Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira
ESPACIO PUBLICITARIO


Balance de la temporada 2000

ESTE AÑO HUBO UNA GRAN CANTIDAD DE ESTRENOS TEATRALES, PERO NO SOBRO CALIDAD
Cuando la realidad amenaza desde las bambalinas

En una temporada signada por la crisis, el teatro debió recurrir a toda clase de armas para garantizar su subsistencia. El año transcurrió entre festivales y visitas, movidas independientes, tímidos intentos del teatro comercial y un tono general que en más de una oportunidad pecó de solemne.


�Mein Kampf�, en el San Martín, tuvo actuaciones brillantes.
Los teatros oficiales debieron lidiar con los problemas de presupuesto.

�Monteverdi Método Bélico�, pieza notable del Periférico de Objetos.


Pepe Soriano, en buena forma.
Estuvo en �Mi bella dama�.

 
Teatro por la Identidad retrató las secuelas de la dictadura.

La Comédie Française presentó aquí �Las picardías de Scapin�.
En tren de retiro, Marcel Marceau se despidió de Buenos Aires.

Por Hilda Cabrera y 
Cecilia Hopkins

Como si la pérdida de la ilusión de manejar mínimamente la realidad encontrara en la actividad artística un desquite, la temporada teatral de 2000 ofreció una impresionante cantidad de obras. La investigación y búsqueda de nuevos caminos, sobre todo en materia de producción y autogestión, fue uno de los signos positivos del año que concluye. Sólo que este empuje no siempre se tradujo en logros: haciendo la salvedad de que es imposible abarcar por completo la cartelera porteña, la mayoría de las obras vistas no pasaron de un nivel medio. Se recuperaron espacios míticos, como El Nacional de la calle Corrientes y el Teatro Argentino de La Plata, donde se estrenó una corrosiva pieza del austríaco Thomas Bernhard, El ignorante y el demente, retitulada La reina de la noche, en adaptación y dirección de Roberto Villanueva, uno de los directores más activos del 2000. La autogestión fue un síntoma característico en los barrios, que contaron además con espectáculos de calle (Los Chicos del Cordel y La Runfla, entre otros), en tanto el Grupo Catalinas siguió conquistando público con El fulgor argentino. 
Las salas se multiplicaron, lo mismo que los unipersonales y los shows de artistas consagrados: Cristina Banegas con La morocha (conjunción de teatro y música), China Zorrilla, Franklin Caicedo y Roberto Ibáñez. Hubo obras que se estrenaron fuera de Buenos Aires y continuaron en gira por el interior (El cartero, por ejemplo, protagonizada por Darío Grandinetti, que en Santiago del Estero se topó con la prohibición del gobernador por los desnudos de Nicolás Cabré y Gabriela Sari). Para algunos se cumplió el sueño de la sala propia: Patio de Actores (de Laura Yusem y Clara Pando), El Bardo (de Eduardo Nutkiewicz), El Angel del Abasto (Emilia Mazer), Entrecasa, Del Nudo, El Portón de Sánchez, Uriarte Viejo y muchos más. En uno de los depósitos de la fábrica IMPA (convertida en espacio cultural por una cooperativa formada por sus operarios), Mariana Anghileri dio a conocer 3ex, un singular entramado de teatro y cine, y en El Doble, fundado temporadas atrás por Lorenzo Quinteros, se concretó otro raro cruce, Hormiga Negra, entre el folletín y el radioteatro. 
La escena enrolada en la experimentación siguió cultivando el quiebre en todos los frentes (tanto en la dramaturgia como en la puesta e interpretación). De esta renuencia a unificar lo desconectado surgieron piezas tan disímiles como Capítulo XV, por los jóvenes intérpretes de Grupo Sanguíneo, y El piquete (improvisaciones sobre un grupo o una sociedad acorralados), dirigida por Pompeyo Audivert y Marcelo Mangone. 
La repetición y la reivindicación del azar y el caos aparente se insertaron con fuerza en un teatro donde no parece existir el temor a aburrir al espectador. Al contrario, hubo casos en los que se pretendió equiparar aburrimiento a enjundia. Esta actitud se hizo extensiva a las interpretaciones: mecánicas y monocordes, a veces hasta la exasperación. De tanto en tanto, palabra y cuerpo se integraron de modo notable, como en Solo de Brecht, por el Grupo Butaca 9, conducido por Celina Yáñez. La puesta de La última cinta magnética, de Samuel Beckett, presentada por el Sportivo Teatral de Ricardo Bartis, se destacó por su cuidadosa realización y La movilidad de las cosas terrenas, versión de María Estuardo, de Friedrich Schiller, que dirigió Analía Couceyro, por la acertada utilización del espacio y el manejo de los objetos. Sin apartarse de lo experimental, El Periférico de Objetos incursionó en la tradición operística, participando de Monteverdi Método Bélico (con régie de Gabriel Garrido, director del Ensemble Elyma), que, estrenado en Bruselas, realizó sólo nueve funciones en el Teatro San Martín. En este montaje, el grupo que lideran Daniel Veronese, Ana Alvarado y Emilio García Wehbi no olvidó incluir sus ya característicos toques de acerbo humor en asuntos que causan horror. El tema del nazismo apareció en forma explícita en Kleines Helnwein, de Rodrigo Malmsten, con dirección del propio autor y actuación de Belén Blanco, mientras que las secuelas que la dictadura militar dejó en la sociedad fueron analizadas con extrañante ironía por Ariel Barchilón en El miembro ausente. En esta puesta de Guillermo Ghio, los personajes sobreviven con disfunciones que aluden a una realidad amenazante. Sobre otros asuntos y con diferentes estéticas sobresalieron La masa neutra, conducida por Jorge Sánchez, y Ganado en pie, por el grupo La Noche en Vela, guiado por el cordobés Paco Giménez.
Entre los artistas de trayectoria, el director (y actor) Miguel Guerberof ofreció Ceremonia enamorada, un entramado de textos de Shakespeare sobre personajes femeninos, interpretados todos por María Ibarreta. El actor Lito Cruz presentó Hughie, de Eugene O�Neill, y entre los dramaturgos Juan Carlos Gené apostó a El sueño y la vigilia, conformando un espectáculo integral, en el que también actuó, junto a la actriz Verónica Oddó. Fue Gené quien concretó además, en el reacondicionado Teatro Santa María, una interesante puesta de El malentendido, de Albert Camus. Otro autor consagrado, Jorge Goldenberg, estrenó La lista completa (dirigida por Diego Kogan). Ricardo Halac repuso Soledad para cuatro en el Cervantes, Eduardo Rovner se lanzó a la dirección con una obra propia, La mosca blanca, y Roberto Cossa repuso (con dirección de Roberto Castro) De pies y manos, obra escrita en 1984 que originó una serie de programados debates en el Teatro del Pueblo. Un monólogo destacable por su audacia y libertad formal fue La muerte de Marguerite Duras, escrito e interpretado por Eduardo Pavlovsky, dirigido por Daniel Veronese.
El 2000 fue el año de los homenajes a Roberto Arlt. El centenario de su nacimiento dio lugar a congresos y talleres, como los organizados por el Grupo de Estudios de Teatro Argentino de la UBA. En materia literaria fueron pocos los textos adaptados a la escena. A los ya utilizados habitualmente por los narradores orales (Ana María Bovo, Ana Padovani y Marta Lorente, entre otros), se sumaron otros en espectáculos donde los intérpretes fueron en buena medida sus personajes, como Norma Aleandro en Norma ríe, pero también en obras como Espumantes, una puesta de Luciano Quillici sobre textos de Scott Fitzgerald; Frankie, basada en la novela de Mary Shelley, con dirección de Diego Cazabat; Anillos de ceniza, sobre un relato de Rudyard Kipling, con Silvia Lezcano, y Camas en el desierto, una personal versión de Alberto Félix Alberto sobre La Odisea. 
El drama de los desaparecidos inspiró el denominado Teatro por la Identidad. Bajo el título de A propósito de la duda se ofreció un espectáculo conformado por breves fragmentos de testimonios de la Agrupación Hijos, de nietos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo referidos a los niños desaparecidos, secuestrados y apropiados durante la dictadura militar, que ahora viven con �la identidad robada o falseada�, como afirmó en la primera presentación de este trabajo el actor y director Daniel Fanego. Con un elenco rotativo y dramaturgia de Patricia Zangaro, A propósito... seguirá ofreciéndose durante el 2001.

