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el Kiosco de Página/12

Las otras olimpíadas
Por Ariel Dorfman

¿Quién conoce a Kailash Satyarthi? ¿O a Juliana Dogbadzi? ¿Quién ha oído hablar de Ka Hsaw Wa? ¿O de Senhal Sarihan?
Confieso que, hace menos de un año atrás, yo tampoco podría haber respondido estas preguntas, yo tampoco sabía que Kailash Satyarthi ha dedicado una vida entera en la India a rescatar a millones de niños de la esclavitud laboral, yo tampoco tenía la menor idea de quién era Juliana Dogbadzi de Ghana, cómo fue vendida a los doce años por sus padres a un sacerdote Trokosi al que tuvo que someterse durante diecisiete años degradantes, cómo logró escapar y ahora entrega sus jornadas a la inmensa tarea de liberar a miles de mujeres africanas que se encuentran todavía sumidas en ese tipo de servidumbre sexual. ¿Y Ka Hsaw Wa? Es de Birmania y se pasó años en la selva recogiendo los testimonios del sufrimiento de los campesinos más pobres y explotados del planeta. Y Senhal Sarihan es una mujer turca que defiende a los presos políticos y a los niños encarcelados, Senhal Sarihan que, cuando visita a esos pequeños, les lleva flores para que no se olviden del mundo que algún día los espera más allá de las murallas del presidio.
Todos estos nombres desconocidos tienen en común ser defensores de nuestra herida humanidad y, si yo puedo ahora transmitir información sobre ellos, es debido a que tuve la extraordinaria y buena fortuna de haberme pasado los últimos seis meses en su presencia luminosa, escuchando el susurro de sus voces, tratando de dar a esas voces algún esbozo de permanencia literaria. 
Fue, en efecto, en marzo de este año que me contactó Kerry Kennedy Cuomo, ella misma una abogada de derechos humanos y una digna heredera de su asesinado padre Robert Kennedy, para proponerme que yo escribiera una obra teatral protagonizada por estos y otros olvidados héroes de nuestro época y cuya experiencia ella había recogido en un libro que estaba por publicar. En ese texto, Speak Truth to Power (un título que podría maltraducirse como “Hay que contar la verdad ante el poder”), estaba también, por cierto, un grupo de activistas más célebres, como los premios Nobel de la Paz Rigoberta Menchú Tum y el ex presidente de Costa Rica Oscar Arias y Elie Wiesel y Desmond Tutu y José Ramos-Horta, que consagró veinticuatro años en el exilio luchando por la independencia de Timor Oriental, y la Hermana Helen Prejean, dedicada a combatir la pena de muerte en los Estados Unidos, a la que muchos conocerán porque fue encarnada en la pantalla por Susan Sarandon en un rol que le valió un Oscar. Pero la mayoría de las voces coleccionadas por Kerry durante varios años de afiebrados viajes por el mundo ha sido ignorada por los medios de comunicación internacionales: el gran disidente chino, Wei Jingsheng, la cara más destacada de la lucha por la democracia en su país, y Muhammad Yunus, de Bangladesh, fundador del Banco Grameen que ha revolucionado la vida de centenares de miles de mujeres pobres al otorgarles pequeños créditos financieros, y los juristas Digna Ochoa de México y Juan Méndez de Argentina que fueron torturados por sus respectivos gobiernos, pero que no dejaron de representar por eso a los desaparecidos, y suma y sigue y sigue.
Por mi parte, no pude resistir la tentación de asistir a esas voces en su intento por llegar al enorme mundo que tanto las desconoce. Me animaba también una curiosidad muy personal: durante mi vida de adulto me ha rondado la pregunta incesante acerca del origen de ese misterio que se llama coraje, por qué algunos seres humanos, ante la miseria y la injusticia y el dolor, arriesgan su existencia, mientras que otros cierran los ojos y callan, y pensé que estos hombres y mujeres tan valientes podrían tal vez ayudarme a esclarecer ese enigma, de dónde demonios, de qué ángeles, sacan fuerza aquellos que se rebelan contra el silencio. 
Y fue así que me encontré acompañando a esos cuerpos en su lento caminar por el corredor de la muerte y en su aún más lenta búsqueda de la esperanza, fue así que me inspiraron para que armara poco a poco una vasta tapicería con sus palabras desdeñadas, una cantata hablada en que se entretejen el testimonio y la poesía y la épica. Y descubrí que no es la muerte física lo que más temen esos guardianes de la dignidad humana contemporánea, sino que la indiferencia, esa muerte más fría y perversa y peligrosa que se instala en nuestra alma cuando vemos algo insensato y terrible y cruel y preferimos olvidar los desmanes que hemos presenciado en vez de levantar la voz en protesta. 
