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LA VERDADERA HISTORIA DEL JUEZ MARIANO GONZALEZ PALAZZO
Con el corazón en la Boca

Fue quien, cándidamente, relató cómo José Basualdo lo visitó con un barrabrava. Es vocal titular del Colegio de Arbitros de la AFA en representación del club de sus amores y tendría vinculaciones con la DEA.

Los incidentes del amistoso Boca-Chacarita, ocurridos en 1999.
Tras esos episodios fue detenido y procesado Fernando Di Zeo.
 


Por Gustavo Veiga 

t.gif (862 bytes) Al doctor Mariano González Palazzo lo perdió su corazón boquense. El vicepresidente de la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional es tan fanático del equipo que conduce Carlos Bianchi, como habitué de los palcos VIP que mandó levantar su amigo Mauricio Macri en la Bombonera. Su perfil de hincha caracterizado –definición acuñada por su colega Víctor Perrotta– le significó tener un traspié en ese pueril contrapunto que mantuvo con José Basualdo a través de los medios. Su difundido encuentro con el futbolista y el procesado líder de la barra brava, Rafael Di Zeo, trascendió el marco de la anécdota tribunalicia y generó dos hechos que no deben soslayarse: por un lado, permitió conocer ciertos antecedentes de su trayectoria en la Justicia y, además, de qué se ocupa en el mundo del fútbol con el incondicional apoyo del presidente xeneize. El juez pertenecería a la denominada Orden del Martillo –una agrupación de magistrados poco difundida– que posee vínculos muy estrechos con la DEA. Pero, además, en sus ratos libres integra como vocal titular el Colegio de Arbitros de la AFA en representación de Boca. Podría sostenerse –si se apela a una frase muy común sobre el juego–, que se trata de un hombre con presencia en las dos áreas. 
González Palazzo acaso no midió la dimensión pública que iba a adquirir su entrevista con Basualdo, un barrabrava y el abogado Marcelo Roquetti, integrante del bufete de Adrián Menem, hijo del senador Eduardo Menem. La reunión se desarrolló en el edificio de la Cámara del Crimen ubicado frente al viejo Palacio de Tribunales. Un sitio al que no accede el público corriente y donde, según el juez, Di Zeo no fue percibido como un barrabrava hasta que se lo contaron más tarde. Resulta cuánto menos curioso. El Rafa –mote por el cual también se lo conoce al personaje violento– es hermano de Fernando Di Zeo, quien unos días después del encuentro vio desvanecerse la posibilidad de salir de prisión por un fallo de la Sala I de la Cámara del Crimen (González Palazzo pertenece a la Sala V).
Trascendió en los medios que durante la charla se le habría solicitado al magistrado que intercediera ante sus pares sobre el destino del barrabrava detenido. Esta hipótesis de difícil corroboración fue desechada por el juez, aunque –a diferencia de Basualdo– sí expresó que Rafael Di Zeo, Roquetti y el jugador habían ingresado juntos a su despacho por pocos minutos. El Pepe contraatacó con el argumento de que al hincha se lo topó por sorpresa en la Cámara del Crimen. 
Más allá de estas explicaciones, tal vez irrelevantes si se apunta al fondo de la cuestión, González Palazzo cometió un desliz que no contribuye a resguardar su investidura. Por error u omisión, como se estila decir en términos jurídicos. El Rafa, al igual que su hermano, está procesado. Y Fernando –al momento de la reunión– no tenía resuelto su pedido de excarcelación. Si se admite que esta situación no constituye delito (sea en la versión del juez o en la de Basualdo), también debe reconocerse que del peculiar encuentro no se desprende un compendio de ética. 
Hace unos días, un letrado que litiga contra el joven Sebastián Cabello, quien mientras corría picadas sobre la avenida Lugones mató a una madre y a su hijita, no fue atendido cuando había solicitado una audiencia en la Sala V. González Palazzo se encontraba en su lugar de trabajo, no así su colega Mario Filosof, quien gozaba de una licencia. Tres fuentes vinculadas con la Justicia consultadas por este medio caracterizaron la reunión del magistrado con el barrabrava y Basualdo como “una tontería” y abonaron la teoría que, en lenguaje tanguero, podría sintetizarse así: “Al juez se le piantó el corazón”.
La historia de González Palazzo (“un hombre preocupado por la violencia en el fútbol”, como se definió en estos días) tiene facetas un tanto desconocidas. Supo compartir alguna mesa de discusión sobre ese tema conMario Gallina, un ex árbitro y policía en actividad que trabaja desde hace tiempo contra el accionar de las barras. Y además, en su condición de hincha de Boca, tuvo participación en la organización de un asado al que asistieron otros jueces como él en un quincho del club durante 1998. Dicen que los magistrados Eduardo Moujian y Luis Zelaya, entre otros, tomaron parte del convite unidos por la misma pasión. 
No en vano, González Palazzo se define como “fanático” de los colores azul y amarillo. Las dos camisetas firmadas por el plantel que le llevó Basualdo a su despacho son una prueba. También su relación con Mauricio Macri le abrió las puertas a un mundo reservado para hinchas de abolengo. El camarista es uno de los cuatro vocales que en la actualidad ocupan cargos en el Colegio de Arbitros de la AFA. Y ejerce esa función por mandato de su querido Boca. Jorge Romo, aquel que Javier Castrilli denunció por supuestas irregularidades cuando abandonó el referato, preside el ente que completan el ex dirigente de Racing Rubén Mattiauda y dos representantes de los sindicatos arbitrales, la AAA y el SADRA. River, al que le pertenecería la quinta vocalía, no designó hasta ahora a su delegado. 
Las atribuciones de González Palazzo en el Colegio son la designación de los referíes para los respectivos partidos, la supervisión del funcionamiento de dicho organismo, el análisis de los desempeños cumplidos por árbitros, veedores y asistentes y la difusión de las reglas que guardan relación con el juego. Allí, en la AFA, el presidente de Boca ya habría intentado colocarlo en el Tribunal de Disciplina hace dos años, cuando el club se sentía perjudicado por ciertos fallos deportivos. 
González Palazzo realizó buena parte de su trayectoria judicial en la ciudad de Comodoro Rivadavia. Allí se desempeñó como juez provincial, procurador general ante el Tribunal Superior chubutense y camarista federal. Su familia, tan tradicional como acaudalada, tiene entre sus miembros a un ex gobernador. Ya en la década del 90 pasó a trabajar en la Cámara del Crimen de la Capital Federal. Quienes lo conocen dan fe del modo afable y cortés con que se vincula con los demás. Por estas horas, quienes también se han codeado con él en algunas ocasiones describieron su “cholulismo” y lo atribuyeron en buena medida a su incondicional amor por Boca. Pero la característica menos difundida de su personalidad está simbolizada en el distintivo que suele llevar en el ojal de sus sacos. Un martillo, la señal que identifica a los jueces que poseen fluidas relaciones con la DEA, la organización destinada por Estados Unidos para investigar y reprimir operaciones de narcotráfico en todo el mundo. En el caso del camarista, ese emblema está tan cerca de su corazón como los colores boquenses que lo llevaron a no distinguir entre un hincha apacible y un barrabrava sometido a proceso. 


