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Ciccone

El 10 de agosto, Domingo Cavallo afirmó públicamente que Calcográfica Ciccone no era parte del grupo Yabrán. Fue la culminación de una serie de secretos acercamientos del ex ministro con los gráficos. Esta es la historia.


Por Miguel Bonasso

t.gif (862 bytes) En una autocrítica que se demoró cinco años, Domingo Felipe Cavallo admitió en una reciente carta al diario La Nación que la empresa Ciccone Calcográfica no pertenecía al finado Alfredo Yabrán. La acusación de Cavallo, reiterada hasta hoy por los medios, le causó graves perjuicios económicos a la megaimprenta que produce –entre otros valores fiduciarios– los pasaportes, las chapas patente y los permisos del Renar. Antes de retractarse públicamente, ya lo había hecho en privado con los hermanos Héctor y Nicolás Ciccone. La relación llegó a ser tan buena que Ciccone Calcográfica apoyó las campañas proselitistas de Cavallo con trabajos que suman, aproximadamente, un millón de pesos. Un hombre decisivo para lograr la retractación pública del mediterráneo fue James Cheek, el ex embajador de Estados Unidos en Argentina, que trabaja como lobbista de Ciccone. Dos sugestivos entretelones de una historia inédita, que ilustra sobre los modos (ligeros) que se emplean para hacer y deshacer famas en la Argentina.
El 10 de agosto pasado, en la sección “Cartas de los Lectores” de La Nación, venía una breve carta de Domingo F. Cavallo admitiendo que en sus tiempos de ministro “una fuente que contaba con información errónea” le facilitó “material que señalaba a Ciccone Calcográfica enmarcada en denuncias contra el grupo Yabrán. Lamentablemente, por la vorágine mediática y las acciones que yo debía resolver con rapidez, estos datos llegaron a conocimiento público con consecuencias funestas para la economía de Ciccone Calcográfica”. Según Cavallo, “para reparar esta situación” recibió en su despacho a los hermanos Héctor y Nicolás Ciccone, quienes le aportaron “pruebas que demostraban su autonomía con respecto al señor Yabrán”. Estas pruebas –sigue la carta– “fueron contundentes a la hora de apoyar gestiones destinadas a lograr asistencia financiera para la empresa”. “Confío –concluye el arrepentido– en que estos comentarios sirvan para aclarar un infortunado error que continúa perpetuándose en los medios.”
Felices por la reparación, deseosos de preservar y acrecentar la relación con un hombre poderoso, los Ciccone le enviaron una misiva privada agradeciéndole “la auténtica reparación” que les permite “reivindicar nuestro nombre del que nos sentimos orgullosos”. En la carta destacan “la valentía y el coraje” de Cavallo. La historia que subyace debajo de la correspondencia es menos idílica que las palabras de uno y otros.
El 23 de agosto de 1995, Día D de la mitológica guerra entre el ministro Cavallo y el megaempresario postal Alfredo Yabrán, los Ciccone empalidecieron: en su presentación de once horas ante los diputados, el ministro denunciaba al Cartero como “la mafia enquistada en el poder” y nombraba a Ciccone Calcográfica entre las empresas que controlaba Don Alfredo. Como lo han explicado con anterioridad a este cronista, los hermanos Ciccone conocían a Yabrán y se habían presentado junto con Ocasa y OCA a varias licitaciones, como la de los cuestionados DNI, pero la empresa seguía siendo “cien por ciento” de los dos gráficos que la fundaron en 1951. Lo que los ponía bajo la mira del iracundo ministro era un crédito de 25 millones de dólares otorgado por el banco Della Svizzera Italiana que –según ellos– les habían otorgado por una recomendación inicial de Yabrán. Según Cavallo, se trataba de dinero del propio Cartero disfrazado mediante una triangulación.
