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UNA NUEVA SEDE PARA LA UNIVERSIDAD DE LAS MADRES
Las Madres estrenan casa y una universidad más grande

Una gigantografía de ellas abrazadas a sus hijos marcará la nueva casa y universidad en la calle Hipólito Yrigoyen, justo enfrente del Congreso. Más aulas y más espacio en un edificio impresionante e impecable.

El hall del edificio, la entrada con esvásticas de algún “gracioso”. Bonafini, emocionada por el logro.

Por Sandra Russo

t.gif (862 bytes) Hipólito Yrigoyen al 1500, justo frente a la plaza. Desde mañana, lunes 30, una gigantografía mostrando a las Madres de Plaza de Mayo y atrás de ellas a sus hijos, abrazándolas, completará un paisaje hasta ahora dominado por la cúpula verde del Congreso. El enorme cartel indica ya que en ese lugar, que durante casi un año albergó los sueños de campaña de Palito Ortega, funciona ahora la nueva Universidad de las Madres. En plena mudanza, de noche, con la pintura todavía fresca y un entusiasmo inocultable por este proyecto que creció descomunalmente en apenas seis meses, Hebe de Bonafini acaba de acompañar a la cronista como una guía turística en su propio cielo. “¿Cómo íbamos a hacer la nota por teléfono? ¿A vos te parece que yo podía describirte esto por teléfono?”, reta y seduce a la vez. “Esto” es realmente apabullante. “Esto” ya no son puñados de sillas acomodadas en las aulas de una vieja casona. “Esto” es el espacio físico perfectamente reciclado y acondicionado para ser la sede de una universidad que no tiene nada que envidiarles a otras. Pero sobre todo, “esto” es el fruto inesperado de una iniciativa que nació casi por casualidad, como un cruce de coordenadas del destino. Un fruto que renovó el sentido de la pelea de las Madres y le devolvió a Bonafini, esta mujer dura, casi blindada, una textura emocionada, una alegría que la desborda. 
Cuando se le comenta eso, ya en la despedida y después de haberla visto señalar con orgullo desde las alfombras grises de los pasillos y las aulas a los azulejos marrones de los baños, ella dice, con ese dejo de fatiga que la acompaña, pero que no le frena las palabras: “Estoy muy entusiasmada, sí, y yo contagio. ¿Sabés por qué? Porque yo siempre tuve la idea de que las Madres no podíamos irnos de este mundo dejando a la gente diciendo ‘ay, qué buenas mujeres, cómo caminaron por la plaza y nos hicieron sentir que se enfrentó a la dictadura...’ ¿Y qué más? ¿Y todo lo que conseguimos? ¿A disposición de quién va a estar? ¿Nos vamos a sentar arriba? Y digo no, todo lo que las Madres somos y lo que conseguimos tenemos que ponerlo al servicio de algo, de alguien. Y qué mejor que al servicio de la educación, del amor al saber. ¿Sabés lo que yo daría para que los chicos lean?”. Hace unos minutos, con el grabador todavía encendido, Bonafini ha explicado que pese a ser rectora de esta universidad de la que ella es la cara más visible nacional e internacionalmente, desde que el proyecto tomó forma y ella empezó a rondar las aulas como una oyente más, su cabeza se abrió. Ha tomado contacto con textos, con teorías, con argumentos. Dice: “Leer es... fabuloso”. 

“Yo me animo”

