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Las películas del gran Gabo

Catorce films, muchos de ellos inéditos en la Argentina, podrán verse a partir de hoy en un festival de cine en homenaje a García Márquez.

Gabriel García Márquez.
Autor, guionista y adaptador.


t.gif (862 bytes) @La vinculación de Gabo y su obra con el cine siempre fue tan prolífica como conflictiva y es esa relación peligrosa la que se propone explorar, exhaustivamente, el llamado “Festival de cine de Gabriel García Márquez, el escritor colombiano del siglo”. El ciclo, que se llevará a cabo a partir de hoy y hasta el próximo miércoles en el complejo Village Recoleta, está integrado por catorce films, muchos de ellos inéditos en Argentina y provenientes de los más diversos orígenes, no solamente colombianos sino también españoles, mexicanos, cubanos, brasileños y hasta italianos. La muestra reúne por primera vez todo aquello que el cine hizo alrededor de García Márquez, ya sean guiones originales del propio Gabo, adaptaciones propias y de terceros. Abren el fuego hoy dos producciones mexicanas desconocidas hasta ahora en Buenos Aires: El año de la peste (1978), de Felipe Cazals, con guión de García Márquez sobre una novela de Daniel Defoe; y El verano de la señora Forbes (1988), de Jaime Humberto Hermosillo, con Hanna Schygulla. El viernes están programadas Cartas del parque (1988), del cubano Tomás Gutiérrez Alea, con Víctor Laplace, y la versión de Arturo Ripstein de El coronel no tiene quien le escriba (1999). El ciclo sigue el sábado con Crónica de una muerte anunciada (1987), de Francesco Rosi, con Gian Maria Volonté, y el domingo con una auténtica curiosidad, En este pueblo no hay ladrones (1964), del mexicano Alberto Isaac, con un elenco que incluye como actores a Luis Buñuel, un bisoño Arturo Ripstein y el propio Gabo. Para el lunes 21 la programación incluye Un señor muy viejo con unas alas enormes (1988), del patriarca del nuevo cine latinoamericano, Fernando Birri, y La cándida Eréndira (1983), del brasileño Ruy Guerra, con Irene Papas. El martes 22 se proyectarán tres películas: Presagio (1974), de Luis Alcoriza; La fábula de la bella palomera (1988), de Ruy Guerra; y Tiempo de morir en la versión que en 1985 dirigió el colombiano Jorge Alí Triana. El único renuncio del ciclo es haber omitido la primera versión, muy superior, de este mismo guión original de García Márquez, que en 1965 se convirtió en la consagratoria ópera prima de Ripstein. 

 

 

