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“Pescado Rabioso también estuvo cerca de regresar”

 

Black Amaya, ex baterista de la célebre banda comandada por Luis
Alberto Spinetta, cuenta que existieron firmes contactos para concretar
lo mismo que Sui Generis, pero que David Lebon pidió demasiado dinero.

 

Black Amaya dice que tuvo que resignarse a volver al under.


Por Cristian Vitale
t.gif (862 bytes) El baterista Black Amaya tuvo sus quince minutos de gloria allá lejos en el tiempo. Con David Lebon al bajo, había conformado la base del primer Pappo’s Blues y poco después, tras la disolución de Almendra, Luis Alberto Spinetta los convocó para Pescado Rabioso. Amaya fue entonces baterista de dos de los grupos más importantes del primer lustro de la década del 70. Temas imperecederos como “Adónde está la libertad” (Pappo’s Blues I, 1971), “El tren de las 16” (Pappo’s Blues II, 1972), “Algo flota en la laguna” (Desatormentándonos, 1972) o “Rock de la Selva Madre” (Pescado II, 1973), tienen su sello de baterista. En aquel momento tenía 22 años, bastante plata, mucha energía y un futuro brillante. Pero las cosas no salieron del todo bien en su película y de a poco debió acostumbrarse al anonimato. “Volví a ser under, ¡qué le voy a hacer!”, reconoce, resignado. Sin embargo, hoy, con 49 años, el “Negro” sigue conservando retazos de aquel espíritu. Y dice que Pescado Rabioso y Pappo’s Blues podrían haber tenido el mismo destino de regreso que Sui Generis, pero que David Lebon puso trabas insalvables. Su último proyecto estable fue con Los Robertones, una banda que duró tres años, grabó un disco en 1998 y se separó por “graves problemas económicos”. De vez en cuando aparece como invitado de Juanse o Pappo. Vive de dar clases o clínicas en diversas ciudades del interior. Y. esporádicamente, se presenta en boliches al frente de un grupo cuyo nombre suena ignoto a la masa rocker del 2000: “Black Amaya y amigos”.
–¿Qué siente un músico cuando, después de haber tocado con los más grandes, se queda sin trabajo o tiene que “pucherear”?
Es duro pero me tuve que acostumbrar. Hace muchos años que toco en el circuito de pubs. También voy a las provincias y hago clínicas. Por suerte aún vivo de la música. Pero a veces siento bronca porque no me llaman para tocar en festivales: voy a ver a los organizadores con una carpeta, un demo, un currículum y el tipo que tenés enfrente es un pibito que ni te conoce. Te vueltea y al final te descarta. Lo llamás mil veces y siempre está en una reunión. Es una falta de respeto. De todas maneras, nunca voy a dejar de tocar rock y blues. No voy a transar por un mango más, a pesar de que Los Robertones tuvimos que separarnos porque lo que vende es otra cosa: la música enlatada que mandan de las compañías de Estados Unidos.
–Pero hay grupos, como Los Redondos y La Renga, que escapan a eso y son populares.
Porque enfocan a un mercado que también es consumista. Además, cuando ya andás por los 40 años si no escribís letras que identifiquen a los pibes, por más que hagas buena música, es muy difícil que vendas. Da la sensación de que tenés que escribir sobre drogas, violencia y bardo para tener éxito. Y la música, en ese paquete, a veces queda de lado. 
–Se puede pensar también que usted no vende porque toca un género que interesa a un sector minoritario de ese público “consumista”...
Puede que sí y puede que no. Pero Memphis está arriba y es re-blusero. Tuvieron que esperar 20 años, pero llegaron a ser populares. Ojo, que en el resto del mundo la cosa no es muy distinta. En Chicago, Buddy Guy no junta más de 50 personas en el boliche. Lo mismo pasa con Deep Purple, que no mete más de 300 tipos por show. Pero acá vienen bandas viejas y llenan cualquier cosa. Yo creo que el desinterés pasa por otro lado. La gente no se interesa porque hay mucha desinformación, y no porque no le guste el blues-rock. Otra cosa: es muy usual que el músico argentino de rock se olvide de los de abajo cuando llega a algo. Empieza a manejarse en otro ambiente.
