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Hespèrion XX reinventa un arte
hecho de mezclas y malentendidos

En �Diáspora Sefardí� el grupo de Jordi Savall y Montserrat Figueras interpreta la herencia dispersa de los judíos de España.


Por Diego Fischerman

t.gif (862 bytes) Hay dos palabras que se excluyen mutuamente: cultura y pureza. Y si hay un territorio donde esto se expone de manera radical es el de las canciones sefardíes. Originariamente judía y española, emigrada a causa del decreto real que expulsó a los judíos de España, vuelta a veces a España, mucho después, esta música atravesada de exilios e impurezas se ha dejado atravesar, además, por cada una de las culturas con las que convivió. En Sarajevo, Esmirna, Salónica, Sofía, Marruecos o Rodas, se mezcló lo que ya venía mezclado y se produjo una cultura en movimiento perpetuo. Nadie puede asegurar hoy que esos retazos sobrevivientes en pueblos de Turquía, los Balcanes, el norte de Africa o América suenan igual que en 1492. Y el gran acierto del notable grupo Hespèrion XX, fundado por el violagambista Jordi Savall y donde son figuras protagónicas su mujer, la cantante Motserrat Figueras, y la hija de ambos, la arpista Arianna Savall, es jugarse a esas impurezas; poner sus fichas no en la reconstrucción sino en la reinvención de un arte construido sobre mezclas y malentendidos.
Podría decirse que el sonido de Hespèrion XX, lejos del de la España medieval aunque use sus instrumentos, es, a esta altura del partido, tan folklórico �o más� que el de sus fuentes. Hespèrion XX suena a Hespèrion XX y eso es bueno. Porque habla de la creatividad, originalidad y compromiso estético del grupo que revolucionó, hace unos veinticinco años, la manera de hacer música anterior al clasicismo. Casi en sus comienzos, el grupo había publicado un álbum doble con mucho de genial, donde presentaba un panorama de las Españas cristiana y judía durante la Edad Media. Ahora, nuevamente un doble, llamado Diáspora Sefardí y editado por Alia Vox, el sello creado por el propio Savall, vuelve sobre ese repertorio que se resistió a desaparecer después de más de cinco siglos de exilio y redobla la apuesta. Esta vez, incorporan alguna canción más moderna (�En la santa Helena� puede situarse en el siglo XX) y algunas improvisaciones (de Yair Dalal en oud y de Ken Zuckerman en sarod, junto al percusionista Pedro Estevan). El primero de los dos discos está dedicado a versiones cantadas (por Figueras, obviamente) y el segundo a interpretaciones instrumentales. Los integrantes son el argentino Pedro Memelsdorff en flautas, Andrew Lawrence-King y Arianna Savall en arpa, Begoña Olavide en psalterium y quanun, Xavier Díaz y Edin Karamazov en laúd y el propio Savall en lira, viola y rebab. Y tanto la grabación como la presentación del álbum son excelentes. Pero donde estos dos CDs resultan extraordinarios es en el grado de libertad que traduce la música. 
Desde los instrumentos (de la España medieval, pero también del Mediterráneo actual) hasta las formas de desarrollar un tema, tomando como modelo a las especies trovadorescas del norte africano y a las músicas griega, búlgara y de Turquía, no hay nada que no sea verosímil. Y, al mismo tiempo, nada donde no se haya trabajado al máximo la idea de recreación. Es bien poco lo que hoy puede saberse acerca de cómo sonaban estas canciones hace 600 años. Y Hespèrion XX no intenta reproducirlo. Simplemente, a partir de los datos conocidos, de las fuentes y de las prácticas de interpretación supervivientes en distintos folklores, se sumerge en ese mundo estético y se lo apropia. Lo hace suyo no con la distancia del entomólogo sino con la irreverencia del artista. 

 

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