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UN JUICIO EN FRANCIA PONE EN PROCESO A LA CULTURA GLOBAL
Sí al roquefort, no a la Big Mac

Al líder campesino francés José Bové pueden esperarlo 10 meses de cárcel por haber arrasado un McDonald’s; sin embargo, él y sus partidarios ya lograron dar vuelta el proceso, que se ha convertido en una convocatoria pública antiglobalización.

Juicio: “Transformamos el juicio contra los campesinos en el juicio de la globalización económica, que destruye vidas y naturaleza y no tiene sentido ni justicia”.

José Bové a punto de lanzar una arenga contra la globalización ayer en Millau.
El líder campesino francés recibirá sentencia el 13 de setiembre, pero ya se siente ganador.


Por Eduardo Febbro
Desde Millau

t.gif (862 bytes) “47.000 personas a las nueve y media de la noche”: la cifra que el contraespionaje francés comunicó a los miembros de la Confederación Campesina de Francia que vinieron a asistir al juicio del campesino José Bové y otros nueve trabajadores agrícolas inculpados por el desmantelamiento de un McDonald’s no tiene precedentes. Casi 50 mil almas venidas de los cuatro puntos cardinales del planeta para hacer de este proceso contra 10 aguerridos campesinos, que hicieron de EE.UU. y los McDonald’s sus principales blancos, el juicio contra los efectos perversos de la mundialización. La ciudad de Millau dejó de ser una tranquila localidad de provincia para convertirse por espacio de unas horas en la revoltosa sede de cuanta ONG existe en el planeta. Todos son antimundialización, detestan al Big Mac y los símbolos de McDonald’s como la peste: sus principales enemigos son la Organización Mundial del Comercio, el FMI, el Banco Mundial, el liberalismo, Coca-Cola, Microsoft y la extensa lista de aliados que están haciendo de este mundo una manzana para pocas bocas. 
Conciertos de música, teatro callejero, espectáculos y banderolas repiten la misma consigna: “El mundo no es una mercadería”, “Abajo la Organización Mundial de los Crápulas, viva la Organización Mundial de los Pueblos y los Campesinos”. Prueba suprema de que la multitud que se desplazó al Aveyron francés no juega con las palabras y los principios es el cartel colgado en la puerta de la casi totalidad de los bares de Millau: “No se sirve Coca-Cola”. Irreal, excesivo, justo, poético y combativo... los adjetivos no alcanzan para describir la multitudinaria comunión a que dio lugar el proceso contra los 10 campesinos franceses que, para protestar por el gravamen del 100 por ciento impuesto por la administración norteamericana a la importación del queso roquefort, desmantelaron pieza por pieza el McDonald’s de Millau. Apoyados por la galaxia de ONG que aguaron la fiesta a los miembros de la OMC durante la cumbre que se llevó a cabo en Seattle, EE.UU., los 1O acusados con Bové a la cabeza consiguieron hacer de este juicio lo que anhelaban: en vez de que sean ellos quienes aparecieran en la banquillo de los acusados, los culpables serían la Organización Mundial del Comercio, la mundialización, el liberalismo y sus “brazos armados”, es decir, en primer lugar, McDonald’s. El número uno mundial de la comida rápida perdió con los 10 campesinos un combate de imagen que tenía ganado desde hace mucho. La filial francesa mira el proceso con disgusto, a tal punto que el pasado mes de junio el director de McDonald’s Francia, Denis Hannequin, envió una circular a los 790 establecimientos franceses diciendo que “un largo trabajo de preparación está siendo efectuado actualmente por la Confederación Campesina y sus aliados con el fin de cambiar el sentido del juicio y hacer pasar a los agresores por víctimas y a la víctima, McDonald’s, por el agresor”. 
Lo que ocurre es que Bové y sus correligionarios justificaron su gesto violento con un discurso militante dirigido contra los estragos de la economía liberal y en contra de lo que llaman “la mala comida”. Una forma de poner en manos de los valores locales, en este caso el roquefort y las cabras francesas, las espadas defensoras ante el avance de los productos mundializados. En suma, lo local contra lo universal. Para Agnés Bertrand, miembro de Observatorio Francés de la Mundialización, la cita de Millau “representa un símbolo muy fuerte. Estamos transformando el juicio contra los campesinos en el juicio de la globalización económica. Esta vadestruyendo poco a poco las vidas, la naturaleza, y además carece de sentido y de justicia. Si la gente ha venido aquí de tantas partes del mundo es porque, después de que en Seattle conseguimos parar a la Organización Mundial del Comercio y su nueva ronda, ahora pensamos que ya ha llegado la hora de que sea la ronda de los pueblos y no la de las transnacionales que dominan las vidas de cada uno de nosotros, que explotan la naturaleza haciendo correr peligros ecológicos tremendos”. 
Para entender por qué un hecho tan pequeño pudo convertirse en un megaacontecimiento de escala mundial es preciso tomar en cuenta la alianza espontánea que se ha dado entre los defensores de las minorías, los ecologistas, los antiliberales y los campesinos. José Bové representa para muchas ONG a través del mundo lo que algunos analistas franceses califican como “el emblema de la convergencia”. Ese es precisamente el término que emplea Agnés Bertrand cuando explica “la gran convergencia planetaria entre distintos movimientos del mundo, una convergencia en cuyo seno José Bové tuvo la gracia y la imaginación para simbolizar todo esto en Francia”. El punto de articulación entre Bové y las ONG es la asociación ATTAC, el movimiento de lucha contra el liberalismo mundial cuya principal reivindicación es la aplicación de una tasa sobre todos los capitales financieros, el famoso impuesto Tobin que prevé aplicar un 0,1 por ciento y un 0,5 por ciento de impuestos en todos los movimientos de capitales. ATTAC, que quiere decir Asociación por los impuestos sobre las transacciones financieras y para ayudar a los ciudadanos, tiene decenas de miles de adherentes en todo el mundo y ha logrado hacer venir a Millau a todos los que comparten uno de sus credos predilectos: “La lucha internacional contra la mundialización de la economía, que es una batalla a favor del control democrático y ciudadano de los mercados financieros”. 
Los “hermanos ideológicos” de José Bové son más fuertes que su propia causa. El campesino francés mezcla en su discurso diatribas contra la mundialización y las subvenciones agrícolas, desprecio por los McDonald’s y defensa del terruño, es nacionalista a ultranza pero también abierto a las consecuencias que otros pobres de mundo pagan en el banquete de la mundialización. El “fenómeno Bové” es producto de un cambio significativo en la forma de atacar al enemigo liberal. Christophe Aguiton, miembro de ATTAC y de la Liga Comunista Revolucionaria, explica esta inusual convergencia de intereses acotando que “en los años 70 el internacionalismo proletario se expresaba sobre todo mediante la solidaridad con la lucha en otros países. Hoy, en cambio, se trata de una lucha común en torno de objetivos internacionales comunes en contra de cierta organización del mundo”. Frente a la globalización de los mercados la respuesta de la cita de Millau es evidente: la unión de los anticapitalistas de todo el planeta, cualquiera sea su origen, su condición social o su doctrina. 

