Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira

el Kiosco de Página/12

San Aramburu
Por Miguel Bonasso

El diario La Nación fue fundado por Bartolomé Mitre como una “tribuna de doctrina” y ya se sabe lo que decía Hannah Arendt acerca de la doctrina: que es una visión tan recortada de la realidad que suele conducir al crimen. A tal punto la doctrina ha pesado sobre la verdad en la historia del centenario matutino que la disposición, instaurada por el propio Mitre, de que no se mencionara jamás a Juan Bautista Alberdi en sus páginas, recién fue levantada en 1994, durante una reunión formal del Bartolomé Mitre actual con los editores del diario. No se conoce otro estalinismo en el mundo que haya durado tanto.
Por eso no es de extrañar que el 29 de mayo último (casualmente Día del Ejército), la “tribuna de doctrina” encargara a dos de sus principales plumas, Bartolomé de Vedia y José Claudio Escribano, la redacción de una hagiografía a dos voces sobre el teniente general Pedro Eugenio Aramburu, jefe de la dictadura militar que en 1955 desalojó violentamente al gobierno constitucional del teniente general Juan Domingo Perón.
Según Bartolomé de Vedia, Aramburu, que fue “presidente de la Nación durante un gobierno de facto”, se diferenciaba de “otros generales que accedieron al poder por la vía irregular del golpe de Estado (sic)” porque no era autoritario. “Al contrario, tenía los modales y la convicción de un auténtico demócrata”. 
En una catarata de elogios que no condice con la habitual mesura del articulista, De Vedia apenas dedica un párrafo apresurado al “baldón” que significó “para el gobierno de Aramburu” el fusilamiento del general Juan José Valle y los civiles “ejecutados en la clandestinidad”, pero aun en este caso el señalamiento está malversado por una disculpa inverosímil: “La opinión pública siempre tuvo la sensación de que la responsabilidad por esas trágicas decisiones no recayó únicamente sobre los hombros del presidente de facto”. De Vedia no conoce probablemente a Susana Valle, la hija del general que tenía quince años cuando su padre fue fusilado, tras un juicio sumarísimo y violando la promesa de respetarle la vida si se entregaba, que le había hecho el jefe de la Casa Militar y enviado especial de Aramburu, Francisco Manrique. Susana marchó con su madre a Olivos a suplicar el perdón del “auténtico demócrata”, pensando tal vez que la vieja amistad entre la familia Aramburu y la familia Valle podía servirles de algo. Un ayudante les explicó que el general estaba durmiendo y que no podía ser despertado.
En un certero aunque poco divulgado texto, escrito en 1972 como “Epílogo” para una nueva edición de Operación Masacre, Rodolfo Walsh desnudaba la “canonización de Aramburu” operada por “los doctores, la prensa y los herederos políticos”, mediante “el ditirambo y la elegía” y refutaba además la prédica de los aramburistas más inteligentes, a quienes no se les escapaban “las causas del odio popular” y sostenían “que el Aramburu de 1970 no era el de 1956 y que colocado en las mismas circunstancias no habría fusilado, perseguido ni proscrito”. 
Para Walsh ese arrepentimiento, aun de ser cierto y sincero, no cambia las cosas: “El mal que hizo fueron los hechos y el bien que pensó, un estremecimiento tardío de la conciencia burguesa”. Porque “el gobierno de Aramburu encarceló a millares de trabajadores, reprimió cada huelga, arrasó la organización sindical. La tortura se masificó y extendió a todo el país” en una implacable persecución de clase, “que pocas veces se ha visto”. Medidas a las que bien cabe agregar el decreto 4161 que prohibía al partido peronista y afines y penaba con la cárcel la simple mención de los nombre de Perón y Eva Perón. 
Persecución política y sindical que Walsh explica correctamente desde el fundamento económico y social que la torna inevitable: “Su gobierno modela la segunda década infame. Aparecen los Alsogaray, los Krieger, losVerrier, que van a anudar prolijamente los lazos de la dependencia desatados durante el gobierno de Perón”. La República comienza “a gestionar esos préstamos que sólo benefician al prestamista, a adquirir etiquetas de colores con el nombre de tecnologías, a radicar capitales extranjeros formados con el ahorro nacional y a acumular esa deuda que hoy grava el 25 por ciento de nuestras exportaciones”. (Cualquier parecido con la actualidad es pura coincidencia.)
En el artículo de Escribano (“La dimensión moral de un prisionero”), se dice alegremente que con “el crimen (de Aramburu) se abrió formalmente un largo período de violencia en Argentina”, lo que omite -.entre otros episodios “pacíficos”– el bombardeo de la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, donde hubo 200 muertos y 2000 heridos anónimos y olvidados. En su elegía, Escribano dice sin embargo una verdad: al releer lo que él mismo había escrito en 1974 en su columna “La semana política”, siente que “nada debe corregir respecto de lo que en el pasado afirmó sobre instituciones y personas”. Sin duda el “liberal” Escribano es un hombre coherente, a tono con la “tribuna de doctrina”: siempre hizo la apología de las dictaduras militares.

REP

 

PRINCIPAL