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HABLA VERNON WALTERS, TESTIGO CONFIDENCIAL DEL SIGLO XX
“A Rusia la vencimos con dinero”

Por décadas, el general norteamericano Vernon Walters fue uno de los hombres más estratégicos de los servicios de inteligencia de su país. Aquí cuenta su Mayo francés, su caída del Muro y su Guerra Fría.

“Apenas llegué a Berlín, dije que el Muro caería en el año.”

Vernon Walters, “Mr. Underground” y asesor de presidentes, de Eisenhower a Bush.


El País de Madrid
Por Arcadi Espada

t.gif (862 bytes) En la foto del abrazo entre Eisenhower y Franco, en Madrid, que acababa con el aislamiento de España y daba larga vida al franquismo, un hombre observa la fraternal escena con una sonrisa satisfecha. Se trata del general Vernon A. Walters (Nueva York, 1917), uno de los militares más prestigiosos de los Estados Unidos, director de la CIA, embajador en la Alemania de la caída del Muro y artífice de incontables trabajos subterráneos, parcialmente descritos en español en su libro Misiones discretas (Editorial Planeta). A sus 84 años, frágil, pero con una memoria y una capacidad de análisis virtuosas, Mr. Underground –así lo llaman, menos por su trabajo que por su hobby: conoce línea por línea todos los subterráneos del mundo–, Walters encara el último tramo de su vida viajando en cruceros para escenificar ante grupos de millonarios el mundo y los hombres que conoció.
–¿Cómo pasó usted el año 1968?
–Ah, pues de una forma extraodinariamente entretenida. El presidente Richard Nixon me dijo que había que empezar a negociar con los chinos para restablecer relaciones entre los dos países, que había que hacerlo en París y que no debía enterarse nadie. Y luego añadió que yo era el encargado de hacerlo.
–Según la historia, usted era entonces agregado militar en la Embajada de París.
–Sí, tuve que sacar a mi hermana de mi departamento unas cuantas veces. Entonces yo vivía con ella. Cuando le anunciaba los planes, me miraba con mala cara y me decía: “Mira que un general del Ejército de los Estados Unidos andarse con chicas...” Yo le contestaba que eso no era cierto. Ella me preguntaba qué era lo cierto. Yo le decía que no podía explicárselo, por el momento. Lo cierto era que yo hice entrar a Kissinger, clandestinamente, unas 15 veces en París, y que algunas veces él negociaba en mi departamento.
—¿Cómo conseguía hacerlo entrar clandestinamente?
–Ah, yo entonces tenía un avión. Un avión para mí, como agregado militar. Los chicos de fronteras me tenían confianza y no me preguntaban nunca nada. Luego, con las restricciones del presupuesto, quisieron quitármelo y tuve que informar que así mi trabajo iba a ser mucho más difícil.
–Estuvo en París en mayo.
–Sí, sí, con los motines.
–¿Qué pensaba su gobierno?
–Estaban muy preocupados porque no se trataba de una revolución comunista.
–¿Cómo es eso?
–Normal: les preocupaba no saber quién movía todo aquello. O que lo movieran los anarquistas. O que se moviera solo.
–¿Y usted?
–Tomé mis medidas. Todas las noches, a poco de empezar los motines, iba a los barrios del este de París y tomaba unos vinos con los obreros y con los policías, y con algún militar. Yo hablo el francés como un francés, porque viví varios años allí. Aparte de hablar, echaba una ojeada a los destacamentos militares franceses: los tanques no se movían. Era buena señal. Al cabo de los días fui reuniendo buenas señales. El embajador transmitía informes al gobierno en los que anunciaba que Méndes-Frances iba a presidir un gobierno del Frente Popular y cosas por el estilo. Yo añadía algunos párrafos en los que decía que los agregados militares noestaban de acuerdo con ese punto de vista. ¿Sabe cuándo acabó verdaderamente el llamado Mayo de 1968?
–¿Cuándo?
–Una noche un joven cortó un árbol centenario en la plaza de la Bastilla con una sierra mecánica, ante la mirada horrorizada de los vecinos. Entonces se acabó. Salió De Gaulle, dijo que mayo era bullshit y ganó las elecciones. Final.
–Usted estaba en noviembre de 1989, cuando la caída del Muro, en otro de los mejores lugares posibles: embajador de los Estados Unidos en la República Federal de Alemania.
