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JORGE GUINZBURG, HUMORISTA, PUBLICITARIO, ACTOR, CONDUCTOR
“Mi psicopatía es no tener conciencia de la cámara”

 

Si habla de su carrera, habla de tujes y de mucho trabajo. Si habla de inspiración, de papel, lápiz y ombligos. Asmático, chinchudo, sentimental, confiesa que no tiene “programa para veinte años”, porque él se aburre antes que el público”. Y explica cómo es eso de ser transgresor.

Por Juan Castro

t.gif (862 bytes)  –Si pudieras hacer un clon de Jorge Guinzburg, ¿qué cosas le cambiarías?
–Lo haría más tolerante. Suelo ser efervescente y me enojo y me arrepiento. Cuando me enojo tengo razón, pero es tal el grado de enojo que le quita la razón.
–¿Qué cosas te sacan?
–Muchas, desde las más estúpidas y chiquitas hasta cosas grandes. Soy desproporcionado en los enojos.
–Por ejemplo: tener que ir tres veces a un negocio y que no tengan la talla de tu traje que ya te lo habías ido a medir tres veces, ¿te saca?
–A lo mejor empezaría a tirar todos los trajes del negocio como lo hice en su momento. Me decían: “sí, vení a medirte”, y llegaba y no estaba hecho. En un momento pensé que me estaban tomando por pelotudo y empecé a tirar todos los trajes que veía. Castelo y Becerra miraban con los ojos azorados porque no podían creer tal manto de furia de un enano. (Muchas risas.)
–¿Te paró alguien?
–Nadie se animó, porque debo haber estado... y éste es un tema de familia (de abuelo, padre y tío). Se me ponen los ojos absolutamente rojos y debo paralizar por la furia. La gente debe pensar que soy un asesino serial desatado.
–Si viene de familia, ¿qué pasa cuando tus hijos se enojan con vos?
–Una diferencia a favor mío respecto de mi viejo es que yo les pido perdón a mis hijos. Yo sé pedir perdón. Mi viejo nunca me pidió perdón y me hubiera encantado.
–¿En algún momento caminando por la calle y mirando a alguien pidiendo no te pusiste a pensar que, más allá del esfuerzo y el trabajo, hay una lotería que te tocó a vos y otra al otro?
–De chico vivía en un pueblo (Capilla del Monte, Córdoba), en donde pasaba que a veces se regalaban los chicos cuando la familia no podía alimentarlos. A casa venía el que hacía el reparto del vino, porque era una hostería, y el tipo no podía tener hijos, entonces le decía a mi papá que me regale. El tipo le decía: “si usted tiene dos”. Yo debía ser un pibe que lo enternecía, andá a saber. Entonces cuando yo me portaba mal, la parte sádica era que mi viejo me decía “al final voy a terminar regalándote”. Muchas veces pensé, como fantasía, mas allá de que yo sabía que mi viejo no me iba a regalar, qué hubiera pasado si en lugar de educarme la familia que me educó, me educaba el que hacía el reparto del vino.
–¿Y qué fantaseabas?
–Estaba convencido de que algunos de los problemas que puedo tener, o de las cosas que tengo no tendría y otras sí. No es que la gente simple es más feliz, a lo sumo tiene el mismo grado de infelicidad por cosas más simples.
–¿En qué cosas creés?
–Por empezar, en Dios y hacia abajo en mi familia, en mis amigos y en la gente en general también.
–¿En qué no creés?
–Detesto los dobles discursos... los detesto. En nuestro medio está lleno de aquellos que por ejemplo critican a Chiche Gelblung por el desnudo de Graciela Alfano y para certificar lo que dicen pasan las imágenes. Si los criticás, no pases las imágenes.
–No creés en los hipócritas.
–No, en absoluto.
–¿Viste cosas que te hicieron dudar en tu creencia en Dios a lo largo de tu vida?
–Yo imagino que el dios de cada uno debe tener ligeros matices. El es una parte del mundo. Lo dotó de árboles, por ejemplo, y si viene alguien y los corta y después hay desastres naturales, la culpa no la tiene Dios, pobrecito, la culpa la tienen los imbéciles que se suicidan sin darse cuenta por qué están destruyendo un planeta en el que viven.
–Alguna vez leí en un reportaje que llegan a ser presidente en la Argentina aquellos que uno invitaría a comer un asado.
–¡¡Absolutamente!!
–¿Te pasó con Alfonsín o con Menem?
–¡Y con Perón también!
–¿A De la Rúa lo invitarías a comer un asado?
–Sí, lo invitaría a comer un asado sobre todo ahora que es presidente.
–¿Qué cosas te motivan?
–¿Para qué?
–Para lo que quieras.
–Y bueno, hay cosas distintas. Por ejemplo, la fotógrafa está sacando unas fotos, está con la pancita al aire. Eso me motiva para una cosa que no es lo mismo que si miro un papel en blanco y una lapicera.
–Los ombligos te motivan.
–Los ombligos son muy lindos.
–¿Qué cosas te motivan para levantarte a la mañana?
–Dieciocho millones de cosas. Me da placer levantarme y siento que estoy viviendo. Soy un afortunado porque no son muchos los que pueden vivir bien de lo que les gusta. Algo hice para ser el afortunado. Además me pelo el ojete tal cual un obrero portuario. Porque la verdad laburo una cantidad de horas.
