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UNA RECORRIDA POR EL INTERIOR DE LA FLAMANTE MEZQUITA DE PALERMO
Paisaje porteño desde un minarete

La inauguración será el lunes 25, con la presencia del príncipe de Arabia Saudita. Además del templo, en el complejo hay escuelas, una biblioteca, un salón de exposiciones y un centro cultural. El terreno fue donado en medio de una polémica.

El templo, visto a través de una ventana, tiene cinco enormes arañas de cristal.

El patio interior del enorme complejo, que será inaugurado el próximo lunes 25.


Por Mariana Carbajal

t.gif (862 bytes) La inauguración de la gigantesca mezquita de Palermo ya tiene fecha: será el lunes 25, a las 16.30, con la presencia del príncipe heredero de Arabia Saudita, Abdulah Ben Abdulaziz. El templo islámico, que se convertirá en el más grande de América latina, ya está prácticamente terminado. Faltan sólo detalles. Una enorme alfombra, en tonos mostaza y bordó, bien mullida y especialmente confeccionada en tierras del rey Fahd, tapiza toda su superficie. No hay lujos. El único elemento ornamental que se destaca en la austera decoración es una vistosa araña de cristal, con 230 bombitas, de 3 metros de diámetro por 3 de altura, que pende del centro de su cúpula. Según pudo constatar Página/12 –el primer medio que recorrió el interior del complejo–, más de cincuenta cámaras de video instaladas en los jardines controlarán la seguridad del lugar. Para su apertura se espera al presidente Fernando de la Rúa y a su antecesor, Carlos Menem, quien realizó la polémica donación del predio, valuado en unos 20 millones de pesos. Paradójicamente, De la Rúa fue el único senador que en el Congreso votó en contra del obsequio a la embajada saudita (ver aparte). 
El complejo, que costó más de 20 millones de dólares, se completa con una sala de exposiciones, otra de conferencias, una biblioteca, una confitería, un jardín de infantes, una escuela primaria y secundaria, y un sector de dormitorios para cincuenta alumnos pupilos. En total ocupa una superficie cubierta de 20 mil metros cuadrados. La edificación, con ventanales característicos de la arquitectura árabe, descansa sobre espaciosos jardines, verde inglés, adornados con palmeras, que por el momento lucen bastante raquíticas. Hay cinco fuentes de distintas dimensiones y formas, pero ninguna se destaca por su originalidad ni su ornamentación. La más grande está ubicada en la entrada principal, por la avenida Bullrich. “El predio estará abierto a toda la comunidad, sin restricciones”, adelantó a este diario el asesor de prensa de la embajada, Daher Ghandour.
La inauguración estará presidida por el príncipe heredero y jefe de la guardia nacional, que llegará al país en visita oficial el mismo 25, por dos días, acompañado por varios príncipes y ministros, entre ellos el hijo de Fahd, Abdulaziz Ben Fahd. En realidad, la obra está terminada hace dos meses, pero se postergó su apertura para hacerla coincidir con la presencia del hermano del rey. “A De la Rúa lo invitamos: deseamos y aspiramos a que esté”, señaló Ghandour. Sobre Menem, no tienen dudas en la embajada: ya hace dos semanas, el ex presidente, hijo de sirios y educado en la fe musulmana, pidió autorización y visitó las flamantes instalaciones.
Para entrar a la mezquita, por supuesto, hay que sacarse los zapatos. Pero las estanterías donde se podrá dejar el calzado todavía no fueron instaladas. “Es uno de los pocos detalles que faltan”, comentó uno de los operarios de la empresa Riva –que tuvo a su cargo la construcción del complejo– que acompañó a Página/12 durante la visita. Sí están impecables los baños, donde los creyentes podrán lavar sus pies antes de ingresar al templo. La mezquita tiene capacidad para mil fieles, que rezarán mirando en dirección a La Meca. Como indica la religión islámica, hombres y mujeres no podrán juntarse. Ellos orarán en la planta baja, donde el imán encabezará la ceremonia. Ellas, en una especie de entrepiso, comunicado al sector masculino a través de ventanales blancos con típicos dibujos árabes. El templo, completamente alfombrado, está coronado por cinco enormes arañas de cristal –la más grande, colgada en el centro– que fueron compradas en Londres. 
La altura de toda la edificación no supera los dos metros de altura, con excepción de los dos minaretes, las torres gemelas que se destacan en el predio. Para acceder hasta sus ventanas superiores hay que trepar 160 escalones, los últimos 13 en una especie de escalera marinera, completamente vertical. El esfuerzo vale la pena: desde allí se logra una vista privilegiada de una de las zonas más exclusivas de la ciudad. 
La edificación de todo el complejo es despojada, pero los vidrios espejados, de color azul, ubicados en algunos sectores, le dan un extraño aire de shopping center. Todas las paredes, pintadas de color crema, están peladas y las habitaciones huelen a nuevo. Las mesas de la biblioteca todavía están envueltas en plástico, igual que los taburetes de la confitería. Todo es espacioso, amplio. Según precisó Ghandour, el colegio tendrá una capacidad para 500 alumnos, entre jardín de infantes, primaria y secundaria. Las aulas ya tenían ayer sus pupitres prolijamente alineados. “La idea es que las clases comiencen el año próximo. Se enseñará el programa oficial argentino, además de religión y árabe”, agregó el asesor de prensa de la Embajada de Arabia Saudita.

 

 

Una donación muy discutida

El predio de tres hectáreas donde será inaugurada la mezquita más grande de América latina fue un regalo del ex presidente Menem a la Embajada de Arabia Saudita. Menem impulsó la donación del valioso terreno –ubicado en Libertador y Bullrich–, luego de prometerle personalmente al propio rey Fahd un lugar para un templo, durante una visita a su corte en mayo de 1992. Para concretar el regalo, tres meses después, el entonces intendente porteño Carlos Grosso declaró a las tierras “innecesarias para la acción de gobierno”, como condición para cederlos gratuitamente. La donación, finalmente, se llevó a cabo en 1995 con una ley del Congreso, votada por el justicialismo y un posterior decreto reglamentario firmado por el mismo Menem. De la Rúa, por entonces senador, fue el único legislador de la Cámara alta que votó en contra de la decisión presidencial. También rechazó la operación tanto en la Cámara de Diputados como en el ex Concejo Deliberante el Frepaso –que por entonces estaba lejos de ser socio político de la UCR–, por considerar que el mandatario estaba apropiándose de terrenos de la ciudad para cumplir con una promesa personal. 

 

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