Un par de jóvenes acarrean un viejo escritorio de metal, a todas luces pesado. Lo pasan por una ventana que dentro de unas horas tendrá puesto un vidrio fijo, en una oficina en la que funcionará la secretaría de la nueva universidad. Hebe y otra madre, también de setenta y pico, miran. Uno de los jóvenes parece estar haciendo un gran esfuerzo. Hebe corre a su lado. “¿Te ayudo?”, le dice, amagando con compartir la carga. El se ríe y vuelve a tomar impulso bajo el peso del armatoste. Ella no registra la risa tierna de él. Parece sentirse capaz de acarrear cualquier tipo de pesos, acaso porque ha acarreado otros, infinitamente más insoportables. 
El edificio fue reciclado para albergar biblioteca, café, talleres, aulas, y para sumar tres carreras a las cinco ya existentes en la antigua sede de la universidad (ver recuadro). Al lado va a estar la nueva Casa de las Madres, en la que ya están instaladas las vitrinas que muestran las señales de afecto y reconocimiento llegadas desde todo el mundo. Bonafini se ríe y cuenta que dos madres, las más veteranas de todas, de ochenta y pico, que se dedican a pegar y ordenar recortes de diarios, le pidieron una oficina propia para trabajar tranquilas, sin que nadie las moleste. “Así que también tenemos una oficina para recortes”, dice. Las tres plantas de la universidad propiamente dicha están relucientes. Hebe las recorre y muestra, en el primer piso, las numerosas aulas que los profesores acondicionarán como les plazca. A un costado, hay un enorme lugar todavía en obra en el que el año próximo instalarán el comedor estudiantil. Bonafini sólo se excusa a la hora de visitar el subsuelo, donde funcionarán los talleres de cine y teatro, porque la escalera es demasiado empinada. En su lugar, es Sergio Shocklender quien enciende las luces y exhibe el espacio que se extiende hasta abajo de la vereda de Hipólito Yrigoyen. 
La breve historia de la Universidad de las Madres es sobre todo increíble precisamente por su brevedad. Al parecer, ninguno de sus principales mentores, que fueron los propios Bonafini y Shocklender, Osvaldo Bayer y Vicente Zito Lema, midieron en su momento el alcance que cobraría en pocos meses. Hebe cuenta la historia:
–Yo siempre me paraba enfrente de la Casa de las Madres y miraba un negocio que vendía ropa para pesca. Te hablo de hace casi dos años. Miraba y le decía a Sergio: “Qué lindo eso para abrir un lugarcito, qué lindo sería eso para hacer cosas culturales...”. Y unos pibes que siempre iban con nosotras a la plaza me escucharon. Eran dos parejas que se iban a casar y que habían juntado tres mil pesos para la luna de miel. Y el 31 de diciembre de 1998 vinieron y me dijeron “Mirá, Hebe, nosotros siempre vamos a la plaza, siempre las ayudamos, pero nunca hicimos un sacrificio, y ahora queremos hacerlo. Les queremos regalar esta plata para que alquilen ese lugar”. Y así fue que lo alquilamos y ellos se hicieron cargo del café literario. Y se llenó de gente, gente, gente. No paraba de venir gente. Y un día una profesora que venía me dijo: “¿No se animan a hacer un seminario?”. Y sí, nos animamos. Compramos más sillas, pero no alcanzaban. Más sillas y tampoco. Después, charlando, Sergio, yo, Osvaldo Bayer y Vicente Zito Lema, ellos dos, que son más académicos, nos preguntaron: “¿No se animan a abrir una universidad?”. Y yo soy muy loca, yo me animo a todo. 
La otra Madre que está con ella –es de noche y han pasado todo el día supervisando y haciendo la mudanza– se ríe. Cuenta, señalando a Bonafini: “Vino y nos dijo que íbamos a abrir una universidad. ¡Y que nos quedáramos tranquilas, que nosotras no íbamos a tener que hacer nada! Siempre nos dice lo mismo y una vez que estamos en el baile, no le podemos decir que no”. Hebe retoma: 
–Para ese entonces ya habíamos comprado una casa muy vieja, con la plata que nos quedó de los festivales de rock y de los conciertos de León Gieco. Pero para instalar una universidad había que salir a pedir más. Mirá: salí, hice giras, hice entrevistas, les pedí a Dios y a María Santísima. Y me sorprendí mucho, porque todos me dijeron que sí. Arreglamos ese lugar, hicimos al aula magna, estábamos contentísimas con el proyecto, pero el día de la inauguración otra vez pasó algo increíble: vino el rector de la Universidad de Salamanca, vinieron varios rectores de universidades chilenas, vino un rector cubano, vinieron embajadores... esa noche llovía a cántaros y la gente no entraba. Era gente a la que por supuesto nosotros habíamos invitado, pero pensando que no iban a venir, ¡pero vinieron todos! 