–¿Te da la sensación de que la gente piensa que trabajás sólo los viernes?
–Sí. También quiero decir que hay muchos que se pelan el tujes tanto como uno o más que uno y no tienen esa cuota de tujes como para que les vaya bien. Yo no soy de los que cree que, si te esforzás te va bien, hay mucha gente que se esfuerza y no le va bien.
–Te jodió mucho el tema del asma.
–Sí, sí.
–¿Sustos?
–Sí... y momentos desagradables. La sensación más fea que tuve en mi vida fue sentir que no podía respirar.
–¿Con “La Biblia y el Calefón” encontraste un proyecto televisivo para diez años por ejemplo?
–Alguna vez Gustavo Yankelevich me dijo: “Tenés programa para 20 años”. Yo tengo una cosa que tal vez no es profesional en televisión y es que me aburro antes que la gente. Eso hace que en los programas, aun en medio del éxito, les haga cambios. En “Peor es nada” todas las semanas estrenaba un sketch. Hice como 200.
–¿Extrañás la actuación?
–Sí, a veces sí.
–¿Qué te divertía de actuar?
–Y... es disfrazarse, es la patente de jugar a ser nene y, además, extraño encuentros de actuación. Extraño la química con el Negrito Fontova. Me acuerdo de que el sketch de “Super Mario y Luigi” era una diversión, es laburar con un hermano, entenderse y divertirse y cagarse de risa. Eso lo extraño.
–¿Encontraste en los medios dos hermanos: Fontova, el menor, y Castelo el mayor?
–Sí, los dos son mayores que yo, pero en mi actitud creo que con el Negrito Fontova yo hago de hermano mayor severo y con Adolfo muchas veces hago de hermano menor.
–Vos sos auténtico. ¿Cómo conservás eso cuando se prende la cámara, porque no es fácil?
–Creo que parte de mi psicopatía es no tener conciencia de cámara en muchos casos. Pero, a la vez, uno sabe que hay una cámara, uno sabe que no está en el living de su casa aunque se divierta como si así fuera.
–En un momento se decía “¡Ah! Guinzburg sólo hace programas que tengan que ver con el sexo”. ¿Por qué le molesta tanto a cierta gente que se hable de sexo?
–Es muy loco eso. Creo que no molesta de la misma forma que se hable de sexo a que se bromee de sexo. Y eso es lo loco, les molesta mucho menos el sexo explícito que una broma sobre sexo. Lo que sí me gustó siempre es jugar con esas cosas que no se animan a jugar. Eso sí: si eso no se toca, me gusta tocarlo, si eso no se dice, me gusta decirlo.
–¿Estás más bueno con los invitados?
–Creo que sí. Porque me divierte otra cosa. Me divierte el encuentro, me divierte que se genere un hecho humorístico de cinco y no gastar a alguien.
–Es cierto la anécdota de que Sabina estaba fumando en un estudio de América donde no se puede fumar y pidieron que se fuera y vos dijiste “si se va él porque está fumando, levanto todo”.
–Sí, sí. Terminaba el programa ahí. Eso se lo podés preguntar a Lucía Suárez, que fue quien vino a decir “este señor no puede fumar acá”. Entonces dije “bueno, si por fumar él se tiene que ir, me voy yo, no se hace más el programa y chau, a la mierda”.
–Y se quedó.
–Se quedó, obvio.
–Cuando va Rodrigo a “La Biblia...” y después tiene el accidente, tanto el canal como vos tenían que decidir si se ponía o no el programa al aire. ¿Cuál fue tu posición frente al canal?
–El canal estuvo muy bien. Cuando me enteré de la muerte de Rodrigo, la llamé a la productora ejecutiva del programa y le dije “andá al canal y secuestrá el material” porque no quería una utilización. Después me llama Ulanovsky y me dice “¿vas a pasar el programa?”. Le digo “¿vos qué harías?”. “Yo lo pasaría porque no es que vos vas a pasar un programa que se hizo hace diez meses, es el programa que tenés –no tenía otro– ¿por qué no lo vas a pasar?”. Me tomé unos días para decidirlo y después pensé que cuando veo los programas del Negro Olmedo siento que por un rato está vivo. Recupero lo mejor del Negro, que fue la alegría que dio. Entonces dije: lo voy a pasar. Tenía miedo de que a la gente le joda lo alegre que estaba Rodrigo, que aceptara sólo lo morboso que se mostró en los medios en esa semana y no aceptara la alegría de un tipo que murió.
–Claro, se tenía que morir triste.
–Pero afortunadamente la gente me lo agradeció.
–¿Sos cabulero?
–Vos sabes que sí (risitas).
–Contame alguna.
–Es raro porque no tengo las cábalas tradicionales. Por ejemplo hoy me olvidé el teléfono en casa y me di cuenta a 5 cuadras de casa y no volví. Yo no vuelvo. Entonces llegué a la oficina e hice llamar a casa para que me traigan el teléfono.
–¿Creés en los “yetatores”?
–Sí. Creo en la energía negativa así como creo que hay gente que tiene energía positiva. ¿Viste que a veces estás con gente que te da vitalidad? Bueno, hay gente que te debe tirar para atrás.
–¿Si te nombro cinco?
