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El drama de buscar vida nueva

 

Lohana Berkins es una travesti que se prostituye. Ahora quiere dejar la calle, pero no consigue empleo. Unos 250 artistas e intelectuales apoyan su pedido 
para que el Estado le dé una oportunidad.


Por Cristian Alarcón

t.gif (862 bytes) “Bueno, en realidad hace años ni siquiera tenía como imaginario un trabajo diferente. La sociedad no daba oportunidad como para pensarlo ni como un sueño remoto. No como ahora que es algo concreto.” La abstracción vencida por Lohana Berkins tiene tanto de singular como de colectiva y se debate cruelmente entre el sueño y una realidad adversa. Su reclamo de “ciudadana que busca trabajo” no encuentra solución, sumergido en una problemática mucho más compleja que la de cualquier desocupado. Lohana es travesti, estudiante secundaria, lectora de textos feministas, filosa imitadora de personajes y ex trabajadora sexual. Hace más de dos meses que tomó una decisión costosa: dejar de prostituirse para acceder a un empleo al que se considera con derecho, escribirle una sencilla carta a la secretaria de Promoción Social porteña, Pinky Satragno, pidiéndole una audiencia. Esa carta, que circuló por mail entre profesionales, intelectuales, artistas y dirigentes de forma espontánea logró 250 adhesiones que acompañan a Lohana en su búsqueda de no regresar más a la esquina de Flores donde la golpea una realidad que ya no soporta.
–¿Cómo fue esa toma de conciencia que la lleva a dejar la prostitución? 
–Es bien triste pero creo que la sociedad no permite ni va a permitir que uno tenga conciencia, porque esa conciencia es lo que a una la puede convertir en alguien que no se conforma. Para mí es tremendamente doloroso ejercer la prostitución, más ahora que antes. Antes lo tenía como algo indiscutible conmigo misma. No me eran extraños el maltrato de los hombres, la violencia, el frío, tres grados bajo cero y yo bajo un arbolito, la lluvia, la miseria de las comisarías, de las cárceles. Me parecía que ése era el mundo, algo para lo cual yo estaba hecha. Había empezado a prostituirme a los trece años, y uno sentía que era parte del juego, pero no me daba cuenta de que yo me estaba muriendo por dentro. Lo que yo estaba dejando ahí era tremendo. Por eso dije “no voy más a la calle”, y esa decisión significa reclamar otra dignidad.
Lo del reclamo en Lohana es una costumbre de más de cinco años, desde que primero fue una de las fundadoras de AMAR, la Asociación de Meretrices Argentinas, y una de las primeras travestis que se unieron en sus propias organizaciones: “Fue una idea que sugirió Carlos Jáuregui. Después el feminismo me extrajo esa idea que durante tanto mastiqué como utopía y generó en mí un enter de lo que estaba en un archivo mío muy guardado”. Lohana creó entonces ALIT, Asociación de Lucha por la Identidad Travesti, y comenzó a alternar la lectura de textos feministas con los gritos en las comisarías donde se dedicaba a rescatar a sus compañeras presas. Hace dos años fue la única argentina invitada por una organización de Derechos Humanos de San Francisco a un curso de un mes para 30 dirigentes de minorías de todo el mundo en la Columbia University, en Nueva York. El año pasado viajó invitada a San Diego, México DF y Tijuana para coordinar talleres en un encuentro internacional. “Fue increíble por lo que aprendí y también por lo que tuve que enseñar. Ellos pensaban que yo era una lesbiana apasionada que hablaba de las travestis, y tuve que explicar que yo misma era una travesti que se prostituía para vivir.” 
–¿Cómo es que decidió escribir la carta a Pinky? 
–Le escribo como funcionaria de un área social, que me pareció lo pertinente. Trato de que entienda que mi situación de no ocupada no tiene que ver sólo con la falta de trabajo, sino una situación más compleja en la que vivo porque mi identidad travesti me inhabilita de muchos de mis derechos. La finalidad era pedirle una audiencia para decirle acá tiene un caso concreto de alguien que no quiere prostituirse, que no es más que decirle accionen la palabra, porque el propio Presidente dijo que no quería la prostitución en la calle. No era tampoco la intención de una chicana política. Es el hambre que no espera, y una deuda real de un alquiler que tengo que pagar. Estoy sobreviviendo con la ayuda de algunos amigos que no son justamente Amalia de Fortabat. Es gente que dentro de su sobrevivencia me incluyó. Es algo tan grato como las firmas de apoyo a mi carta. Me esperanzó que 250 personas, que pueden significar muchas más, entendieron el sentido y la legitimidad de mi reclamo, comprendieron la violación a los derechos humanos a que estoy sometida a diario. La carta fue un resultado en sí misma. 
–¿Cuál fue el resultado de la carta en cuanto al trabajo?
–No fui recibida por Pinky, sino por su secretario. El, en un intento de explicarme la dificultad de darme una respuesta, me llegó a decir que yo pidiendo un trabajo era como que lo hiciera un ex delincuente. Me parecería maravilloso que a los ex delincuentes les dieran empleo. Pero uno no deja de sentirse mal ante esas comparaciones y ante un Estado que en definitiva termina haciendo sentirle a uno sólo la mendicidad. Más allá de que se entienda que esto es una demanda nueva y que hay tiempos que tienen su complejidad, yo creo que el tiempo que en realidad no tiene tiempo, es el tiempo real, el cronológico, el tiempo del hambre y la miseria. 
Consultada por Página/12, la secretaria de Promoción Social habló a través de su vocera de prensa: “Se reunió con el secretario privado y con la asesora Patricia Lamas. Con él habló sobre la cárcel contravencional y se le explicó que en función de nuestra área, la cuestión del empleo no la podemos resolver. Como reconocimiento a su crecimiento se le otorgará un subsidio para que pueda pagar su alquiler”. 
–¿Por qué el reclamo es al Estado?
–Hace muchos años un día me pregunté para qué me iba a levantar. ¿Para qué? Podía seguir mirando tele y después ir a prostituirme y otra vez a ver tele, y otra vez a prostituirme. Cuando tomé la decisión de dejar la calle, me volví a sentir en la misma situación. ¿Para qué levantarme? A Dios gracias, a mis amigos y amigas, al amor que me dan, uno se fortalece. A mí me contienen afectiva y económicamente. Pero es una situación excepcional, por eso es que llego a escribir una carta que pone mi problema en el contexto de que el Estado es el verdadero responsable. Es un intento de que el Estado deje de ser sólo punitivo para también abrir las políticas sociales, de capacitación y de empleo a las travestis. Que desde el Estado se auspicie un cambio cultural, porque lo cierto es que es el Estado el que ha legitimado la discriminación que sufrimos.
–¿Por qué cree que la discriminación está legitimada?
–Al menos algunos se encargan de ocultar su xenofobia, su racismo o su misoginia. Pero nadie hace el mínimo intento por ocultar su travestofobia. Que en la ciudad haya un cartel donde un político propone “una ciudad sin travestis” y nadie salga a decir nada, esto quiere decir que ese odio está legitimado. Si el cartel dijera por una ciudad sin judíos, sin discapacitados, o sin mujeres, ¿cuántos hubiesen saltado a repeler la barbarie?

