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EL CUARTETO ALBAN BERG TOCO EN BUENOS AIRES
Beethoven y el arte de la fuga

El Cuarteto Op. 130, con la Grosse Fuge como final, tuvo una versión ejemplar poruno de los mejores grupos de cámara del mundo.

Por Diego Fischerman
t.gif (862 bytes)  ”Y en cuanto acabaron de tocar la Grosse Fuge, se pusieron en pie de un salto, a la espera de la ovación, como si acabaran de matar un león...” La frase, dicha por uno de los personajes, integrante de un cuarteto de cuerdas acerca de otro cuarteto de cuerdas, pertenece a la novela Una música constante, de Vikram Seth, y da cuenta acerca del valor simbólico que esa “Gran Fuga” tiene dentro del ámbito de la música. El Cuarteto Alban Berg existe desde hace treinta años y hace veinte que tiene los mismos integrantes. Su segundo concierto para el Mozarteum terminó con esa fuga mítica, en el lugar en el que Beethoven la imaginó inicialmente, como final del Cuarteto Op. 130. No se pusieron en pie de un salto ni transmitieron la sensación de haber matado un león. Más bien, lo que podía leerse en la satisfacción de los cuatro músicos frente a la ovación recibida era la convicción de haber estado con un león bien conocido; un león al que no era necesario matar para que fuera dominable.
Ya no sólo ese único último movimiento –que Beethoven se vio obligado más adelante a sacar de la obra por imposición de su editor– sino el Cuarteto Op. 130 entero es una de las composiciones más difíciles, que más concentración exigen y que más dependen de la claridad en la definición de los planos para poder sonar con fluidez. Y la versión del Cuarteto Alban Berg fue memorable. La engañosa paz del tercer movimiento y la simpleza de la danza alemana en el cuarto venían de un primer movimiento de fuerza inusual y funcionaron como impecable preparativo para la conmovedora cavatina y para esa fuga final de desnudez desgarradora. Una fuga que Toscanini, igual que el editor de Beethoven, caracterizaba como “imposible” para un cuarteto y dirigía con una orquesta de cuerdas. El bis, el Andantino del Cuarteto “Disonante” de Mozart fue una suerte de remanso después de la tormenta. Y, curiosamente, el concierto terminó teniendo una cierta forma cíclica que había sido insinuada por la primera obra, el cíclico y muy beethoveniano Cuarteto Op. 13 Nº 2 de Felix Mendelssohn. Allí, también, la precisión apabullante, la fuerza y la claridad en los planos mostraron una obra de gran complejidad como si se tratara de la cosa más sencilla del mundo. El grupo conformado por Günther Pichler y Gerhard Schulz en violines, Thomas Kakuska en viola y Valentin Erben en cello tocó, entre Beethoven y Mendelssohn –uno de los pocos que tomó el legado de sus últimos cuartetos en forma inmediata–, el Cuarteto Nº 4 de Zbigniew Bargielski, una obra con momentos interesantes en lo tímbrico, aunque demasiado cercana al efectismo.

 

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