De la ley a la camiseta

La primera vez que un magistrado se topó con una barra brava fue para tipificar su conducta. Corría el 24 de abril de 1967 y, quien por entonces era juez de menores, Jorge Moras Mom, la definió jurídicamente como “manifestación de delincuencia social organizada”. Se trataba de investigar el asesinato de Héctor “Tito” Souto, un estudiante de 15 años que encontró la muerte durante un partido disputado entre Huracán y Racing en Parque Patricios. 
Transcurrieron muchos años y, aquella tarea rigurosa emprendida por Moras Mom que culminó en condenas para tres de los implicados, se tornó un borroso recuerdo. Los jueces se fueron vinculando al fútbol de un modo diferente. Muchos de esos hombres, tan hinchas de un club como cualquier habitante de la Argentina, desbordaron de pasión y hasta hicieron públicas sus relaciones con otros personajes de la tribuna. El caso de Alberto Ramón Durán, alias Tito, se convirtió en un paradigma entre sus pares. El 20 de junio de 1991, Página/12 publicó una entrevista al juez federal de La Plata y conspicuo seguidor de Gimnasia en la que afirmaba: “Al velatorio de Fierro fuimos todos porque él era un guapo de verdad. Hace poco, él solo se encargó de colgar esa bandera que tenemos de cien metros en la Bombonera. Y hay que ser muy guapo para hacer eso solo y de noche. Por eso era muy respetado, y por eso al velatorio fuimos todos, desde el ciudadano más ilustre hasta el más desconocido”. 
Durán se refería a Marcelo Gustavo Amuchástegui, más conocido como el “Loco Fierro”, antiguo líder de la barra brava tripera, quien había sido muerto por la policía rosarina en la madrugada del 28 de mayo de 1991. 
Más jueces, tan fanáticos de sus equipos como Durán o Mariano González Palazzo, se sumaron a la lista de miembros del Poder Judicial que no disimularon sus simpatías. Federico Guillermo Atencio, otro magistrado platense que intervino en causas resonantes sobre violencia en el fútbol a partir de 1995, definió su pasión por Estudiantes en cuatro palabras: “Soy un recalcitrante pincharrata”. 
Quien arroje la primera piedra, adentro

Quien, esta tarde, arroje la primera piedra, que sepa a lo que deberá atenerse. Hoy, en el marco de una causa iniciada en 1998 por incidentes ocurridos durante un clásico en la Bombonera (aquella vez ganó Boca 3–2, la noche en que el chileno Salas desvió un penal), el juez de Instrucción Mariano Bergés estará atento y desde los palcos, a todo aquello que pueda ocurrir durante la nueva versión del partido más convocante. El magistrado hizo saber que concurrirá al estadio acompañado por algunos oficiales de Justicia con el propósito de determinar conductas violentas que puedan originarse desde las platas y palcos VIP. 
La razón es que, cuando le tocó actuar hace dos años, Bergés detectó que a un agresor individualizado por el ex árbitro Javier Castrilli durante aquel clásico, la policía no lo detuvo como hubiera correspondido. Acaso por connivencia de un oficial uniformado o porque los que arrojaban proyectiles hacia el banco de suplentes de River eran muchos, la causa no prosperó demasiado en la detección de culpables, aunque sigue abierta. 

 

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