 

Una carta con respaldo

“El motivo de mi carta responde a que jamás pude acceder a un trabajo. Posiblemente esta misma le resulte familiar como todas las que usted recibe a diario. Pero yo me atrevería a decirle que no. Mi situación de no ocupada no radica tan sólo en la falta de trabajo sino que por mi condición de travesti me veo obligada a ejercer la prostitución callejera...” “Por mi doble condición de excluida: de pobre y travesti, demando que el fin último de una democracia sea atender y asistir a la ciudadanía en su conjunto, sin ningún tipo de discriminación y respetando las diferencias. Teniendo en cuenta este principio, los abajo firmantes avalan mi pedido de solicitarle a usted una entrevista.” Entre las 250 personas que avalaron el pedido de Lohana Berkins se leen los nombres de David Viñas, Francine Massiello, León Ferrari, Nora Cortiñas, Atilio Borón, Marcela Bordenave, Horacio Tarcus, Silvia Chejter, Liliana Daunes, Irene Meller, Nora Domínguez, Lila Pastoriza, Dora Barrancos, Laura Bonaparte. Y siguen las firmas.

Volver a las aulas

Lohana Berkins tuvo que abandonar el colegio secundario cuando su travestismo adolescente fue incompatible con la directora, que le pidió que dejara su banco. Hace dos años que regresó a las aulas y ahora cursa el quinto año en el Colegio 7, Juan Martín de Pueyrredón, sobre la calle Chacabuco. El año 1999 fue elegida delegada de su curso, y luego de los cuartos años. “El primer día estaba llena de miedos porque si me hablás de lenguaje lumpen, códigos prostitucionales, puteadas policiales, mi vida transcurrió ahí. Pero no me hacía la idea de la escuela. Así que al tercer día estaba yo con mi mochilita y vino una compañera y se sentó conmigo. Ahora la relación con los profesores y mis compañeros es alucinante. Para mí el colegio es el paraíso.” 
Ahora ya son diez las travestis que han superado la barrera de la discriminación y estudian en otras escuelas nocturnas, un claro indicador que confirma el resultado de una encuesta de la Defensoría del Pueblo, en la que el 85 por ciento de las consultadas dice que desearían capacitarse. Aunque para Lohana no sólo se trata de la educación formal. “Que una compañera conozca los derechos que se le violan es una educación que no tenemos. No tenemos ni siquiera noción ciudadana, no sabemos ni lo que es la palabra ciudadanía. Independientemente de que yo lo sepa, la mayoría de las chicas lo desconoce simplemente porque nunca registró que tiene derechos. De aquella encuesta también se desprende el 98 por ciento dejaría de prostituirse si tuviera oportunidades y que en la mayoría la violencia institucional es tan cotidiana que no pueden conceptualizarla.”

 

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