–No, no tengo problema. Pero en este ambiente, cuando querés garcar a alguien, le hacés fama de mufa. Entonces hasta le quitás posibilidades detrabajo, por eso no vale la pena nombrarlos. Porque digo, puta que alguien por la fama de mufa pierda posibilidades de trabajo, es sangriento.
–¿Cuántos Martín Fierro tenés?
–Siete creo.
–¿Te falta alguno?
–Sí. El de “La Biblia y el Calefón”.
–¿Te jodió que no te nominaran este año?
–Me extrañó que todos aquellos periodistas que me felicitaban por el programa no hayan pensado en nominarme.
–De las grandes figuras nacionales que tenemos, sólo Suar y vos faltan para el Martín Fierro de Oro.
–No, creo que falta más gente.
–¿Quiénes por ejemplo?
–¿”Telenoche” lo recibió?
–Todavía no.
–Yo creo que hace tres años que vengo imaginado que lo recibe “Telenoche”.
–Pregunta que te deben hacer todo el tiempo por la calle: ¿cuándo vuelve “El Ventilador” a la radio?
–Me encantaría que vuelva. Es el proyecto más antieconómico que puedo llegar a encarar. Pero nos dimos gustos maravillosos. Y, además, creo que es el ejemplo más claro de un equipo en donde nadie afanaba micrófono ni sentía que se lo estaban afanando.
–¿Es cierto que en “El Ventilador” un día terminaste en calzoncillos en el estudio?
–Sí.
–¿Cómo fue?
–Sabés que no me acuerdo cómo fue. Me acuerdo de que termine así, pero no cómo.
–¿Estaba tu hija trabajando en la producción?
–Estaba mi hija trabajando en la producción (risitas).
–¿Y qué te dice tu hija cuando te ve en calzoncillos en el estudio?
–Ya está acostumbrada.
–Si uno habla de programas de culto de la radio, piensa en “9PM”, “Radio Bangkok”, “Malas compañías” y “El Ventilador”.
–Yo creo que algún otro, “Modart en la Noche” que no tiene nada que ver, pero para mí en mi adolescencia fue un programa importantísimo.
–¿Lo escuchabas todas las noches?
–Exactamente.
–¿Y grababas temas para después?
–Claro. Con un grabador de cinta abierta efectivamente. (Risotadas.)
Un Philips enorme que era una porquería así de grande (abre los brazos).
–Ahora en esa época que grababas los temas para bailar lento aparte de grabar tenías que leer, porque era una época en que se leía para levantarse minas.
–Sí, sí. En distintas disciplinas. Se estudiaba grafología para decir (toma un papel y hace que lee y dice) “ahh... vos sos muy intuitiva” (risotadas).
–Y entraban (risas).
–Y después había cosas que no lo decía la grafología, pero a cualquier mina que le digas “vos necesitas protección”, siente que necesita sobre todo a los 15, 16 o 17 años (risas).
–¿Cómo seducís aparte de hacerte el grafólogo?
–Estoy retirado. Trato de seducir a la misma persona siempre. Uno aprende más o menos cuáles son sus virtudes y no quiere engrupir, trata en todo caso de que se noten.
–Te saco de la veda voluntaria y te pongo una situación hipotética. Viene un grupo de marcianos, la rapta a Andrea (su esposa) durante 24 horas y te dice que la única manera de rescatarla es que vos organices una “Gran Fiesta Gran”. ¿Qué armás?
–¿Fiesta de qué tipo?
–De la que quieras.
–Bien. ¿Andrea la ve a la fiesta? (Risas.)
–No, Andrea no la ve y no se entera.
–Y... por las dudas que las marcianas sean alcahuetas, armo una fiesta con globos, guirnaldas y piñatas... muchas piñatas para romper.
–¿Qué programas de tele mirás?
–Te diría que los programas que más me gustan son “Vulnerables” y “Fútbol de primera”. Veo “Todo por dos pesos”. Los lunes me da pena porque hay más de un programa que vería. Me da mucha pena que no le vaya bien a “Por ese Palpitar”, sería una pena que ese esfuerzo no se mantenga.
–¿Qué tienen en común Woody Allen, los Hermanos Marx y Jorge Corona?
–Que son exponentes de humor, es lo primero que tiene en común. Y los tres son queribles. Jorge Corona es uno de los tipos más queribles que yo conozco. Soy muy amplio en el gusto humorístico. Disfruto La Pistola Desnuda, disfruto a Woody Allen, disfruto a Jorge Corona, a los Hermanos Marx, a Chaplin y a Buster Keaton. Me parece que hay gente que dice: “o elegís lo popular o elegís lo intelectual”; conmigo no es así. Soy bastante amplio.
–¿Te vamos a tener sentado en la silla de director de cine algún día?
–No sé, creo que no. A lo sumo codirigiré alguna vez, pero no creo que dirija. Disfruto otros aspectos.
–¿Qué te pasa si un día salís a la calle y no te reconoce nadie?
–Te diría que, si no soy anónimo en un lugar que tenga mar y no tenga invierno, es porque todavía necesito laburar.
–¿Te ves en Miami retirado y escribiendo?
–Sí, claro. No estaría todo el año en Miami, huiría del invierno, no quisiera pasar el invierno, diría Alsogaray. El otro día un amigo medio esotérico decía que los asmáticos son la reencarnación de gente que murió de frío. Yo no sé si es cierto, pero por lo que detesto el frío me hace pensar que a lo mejor tienen razón.
–¿Qué te falta?
–La verdad, mantener lo que tengo.