–¿La crítica va dirigida hacia los músicos de su generación?
Sí. Es más, la mitad de los músicos de mi generación están destruidos. Y la otra mitad está en un pedestal, en Punta del Este o Barrio Norte. Yno están más con la gente de los barrios. Como hay tanto desorden, los músicos de la nueva generación no tienen espejos donde mirarse. 
–¿Por qué destruidos?
Por el alcohol y los recuerdos. No pueden salir de ahí. Es muy triste. Me encantaría que volvieran tipos como Javier Martínez o Alejandro Medina con proyectos a todo trapo. Pero les cuesta mucho. Y después están los que no quieren bajar: les sacan la guita a los pibes y se la gastan con los mejores boliches y las mejores putas. Van a comer con la Legrand. 
–Sin embargo, hay músicos de su generación que siguieron trabajando seriamente. Y no darían con el perfil de los dos grupos que usted menciona: Gustavo Santaolalla, Aníbal Kerpel, Ciro Fogliatta...
De acuerdo, pero creo que el que lleva la bandera en alto es Spinetta. El otro día me decía que no le importaba si Los Ojos vendía o no.
–¿Cómo fue la idea de reunir a Pescado Rabioso, que no había trascendido hasta ahora?
–Hace un tiempo existió la oportunidad de reunir tanto Pappo’s Blues como Pescado Rabioso. En ambas ideas, las trabas las puso David Lebon. Pappo y yo estábamos de acuerdo, pero David pidió mucha guita. Y con Pescado lo mismo, Cutaia, el Flaco y yo estábamos preparados para volver a tocar. Pero Lebon quería una fortuna. Es una pena, podríamos cerrar la historia de una de las bandas más grosas de la historia. Se ve que con el retorno de Seru Giran ganó mucha plata y especulaba con hacer lo mismo con nosotros.
–Usted marca diferencias de conducta tajantes entre los músicos exitosos y el resto. ¿En qué sector se sentía usted cuando tocaba la batería en Pescado Rabioso o Pappo’s Blues, dos bandas exitosas?
Tenía 22 años y, es cierto, sentía que había llegado a algo. Tocar y aprender con Luis y Pappo era tocar el cielo con las manos. Pero nunca pensaba en la guita que iba a ganar. Ahora un pibe de 22 años ya está al tanto del valor de las regalías o la plata que puede generar un show. El músico arranca pensando en los dólares. Nosotros tocábamos de corazón. 
–El reviente también está asociado con muchas bandas de los ‘70.
Pero era un reviente mental. Estábamos en la calle, íbamos presos y esas cosas. No hacíamos de eso una estrategia comercial. Cuando tocábamos con Luis a veces se generaba algún quilombo, pero él paraba el show y su mensaje siempre era “esto no es una guerra, es un recital y somos todos hermanos”. Hoy hay bandas que no hacen nada contra eso.
–¿Se refiere a Los Redondos?
Sí, me ha pasado de ir a verlos y pasar momentos feos. Una vez, comenzó el recital y unos 300 pibes rompieron un frente de vidrio a ladrillazos. En vez de calmar los ánimos como hacía Luis, el Indio peló un duro rock and roll. Eso no me gustó.
–¿Cómo quedó usted después del reviente?
Por suerte, hace 9 años que no consumo drogas. Pasé muchas etapas de consumo, pero estoy limpio. Ni siquiera tomo alcohol.
–¿Qué impresión le produce que Charly García y Andrés Calamaro tengan una disputa pública por el supuesto sitial del número uno?
A Calamaro lo descarto. La otra vez dijo que el rock de los ‘70 había muerto y que el nuevo rock empezaba con él y Los Visitantes. Yo dije “este pibe está loco”, porque los jóvenes lo escuchan y le dan crédito. Pensar que fue Beto Satragni quien lo hizo debutar con Raíces cuando tenía 16 años. Tocó conmigo en Corina, una banda que teníamos con Gringui Herrera. Cuando lo escucho me dan ganas de matarlo. No te podés olvidar de Moris, de Cantilo o de Soulé.
–¿Y Charly?
Está muy equivocado. Yo lo conozco desde que tomaba Seven-Up, mucho antes de que se meta en el circo que él mismo denunciaba en sus letras. Me parece que fue un error grave dedicarle un disco a Menem. Fue lamentable.

 

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