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UN INVENTO DEL ESCRITOR ALEMAN HANS ENZENSBERGER
La máquina de hacer poemas

El novelista, ensayista y poeta presentó en sociedad “Poesie- Automat”, un programa informático que puede producir un poema cada 30 segundos, sin que se parezcan en absoluto entre ellos.

Por Guillermo Piro
t.gif (862 bytes)  Hans Magnus Enzensberger, uno de los escritores alemanes más agudos y polifacéticos, acaba de presentar en el Festival “Lírica en el río Lech”, una invención que cree destinada a revolucionar el mundo de la poesía. El aporte podría incluso llegar a cambiar lo que supone la función (entendida como un estado espiritual o un fenómeno psicológico) de la poesía, en palabras de Macedonio Fernández, el reflejo de lo que pasa en el alma del poeta cuando percibe sentimentalmente la realidad y acepta dolorosamente la contingencia. Enzensberger inventó una máquina capaz de crear poemas en cantidades industriales sin repetirse nunca. Un sueño que comenzó a alimentar en los años ‘70 y que vio la luz gracias, signo de los tiempos, a un programa informático. El sueño del poeta costó 200 mil marcos, unos 100 mil dólares.
El invento se llama, algo previsiblemente Poesie-Automat, tiene la apariencia de un panel de llegadas y salidas de un aeropuerto y funciona oprimiendo una tecla. El poema resultante tiene seis versos. La PoesieieAutomat produce un poema cada 30 segundos, y como esa capacidad de producción es inagotable, se calcula que en poco tiempo habrá fabricado un número de poemas superior a toda la producción hasta ahora creada por la humanidad. Como casi toda la obra de Enzensberger, el invento es lo suficientemente inquietante como para abrir interrogantes. Por ejemplo: ¿quién sería el autor: el inventor o el que usa el programa? ¿O la máquina? ¿La entrada en actividad de esta máquina señalará el fin de una de las actividades más viejas del arte? ¿Quién escribe mejor, el hombre o la máquina?
Hans Magnus Enzensberger nació en Kaufbeuren, Baviera, en 1929. Creó y dirigió las revistas culturales Kursbuch y Transtlantik. Profesor en Estados Unidos, renunció a su cargo a raíz de las conclusiones del Congreso Cultural de La Habana. Se lo considera uno de los inspiradores de los llamados movimientos de oposición extraparlamentaria. Es poeta (Mausoleo, El hundimiento del Titanic, Poesías para los que no leen poesías, traducido al castellano por el poeta Heberto Padilla), pero también ensayista (Política y delito, El interrogatorio en La Habana, Migajas políticas) y dramaturgo (El filántropo). Como novelista escribió una “biografía documental” de Buenaventura Durruti, y publicó una serie de “ejercicios matemáticos” con los que asombró a todo el mundo. Entre sus temas figuran, además de trabajos sobre literatura hispánica, estudios sobre Pablo Neruda y Gerardo Vallejo.
“Cuántas veces tendré que repetirlo: no hay arte sin diversión”, afirma Enzensberger en uno de sus poemas. El hundimiento del Titanic es un poema épico. En 33 cantos (referencia a La Divina Comedia de Dante) recrea la catástrofe del Titanic. Los alaridos de los náufragos se mezclan con las rememoraciones nostálgicas de los muertos, los mensajes de los supervivientes, fragmentos de telegramas, informaciones meteorológicas, así como también los menúes de a bordo, la arquitectura del barco, la decoración de los salones. Mausoleo consta de 37 baladas dedicadas cada una de ellas a una figura histórica, de astrónomos a músicos, de ingenieros a monjes, de científicos a revolucionarios.
En una entrevista publicada en el semanario Welt am Sonntag, Enzensberger confesó que ante la inabarcable proliferación de libros de poesía, lo único que pretende es que su invento oficie de patrón: “Quien no es capaz de escribir una poesía mejor que una máquina, tiene que dedicarse a otra cosa”. De todas formas, el resultado no salió como estaba previsto. Enzensberger esperaba que su máquina fuera capaz de producir poesías anónimas, pero con sorpresa pudo constatar –”no sé si debo sentirme mal o enojarme, o alegrarme”– que todos los versos tiene algo deenzensbergeriano: “Evidentemente, algo de la personalidad de quien elabora el programa se transfiere al software, y por lo tanto a la computadora misma”. ¿Eso quiere decir que la computadora asimiló su estilo? “No”, responde Enzensberger. “No es tan buena como yo.”
En Europa hay una tradición de intentos de construir máquinas pensantes. Desde el jugador automático de ajedrez del siglo XVIII hasta los primeros patos de juguete capaces de nadar y agitar las alas, los objetos animados fascinan porque prueban que es posible adueñarse de la técnica de la combinación de acciones mecánicas, haciendo del programador el artífice de la realidad. La invención lúdica-apocalíptica de Enzensberger tiene precedentes. El italiano Nanni Balestrini, en 1961, dio a conocer la primera poesía compuesta por una computadora, la Tape Mark I. Fue publicada en el Almanaque Bompiani 1962, y consistía en una serie de versos que, a partir de una serie previamente cargada, la máquina combinaba aleatoriamente.

 

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