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El lado oscuro de la noche tropical

En los tres días que siguieron a la muerte de Rodrigo se vendieron 170 mil copias de su disco. Y ya salió el cd rom: vida y obra del Potro. El negocio no se detiene: fabrica ídolos y los exprime. Aquí algunos protagonistas de ese mundo cuentan cómo se inventan esos grupos que corren por las rutas de un show a otro aunque no sepan cantar ni tocar. 

Fabián Vega, de Los Boy’s, cuenta 
que lo contrataron sin conocerlo.

José Bazán integró Luz Mala: dice que no sabía tocar ni cantar.


Por Alejandra Dandan

t.gif (862 bytes) –Whisky, licor y ginebra –se oye en radio–, cerveza en abundancia, mujer en cantidad, que siga la joda, que siga la hecatombe que soltero soy.
El dial marca 99,5. Es “Tropicallllísima que marca tu estilo”. Acaban de presentar un nuevo material de Ternura, del Beto Magenta. La emisora es uno de los soportes donde la movida tropical se hace billetes. Es base de operaciones de una de las dos discográficas que controlan el negocio tropicalísimo. Es el afiebrado brazo operativo del sello que reina detrás de tronos como el de Rodrigo: Magenta. La compañía de los hermanos Kirovsky acaba de largar el primer producto que exprime las bondades del finado. El cd rom del Potro: vida y obra. En los tres días que siguieron a su muerte, Rodrigo vendió 170 mil copias de su último disco. El más exitoso había vendido 320 mil copias. La industria no pierde tiempo, por eso la velocidad y la autopista y, quizá por eso, también el golpe y el final. En la ruta hay cientos de Rodrigos tropicales acelerando trafics para llegar a un show que termina pronto. Deben cumplir contratos con managers, boliches y con un pesado entorno social desde donde oyen, como mandato, el deber del éxito. Página/12 estuvo con parte de esa movida. Aquí los protagonistas denuncian estafas, presiones y el lado oscuro de un negocio donde la máquina de la mentira ha llegado a fabricar no sólo cantantes, sino también extraños accidentes.
–Nosotros vendemos mentiras.
El pope da un golpe de efecto. Este fue parte del diálogo de Roberto Ricci con Página/12. Ricci es director artístico de Magenta, desde que consiguió hace años una buena fusión estética de rock y ritmo metálico como representante de Rata Blanca. Su desparpajo incomoda un poco. “Rodrigo –dice– firmó con nosotros para vender discos. Esto es así: las regalías ahora son para sus herederos.” Dice y esquiva el melodrama: “Vos firmás un contrato con alguien para vender y ser famoso”. Por eso el cd interactivo entró en la máquina. Ahora Ricci concede sus números. Las tres compañías con las que grabó Rodrigo, dice, están vendiendo todo, incluso discos de la época pop y salsera. Las últimas ocho producciones tienen el sello de Magenta. Como el cd room.
–¿Estaba listo?
–Lo teníamos listo desde hace tiempo, estaba previsto que saliera. Incluso ahí no dice que está muerto.
El muerto que habla. Y cuanto más tiempo dure la movida, más recaudación habrá. 
–¿El éxito depende del talento? 
–No se sabe. Es una conjunción. No hace falta talento, a veces basta un tema. Rodrigo no era un tema. En cambio Commanche, con “Tonta” terminó con el artista.
La máquina de inventos
Ricci inventó el estilo joven, pelo largo y cumbiantero. “Me llamó Beto Kirosvky para renovar el ambiente.” Empezó con Commanche, siguió una cadena de montaje. 
En esa época, José Bazán mantenía su circuito en Valentín Alsina. De día, era ayudante de carga en un camión, de noche, de vez en cuando, iba de bailanta. En Terremoto conoció primero a la chica del guardarropa, puerta de ingreso, poco después a un casting convocado por Beto Kirovsky. “Quería chicos que sepan o no tocar para armar un grupo –dice José–. Le dije a un amigo que tocaba el bajo y juntamos a dos más.” Fue citado en Metrópolis, le dieron un casete con tres temas y una fecha para la supuesta prueba. “Salió como el traste –admite José–. En el VIP estaba Raúl Martorel, coreógrafo, y Kirovsky que gritaban ‘muy bien, muy bien’. Yo no entendía nada, los tipos gritaban: ‘Están contratados’.” Luz Mala está listo. 
–Creo que les dicen contratos leoninos –cuenta–: nunca se cumplen al pie de la letra. 
La primera marca de la fábrica de inventos estaba en marcha.
De lunes a viernes, de 10 a 13, tenía lecciones de baile, con Martorel. “Bailábamos todo el día, un pasito para adelante, tres para el costado –cuenta–: era medio ridículo, nunca había bailado. Me decían ‘tenés que levantar la carita’.” 
El grupo debía practicar tres temas, del resto se encargaba Magenta. “Este Jorge Kirosvky ya tenía los compactos completos. Desde el primer momento promocionaban: ‘en breve Luz Mala’.” A José le tocó el güiro y varias noches frente a un grabador adiestrando muñecas. Luz Mala tenía pautado el debut y hasta un origen mítico. Durante la grabación del primer disco, se dijo, se había producido un cortocircuito en una consola. Ese supuesto apagón inspiró Luz Mala como nombre. 
Hubo presentaciones en dos radios: 104.7 y 99.5. Hubo tele y shows donde un minidisc resolvía la falta de destreza. 
–Para mí, la gente se daba cuenta. No sé cómo no reclamaban: “Loco tirá una nota porque estás haciendo cualquiera”. Yo quería que al menos me enchufaran un cable para que crean que estaba tocando.
