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“Iba a la embajada a las fiestas del 11 de setiembre”

Hugo “Adrián” Zambelli, quien convivió durante años con el acusado por el asesinato del general Prats y su esposa, intentó proteger a su amigo. Podría ser procesado por falso testimonio.

El bailarín y peluquero Hugo “Adrián” Zambelli.

Por V.G.

t.gif (862 bytes) “Le recuerdo que está bajo juramento”, le repitió varias veces la jueza María del Carmen Roqueta a Hugo “Adrián” Zambelli, principal testigo de la cuarta jornada en el juicio oral por el asesinato del general chileno Carlos Prats y su mujer. Es que el bailarín y peluquero que convivió más de cinco años con el acusado, el ex agente de la policía secreta chilena Enrique Lautaro Arancibia Clavel, se contradijo en varias oportunidades. Su declaración pareció apuntar a un único objetivo, negar que conoció a Arancibia Clavel en 1974, año en que asesinaron en Buenos Aires al ex jefe del Ejército chileno. El cambio de su versión hizo que los fiscales y los abogados de las querellas lo denunciaran por falso testimonio. 
La defensa de Arancibia Clavel quiere demostrar que el acusado no estaba en Buenos Aires el 30 de setiembre de 1974, cuando explotó la bomba que mató a Prats y Sofía Cuthbert. En esta línea, Zambelli declaró no haber conocido al agente en ese año, sino en el siguiente. Pero el testigo se encontró con un inconveniente que lo iba poniendo nervioso a medida que avanzaba su interrogatorio: las declaraciones que él mismo había brindado antes, durante la etapa de instrucción de la causa. 
Ayer Zambelli declaró que conoció a Arancibia Clavel en 1975 y se mudó con él en el ‘76. Pero en otros testimonios había manifestado haberse entendido con el acusado a fines de 1974 y haberse ido a vivir con él exactamente el 27 de mayo de 1975. 
–No me mudé con él en el ‘75. Incluso en noviembre de ese año me fui a Venezuela, declaró el testigo. 
–¿Y por eso no podía estar viviendo con el acusado?, preguntó el magistrado José Martínez Sobrino.
–No... es que me acuerdo. La verdad, cuando hice la otra declaración estaba muy mal, respondió Zambelli. La semana pasada el coreógrafo Salvador Estévez manifestó, después de varias idas y vueltas, que Arancibia Clavel estuvo en Buenos Aires en el año ‘74, cuando se estrenó La Revista de Oro con Susana Giménez y Zambelli. 
El bailarín también se desdijo de sus palabras al narrar cómo se enteró del verdadero nombre del acusado, a quien en un primer momento conoció como Juan Felipe. Según la primera versión, Arancibia Clavel le entregó una tarjeta. Después aseguró que él mismo la había encontrado. “No recuerdo el detalle”, se excusó ante el tribunal oral. A pesar de haber convivido con el acusado, el testigo manifestó que no conoció amigos o parientes de éste y que sabía que Arancibia Clavel iba a la embajada chilena “a las fiestas del 11 de setiembre” (día del golpe militar). “Creo que ese día se festeja la independencia”, afirmó. 
Zambelli manifestó ayer que el ex agente de la DINA (Dirección Nacional de Inteligencia chilena) iba a Chile una vez por año para ver a su familia. En 1989 declaró que viajaba a su país “asiduamente” para rendir cuentas por su “trabajo” en el Banco de Chile. Además, el testigo se contradijo respecto de quién era el propietario del departamento que habitaba con Arancibia Clavel. 
Ante semejante testimonio el abogado Alejandro Carrió, representante del Estado chileno, solicitó que se investigara si Zambelli había incurrido en el delito de falso testimonio, petición que fue acompañada por el abogado Guillermo Jorge –por la familia Prats– y los fiscales. El Tribunal comunicará hoy su decisión, aunque allegados a la causa manifestaron que la resolución sería favorable a la petición. 
Paralelamente, en el proceso que mantiene la jueza María Servini de Cubría contra otros imputados del crimen de Prats, los fiscales Jorge Di Lello y Jorge Alvarez Berlanda rechazaron los planteos de prescripción del crimen y opinaron que el dictador Augusto Pinochet debe ser juzgado por homicidio.

