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el Kiosco de Página/12

El complot
Por Juan Gelman

A María, que quiso saber

Lo había intentado antes –dos veces– sin éxito. Finalmente, el 20 de julio de 1944, el coronel Claus Graf von Stauffenberg logra depositar un portafolio con bomba adentro bajo la mesa alrededor de la cual Hitler conferenciaba con su Estado Mayor en el cuartel general establecido en Prusia oriental. La bomba estalló, pero Hitler sale del trance con heridas superficiales. Stauffenberg, no: es fusilado esa misma noche, otros 200 complotados, inmediatamente después y unos 5 mil, más tarde. Jefes con mando de tropa como los mariscales Kluge y Rommel, vinculados al intento por conocerlo y no denunciarlo o impedirlo, se suicidan en agosto y octubre, respectivamente. Las dimensiones de la conspiración no eran pequeñas.
Se conocen las razones. Los desastres nazis en Stalingrado y El Alamein habían impreso un giro definitivo a la guerra que el nazismo venía ganando con traiciones y comodidad. A fines de 1943 se dibujaba nítidamente en el horizonte la derrota de Alemania: Mussolini preso, la invasión aliada a Italia, el ejército ruso a la ofensiva, el bombardeo incesante de territorio alemán, eran hechos que únicamente Hitler se negaba a aceptar. Encerrado en su cuartel general, no aceptaba de su secretario Martín Bormann otra cosa que partes de victoria, cada vez más escasos. Algunos oficiales y jefes de la Wehrmacht continuaban organizando su deseo de que la inevitable rendición alemana se concretara en términos menos catastróficos que la incondicional. Sólo había un medio para lograrlo: dar un golpe y eliminar al Fuhrer. La conjura tuvo varios centros y uno de los principales fue la Abwehr, la unidad de contrainteligencia del ejército. Himmler la disuelve en 1943 y el polo conspirativo pasa al Estado Mayor del ejército de reserva, del que Stauffenberg era jefe. En el frente había perdido el ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de la izquierda, y se autopropuso para ejecutar el atentado.
Menos claras, en cambio, son las causas del fracaso del golpe –fue rápidamente aplastado en Berlín y París– y sobre el tema hay no poca especulación, en especial académica. Se ha señalado la diversidad de individuos y la variedad de motivos que podrían haberlos impulsado a la maquinación, desde –se ha dicho– un sentido de moral cristiana ultrajada por las atrocidades nazis, o de irritación institucional por el predominio del partido sobre el ejército, hasta la perspectiva de una derrota humillante. La existencia de este último sentimiento se remonta a 1938, cuando un grupo reducido de jefes y oficiales del ejército planeó el derrocamiento de Hitler a fin de evitar una guerra con Gran Bretaña. El Pacto de Munich quitó pretextos a ese proyecto, pero algunos militares involucrados en tal conspiración siguieron tejiendo la trama que condujo al estallido de la bomba en julio del ‘44. Para entonces, la conjura abarcaba a numerosos grupos y redes que iban mucho más allá del puñado de militares que Hitler culpó furioso el día del atentado.
El historiador alemán Joachim Fest observa con razón que los complotados fracasaron, entre otras cosas, porque carecían de apoyo civil, aunque algunos intentaron ganar el apoyo de ciertos socialdemócratas y sindicalistas aislados que habían podido eludir la represión: “La jerarquía militar superior –subraya– estaba sobre todo integrada por hombres de las clases altas que poco contacto tenían con la gente común”. Es una interpretación insuficiente. La resistencia antinazi en la Europa ocupada asomaba la cabeza en Francia, Italia, Grecia, Yugoslavia, Polonia, los Países Bajos. Ese nunca fue el caso en Alemania, donde- paradójicamente– la resistencia aparecía en los campos de concentración; en cambio, mucha “gente común”, hombres sin un particular antecedente nazi, fueron llevados a aceptar los asesinatos en masa de inocentes y aperpetrarlos en una escala excepcional. Esto no significa, como pretende el historiador estadounidense Daniel Jonah Goldhagen, que el extermino de 6 millones de judíos se produjo porque los alemanes “no son como nosotros”, como si hubiera que abordarlos de la misma manera que un antropólogo a una tribu exótica. Es una explicación peligrosamente tranquilizadora en un mundo en que los genocidios continuaron y continúan. Induce a pensar que tantos civiles argentinos que apoyaron a la dictadura militar “no son como nosotros”, y oculta las circunstancias sociales, políticas, económicas, institucionales y culturales que moldean actitudes de esa laya. Así, la repetición de los desastres es inevitable.
Los conjurados del ‘44 incurrieron además en fallas técnicas notables. No cortaron, por ejemplo, las comunicaciones por radio del cuartel general del Fuhrer, por lo que Goebbels pudo hacer escuchar el discurso que Hitler dirigió a la nación pocos minutos después del atentado, desvirtuando las versiones de que había muerto. La organización del golpe fue pobre. Joachim Fest destaca que los jefes y oficiales comprometidos estaban seguros de que sus subordinados los obedecerían automáticamente, pasando por alto que muchos de ellos se sentían ligados al Fuhrer por el juramento de lealtad que éste les había exigido en persona a cada uno. Seguramente, hubo más. Fest sugiere que en general la Wehrmacht era hostil al régimen nazi, pero investigaciones recientes demuestran que el ejército alemán no solamente no lo era: también participó con entusiasmo en el exterminio de judíos y las matanzas de civiles en el frente ruso.
Una de las medidas que Hitler tomó después del 20 de julio fue la consolidación definitiva de la preeminencia sobre la Wehrmacht de las tropas SS que él comandaba en directo. Eso no salvó a Alemania, que se rindió incondicionalmente el 7 de mayo de 1945. En el interín, los hornos crematorios de los campos de concentración nazis aumentaban aceleradamente el número de “tumbas cavadas en el aire”, que dijera Paul Celan.

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