José fue parte de la generación Commanche. Beto Dorfman, representante entre otros de Sebastián y ex Pomada, aclara que ese movimiento se concentró entre el ‘94 y el ‘97. Después, dice, desapareció. También Roberto Ricci, de Magenta, asegura la muerte del play back:
–¿No le parece un engaño tocar en play back?
–La gente sabía que no estaban ni enchufados. Era un ballet, esto es viejo...
Sin embargo, los críticos señalan que más que moda en desuso, el play back es marca de género. La música tropical comenzó a crecer en Buenos Aires a partir del ‘87 con la apertura de Fantástico Bailable, de los Kirosvky. Esa especie de simbiosis de ritmos latinos se desarrolló como negocio rápido detrás de un minidisc. 
–Nunca me enteré de que grabé un disco.
Cuenta ahora el ex Luz Mala. 
El grupo de José lanzaba su segundo disco bajo el sello Magenta. Aunque, por pudor, habían aprendido a tocar en vivo, Kirosvky no concedió la grabación. “Grabaron las guitarras, batero y tecladista –dice José–. El bajo no, el pibe de las tumbadoras tampoco y yo tampoco”. Su güiro lo tocaba otro, tal vez un fantasma técnico. 
Platinos de chapón 
Por la radio anuncian a los Indios, estarán en Popularísssimo bailaaable, el Rey del Cuarteto. De paso presentan un avance.
–Soy el muchacho de los barrios pobres –se oye–, me gusta la joda/.../No quiero laburar/no me gusta el trabajo/no quiero trabajar.
El corto publicitario no tiene remate sino un enganchado que anuncia a los i-lu-mi-nadores de tuuu corazón: Grupo Luz. Y cantan: sufrirás, sufrirás, por culpa de tu amor. En compactos y casetes. 
Luz no es Luz Mala, pero acaso sus contratos mantengan idénticas formas. Ricci, de Magenta, lo admite. “Los contratos son los peores –admite–. El artista, con el primero, no está en condiciones de exigir nada. Es malo. Si a los dos meses vende millones y tiene arreglado el uno o dos por ciento, se la tiene que bancar.”
Los contratos pueden firmarse entre productor y banda. Luz Mala firmó aquel contrato leonino, del que habló José, por tres años renovables para los músicos y por diez, los cantantes. Allí se pautó, entre otros puntos, regalías por venta de discos: “De los compacts de oro –dice– teníamos que llevarnos el 10 por ciento y esa plata jamás se vio”. 
Los Boy’s debutó en el ‘96 en Fantástico Bailable. Había grabado un demo en casete, en una pieza de González Catán. Eso le bastó a Kirovsky para contratarlo. “No conocían ni mi cara, ni nada”, dice a Página/12 FabiánVega, la voz, contento porque su cuarto disco los mantiene como banda con placa de oro incluida.
–¿Y las regalías?
–Magenta no las paga, nunca las pagan.
–¿Si es así por qué no se quejaron?
–Porque es al pedo. Ya sabés que nadie pudo torcer ese coso. Es una lástima porque estaríamos todos mucho mejor. No lo hice porque de una no se lo dieron a nadie.
En otro extremo de la ciudad, José habla de su triple disco de oro y el doble platino. Pero tal vez, le mintieron. El representante artístico de Magenta explica esa mentira como promoción. “No significa que realmente hayan vendido los 60 mil del platino.” Ese invento habilita a la productora a organizar fiestas, shows, ventas de entradas y de discos.
Los Boy’s firmaron con Magenta un contrato por tres años renovables a doce por opción del productor. 
–¿Qué pasa si se quieren ir?
–Estás hasta las manos –dice Fabián–. Tenés unos kilombos bárbaros. Te meten abogados, no te podés ir.
–¿Podés seguir tocando en los circuitos de discos?
–No podés tocar nada, te hacen la cruz, de frente mandioca.
El pool Magenta controla siete bailantas porteñas, tres emisoras de radio y el sello. Los músicos sólo ganan dinero en las discos. Boy’s y Luz Mala no han cobrado sus presentaciones en TV. Deben devolver, dicen, el dinero liquidado por el Sindicato de Músicos por los shows de tevé. 
José habla de un bar en esquina con el sindicato, en Belgrano. Hacía pocos meses estaba tocando. En ese bar estaba, dice, el encargado de Fantástico Bailable. También La Mar’k, Poca Plata y Epidemia. “Mientras tomábamos café –cuenta–, ese señor nos decía: ‘Ahora andá vos’.” Los músicos debían acercarse al sindicato por la liquidación. “La primera vez que fui tenía 3000 pesos para cobrar, más que el tecladista. Pero así como nos daban el cheque, se lo dábamos al tipo. Esa plata –sigue– es de Jorge Kirosvky.” Cuando preguntó motivos, supo que el empresario pagaba por el espacio de tele.
El dinero, así, era del inversor. “Cuando aparecés en el canal 2, olvídalo, los de Magenta no pagan ni una moneda”, cuenta ahora Fabián de Los Boy’s.
Magenta no refuta esta dinámica. 
–Nadie cobra la plata de la televisión.
La confirmación la da, otra vez, Roberto Ricci. “A nosotros –sigue– los espacios de tevé nos cuestan. Mientras para la gente del pop, el acceso es libre, a los bailanteros nos cobran.” Su fórmula es clara: al artista le queda el show en las discos, ahí es donde ganan plata.
El resto es de la compañía. El grupo de José Bazán fue inventado. El final también. Un día José sintonizó la radio. Escuchó que Luz Mala se presentaba esa noche en Metrópolis. Su banda no había sido convocada. En el escenario, otros pelos largos los reemplazaban. 