 


 

MOTIVOS Y CONSIGNAS DEL DIRIGENTE JOSE BOVE
Hasta el justiciero del foie-gras

Por E.F.
Desde Millau

Ninguno de los acusados en el proceso por el desmantelamiento del McDonald’s de Millau negó los hechos. Hasta hubo uno que reconoció haber utilizado “una cortadora mecánica en vez de un pico para que el trabajo saliera mejor”. Los fiscales pidieron 10 meses de cárcel en suspenso. Imperturbable, José Bové responde a quien lo interrogue que “lo que estamos buscando con esto es cambiar las relaciones sociales”. El campesino francés no muerde las palabras, sino a su principal enemigo: el mundo de los mercados. “La única ley que existe para los grupos multinacionales es la de la OMC, la cual cubre la lógica de los monopolios. La OMC quiere que las grandes empresas pasen por encima de los Estados y las legislaciones nacionales. Hoy existe una ideología dominante que pretende imponer la idea de que todo cuanto impide la circulación de las mercaderías y del dinero debe desaparecer.” 
En ese contexto, Bové sostiene que lo que está en peligro es el concepto mismo de acción social. “Me parece –afirma– que la justicia funciona hoy como el brazo armado de una forma de sociedad donde el conflicto social se convierte en un acto ilegal. Nos quieren conducir a una situación donde sólo las peticiones y los desfiles estarían permitidos. Si no tenemos cuidado, dentro de poco los sindicatos van a ir a los tribunales por haber organizado huelgas.” El discurso del campesino francés no deja un santo sin desvestir, sobre todo la Santa Patronal: “Las mujeres y los hombres que trabajan no cuentan más. Para los accionistas, los trabajadores se han convertido en una carga y no en un valor positivo”. Bové no ve la lucha campesina que encarna como un acto aislado y reservado a la gente de la tierra. Por eso afirma: “Los conflictos a los que asistimos hoy frente a las multinacionales, a las organizaciones e instituciones internacionales como la OMC, el BM o el FMI atañen todas las categorías sociales: en Africa, en Brasil, en la India o en Canadá. A partir de situaciones propias todo el mundo se encuentra enfrentado a la misma lógica económica de las multinacionales y de los organismos multilaterales”. 
El líder de la Confederación Campesina francesa sueña con una suerte de unión mundial entre todas las categorías sociales para luchar en pos de una concepción distinta de la mundialización, a la cual le reconoce méritos y logros. “El combate –dice– se internacionaliza. Cada uno de nosotros es víctima. Si se despide al personal en un punto del planeta es para sacrificar a otros o esclavizarlos en otro lado. Por eso hay que actuar de otra manera, unirse con objetivos precisos. Ese es el sentido que queremos darle a la manifestación de Millau”. 