Y fueron justamente esa indiferencia y esa apatía a las que tratamos de derrotar la noche del estreno de la obra en el Kennedy Center de Washington D.C., cuando el presidente Clinton introdujo la pieza teatral y nueve actores –entre los cuales se encontraban Kevin Kline, Sigourney Weaver, John Malkovich, Alec Baldwin, Rita Moreno y Héctor Elizondo– encarnaron esas voces en una presentación que dentro de unos días va a transmitirse por la televisión norteamericana y en unos meses más llegará a miles de colegios del mundo. Pero no fueron las palabras de la obra misma lo más notable de aquella noche. Cuando el último actor terminó de hablar, cuando cada uno de ellos se despidió del público reunido en esa extensa sala en la capital de los Estados Unidos, recordando que el trabajo recién comienza, que no hay tiempo para tener miedo, que actuar de otra manera hubiera sido vivir para siempre con un sabor a cenizas, cuando las luces se fueron apagando, fue entonces que ocurrió lo verdaderamente inolvidable. De pronto se abrió un telón detrás de las estrellas de Hollywood y ahí se encontraban, increíblemente, en carne y hueso, los defensores mismos, las mismas personas cuyas experiencias se acababan de escenificar. Faltaban algunos –el Dalai Lama no vino ni tampoco José Zalaquett y a última hora el juez Baltasar Garzón avisó que no podía asistir–, pero en su mayoría había viajado, desde Pakistán y Kenia y Colombia y Perú, una galaxia de defensores y causas y países y contiendas como hacía tiempo no se veían juntos en un solo sitio. No solamente lado a lado en un libro, sino que vivos y reales en el proscenio. Y luego esos seres desconocidos avanzaron hacia aquellos actores tan supremamente conocidos y reconocibles en cada hogar del planeta y saludaron al público y en un momento digno de Martin Luther King, pero también de Pirandello, se abrazaron quienes habían vivido en forma personal la lucha con quienes habían estado representando hace apenas unos instantes esa lucha. Ante nuestros ojos atónitos se entremezclaron Sigourney Weaver con Dianna Ortiz, la monja norteamericana torturada en Guatemala, Kevin Kline con el abogado egipcio Hafez Al Sayed Seada, Julia Louis-Dreyfuss (famosa por su papel de Elaine en la serie “Seinfeld”) con Fauziya Kassindja, la mujer que logró asilo político en los Estados Unidos aduciendo su temor de sufrir una mutilación genital en su Togo nativo, abriendo la posibilidad de que muchas otras mujeres puedan salvarse de esa práctica brutal. Ahí estaban los ejecutantes y ahí estaban sus personajes, bailando juntos como espejos múltiples de una misma causa plural, cuerpo y palabra, palabras y cuerpos, durante cinco minutos, diez minutos, quince minutos, mientras los espectadores aplaudían de pie, sin querer dejar el auditorio. 
Y tuve yo, mirando a algunos de los seres más visibles del planeta tomados de la mano de algunos de los hombres y mujeres más invisibles y también más importantes de nuestro tiempo, una intuición alucinante de la precariedad de este momento maravilloso que se desarrollaba bajo el amparo de las luces efímeras de la publicidad. Esta reunión excepcional del Kennedy Center bien podía entenderse como las Olimpíadas Eticas de la Humanidad. Y sin embargo en el preciso momento en que, al otro lado del mundo, se celebraban los Juegos Olímpicos de Sydney, valía la pena preguntarse cuánta atención recibirían en los días por venir estos otros campeones de la especie cuando volvieran a su existencia eternamente amenazada en sus países inseguros, cuántas páginas de periódico y horas de televisión se van a emplear para que se difunda la vida de Patria Jiménez y Marina Pisklakova y Raji Sourani y Koigi Wa Wamwere. ¿Cómo es posible que nos importe tanto el drama de quién es el hombre más rápido del planeta, quién nada con más celeridad en el agua estilo mariposa, cuál es el equipo más diestro para manipular un balón y no recordemos, en cambio, quién es el más valiente en la lucha contra la iniquidad, la más tenaz en denunciar la polución, el más sereno en insistir en que no podemos dormir tranquilos mientras billones de nuestros congéneres tienen hambre? 
No tengo nada en contra de los colosales levantadores de pesas o las maravillosas gimnastas ni menos contra quienes hacen goles a granel con las manos o con los pies. 
Pero la pregunta sigue ahí, desafiante, terrible, quemándonos.
¿Quién es Kailash Satyarthi? ¿Quién es Gabor Gombos? ¿Quién es Asma Jahangir?
¿Y por qué no sabemos todos los seres vivos y pensantes de este planeta la respuesta?


REP

 

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