Quién es quién

Rodrigo grabó sus ocho últimas producciones con el sello de Magenta, de los hermanos Kirovsky. El quinto disco, A 2000, vendió hasta antes de la muerte 320 mil unidades. Su último disco, Un largo camino al cielo, vendió 170 copias en los días siguientes al accidente.

Por presentación los grupos más conocidos pueden cobrar entre 2000 y 4000 pesos. Por noche, ahora, se hacen hasta cinco o seis funciones. 

Los hermanos Kirovsky son dueños de Terremoto Bailable ahora en La Plata y competencia de Escándalo, el último boliche en el que actuó Rodrigo. Además, los dueños del sello Magenta tienen Killer de Quilmes, el Círculo de Flores con participación societaria, Tropi en Constitución, el viejo Invasión Tropical ahora Allien de La Matanza. Además de Fantástico y Metrópolis en el circuito porteño.

Por las rutas siempre a mil

Los músicos hablan de la ruta como de un terreno conocido. Por fin de semana pueden recorrer 800 kilómetros sólo entre escenarios bailables. Son treinta y cinco minutos de un show que más allá de la frontera porteña puede extenderse hasta la hora. Pueden hacer hasta diez shows por noche. Ese escenario se desea. Alcanzarlo son cientos de gritos llamándolos artistas. Es lugar de reconocimiento y excitación capaz de destrozarse tan rápido como las luces del show. Hay un motivo: saben que el éxito se disuelve rápido, por eso la ruta es carrera de delirios tras una paga.
Entre los bailanteros se superponen anécdotas cuando se habla de carreteras. Fabián recuerda nueve shows en una noche del ‘96. Y también una gira, en Salta: “Vas a mil, se dio vuelta el micro en la ruta, se rompió el parabrisas, pero no pasó nada”. Beto Dorfman, representante artístico, cuenta tres accidentes de ruta desde su paso por Pomada. Los Gorilas es la banda de Toti Giménez. Fue esposo de Gilda. “Ser músico es un riesgo”, dice y hay clara certeza cuando habla: “Uno sabe que tiene meses y no años para hacerlo. Cuando te tocó estar arriba lo tenés que hacer y por eso hay tantos bailes por noche”.
En eso mismo piensa José Bazán, que se pone contento cuando se acuerda de toda la gente que lo vio ahí, arriba, en un tablón desde Comodoro Rivadavia hasta Bolivia. Eran 50 pesos por show. 
–Cuanto más boliches, nos convenía a nosotros. Calculá: con diez boliches hacíamos 500 pesos.
La carretera presiona. Detrás del baile siguiente hay público, pero también un dueño que no paga cuando la banda se retrasa. Se pierden shows como los dueños de pequeños bailes del interior pueden perder su dinero. De eso habla José cuando se acuerda de una vez “que nos cagaron a tiros”. Banda y manager se llevaban el dinero sin cumplir con el show. Pero no fueron los únicos tiros del sector.
–Bueno a mí me pasó –dice ahora Toti Giménez–: le había dicho mafioso a un empresario. Estuvimos peleados por mucho tiempo y a ciertos bailes no podía entrar. Hubo amenazas y nos cortaron una vez los frenos de un micro. Alguien nos echó agua otra vez en la consola de sonido.
Existió un llamado a la casa de la mamá de Gilda: “Esta noche te vamos a poner dos tiros en la cabeza”. Creían que hablaban con Gilda, la mujer que años más tarde moría en la ruta.

