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Las penas del grupo Sushi, “unos
muchachos que no saben política”

Dicen que son un grupo “virtual” y que no se reúnen. Tienen un frente de combate con el alfonsinismo y perdieron dos batallas.

Antonio de la Rúa y Lopérfido, miembros de un grupo que dice que no existe.
Aseguran que les crearon una imagen de monjes negros para perjudicarlos.

Por Fernando Cibeira

 “Somos un grupo virtual.” “Nos quieren frivolizar.” “Están operando en nuestra contra.” Los integrantes del “grupo Sushi”, de la “juventud antoniana”, o como quiera llamársele, están que trinan. Es que, pese a las influencias que les adjudican sus adversarios, la inorgánica formación del entorno delarruista se considera víctima de una campaña en su contra que, aseguran, le acaba de arrebatar el viceministerio de Acción Social y que podría continuar con la intervención en el PAMI. “Se creó una imagen de un Fernando de la Rúa ingenuo manejado desde las sombras por jóvenes malos que es totalmente falsa”, aseguró uno de los integrantes del grupo. Ellos ponen entre sus enemigos a los sectores tradicionales del radicalismo, como los encolumnados detrás de Raúl Alfonsín. “El problema es que estos muchachos no saben nada de política”, respondió un amigo del ex presidente. “Por eso es lógico que sientan como sus oponentes a los que hacen política en serio”, agregó.
Desde sus orígenes, en época temprana de la campaña electoral, por “grupo Sushi” se identificó a los dirigentes jóvenes que Antonio, el hijo de De la Rúa, fue agrupando alrededor de su padre. Algunos ya venían de antes, como los hoy secretarios Darío Lopérfido y Hernán Lombardi, y la electa vicejefa de Gobierno, Cecilia Felgueras. Otros se acercaron para esa época, como el subsecretario de Asuntos Institucionales, Lautaro García Batallán; el dos de la SIDE, Darío Richarte; el secretario de Educación, Andrés Delich; y el publicista Ramiro Agulla. Al jefe de los espías, Fernando de Santibañes, lo consideran una especie de “amigo mayor”.
El rasgo distintivo de ellos es que hoy todos ocupan algún escalafón en la estructura del poder instalado el 10 de diciembre en la Rosada y se consideran lo más parecido a un “think tank” que tiene el delarruismo.
Desde ahí parten sus quejas, en las que no faltan algunas contradicciones. Por ejemplo, sostienen que no puede considerárselo un grupo porque, a excepción de una vez durante la época de la transición, jamás se encontraron en forma organizada. Además, odian los apodos que les colocaron por considerar que buscan identificarlos como frívolos. “Muchos de nosotros venimos militando desde la escuela secundaria”, se defiende uno de ellos, que se reconoce amigo de Antonio de la Rúa. Pero, si no son un grupo, sí admiten que “pensamos parecido” y que dentro de sus funciones se encuentra la de imaginar “hacia dónde vamos”.
Pese a esa supuesta tarea, niegan haber elaborado un documento en el que se instaba a los funcionarios a afrontar las cámaras con “buena onda”. Aunque, curiosamente, muchos de los conceptos que contendría el documento desmentido son defendidos con alegría. “No puede ser que los ministros se hagan los que sufren por las medidas que toman. El que no esté de acuerdo con el rumbo del Gobierno, que se vaya”, replica uno de los antonianos. Cuando consideran que algo publicado los afecta, enseguida buscan un responsable desde lo que llaman el sector “tradicional” de la UCR. 
Y toman como ejemplo lo sucedido en el Ministerio de Desarrollo Social. Explican que apenas salió al ruedo el nombre de Lautaro García Batallán como posible reemplazante de Felgueras como segundo de la ministra Graciela Fernández Meijide, sin demora, legisladores del radicalismo presionaron a De la Rúa para que ese lugar fuera para un dirigente del interior. Tuvieron éxito porque el cargo quedó para el jujeño Gerardo Morales, un alfonsinista confeso. El segundo traspié podría confirmarse en lo inmediato, si es que finalmente queda al frente de la intervención del PAMI el también alfonsinista Federico Polak. 
Y eso por no tocar un problema más de fondo como el del modelo de país. En su despacho con vista al río, uno de los miembros del grupo admitió la intención de posicionar a la Argentina como “un país de servicios”. En tanto, los radicales más ortodoxos aún sueñan con el viejo modelo industrial. Algo de eso también se discute en la pelea por la desregulación telefónica entre el ministro de Infraestructura, NicolásGallo –un histórico adversario del grupo–, con el secretario de Comunicaciones, Henoch Aguiar, amigo del otro hijo presidencial, Fernando “Aíto”. 
Sin embargo, los sushis no quieren iniciar una polémica. “Lo único que no podemos hacer es convertirnos en un problema para De la Rúa”, justifica uno de los enojados integrantes del grupo. Pero para sus señalados rivales, ya es tarde para esas preocupaciones. “Es difícil hablarle a la gente que no tiene trabajo con los viajes de Antonio y Shakira, los caballos de carrera de De Santibañes y los coches importados de Agulla”, respondía ayer un dirigente que suele conversar con Alfonsín. “Estos chicos confunden publicidad con gobernar. En estos momentos tendrían que pensar en cómo darle laburo a la gente”, resumía.

Vicejefa electa Felgueras.
De las primeras “sushis”.

 

 

  

 

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