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TRES TITULOS SOBRESALIENTES DEL FESTIVAL DE TORONTO
Entre el amor y la guerra

�Kippur�, del israelí Amos Gitaï, y �Pizarrones�, de la iraní Samira Majmalbaf, ofrecen una atípica visión bélica. �Infidelidad� es otro paso acertado de la actriz Liv Ullmann en su carrera como directora.

Por Luciano Monteagudo
Desde Toronto

t.gif (862 bytes)  Un festival como el de Toronto, con más de trescientos films en su programación, invita a crear infinidad de recorridos, a descubrir de pronto, como una revelación, de qué manera films tan distintos entre sí son capaces de hablar, cada uno de acuerdo con su propia visión del mundo, de los mismos temas, de compartir las mismas preocupaciones. Puede ser el caso de Kippur, gran film de guerra del realizador israelí Amos Gitaï; de Pizarrones, segundo largo de Samira Majmalbaf, que viene a confirmar el inmenso talento de la realizadora de La manzana, y de Infidelidad, una nueva incursión como directora de Liv Ullmann, a partir de un guión escrito especialmente para ella por su padre tutelar, el maestro sueco Ingmar Bergman.
En una primera instancia, aparentemente nada une a estos films tan disímiles y, sin embargo, los tres comparten un mismo espacio ficcional: un campo de batalla. El de Kippur es explícito, está ahí bien a la vista y es el de la guerra de Yom Kippur, cuando en octubre de 1973 se enfrentaron en las alturas del Golán los ejércitos de Egipto y de Siria con el de Israel. El director Amos Gitaï (de quien en Buenos Aires se acaba de ver, en la Semana del Cine Israelí, su notable film anterior, Kadosh) tenía entonces 23 años y vivió la experiencia en carne propia. Un cuarto de siglo después la pudo poner en imágenes, sin exaltaciones ni condescendencias, como una catarsis. Su protagonista se llama Weintraub, pero no es otro que el propio Gitaï, visto a través de esa máquina del tiempo que es el cine. Una mañana como cualquier otra, cuando el sol comienza a iluminar las calles de Haifa, se escucha la sirena de alarma. Weintraub sabe que debe reunirse con su unidad y, junto a un amigo, empiezan a viajar por su cuenta hacia el frente. Cierto ingenuo entusiasmo inicial, no exento de patriotismo (un comandante les dice: “Ya van a ver, en dos días estamos en Damasco”), empieza a ceder cuando lo único que ven a su alrededor es desconcierto y confusión. Asignado a un equipo médico de rescate, trepado a un helicóptero, Weintraub ve primero la guerra desde el aire, pero sabrá de qué se trata realmente cuando baje a tierra y deba arrastrarse entre las trincheras y el barro, cargando sobre su espalda con muchachos como él, más muertos que vivos.
Si hay una película a la que inmediatamente recuerda Kippur, antes que a cualquier otra, es a The Big Red One (1980), de Samuel Fuller, donde el legendario director estadounidense daba cuenta de su experiencia personal en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Kippur está dedicada a Fuller, que se convirtió en el padrino de la película. “Cada vez que esté en duda, recurra a sus recuerdos más personales”, le dijo a Gitaï. “Y mis recuerdos tienen que ver con el caos”, contó el director israelí aquí en Toronto. “Pero dirigir una película es ordenar un mundo. ¿Cómo, entonces, dirigir el caos? Esa era la contradicción que debía resolver.” De hecho, lo hizo de manera notable, evitando toda glorificación patriótico/militar, de forma que –en sus propias palabras– “si un sirio o un egipcio ve la película también pueda identificarse con todo lo que ve en la pantalla”.
La directora iraní Samira Majmalbaf (21 años recién cumplidos) no pudo venir a Toronto, porque integraba el jurado oficial de la Mostra de Venecia que concluyó anteayer, pero su película Pizarrones habló magníficamente por ella. A diferencia de La manzana, que partía de una realidad muy precisa, aquí todo adquiere un carácter más abstracto, a pesar de que, como suele ocurrir en el cine iraní, sus únicos elementos son el paisaje y sus habitantes. Un grupo de maestros atraviesa las montañas cercanas a la frontera entre Irán e Irak con una sola pieza de equipaje, un enorme pizarrón a sus espaldas. Es una zona de peligro y, cuando un helicóptero los obliga a dispersarse, la película sigue a dos de ellos: uno encuentra un grupo de niños dedicados al contrabando y otro una caravana de ancianos de la minoría kurda, que intenta llegar a Irak. Cada tanto se escuchan disparos y la amenaza está siempre presente, al punto que esos pizarrones del título tendrán múltiples usos. Servirán de improvisado refugio antiaéreo, de improbable escudo ante las balas, de camilla para los enfermos, pero también –allí donde no hay nada salvo polvo y piedras–, de techo, de pared, de puerta y hasta de altar donde consagrar una boda. Se diría que la maestría del film está en su rara potencia metafórica, capaz de extraer de los elementos más concretos de la realidad una poesía tan seca y austera como el paisaje que la inspira.
El campo de batalla de Infidelidad, la nueva película de Liv Ullmann como directora, es en cambio un paisaje interior, el de los sentimientos, con consecuencias también devastadoras. “Ni un fracaso artístico, ni la bancarrota económica... nada deja una herida más profunda que una separación”, reza la cita de Botho Strauss con que comienza este guión que el maestro Bergman le regaló a una de sus actrices favoritas y que ella supo dirigir a su altura. Como en Kippur, aquí también se nota el peso de experiencias muy personales y de referencias cinematográficas, que en este caso van de Vergüenza y Pasión a Escenas de la vida conyugal, tres de los muchos films que compartieron Bergman y Ullmann. La unidad dramática vuelve a ser el rostro y lo que llama la atención del film es su rigor, su despojamiento, la intransigencia con que la directora enfrenta la figura del vulgar triángulo amoroso. En apariencia, nada más lejos del cine de Fuller que Infidelidad y, sin embargo, ante estos tres films es difícil no acordarse de esa frase que pronunciaba el viejo Sam en Pierrot le fou, de Godard: “Una película es como un campo de batalla: pasión, violencia, en una palabra, emoción”.

 

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