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El último de los grandes anarquistas cuenta todo

Trabaja como albañil en París, pero en su época asaltó bancos ametralladora en mano, y luego se dedicó a falsificar documentos y billetes, y puso al CityBank de rodillas. Aquí Lucio Urtubia se explica.

Lucio Urtubia, hoy.
No se arrepiente de nada.


Por Eduardo Febbro
Desde París

t.gif (862 bytes) De las decenas de millones de dólares que robó asaltando bancos o fabricando billetes y travellers checks falsos Lucio nunca se guardó un peso en el bolsillo. Una parte fue para “la causa”, la otra para los “compañeros cómplices”, otra para “la estructura”. Los Montoneros, Tupamaros, miembros del ERP y revolucionarios latinoamericanos de toda índole que le deben favores y los documentos falsos que les proporcionó forman una “familia incontable”. Lucio Urtubia, de casi 70 años, sigue trabajando como albañil en el popular barrio parisino de Belleville y nunca cambió el overol por la corbata. Militantes anarquistas, obreros, intelectuales, grandes abogados de París se codean sin conocerse cuando vienen a buscarlo para que les arregle la casa o a visitar el espacio cultural Louise Michel que dirige en Belleville.
Casi no hay revolucionario latinoamericano que haya pasado por París y no le deba su pasaporte ficticio. Este español anarquista tiene en su haber el desfalco más espectacular que la historia de los robos políticos haya registrado: “la reproducción” de 30 millones de dólares en travellers checks falsos del First National CityBank. Un “asalto” sin precedentes que, tras una rocambolesca serie de anécdotas y negociaciones secretas, le valió una modesta condena a seis meses de cárcel. “Me trataron de deshonesto, pero yo les dije muy claro: los ladrones son los bancos; nosotros, lo único que tratamos de hacer es restablecer un poco el equilibrio”. Cuando el juez le preguntó por qué había hecho todo eso Lucio respondió: “Por moral”. Bernard Thomas, el periodista francés del semanario satírico Le Canard Enchainé que escribió su biografía (Lucio, el Irreductible) lo compara con los grandes bandidos populares como el Zorro, Robin Hood, Alexandre Jacob o Arsène Lupin. Sin dudas hay algo de eso. Aunque el lema de esos hombres y el de Lucio es el mismo, “robar a los ricos para darles a los pobres”, su historia es mucho más. Nació en Navarra en 1931 en una familia de extrema pobreza con cinco hermanos y un padre rojo: “Me cago en Dios, qué pobres que éramos. No pasaba un día sin que nos insultaran: ‘¡Rojos, rojos!’, nos decían”. A los 19 años escuchó por primera vez la palabra que “encausaría” su vida. Su padre le dijo: “Si tuviera que volver a comenzar, sería anarquista”. A los 19 se escapó a Francia para trabajar como albañil y no tardó en acercarse a los medios anarquistas y libertarios. Un día le hablaron de un tipo muy buscado al que había que esconder. No preguntó quién era y lo protegió. El desconocido se presentó diciéndole “Soy El Quico”. El apodo sonaba como la pólvora. Francisco Sabaté, alias El Quico, era una leyenda para los anarquistas, un héroe de incontables combates buscado en cada rincón de la España franquista. El Quico le transmitió sus enseñanzas y la cultura de la acción y las “expropiaciones revolucionarias”. Antes de morir acribillado a balazos en Sant Celoni, Sabaté le legó la más irremplazable de sus herramientas: no la ideológica sino la célebre ametralladora Thompson y una enorme navaja. Con ella asaltó el primer banco en Andalucía junto a un “intelectual español que más tarde sería ministro”. Los bancos de Bélgica, Francia y Gran Bretaña vieron brillar su ametralladora Thompson hasta que un día, “porque me daba miedo hacerles daño a los empleados de los bancos”, cambió de ramo.
De la lucha antifranquista a la “internacional libertaria y revolucionaria” no había más que un paso que Lucio dio como falsificador al “servicio de los compañeros que tanto sufrían en distintos frentes”. La falsificación de moneda vino como un juego. En los años 60 se unió a los tipógrafos libertarios expertos en reproducir billetes. “Era –cuenta–una manera pacífica de recuperar los fondos para la guerra”. Convencido de que ese activismo pacífico resultaría más eficaz que los asaltos, Lucio los puso al servicio de las revoluciones. En plena ofensiva de la Bahía de los Cochinos, Urtubia le propuso a la embajadora de Cuba en Francia, Rosa Simeon, destruir con explosivos los intereses norteamericanos en Francia. La mujer no quiso, pero cayó más tarde bajo el embrujo del paquete de dólares falsos que Lucio le mostró como arma contra el imperio. Ella organizó el encuentro entre el anarquista y el Che en la primavera europea del ‘62. Durante seis horas, el libertario español le explicó su propósito, los fundamentos de su plan y las cuestiones técnicas ligadas a la falsificación. El Che le preguntó sobre el costo de la operación, la obtención del papel y el impacto que eso podría tener en la opinión pública internacional. “El Che me pareció amable, pero frío. Si se quiere, me decepcionó. Se llevó la muestra de dólares que le di, pero me dijo que, incluso con dólares falsos, EE.UU. seguiría enriqueciéndose. Respeto y admiro mucho al Che, pero eso es todo”. 
Pero su golpe maestro seguirá siendo la reproducción de los travellers checks: “8000 hojas grandes de 25 cheques de 100 dólares”. Un inestimable tesoro para la revolución que lo llevó a la cárcel en los años 80. Fue, como él lo reconoce, “una historia que cambió mi vida”. Urtubia pasó medio año tras las rejas por esa operación. Se salvó de una condena mucho más pesada porque contó con la ayuda de cuanto abogado “progresista” había en Francia y porque el CityBank envió a un “mensajero especial” a negociar con él. El anarquista español realizó el sueño de todo libertario: hacer que el banco más poderoso de la tierra se pusiera de rodillas ante él.
Lucio tiene más aventuras que el Zorro. Entre otras cosas preparó el secuestro del nazi Klaus Barbie en Bolivia y colaboró con la fuga del líder de las Panteras Negras. Nunca cambió su forma de vivir. Se sigue levantando a las seis de la mañana y asegura que ha tenido “la suerte de nacer muy pobre. Es el trabajo quien me ha abierto las puertas y me ha dado el orgullo de la vida”. Que lo diga mejor Louis Joinet, número dos de la Judicatura francesa, quien afirmó que Lucio representa todo “lo que a mí me hubiese gustado ser”. Su nuevo proyecto consiste en ocupar un edificio abandonado y rehabilitarlo como “emblema” del compromiso libertario. “Somos –dice– albañiles, electricistas, plomeros. No necesitamos del Estado”.

 

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