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el Kiosco de Página/12

Ser real
Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona 

UNO El asunto tiene el orwelliano nombre de Gran Hermano y �además de ser un programa de televisión que está conmocionando a España luego de haber hecho lo propio en Alemania y Holanda� es una de esas ideas mefistofélicas: meter a diez mujeres y diez hombres jóvenes adentro de una casa que desborda de cámaras y micrófonos durante tres meses y no dejarlos salir, seguirlos seguirlos durante veinticuatro horas al día por un canal de cable o en resúmenes diarios por uno de aire, obligarlos a ser �divertidos� y �apasionantes� porque, si no, serán eliminados hacia el exterior de uno en uno por votaciones secretas entre ellos que resultarán en dos candidaturas cada quince días y, finalmente, por decisión telefónica de la audiencia. El último, el que quede adentro, se llevará algo así como 125.000 dólares además de un futuro mediático casi asegurado porque �recuérdese The Truman Show� no se puede ser más famoso que alguien cuya fama reside en no haber hecho nada especial pero, eso sí, haberlo hecho por televisión. La ecuación es la misma pero los factores se desordenan: antes se llegaba a la televisión luego de ser célebre, ahora la televisión te hace famoso ahí adentro. Y, claro, no te deja salir al otro lado de las cosas. Más detalles, muchos, el próximo domingo en Radar, juro.

DOS La realidad real y la verdad verdadera. Así, diez personas adentro y, por ahora, seis millones de televidentes afuera festejando sus gracias sin guión, sus lágrimas sin glicerina, sus pedos y sus culos y sus tetas, sus brotes de hiperkinesia y sus largos momentos zombies, su amor y su odio, su compañerismo inicial y sus intrigas casi inmediatas. Gran Hermano �que comenzó hace dos domingos con aires de estudiantina y amenaza con llegar a un final parecido a 10 Indiecitos� ha superado todos los techos de audiencias y se ha convertido en Gran Tema Nacional con primeras planas en todos los diarios y conversaciones en todos los bares. Fernando Savater y Román Gubern teorizan sobre Gran Hermano en los suplementos del domingo mientras que ir a ver por afuera la casa del Gran Hermano en las afueras serranas de Madrid se ha convertido en interesante programa de miniturismo findesemanesco. El problema está, claro, en la intromisión de la ficción en la realidad, en la fragilidad cada vez más frágil de ciertos límites. Noches atrás, en Sevilla, en plena Semana Santa, estalló el pánico en varias procesiones religiosas de esas con encapuchados que parecen más adoradores de Satán que de otra cosa. Lo vi por televisión, la gente corriendo como loca y gritando como alucinada. Nadie pudo explicar el porqué pero, de inmediato, se pensó en uno de los últimos éxitos de taquilla del cine español. Nadie Conoce a Nadie �thriller juvenilista y hueco que a Adrián Suar le hubiera encantado producir y protagonizar� habla sobre un grupo de bonitos adolescentes adictos a los juegos de rol en vivo durante esta misma Semana Santa. Los juegos de rol donde se adoptan personalidades ajenas y se divide a una ciudad como si fuera un tablero y se llega, en ocasiones, a extremos peligrosos. Bueno, eso. Otra vez: alguien dijo �me gustó la película, qué buena idea, armemos una de la que vaya a hablar todo el mundo�. No hay culpables discernibles todavía pero se ha montado una caza de brujas por los departamentos de informática y matemáticas de varias universidades sevillanas: el hogar de los nerds neuronales y los cyberpunks con ganas de armar lío. Alguien apunta que, tal vez, la gente se puso a correr pura y exclusivamente porque se dio cuenta de lo absurdas y morbosas y sórdidas que son esas procesiones sevillanas. Pero nadie le festeja el chiste y se pasa a otras cuestiones igualmente urgentes: la historia del adolescente que, poseído por el espíritu de un juego de video, despachó a toda su familia con una espadade samurai y, al ser atrapado por la policía, dijo que cuando hizo lo que hizo se sentía como en un sueño o en una serie de TV, da igual. 

TRES La sospecha, entonces, es que todo se haya convertido en un programa de televisión y no nos hayamos dado cuenta. Que la verdadera verdad haya que ir a buscarla a partir de ahora a estos nuevos programas televisivos porque estamos agotados de soportar las lágrimas histéricas de la prima de Eliancito en E.G. Phone Home (la versión Miami) o la elocuencia de Fidel en ¡Cubanito, Sí Señores! (la versión La Habana); de los dramas legales de Pinochet y Bill Gates (ambos titulados, por muy diferentes motivos, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?), de los gatillos calientes del último norteamericano armado que decide salir a cazar transeúntes en Mató Mil, las intrigas vaticanas para la sucesión de sumo pontífice en Paponia o las intimidades políticas de Washington en Sexo & Saxo, para citar algunos de los programas con mayor rating de los últimos meses. Lo dicho: apagar la ficción de la realidad en los noticieros y encender la realidad de la ficción en Gran Hermano y los sucesivos hermanitos que irán proliferando en todo el planeta con velocidad de conejos mediáticos. Y así, remoto control en mano, sentarnos a esperar ese fin del mundo que ya empezó hace bastante tiempo y que, aunque no lo sepamos, tal vez nos haya convertido en el programa favorito de alguna cultura extraterrestre que, de vez en cuando, envía a los suyos a ver nuestras vidas imaginarias en carne y vivo y en hueso y en directo.

REP

 

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