POR QUE JORGE GUINZBURG

Por Juan Castro

¡Queremos más!

Hace un par de años, si ibas como invitado a un programa de Jorge Guinzburg y tenías un productor amigo entre su gente, te decía: “Guarda con Jorge, no quieras jugar al tenis al aire, porque en cualquier momento te devuelve un smash y salís de la cancha lesionado...” Hoy ves una emisión de “La Biblia y el Calefón” y, si bien no hay duda de que el anfitrión es casi siempre uno de los más rápidos de los 5 en pantalla, Guinzburg ahora juega al tenis con todos y hasta les permite unos cuantos tantos a sus entrevistados, incluso a la “chica bonita con pocas luces” que históricamente va sentada a la izquierda del conductor. Guinzburg no necesita a esta altura cerrar todos los chistes, pero como telespectador agradezco tanto cuando lo hace... como cuando aparecen esos chispazos de maldad, ironía y humor negro. En este momento verlo en acción es ver a un señor que puede combinar lo mejor de la paleta de colores que el humor ofrece y sabe en qué momento elegir el rojo o el azul (estoy inspirado, tiembla Narovsky).
En algún momento tuvo que pelearla contra los censores-hipócritas-mal dormidos que no soportaban los contenidos
de programas como “Peor es nada” e intentaron boicotear
la torta publicitaria del envío; hoy Guinzburg sigue
haciendo lo que quiere y ellos lo miran por TV (sabemos
que a los iluminados les gusta sufrir o se les traba el control remoto).
Guinzburg es también un publicitario de tan buenas ideas que Ramiro Agulla y Carlos Baccetti deberían pagarle hoy por los derechos del slogan “El sabor del encuentro”, idea original de Jorge cuando trabajaba bajo relación de dependencia en una agencia de publicidad hace 20 años. Intuitivo, creativo y multifunción, hablando con unos cuantos conocidos en común antes de realizar la entrevista, me dijeron que ellos sienten que Guinzburg está pegando la vuelta y que se viene un período prolífico en: publicidad, televisión, cine, gráfica, ficción, actuación y que puede encararlos con la tranquilidad de los que no necesitan trabajar para comer y con la pasión de los que necesitan crear para vivir.

 

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