Nada alcanza

Desde abril, cuando abrieron, las aulas no alcanzan, las sillas no alcanzan, los profesores no alcanzan. 
–Los miércoles y los lunes hay chicos de pie. Nos da vergüenza. Ya habíamos anexado una ferretería que quedaba al lado de la Casa de las Madres, ya habilitamos tres aulas más en esa casa y así y todo sigue habiendo gente de pie. Los alumnos primero fueron doscientos, después cuatrocientos, después seiscientos. Para el año que viene ya hay inscriptos mil quinientos, y en dos mil vamos a parar. Más de dos mil. no. 
–¿Y cómo fue que apareció este edificio? 
–Estábamos buscando un lugar. Y vimos que esto se alquilaba. Un día me paré enfrente y dije ay, no, no voy a entrar, porque yo me conozco, y si me entusiasmo no paro. Yo soy fatal. Si tengo una idea en la cabeza no puedo ni dormir. Y fue así. Entré y no paré hasta alquilarlo. Era muy caro, pero hubo mucha solidaridad de España, de Francia, de Suecia, de Noruega, y de gente de acá, de León Gieco, de Fito Páez, de Daniel Grinbank, de Página/12. Y algunas de nosotras además hipotecamos nuestras casas. Y lo hicimos con mucho gusto, porque esto es nuestra vida y éstos son nuestros hijos. Toda la subida de la escalera de la universidad va a estar tapizada con las fotos de nuestros hijos. 
La Madre que acompaña a Hebe sigue risueña sus palabras. La divierte la impaciencia de Bonafini, que más de una vez la ha llamado de madrugada para decirle que la necesitaba con urgencia porque a su vez alguien que estaba en problemas las necesitaba. “Yo le digo bueno, esperá que me visto y voy, y ella me ha cortado, enojada, porque yo le dije ‘esperá’. La tuve que llamar y explicarle: ‘Hebe, estoy yendo, pero no puedo ir sin ropa, me tengo que vestir’”. Hebe se ríe del relato de su propio malhumor y sabe que a los demás los inquieta su férrea fuerza de voluntad, su obstinación. “Cuando me ven tan loca con un proyecto, me dicen ‘Hebe, cuidate, Hebe, cuidate’, pero es que yo me cuido haciendo, no parando. Porque cuando no estemos más, yo no quiero que las Madres seamos un monumento ni un símbolo, ni que esta casa sea un museo. Yo prefiero que esté viva, llena de pibes. Que sea una tormenta”.

 

 

El proyecto de escuelas

“Nosotras decimos que a los jóvenes hay que impulsarlos a hacer política. A que estudien por amor al saber, no sólo para conseguir trabajo. Que estudien para ser mejores personas, para tener otro panorama que el de la cerveza o la droga en la esquina”, dice Bonafini. El proyecto de la Universidad tiene un alcance a mediano plazo: a que en dos años, los jóvenes que se formen en ella estén en condiciones de “empezar a crear escuelas en los lugares más marginales y para los nenes más chiquitos, esos que no sólo no tienen ni zapatillas ni comida, sino tampoco documentos. Es ambicioso, pero se puede hacer”, agrega.
La avidez por el tipo de conocimiento que se imparte en la Universidad de las Madres no sólo tiene eco en las muchas universidades extranjeras con las que se hace intercambio, sino también en remotos parajes argentinos. “En todo el país hay interés por armar centros culturales. El otro día vino a verme una señora de Vedia, una localidad que queda cerca de Junín. Ella tiene un supermercado y quiere hacer un centro cultural ahí.’Aunque sea en un rinconcito, Hebe, pero acá algo hay que hacer. Lo único que hace la gente es mirar televisión. Yo compro Página/12 los viernes y me desespero si no lo consigo. Pero quiero hacer algo más...’, me decía. La gente percibe que esto es un volcán y que la lava se acerca. La discusión política puede ser una manera de frenarla”.

También más carreras

Desde su apertura en abril de este año, en la Universidad de las Madres se cursan cinco carreras: Economía Política, Psicología Social, Derechos Humanos, Arte y Periodismo de Investigación. En la nueva etapa, Arte se va a desglosar en Teatro, Cine, Fotografía y Narrativa, y se van a agregar Educación Popular y Cooperativismo. A cargo de la parte académica de la filial local está Osvaldo Bayer, y de la internacional, James Petras. Entre los cien profesores que actualmente dan clase, la gran mayoría lo hace ad honorem. “Sólo les pagamos a los profesores más jóvenes, los que no tienen otro trabajo”, dice Bonafini. El gran atractivo internacional de la Universidad es la carrera de Derechos Humanos, la más solicitada por los extranjeros. Desde el exterior también se piden cursos a distancia, en los que se está trabajando. Para las vacaciones de invierno europeas, ya se inscribieron italianos, vascos y catalanes. Y se han hecho acuerdos con universidades de Brasil, el Comahue, Roma 3, UNED y Cantabria. En algunos casos implican intercambio de profesores, alumnos y materiales. En otros, apoyo económico.

 

 

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