 

 

opinion
Por Jorge Elbaum

La venganza de los olvidados

Cuando la noche del jueves los jugadores de la Selección argentina festejaban con la foto de Rodrigo el triunfo sobre la selección de Colombia se hacían cómplices de la argentinidad trágica del ídolo y de una forma de interpretar su música. Porque la muerte del cuartetero cordobés dice algo más que la evidencia del juego espurio del negocio de la música tropical, convertida en una cruda máquina de facturar estéticas, ritmos, pelos largos y trajes de colores. El tropical, la bailanta y el cuarteto son lugares sociales consumidos y ocupados, básica y mayoritariamente por los sectores populares, y como tal, juzgados con la vara racista que miden las producciones culturales según quiénes las consumen. 
A partir de fines de los años 70 las disco masificaron –.como mecanismo de garantización de la distinción y el prestigio– la propuesta de la exclusión étnica y estética. Los porteros pasaron a ser los tribunales de la pertinencia de estilo y se dedicaban a separar el ganado: de un lado los blanquitos vestidos acorde con la exigencia del lugar, y del otro los negritos (o “negros de alma”) que debían ser segregados para no enturbiar el ambiente. Curiosamente, por esos mismos años 70 se inició la multiplicación de las disco tropicales. 
Mientras la fiesta social dominante se construye sobre la base de la estéticas distinguidas, cuerpos esbeltos y músculos trabajados, y los sectores populares son examinados en las puertas de las disco para evitar el contagio con los herederos fashion del sistema, el tropical suena en los enormes radiograbadores de los barrios olvidados del conurbano bonaerense. El ritmo de Rodrigo suena como una señal de pertenencia, como una forma de agradecimiento a quien canta “para ellos” y no los excluye. 
La fragmentación social, coherente con la diversificación creciente de targets, genera músicas y estilos cada vez más diferenciados. Los ritmos populares, inicialmente despreciados por vulgares y en ocasiones cooptados por “divertidos”, aparecen como un territorio apto para la construcción de identidades. Cuando algunos sectores medios y/o altos de nuestra sociedad han tenido que demostrarse a sí mismos que “la alegría no es sólo brasilera” han recurrido a los productos –.sin contaminarse con sus públicos–. que más testimonian (suponen) esta pureza festiva. 
Las idolatrías de los sectores populares son también una venganza ante el ostracismo social al que están sometidos amplios sectores sociales. De la misma forma que es peligroso, parafraseando a Brecht, que un pueblo necesite héroes (o ídolos), es igualmente arriesgado proponer una sociedad cuyos referentes legítimos sean única y exclusivamente la imagen de los sectores dominantes o la representación de sus estilos de vida. En momentos en que la miseria y la exclusión se encuentran invisibilizadas detrás del riesgo país, la “tasa de la Reserva Federal” y el “déficit fiscal”, muchos escuchan a Rodrigo sintiendo que él les canta incluso más allá de los negocios discográficos, las mafias bailanteras y el circo mercantil del tropical.
Rodrigo, Monzón, Maradona, Gardel, Gatica, La Mona y otros son asimilados por los orilleros, los inundados, los marginados, los excluidos –o como quiera denominarse a los sectores populares–, como la certificación de que la creatividad, la gloria, la belleza y la picardía no son propiedad de quienes poseen la casi totalidad del resto de las propiedades. Los ídolos populares son, para quienes los erigen en calidad de tales, la venganza simbólica de los olvidados. Su creación y su existencia como ídolos pone en evidencia que hay alguien que los representa, que los hace reconocidos e identificables como sector social. 
En un mundo donde la visibilidad pública (sobre todo televisiva) es la expresión de la existencia social, el final trágico del héroe/ídolo popular dramatiza la cotidianidad de los sectores populares: saben o creenque –.a través de Rodrigo– son reconocibles y tenidos en cuenta. Existen. Y eso no es poco. 

* Sociólogo. 
Coautor de Cultura de la noche.

 

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