opinion
Por Torcuato S. Di Tella *

La tentación proteccionista

Las protestas de Seattle, en diciembre de 1999, tuvieron mucha más profundidad de lo que aparece a primera vista. Unos doscientos “anarquistas” que rompieron vidrieras se llevaron toda la atención, con las fotos de la policía golpeándolos. Pero lo esencial no era eso, ni los más numerosos y pacíficos grupos de defensores del medio ambiente y de los niños explotados del Tercer Mundo. Lo importante de Seattle fueron las decenas de miles de sindicalistas, dirigidos por toda la plana mayor del movimiento obrero norteamericano, preocupados por los efectos de la apertura indiscriminada al comercio internacional. 
El Partido Demócrata está fuertemente dividido ante estos temas. El jefe de su bancada en la Cámara baja, Dick Gephardt, es muy claro al respecto, y lo mismo su segundo, David Bonior. Las decisiones a favor de la liberalización de las importaciones (desde México, hace unos años, con el Nafta, hasta China con una resolución reciente), Clinton sólo las ha conseguido porque fueron apoyadas por una gran mayoría de los republicanos, en contra de su propio Partido Demócrata, del que dos de cada tres legisladores votaron en contra. ¿Es esto lógico? No, no lo es, y algo se está cocinando, que va a producir una importante tensión en el sistema político de los Estados Unidos, donde hay cada vez más gente cansada de su tradicional y algo anticuado bipartidismo.
Hay que hacer cuentas muy detalladas para saber cuáles son los efectos de la apertura comercial sobre el empleo, no sólo sobre su cantidad, sino también su calidad y su retribución. Los exportadores norteamericanos argumentan que si pudieran entrar en el mercado chino generarían más empleo. Esto es cierto para los que producen bienes de alta tecnología, pero para los demás se va a hacer muy cuesta arriba competir con quienes pagan una miseria a sus trabajadores.
La forma que está tomando la globalización les conviene principalmente a las grandes empresas trasnacionales, pero la mayor parte de la población trabajadora de los mismos Estados Unidos no se beneficia, sino que hace décadas que tiene un nivel salarial estancado. Hoy día ese país es el de mayor desigualdad social dentro de los desarrollados. Y esto ya no sólo afecta a los negros o a los “hispanics”, sino también a la clase obrera tradicional. La reacción va a venir, tanto por izquierda como por derecha, y en ese caso va a ser mejor construirse un refugio bien fuerte. 

* Sociólogo.

 

 

“El Big Mac se liga a la imagen del seno materno”

