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Los gobernadores peronistas quieren
sacaron a la tortuga del freezer

Los gobernadores, liderados por Ruckauf, emitieron una nota diciendo que De la Rua es “lento”, agitando el fantasma de Illia. Es la primera crítica de todo el peronismo al gobierno nacional.

De la Sota (Córdoba), Gildo Insfrán (Formosa), Carlos Ruckauf (Buenos Aires) reunidos en el CFI.


t.gif (862 bytes) Hace un año Raúl Alfonsín comparó a Fernando de la Rúa con Arturo Illia y poco después tuvo que salir a aclarar que no hacía referencia a la parsimonia del actual mandatario, sino que su comparación constituía un “halago”. Ayer los gobernadores peronistas no dejaron lugar a ninguna duda: no evocaron la figura del ex presidente que se ganó el mote de “La Tortuga” por lo que demoraba en tomar sus decisiones, pero se quejaron de la “lentitud” del Gobierno y advirtieron que la “falta de reactivación económica” propicia el aumento de “la tensión social”. Desde la Casa Rosada se respondió a las pocas horas que las situaciones planteadas son producto de la situación “que se recibió” el 10 de diciembre pasado.
Los gobernadores del PJ resolvieron endurecer su discurso contra la administración central al cabo de una reunión que mantuvieron en el Consejo Federal de Inversiones (CFI) y en la cual participaron los tres mandatarios de mayor peso de la oposición: el bonaerense Carlos Ruckauf, el santafesino Carlos Reutemann y el cordobés José Manuel de la Sota.
El malestar de los gobernadores del PJ quedó reflejado en su “Carta abierta al presidente de la Nación”, en la cual manifestaron su preocupación por “la lentitud en la implementación del Compromiso para la Eficacia y Transparencia del Gasto Social”, firmado en diciembre pasado. En el mismo texto denunciaron, además, que “la falta de reactivación económica, la caída del consumo agravada por el incremento de la presión fiscal, la paralización de importantes obras de infraestructura y el incumplimiento del Pacto Federal Educativo, facilitan el crecimiento de la tensión social”. En obvia referencia a los planes Trabajar, se quejaron también por la suspensión de los programas sociales, “en especial aquellos que tienden a paliar la situación de miles de argentinos desocupados”.
En su réplica a los gobernadores, el Gobierno ratificó “su decisión de actuar con la máxima cooperación y solidaridad entre todas las jurisdicciones con independencia del color político”, pero aclaró que los reclamos de los gobernadores están “relacionados con la grave situación en que se recibió el país en el último recambio constitucional, especialmente en el campo social por problemas que no son de ahora”.
En el pronunciamiento de los gobernadores influyó el enojo de Ruckauf ante las críticas de los intendentes bonaerenses de la Alianza durante su encuentro de anteayer con De la Rúa. Lo que se escuchó en la puerta del CFI prueba la influencia del bonaerense sobre sus pares: De la Sota, por ejemplo, declaraba al arribar que “se van a tocar sólo los temas sociales de cada una de las provincias” y Ruckauf ya hablaba de la “lentitud” del Gobierno. Al retirarse, el bonaerense volvió quejarse de la administración central, mientras que Reutemann –a quien en voz baja criticó más de un colega por haber arreglado por su cuenta el incremento de las partidas de los planes Trabajar en Rosario– esquivó los micrófonos.
“Les es muy difícil a los gobernadores aceptar que participaron de un gobierno que nos dejó una situación de un déficit enorme en lo económico y en lo social”, reaccionó la ministra de Desarrollo Social, Graciela Fernández Meijide. El jefe de Gabinete, Rodolfo Terragno, no entró en polémicas y opinó que con los mandatarios peronistas “no existe confrontación, sino distintas maneras de interpretar uno u otro hecho”.


opinion
Por James Neilson

Que gobiernen ellos

Por razones que podrían calificarse de “estructurales”, los gobiernos nacionales argentinos tienen forzosamente que ser neoliberales, autoritarios y proyanquis, es decir, “derechistas”, realidad que plantea algunos problemas porque al grueso de los políticos –ni hablar de los intelectuales que se preocupan por sus actividades– le encanta creerse antiliberal, antiautoritario y antiyanqui. Es por eso que en la Argentina “oficialista” es una mala palabra de connotaciones denigrantes, sinónimo de mentiroso, cobarde, corrupto y muchos insultos más. La contradicción supuesta por el abismo que separa lo deseable de lo factible no incomodó demasiado a Carlos Menem porque las opiniones de los compañeros lo tenían sin cuidado, pero la incapacidad para resolverla hundió a Raúl Alfonsín y ya amenaza con hacer naufragar a Fernando de la Rúa.
Semanas antes de despedirse de la Casa Rosada, Alfonsín confesó que hubo cosas que no supo, no pudo o no quiso hacer, lo cual era una forma de decir que a su juicio para gobernar uno tendría que ser un inmoral insensible, un canalla. Por fortuna, De la Rúa es menos cohibido que el último caudillo radical, pero sucede que su gobierno depende del apoyo activo de personas que preferirían estar militando en la oposición, sitio desde el cual podrían hablar pestes de la política económica, reclamar más rigidez laboral, solidarizarse con la Cancillería brasileña en lugar de las víctimas del desprecio visceral que siente el Líder Máximo Fidel Castro por los derechos ajenos, y, sus voces vibrantes de indignación, acusar al Gobierno de haber ordenado a los muchachones de la Federal apalear sin piedad a sindicalistas inofensivos.
Partes de la franja progresista ya se han alejado del Gobierno. Otras están esperando que se produzca un pretexto adecuado para seguirlas. ¿Y entonces? Aunque tanto aliancistas doloridos como peronistas pacientes le permitan a De la Rúa gobernar por decretazos por miedo a lo que ocurriría si tirara la toalla, muchos pronto se convencerán de que una vez más el poder está en manos de una camarilla ultraderechista que presta más atención a lo que dicen los banqueros norteamericanos que a las súplicas de un pueblo excluido harto de “los números”. Será un destino ingrato para un presidente que asumió menos de medio año atrás como jefe de una coalición de “centroizquierda”, pero puesto que la única forma de eludirlo consistiría en emprender una “epopeya” principista a sabiendas de que su fracaso sería realmente espectacular, sería con toda seguridad la alternativa menos mala de entre las disponibles.

 

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