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OPINION
Adiós a Carlos Correas
El Ojo Mocho *

Carlos Correas había comenzado su vida intelectual en los alrededores de la antigua Facultad de Filosofía y Letras. Deambulador nocturno, recorría el centro de la ciudad a la salida de un irrisorio empleo que él ahora rememoraba dándole una gracia resignada y conciliadora al pavor que suele anidar en la juvenilia del pobre. Con Correas se retira uno de los ecos vivos de la Buenos Aires existencialista, la de Oscar Masotta y la de la revista Contorno y la del Bar El Coto. 
Correas cultivó un tipo terrible de irreverencia –de imagen meditada y plácida– que sin esfuerzo reconocía su inspiración en las páginas de El Muro o de Saint Genet, comediante y mártir de Sartre. Escritor minucioso y aristocrático, sabía condensar en gramos secretos de una “fe literaria en el mal”, su forma clásica, erudita y esbelta. Este rasgo poco a poco fue acercándolo a las maneras concisas de Borges, donde todo fingimiento era elaborado con sabiduría y oscura naturalidad. Traductor eximio, sus peleas eran por énfasis y matices que sólo un muchacho plebeyo podía reconocer como reclamos de verdad en la severa correspondencia entre los idiomas. Su “Operación Masotta” sorprendió a mediados de los ochenta, cuando esos temas parecían olvidados o inútiles. Correas, en esa extraña visión de su amigo Masotta, extremaba el calculado estilo confesional, saboreando las artes del provocador que poseía el máximo artificio de la retórica existencial: decir con delicadeza un fondo lóbrego de la vida que nadie podría revelar. Escritor de develación, Correas trató con esa materia que no puede abarcarse a sí misma y que en las célebres páginas sartreanas llevan el nombre de conciencia de la mala fe. Sus clases de gran profesor eran un ensayo de fina diplomacia y del arte del vilipendio clandestino. La injuria quedaba flotando en el repliegue de la frase mientras Correas, existencialista, pensaba en que un sigiloso denuesto podía tomarse como homenaje y buena lectura. Incomodaba, y nosotros, sus amigos recientes, poníamos diversas defensas frente a su presencia incomodante. Solitario, desesperado, así también era su literatura, su magnífico Arlt Literato, sus estudios sobre Kafka, su afilada prosa en Los Cuadernos de Félix Chanetton, y sus polémicos –todo en él lo era– Ensayos de Tolerancia. Consideraba cada artículo o reseña como una miniatura en la que se jugaba todo un decir elegante y despojado. Por poco que fuera, dejaba una vibración en el aire y el vago sentimiento de la antigua alianza entre escritura y existencia. Suicida, no lo veremos más con su traje apretado y antiguo. Carlos Correas mantenía su rara distinción en medio del retiro, la desdicha y la indiferencia. 

* Grupo editor de la mencionada revista.


 

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