Con la denuncia y su repercusión mediática los dueños de la Calcográfica vieron peligrar sus contrataciones con el Estado argentino y otros Estados. Es sabido que los impresores fiduciarios deben cuidar su reputación más que “la mujer del César”, porque hay pocas empresas a nivel mundial y se disputan el globo a dentelladas. Ciccone Calcográfica, que factura 100 millones de dólares por año, es única en América latina, pero debe pelear con la legendaria Thomas de la Rue de Gran Bretaña, L’Overture de Francia, Guisecke & Debrien de Alemania y Sicpa de Suiza. Y la competencia aprovechó bien la denuncia de Cavallo y sus repercusiones en la prensa mundial. En abril de 1997, cuando Yabrán aparecía ya implicado en el asesinato de José Luis Cabezas, el semanario italiano Panorama publicó una extensa nota sobre el magnate, con una ominosa ilustración: un pulpo azulado que apresaba en sus tentáculos armas, hoteles de cinco estrellas, aviones y aeropuertos, correo privado y pasaportes. Un subtítulo denunciaba: “Los sectores controlados por el boss Alfredo Yabrán”. Bajo el tentáculo correspondiente a pasaportes, un epígrafe explicaba: “También este sector, como el del permiso para portar armas, está controlado por la empresa Ciccone”. 
Los Ciccone evaluaron la posibilidad de entablarle un juicio al ministro, pero la desecharon rápidamente, porque no está en su temperamento y no ayuda a su actividad. En cambio fueron a entrevistarlo para rogarle que los despegara de Yabrán. Según los hermanos, Cavallo les preguntó si estaban dispuestos a liberarse del crédito apalancado por el Amarillo y ellos le dijeron que lo harían de inmediato, si él les conseguía iguales o mejores condiciones. El ministro les propuso verse con los directivos del Nación y el Galicia, pero nadie les mejoró las condiciones financieras y siguieron con el banco Della Svizzera Italiana, hasta cancelar la deuda el año pasado. En su carta a La Nación, Cavallo hace notar –recién ahora– que ya entonces le dieron pruebas contundentes de que el Cartero no controlaba su empresa. Sin embargo, en noviembre de 1996, respondiendo a una querella entablada por Yabrán en el juzgado federal de Jorge Urso, el jefe de Acción por la República insistió en vincular a Ciccone Calcográfica con el “querellante”. Y en julio de 1997 insistió con la sospecha en su libro El peso de la verdad. Desde entonces los medios repitieron el mismo clisé: “La empresa que, según Cavallo, estaría controlada por Yabrán”. 
Las cosas empezaron a mejorar recién en 1998, cuando los Ciccone –preocupados por la pérdida de negocios– contrataron como lobbista a James Cheek, el ex embajador norteamericano. Cheek, que había sido aliado de Cavallo en la guerra por el Correo contra Yabrán, se convirtió en puente con su amigo Mingo. Que incluso visitó la gigantesca planta de Don Torcuato y se enfrentó con la comisión interna y representantes del Sindicato Gráfico. Los trabajadores le pidieron ayuda para sacarse la etiqueta que él mismo les había endilgado y Cavallo, muy suelto de cuerpo, proclamó: “Siempre he querido hacer algo a favor de esta empresa”. Poco antes, el ex ministro metido a político se había encontrado casualmente con Héctor Ciccone en el restaurante Bice de Puerto Madero. El imprentero le dijo, gentil: “Si necesita algo, estamos a sus órdenes”. Poco después un emisario de Cavallo lo fue a visitar y le pidió ayuda para la campaña electoral. Los Ciccone aceptaron e imprimieron gratis afiches, folletos y trípticos para las presidenciales de diciembre del año pasado y para los recientes comicios de Buenos Aires. El aporte de la empresa “que controlaría Yabrán” llegó a sumar un millón de dólares. 
Cavallo les agradeció, pero si-guió sin retractarse públicamente, porque ya se sabe, no es oportuno autocriticarse en medio de una campaña. Pasaron varios meses antes de que Cheek se acercara a su viejo aliado y le dijera (esta vez con éxito): “Mingo, tenés que hacer algo por los Ciccone”.

 

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