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Pizza, birra y una casa tomada

El primer episodio de “Okupas”, la miniserie que dirige Bruno Stagnaro, fue el programa más visto del 7 el miércoles y, además, convenció.

La estética realista es una de las claves del efecto de “Okupas”.
El programa tiene una sola cara conocida, la de Rodrigo de la Serna.

Por Julián Gorodischer

t.gif (862 bytes) La felicidad de Ricardo es sentirse dueño de algo por primera vez en su vida. Recorre cada pieza destruida de ese techo que le prestaron y baila frenéticamente, levanta los brazos, se tira a disfrutar. No tiene expectativas sobre su vida, más que fingir que se la pasa estudiando. Y ahora, de pronto, se convierte en el “señor de la casa”. Sin saberlo, el protagonista de “Okupas”, la primera experiencia de ficción de Canal 7, (miércoles a las 23) acaba de ingresar definitivamente al universo de los excluidos. Lo que comienza es su vida en la sordidez de Congreso, lejos de la comodidad de la casa de la abuela. Es la monotonía de los días vacíos en un ámbito cercano para todos, un barrio reconocible, pero al mismo tiempo casi descartado por completo de la grilla televisiva. Ricardo (Rodrigo de la Serna, el único conocido del elenco) sólo quiere divertirse, pasarla bien. Por eso no le da importancia a las indicaciones de la dueña que le cedió el espacio. “Nada de drogas, chicas, ruidos y quilombo...”, escribió ella y, por si fuera poco, lo amenazó con sacarlo a patadas si no cumple con el instructivo. El desprecia ese papelito. Lo suyo es aprender a vivir solo y descubrir la extrañeza del barrio. 
Lo que podría haber sido la crónica de iniciación de uno más entre tantos, un relato de despegue, en manos de Bruno Stagnaro se convierte en otra cosa: un descenso a la pesadilla de las barras de “pesados”, los inmigrantes ilegales, los deambulantes nocturnos. Un mundo coherente con el que consagró a Pizza, birra, faso (codirigida junto con Adrián Caetano), pero que, en la pantalla chica, redobla su vocación rupturista. La TV se atreve poco a esos escenarios: quizá por eso la primera emisión tuvo un promedio de 3.5 de rating, con picos de 4.2, el más alto del 7 en el día. 
Ricardo es el ojo que todo lo mira: un testigo asombrado de su nuevo mundo. A él no le sucede nada extraordinario: el suyo es un aburrido transcurrir de días iguales. Una continuidad que podría seguir eternamente así –cimentada por la crisis, el desempleo, la falta de oportunidades–, o romperse en un segundo. Cuando se rompe, el golpe es poderoso. Tanto como lo es el sonido de los martillazos que escucha, de noche, en la casa. “¿Quién anda ahí?”, pregunta aterrado. Y en ese instante comienza otra historia: “Okupas” pierde el ritmo sosegado del turista que explora, y se transforma en un raid frenético en busca de ese ruido misterioso que se hace cada vez más fuerte, una amenaza que está llegando. No hay a quién pedir ayuda: el policía, el “chino de mierda”, la barra de pesados, los vecinos: todos le niegan una mano. Y para colmo Peralta –el boliviano (o salteño) de a la vuelta– lo aterra con una historia de “engualichados”.
En medio de ese “sin salida”, aparece –como en Pizza...– la única posibilidad de redención: el escape del infierno sólo es posible en grupo. También aquí la barra de amigos es el polo positivo que contrasta con la oscuridad del entorno. La llegada a la casa de El Pollo y otro amigo, y del chico de los perros, cambia el tono. Ricardo, que al principio se aterró frente a los golpes, ahora –con los otros– los enfrenta. Ya no es la crónica de una huida y una búsqueda de aliados, ahora es momento de dar combate y ser violentos: gritar insultos a los bolivianos (o salteños) que están okupando la casa, batirse a duelo de trompadas, amenazar con “tirarles” los perros, o sacar un revólver –como lo hace El Pollo– y pasar del rol de invadidos al de dominantes. Ese “club de la pelea” comenzará ahora –se supone– la vida común bajo el mismo techo: la okupación de la casa, la fiesta compartida donde otros sólo verían paredes demolidas. Pero aquí no cuenta lo que los otros digan. Lo que vale es otra cosa: sobrevivir pese a la amenaza, buscar “la conga y el descontrol” a toda hora, construir el paraíso en el centro del basurero.

 


 

Süller le ganó a Pamela

La carne argentina rinde más. Al menos eso debe inferirse de las cifras de rating de la minibatalla de las divas pulposas, emprendida el miércoles por la noche, entre “Memoria” y “PAF!”. A la presencia estelar de Pamela Anderson en el programa que conduce Chiche Gelblung por Azul Televisión, Jorge Rial en América opuso el dúo dinámico nacional y popular Alejandra Pradón-Silvia Süller. Y triunfó. Según Ibope, Rial derrotó a Gelblung por puntos: 6.4 de promedio contra 5.8., y eso que arrancó de muy atrás (5.8 frente a 6.3 en los primeros quince minutos). En realidad y más allá del morbo sexual que siempre persiguen, ambos programas compiten por el premio consuelo de la teleaudiencia de las 21: en ese segmento horario, lidera cómodo “Videomatch 2000” –promedió 23.7 puntos– y le sigue “Campeones”, que midió 17.3.

 

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