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OPINION

Qué se juega el Gobierno

Por Martín Granovsky

La definición pertenece a un alto funcionario, uno de los pocos que están preocupados por la relación del Ejecutivo con los militares.
--Es muy simple --dijo a Página/12--. Los militares tienen pensamiento binario. Uno los manda, y ellos obedecen.
--¿Y cuando uno no los manda?
--Ah, entonces mandan ellos. No se olvide de una cosa: cuando no reciben órdenes hacen política todo el día.
El funcionario, cuya identidad se reserva por pedido expreso, no es Ricardo López Murphy. Por abstenerse de mandar, el ministro de Defensa terminó reinventando en la Argentina el problema castrense.
La detención de Jorge Olivera pinta con transparencia esa falta de órdenes:
Olivera y su socio Jorge Appiani dijeron a este diario que el jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni, estaba al tanto de sus gestiones.
Brinzoni no los desmintió.
López Murphy no hizo nada para frenar el silencio tolerante con Olivera y Appiani, y como ministro debería saber lo que ningún periodista ignora: que la cúpula del Ejército festeja, como mínimo, las operaciones de los abogados para ensuciar los Juicios de la Verdad.
Los tres antecedentes tornan muy valiosa la decisión que tomó ayer la Cancillería de dar solo asistencia consular a Olivera. Si el resto del Gobierno mantiene hoy esa postura, estará diciendo que no defenderá al mayor retirado como el gobierno chileno de Eduardo Frei patrocinó al dictador Augusto Pinochet cuando lo detuvo Scotland Yard. Por lo pronto, será el consulado y no la embajada en Roma el que entenderá en el destino de Olivera.
Consultas técnicas de este diario permitieron determinar los alcances de la asistencia consular.
Es obligatoria hacia cualquier ciudadano argentino que sea detenido.
Se limita a garantizar el debido proceso, es decir poner al arrestado en contacto con abogados locales o, si éste no dispone de medios propios, asegurar que los defensores oficiales del Estado donde fue detenido se ocupen de su suerte.
El consulado debe hacer un seguimiento del caso, pero no necesita poner abogados a disposición del reo.
En Italia esas normas se cumplen con los 91 detenidos argentinos. De ningún modo la Argentina superó el nivel de la asistencia consular para convertir alguno de esos arrestos en un problema de Estado a Estado, y no tendría por qué hacerlo con Olivera. El comunicado de la Cancillería dice que, "consultada la Subsecretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia, informó que Olivera figura en el informe de la Conadep, pero no tiene causas penales abiertas en la Argentina". En otras palabras, que el Ejecutivo no está obligado a interesarse en Olivera ni debe enviar, por ejemplo, un pedido de extradición a Roma o París para que el mayor pueda ser juzgado en la Argentina. Es interesante que sea la Subsecretaría la que dio esa información a Relaciones Exteriores. ¿Quiere decir que el jefe de Diana Conti, el ministro Ricardo Gil Lavedra, no tomará a Olivera como un Pinochet que debe ser sponsoreado con dinero del fisco?
La situación cambiaría si el Gobierno quisiera enrolarse en una posición combativa y reclamara la devolución del represor con el argumento de que aquí ya se benefició con la Obediencia Debida. Entonces tendría que esgrimir la discutible idea de que no puede haber doble juzgamiento, cuando en rigor el Derecho Internacional de los Derechos Humanos no reconoce ningún tipo de amnistía en crímenes de lesa humanidad. Si el Ejecutivo opta por esa variante, cualquier abogado francés asociará a Fernando de la Rúa con Carlos Menem, el presidente que mantuvo durante años en actividad a Alfredo Astiz y en cada viaje a Europa escuchaba una pregunta: "¿Por qué defiende a un represor que fue condenado en Francia a pesar de la ley argentina de Obediencia Debida?".
Un paso en falso del Gobierno también mancharía el prestigio que ganó la Argentina en Italia dos meses atrás, cuando la Cancillería trasladó al juez Adolfo Bagnasco un pedido de la Justicia italiana sobre Carlos Guillermo Suárez Mason y permitió así que empezara el proceso por la desaparición de ciudadanos italianos. Olivera es, se sabe, defensor de Suárez Mason. ¿El Gobierno puede ser tan torpe de quedar ligado al nombre del ex general asesino cuando, antes, consiguió situarse del lado de quienes buscan su castigo?
La red de aliados que encontraría el Presidente si quedara asociado a Olivera es pavorosa.
Cuando volvió a Buenos Aires tras presentar junto con Olivera un recurso en la Corte Europea de Derechos Humanos de Estrasburgo, en Francia, Appiani ofreció una conferencia de prensa en su estudio. La corresponsal del diario Libération de París, Claude Mary, le preguntó quién los apoyaba. Appiani respondió, y Mary grabó, que un llamado Movimiento por la Independencia de Alsacia, relacionado con concejales del neonazi francés Jean Marie Le Pen. También relató que tenía apoyo de la estructura internacional que sustenta a Mohamed Alí Seineldín, y nombró a Lyndon La Rouche. Se trata de un político norteamericano de ultraderecha que en 1993 prologó con Seineldín un libro titulado El complot para aniquilar a las Fuerzas Armadas y a las naciones de Iberoamérica. El panfleto critica el juicio a los ex comandantes de 1985. "Los integrantes de la junta militar, y por ende toda la institución castrense, fueron enjuiciados por osar enfrentarse a los británicos y por librar la guerra contra la subversión comunista", dice.


 

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