja marginal del neonazismo. Daniel Hadad está queriendo cambiar esto con una campaña de los medios que controla, para imponer el racismo como tema político movilizador, usando los mismos argumentos que se usaron hace un siglo contra sus ancestros de Medio Oriente, a los que Miguel Cané quería castrar “para que no mancillen nuestra sangre”.


Un día en la vida de Radio 10

Los medios que controla Daniel Hadad tocan una y otra vez el tema de los inmigrantes desde el ángulo más extremo posible. Por ejemplo, el 7 de marzo pasado, Radio 10 se ocupó así de la comunidad boliviana:
  Hadad pasó la mañana burlándose en su programa de la festividad boliviana del Ch`alla. Su colega Oscar González Oro retomó el tema en su espacio y lo resolvió con la frase: “Sabés, lo que hay que hacer es llamar a los bomberos y que los echen con agua”.
  El noticiero del mediodía de Radio 10 difundió una primicia: “Ultimo momento, malestar en la zona de Floresta. Inmigrantes bolivianos realizan sus necesidades fisiológicas en las terrazas”. 
  Como parte de la cobertura del tema, un vecino de la zona salió largamente al aire hablando de la convivencia con los inmigrantes. “Nosotros le damos de comer a medio Bolivia, mientras en nuestro país la gente se muere de hambre.”
  “Esta gente nos ha invadido”, coincidió otra vecina que también recibió extensa cobertura. “Cierro los ojos y me parece que estoy en Bolivia.”

 

 

opinion
Por Diego Casaravilla *

Ningún ser humano es ilegal

En los últimos diez años, una fábula buscó imponerse en la sociedad: la inmigración latinoamericana escondería las claves por las cuales la Argentina no transita por un idilio envidiable. Los esfuerzos de Daniel Hadad sólo constituyen uno de los peldaños más siniestros e inescrupulosos en la creación de este pánico moral. Podría mostrarse cómo las estadísticas oficiales se empeñan en afirmar la falsedad que subyace a este mito demonizador. Lo que en cambio muestra la evidencia disponible es la configuración, a partir de la última década, de una política discriminatoria hacia los latinoamericanos provenientes de las naciones más pobres, con elementos implícitamente racistas y resabios de explotación e impunidad en la represión policial. La denostación del inmigrante rotulado de ilegal ha sido el instrumento por excelencia de un racismo desplazado. Y ello no sólo porque los requisitos para “ser legal” han sido discriminatorios hacia las comunidades más pobres, sino además porque el indocumentado construido por el accionar policial y su refracción en algunos medios es casi exclusivamente el migrante paraguayo o andino. En estos pogroms mediáticos lanzados periódicamente, se pretende operar el peligroso pasaje que va desde un infrarracismo fragmentario, no representado políticamente, actitudinal más que violento, hasta la consolidación de un racismo de tipo fundamentalista y de vocación homogeinizadora, que instala la violencia hacia determinados grupos señalados como culpables, mientras que reclama una organización explícita del Estado con orientaciones racistas. Es justamente este tipo de racismo político el que estructura ideológicamente los elementos difusos, radicalizándolos, autorizando y nutriendo la violencia. Si la primera variante habilita las formas múltiples de discriminación, desigualdad y explotación, la segunda alude a la segregación del gueto, a la expulsión o al exterminio. Discursos como el de Hadad buscan un doble juego. Impulsan un racismo de elite, de fuerte raigambre histórica, cimentado en la oposición entre civilización y barbarie, entre el blanco europeo y educado, y el mestizo, morocho, heredero parcial de la Latinoamérica precolombina. Pero, por otro lado, aguijonean un racismo de raíz más popular que se expresa en el mecanismo clásico del chivo expiatorio, o lo que la literatura especializada denomina racismo de “pequeños blancos”, en la cual aquellos sujetos que enfrentan la pérdida fáctica o imaginada de sus referencias sociales y culturales construyen una brecha esencial, demonizando un grupo con el cual apenas se encuentran distanciados. Difícilmente la audiencia de Hadad se entere de que los mismos bolivianos denominados “borrachos” –en un país donde el consumo de alcohol alcanza cifras considerables según la OMS– y “sucios” acaban de finalizar dos campañas casi inconcebibles en la Buenos Aires actual, una protagonizada por jóvenes y dirigida contra el consumo abusivo de alcohol, y la otra orientada a la limpieza y preservación ecológica del Parque Avellaneda. El problema más general que se plantea aquí es si la sociedad argentina será capaz de procesar democráticamente las diversas tensiones que la atraviesan en el marco de un modelo excluyente, o si inversamente tenderá a desplazar sus angustias en una obsesiva definición represiva de enemigos interiores (jóvenes, “villeros”,”ilegales”) como telón de fondo de un debate escamoteado tras una rica gama de quimeras y espejismos. 

* Maestro en Sociología (Flacso), investigador del programa Clacso/ASDI, autor del libro Los laberintos de la exclusión. El título de esta columna es un graffiti visto en la Boca cuando el gobierno de Menem inició una campaña contra los inmigrantes.

 

 

opinion
Por Claudio Altamirano *

Pasos en falso, malos pasos

Como docente de un país que se pretende democrático y quiere que la tolerancia y el respeto se impongan al autoritarismo, me dolió profundamente ver una nota que, uniendo presuntas verdades y verdades a medias, configuraría una versión manipuladora y distorsionada de la realidad. Leí la nota en el patio de la escuela en la que trabajo desde hace 14 años, mientras alrededor de mí corrían y jugaban libremente niños de rostros idénticos a los que ilustran las páginas de la revista. A medida que leía, mi indignación aumentaba: la nota sirve para que, cuando se aplique la ley del gatillo fácil a esos rostros morenos, de pelo duro y raíz indígena, el lector pueda decir “por algo será”. Mientras abrazaba a mis alumnos, tan pobres y desdentados como los de las fotos, me preguntaba si no serían futuras víctimas del irracionalismo fundamentalista, por el delito de portación de cara. Sus padres son inmigrantes bolivianos, paraguayos, peruanos, que no dudan en ponerse al servicio de la escuela con sus oficios de carpinteros, plomeros, costureros, albañiles. Quieren devolver algo al país que los alberga, quieren que la educación sea la posibilidad de que sus hijos rompan el círculo perverso de la exclusión social que les toca vivir. Son las mismas expectativas de las generaciones que vinieron antes, en los barcos, con la esperanza de vivir dignamente. Ellos eran también una “invasión silenciosa” vista con horror por la gente de bien por vivir hacinados, por tener idiomas y costumbres diferentes. Fueron víctimas del desprecio de las Ligas Patrióticas que, igual que hoy, ven en todo lo extranjero la amenaza latente de destrucción del ser nacional. Los nietos de aquellos inmigrantes están usando los mismos argumentos con que se denigraba a sus abuelos, cargando las palabras de subjetividad e ideologismo retardatario. Tienen la ventaja de poder escribir, fruto de la educación que les brindaron estas mismas escuelas. No sirve de nada proyectar nuestras frustraciones como país en chivos expiatorios más pobres, más débiles y sin derecho a la palabra. Sólo se fomenta el odio y la irracionalidad. Más que un paso en falso, es un mal paso.

* Maestro.

 

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