opinion
Por Juan Carlos Muñiz

Dibuje, siga dibujando, maestro Fortín

Si nos preguntan qué es un argentino, podemos intentar descripciones históricas, sociológicas y hasta psicoanalíticas. O dar algunos ejemplos. Que siempre serán parciales o arbitrarios, pero indudablemente más ricos en función de transmitir las sutilezas que conforman la compleja trama de lo humano. Raúl Fortín, por dar un ejemplo, fue un argentino.
Fortín fue un tipo que guardaba en su bagaje de experiencias vitales unas cuantas de esas particularidades que nos dan pertenencia a este lugar. Más futbolista que futbolero. Gran tomador de mate. Buen asador. Amigo de la charla entre amigos. Fumador empedernido. Tanguero. Admirador de la milonga sureña y del arte de la payada. Discutidor por deporte. Arbitrario por convicción. Sobrio en el vestir. Ocurrente y dicharachero. Hasta aquí los rasgos de identidad nacional. Un tipo que podía haber sido dibujado por Molina Campos y escrito por Cortázar. 
Pero visto desde una perspectiva más cercana, Fortín fue un argentino singular. Un tipo sensible y complejo. Un observador implacable de la realidad. Un inquisidor de aquellas cuestiones que no tienen más respuesta que la propia, porque la metafísica plantea interrogantes que sólo pueden ser respondidos a través de una poética personal e intransferible. Fortín fue, por oficio, un dibujante. Por vocación, un filósofo. Por elección, un padre. Por talento, un maestro.
Lo conocí por el año ‘83, en la mítica redacción de la revista Humo(R), formando parte de un grupo singular, una especie de selección nacional de cracks dirigida por el Tano Cascioli, capitaneada por Tomás Sanz y plagada de titulares indiscutibles, cada uno en su puesto: el Flaco Dolina, el Negro Fontanarrosa, Aquiles Fabregat, Grondona White, Tabaré, Nine, Jorge Sanzol, Carlitos Abrevaya, Maicas, Sendra, Marín, Langer, la Wargon, Sandrita Russo, Carlitos Llosa, Marín, Colazo, García Blanco, Juan Martini, Enrique Vázquez, Juancito Sasturain y tantos otros que no nombro por no hacer de este recuerdo una solicitada.
Allí, entre anárquicas reuniones de sumario matizadas con pizzas de muzzarella, bromas de club barrial y cierres despelotados, Fortín dibujaba esos meticulosos muñequitos que parecían formar parte de un mundo lejano y querido, fervientemente extrañado por su autor. Su ojo implacable y su mano diestra reflejaban esos sutiles detalles que promovían el más argentino de los elogios: “¡Qué hijo de puta!”. Porque nada quedaba al margen de aquellas imágenes que atrapaban la esencia de las cosas. Ahí estaba todo, plantado con un detallismo no exento de simpleza. Porque Fortín dibujaba así: con un trazo limpio que en su aparente inocencia parecía naif; pero, prestando atención al cuadrito, uno encontraba esos detalles que permiten imaginar un mundo, casi siempre lejano, siempre querido.
Fortín, ese atípico argentino típico, fue el artífice de un pequeño milagro ocurrido en el mundo de los chicos: la revista Humi. Un ejercicio de pura imaginación y libertad que duró muy poco en un país propenso al golpe bajo o a la demagogia ampulosa. Los chicos que la leyeron y hoy son grandes, la recuerdan. Y seguramente le deben unos cuantos buenos momentos. Las tapas de El Péndulo, coloreadas con milagrosa precisión combinatoria, teniendo en cuenta que Fortín era daltónico, son otro testimonio de su rara habilidad. Pero su oficio se desplegaba fundamentalmente en blanco y negro; un trazo limpio y despojado que iba dejando a su paso personajitos de aire antiguo, como escapados de aquellos equipos de fútbol del cuarenta, con bigotes de anchoa y pelambres hirsutas; radios de capilla, señoras con rodete y delantal, cuzcos amigables, chicos con ojos de asombro. Y en cada cuadrito, una escena reconocible y generalmente entrañable. Fortín añoraba ese mundo íntimo y humoso de las cocinas, el olor a tortas fritas, los tangos en la radio, la caricia de un padre navegante, esa patria, la infancia. Hasta en eso, en la nostalgia como ejercicio cotidiano, fue un argentino cabal. Solíamos jugar juntos a la pelota. Salíamos los sábados, lo pasábamos a buscar a Marito Tobelém y yirábamos en busca de un picado donde colarnos. Era un zaguero fuerte y mañoso. Se había hecho diestro en su puesto a fuerza de voluntad, como en todo lo que había logrado en la vida. Hicimos también juntos un par de libros sobre un par de temas que nos eran familiares: la pelota y el asado. 
La última vez que lo vi fue por televisión, en un programa de ATC que lo mostró sabio y poeta. Sin dudas, uno de los reportajes más conmovedores que vi en mi vida, por la sinceridad de sus respuestas y por la originalidad de cada planteo, donde se mostró tal cual era: un tipo singular.
Una noche, hace poco, me enteré que ya no estaba. Y entonces revolví en mis cajones en busca de una letra suya (porque también escribía), a la espera de una música que tal vez invente un día de éstos. Si sale, será argentina, como era él.
“Poeta de los charcos, negado al llanto/ la muerte toca el timbre, para mi espanto/ En el zaguán las sombras, son sólo sombras/ pero el miedo es más miedo, si se las nombra/ Una luna menguante, es la nuez moscada/ que la ponga mi abuela sobre mi almohada/ En un barco en el puerto duerme mi viejo/ la luna mueve el agua con su reflejo/ con su reflejo verde, verde esperanza/ quién pudiera besarlo cuando descansa.”

 

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