Por E.F.
Desde Millau

José Bové y sus numerosos aliados ven al diablo con la forma de un Big Mac. Para ellos, McDonald’s, sus platos rápidos y sus valores son una suerte de “prototipo del mal que se está comiendo a sociedades enteras”. El politólogo francés Paul Ariés no está lejos de compartir la misma opinión. Profesor en la universidad de Lyon y autor de dos libros sobresalientes sobre la galaxia de los Big Mac, Los Hijos de McDo y Guía anti McDonald’s, Ariés detalla y psicoanaliza en esta entrevista con Página/12 las facetas de la empresa norteamericana. 
–Al destruir el McDonald’s de Millau, José Bové y los demás campesinos pretendían romper uno de los símbolos mayores de la mundialización. ¿Cómo y por qué McDonald’s consiguió ese estatuto de mito? 
–La primera razón está en un proverbio alemán que dice “dime lo que comes y te diré quién eres”. La segunda es la visibilidad de la empresa. Podemos ir a cualquier punto del planeta y encontrar un McDonald’s. La tercera razón es el sistema de la compañía, que es perfecto. Si usted quiere, es como el sueño de Icaro del liberal. –totalitarismo. Si alguien quiere hacerse una idea de lo que el liberalismo puede engendrar, la respuesta hay que buscarla en los McDonald’s. Para vender un producto que guste a todo el mundo es preciso fabricar un producto infracultural que apunta hacia las sensaciones más básicas. En el Big Mac, por ejemplo, hay carne, ensalada y pan. Eso es precisamente todo lo que se encuentra en cualquier canasta familiar. Sin embargo, en un McDonald’s, cada ingrediente fue vaciado de todas sus características para obtener así un producto cero. El pan no es pan, la carne ha sido picada para limpiar las diferencias de gusto y cocinada a fin de eliminar la sangre. Las cebollas han sido reconstituidas. En suma, para McDonald’s los productos pueden ser clonados. 
–¿Y por qué tiene tanto éxito? 
–McDonald’s es una ventana abierta hacia el secreto de la economía mundial. McDonald’s ha llegado a manipular las imágenes arcaicas que están en nosotros: el niño, la madre, el padre. Con McDonald’s también se da una suerte de retorno hacia el producto puro: comemos con las manos y picamos según el modelo norteamericano. En segundo lugar, la empresa juega con la relación materna. La hamburguesa despierta rápidamente la relación inconsciente con el seno de la madre, que es común a toda la humanidad. McDonald’s juega mucho en sus publicidades con la temática del amor, pero si usted se fija bien casi nunca hay mujeres, lo que quiere decir que es McDonald’s quien asume ese papel. También hay otro detalle. McDonald’s quiere aparecer como el sustituto del padre. 
–Los críticos de José Bové aseguran que el campesino es antinorteamericano. El afirma que no.
–Lo que ocurre es que McDonald’s no es algo norteamericano. La empresa y los capitales son norteamericanos pero el producto se ha mundializado. Durante los incidentes de Los Angeles, en 1992, uno de los pocos lugares que se salvaron de la destrucción fueron los McDonald’s. Eso quiere decir que los jóvenes se identifican a una empresa y a un mercado. En realidad, para McDonald’s, el problema es el hombre, lo humano: el hombre no sonríe siempre, no siempre tiene ganas de trabajar y a veces discute con losdemás. Hay que reemplazar al hombre por la tecnología. Es la deshumanización más completa.

 


opinion
Por Pablo Rieznik *

Hamburguesasy bombarderos

McDonald’s es algo más que una hamburguesa. Es uno de los símbolos de la norteamericanización de la economía mundial –la mal llamada globalización–. La hamburguesería planetaria se presenta así como emblemática. No es apenas la dudosa calidad de un pedazo de carne y la explotación del trabajo infantil con alcance universal (por lo cual la empresa ya fue llevada a los estrados judiciales y condenada algún tiempo atrás, en Londres). Como lo señalara el New York Times Magazine en marzo pasado: “La mano invisible del mercado no funciona nunca sin el puño invisible; McDonald’s no puede expandirse sin McDonnell Douglas, el fabricante de los bombarderos F-15. Y el puño invisible que mantiene seguro al mundo en provecho de las tecnologías del Silicon Valley se llama Ejército, Marina y Fuerza Aérea de los Estados Unidos”.
Por otra parte, el “caso francés” del ataque a un local de la cadena de don Ronald por la Confederación Campesina francesa es el episodio de un movimiento más general. En él la clave no es la policromía o la heterogeneidad de los movimientos “antiglobalización” sino el hecho de que en el punto más alto de su desarrollo se abrió paso la intervención del movimiento sindical norteamericano: cuando miles de manifestantes tomaron Seattle el año pasado, en oportunidad de la reunión de la Organización Mundial de Comercio.
Según la información de Página/12 de ayer, en la actual movilización multitudinaria hacia la localidad francesa de Millau, donde se pretende juzgar al líder del ataque mencionado, los manifestantes son recibidos con una enorme bandera: “El capital no se administra, se combate”. Es algo que va más allá de la mera reivindicación de una corrección a la globalización que pregonan muchas de las organizaciones intervinientes. Algo que requiere asimismo un programa, una perspectiva común que ningún otro sector social, fuera de la clase obrera, podrá plantear, y que se impondrá como consecuencia de la crisis del “orden mundial” y de sus contradicciones insolubles. Ayer se divulgó la estadística que revela que 40 millones de personas mueren por año por hambre; el equivalente a los muertos de una guerra mundial. La “globalización” de los McDonald’s y los McDonnells Douglas está condenada al fracaso. Aunque nos quieran vender el cuento de su victoria e invencibilidad.

* Economista. Dirigente del Partido Obrero. 

 

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