–Fui el primer embajador, en 50 años, que hablaba alemán. Poco después de llegar, en la primavera, convoqué una rueda de prensa. Me preguntaron cuándo caería el Muro. Yo dije que durante el año. Aquello ocupó grandes titulares en los periódicos. Pero me costó una reprimenda.
–¿De quién?
–James Baker era entonces el secretario de Estado. Dijo que a pesar de lo bien informado que solía estar el general Walters, sus palabras no reflejaban más que una opinión personal. Oh, Baker...
–No le tenía simpatía.
–Baker era uno de esos hombres capaces de asegurar que Carlomagno y Federico de Prusia eran padre e hijo. En cinco años no me preguntó nada sobre Alemania. Lo sabía todo. ¿Comprende?
–¿Cómo es que usted sabía lo que iba a pasar?
–Toda mi vida me he dedicado a saber lo que iba a pasar. Práctica. Quien no sabe lo que va a pasar es porque cierra los ojos. Muy poco antes de la caída del Muro, comí con el embajador soviético en Alemania Oriental. Me dijo: “El Muro durará 100 años”. Yo hablo ruso también: le recordé la última estrofa de la Internacional donde se habla de la erupción final del volcán. “Habrá erupción –le dije–, pero no la que tú esperas.”
–¿Cómo lo sabía?
–Los rusos se acababan de ir de Afganistán. Derrotados. Si habían aceptado irse así, no iba a ser, precisamente, para emplear su fuerza en Europa. Rusia estaba vencida.
–¿Quién la venció?
–Se lo explicaré. Poco después de asumir como presidente, Ronald Reagan convocó una serie de reuniones sobre, digamos, el estado del mundo. Yo asistía a ellas como subdirector de la CIA. Cuando sus asesores empezaron a hablarle de Rusia, él les empezó a preguntar: “¿Podemos utilizar con ellos el arma nuclear?”. Los asesores, como él esperaba, lo desaconsejaron: moriría demasiada gente. Reagan preguntó entonces: “¿Ganaríamos una guerra convencional?”. La opinión general era que el ejército convencional soviético era extremadamente poderoso y que nadie podía garantizar una victoria. Entonces Reagan les preguntó qué era lo que Estados Unidos tenía y Rusia no tenía. El mismo se lo contestó: dinero. Y el dinero acabó con Rusia.
–¿De verdad oyó decir todo eso?
–Claro. Era simple. Así se puso en marcha la Guerra de las Galaxias, que salió carísima, y otras iniciativas paralelas. Aunque el proceso de arruinamiento había empezado mucho antes. Recuerdo que, según las estadísticas que manejábamos, Rusia tenía un producto bruto interno que era la mitad del nuestro. Pero estábamos equivocados. Reclutamos a alguien que nos demostró que el PBI de Rusia era una sexta parte del de los Estados Unidos.
–¿Reclutamos, dice?
–Sí, alguien, claro, que nos pasó esos informes.
–¿Cómo se recluta a alguien? 
–Con dinero o con placer. Los rusos eran expertos en los chantajes sexuales. Yo he sido, y sigo siendo, un hombre soltero. Muchos amigos me decían, ah tú, qué vida llevarás, con el tipo de trabajo y con tu posición. La de un monje, le puedo decir. Yo sabía que si tenía una aventura, al minuto iba a tener tres narices puestas sobre el cristal de mi ventana: una nariz francesa, una nariz inglesa y una nariz rusa. No valía la pena. Cuando los rusos se me acercaban y me preguntaban: ¿soltero?, añadía siempre: sí, pero no homosexual. Si te quieres dedicar a esto, no te puedes dedicar a otras cosas. Yo sólo lo lamento por los hijos. Lo he tenido todo en la vida, menos una familia... Pero prosigamos.
–¿La guerra forma parte del futuro?
–Hay una violencia en el hombre. Y salió en este siglo. Yo creo que el siglo que viene será más pacífico. Pero hay que tener cuidado: la muerte es muy contagiosa. De todos modos, guerra global en el sentido en que la hemos conocido, hummm..., es dudoso. Yo creo que la bomba atómica ha terminado con la guerra.
–Usted luchó contra los rusos...
–Yo luché contra el comunismo. Y ganamos. Ganamos la Guerra Fría.
–¿Hubo peligro real de que la Guerra Fría se saliera de sus límites?
–No. La consigna era: molesten al enemigo tanto como puedan, dificúltenle la vida lo más posible, pero no hagan nada que pueda provocar una guerra.
–¿La consigna se dio en los dos lados?
–Creo que sí. Unos y otros queríamos destruirnos. Pero ninguno quería pagar el precio de destruir el mundo.

 

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