 


 

RUIZ GUIÑAZU DECLARO EN EL JUICIO CONTRA SUAREZ MASON
“Dijeron que era una subversiva”

Laura Términe
Desde Roma

El asesinato de Laura Carlotto y la desaparición de su hijo Guido continuaron ayer en el centro del debate que se sigue en el juicio italiano contra los ex generales Guillermo Suárez Mason y Santiago Riveros, acusados del homicidio de siete ciudadanos italianos durante la dictadura. Fue clave la declaración del ex conscripto que estaba de guardia cuando nació el bebé en el Hospital Militar. El tribunal escuchó además los pormenores de la investigación de la Conadep recopilada en el libro Nunca Más por boca de la periodista Magadalena Ruiz Guiñazú y accedió a una detallada información sobre el trabajo del equipo de antropología forense que a partir de 1984 inició la identificación de los cuerpos enterrados como NN. 
Las horas que siguieron al nacimiento de Guido Carlotto el 26 de junio de 1978, mientras en las calles de Buenos Aires se extendían los festejos del campeonato mundial, fueron relatadas al juez Mario D’Andria por Carlos López, que en la mañana del lunes 26 se encontraba de guardia en la puerta de la sala del Hospital Militar Central donde Laura había dado a luz. “Me dijeron que la chica era una subversiva y que nadie podía hablar con ella”, relató López, que por entonces estaba haciendo el servicio militar. El ex conscripto contó que después de una discusión entre una persona de civil que se indentificaba como mayor y un capitán médico que había intervenido en el parto y se negó a aplicarle a la joven una inyección por desconocer su contenido, el general Raúl Marine –por entonces director del hospital– se encargó de la aplicación personalmente. 
Laura salió del Hospital Militar a eso de las 7 de la tarde dormida. Veinte minutos después, el recién nacido fue sacado en los brazos de un joven “alto, flaco, de lentes y tez blanca”, según la versión de López. El mayor fue reconocido después como el teniente coronel Minicucci y el obstetra como el capitán Andrés Chovansek. “El mayor tenía una orden de un militar superior al rango del general Marine, imagino que era del general que comandaba el Primer Cuerpo de Ejército”, arriesgó López, acusando a Suárez Mason. “Laura me contó cuando volvió a ‘La Cacha’ que había tenido un varón en un hospital militar y que estuvo esposada a una cama durante el parto”, recordó María Laura Bretal, hoy funcionaria del Consejo Provincial de la Familia y ex prisionera de uno de los centros clandestinos de detención que estaba bajo el control de “Pajarito” Suárez Mason. 
–¿Usted cree que los militares subalternos tenían autonomía para actuar en la represión? –le preguntó Marcello Gentili, abogado de los familiares de las víctimas a Ruiz Guiñazú que ya había explicado en italiano los nueve meses del trabajo de la Conadep que culminaron con la publicación del libro Nunca Más. 
–Podían decidir las torturas pero no las muertes, no mataban sin la orden de un superior –respondió, resquebrajando uno de los argumentos de la defensa de los ex generales. 
–¿Usted sabe quién la amenazó? –inquirió el abogado de oficio de Suárez Mason a Ruiz Guiñazú.
–Por favor, abogado, usted no sabe lo que es vivir bajo una dictadura, ¿cree que la KGB le mandaba un aviso a las personas que pensaba matar? -le repreguntó la periodista, dejando al desorientado abogado sin palabras.
El médico Morris Tidball Binz, uno de los fundadores del grupo de
antropología forense que colaboró con la Justicia argentina durante los 80, confirmó que Laura Carlotto había muerto ejecutada por un disparo efectuado en el cráneo a corta distancia con una escopeta de calibre 12 y que la forma de los huesos de la pelvis demostraba que había sido madre unos meses antes de su muerte.

 

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