Una marea de conflictos

El doble discurso de los funcionarios desató reclamos de parte de algunas entidades del sector (MATe, ATI, Artei y ETI, entre otras). El punto de mayor fricción fueron los sucesivos ajustes practicados por Hacienda a los presupuestos que por ley le corresponden al teatro, sea a través del Instituto Nacional del Teatro o de Proteatro, este último en jurisdicción de Cultura de la Ciudad. Los perjudicados no dudaron en afirmar que los funcionarios sólo se interesan por los hechos culturales cuando saben que su acción no va a pasar inadvertida, y que el trabajo menudo y perseverante de los creadores no les interesa. De ahí el incumplimiento de lo acordado en la Ley Nacional de Teatro (24.800/1997), y la demora en la entrega de fondos a Proteatro. En este conflicto con el poder funcionó el efecto mordaza en algunos de los designados o contratados por Cultura (de Nación y Ciudad). Como dijo Gustavo Mac Lenam (de ATI), en uno de los varios debates de los teatristas: �Han chupado a nuestra gente en puestos clave para que nos digan que no�.


Miserables, bellas y tontos

En el ámbito del teatro pensado para el público masivo, casi siempre apostando a figuras de impronta televisiva, la anacrónica puesta de Mi bella dama, del irlandés Mick Gordon, permitió el lucimiento del actor Pepe Soriano. Una oportunidad similar tuvo Juan Leyrado al protagonizar la débil versión de Cyrano de Bergerac. En otra cuerda, Guillermo Francella hizo lo que se esperaba de él en La cena de los tontos, producida (y actuada) por Adrián Suar. El musical de Cameron Mackintosh Los miserables, con elenco nacional, conformó a su público, lo mismo que Antonio Gasalla y Carlos Perciavalle, en el Teatro Broadway (La leyenda continúa) y Enrique Pinti, con su Pericon.com.ar, todos empeñados en lanzar dardos y pullas a figurones y políticos. El tema del acoso sexual apareció en Oleanna, de David Mamet (primero en el San Martín y luego en una sala comercial), dirigida por Hugo Urquijo e interpretada por Gerardo Romano y Carolina Fal. El teatro empresarial apostó a los teatristas del off con la doble esperanza de impactar a su público habitual y atraer a una nueva audiencia. Pero el anodino texto de Alarma, de Michael Frayn, con dirección del británico David Grindley, que reunió, entre otros, a Humberto Tortonese y Alejandra Flechner, aplastó el trabajo de los intérpretes. Otro tanto ocurrió con Desangradas en glamour, donde José María Muscari (nacido en el off) condujo a una troupe de actrices de un circuito no marginal, como Marta Bianchi, Sandra Ballesteros, Ana Acosta y Carola Reyna.


El pluralismo oficial

En el ámbito oficial, el Teatro Nacional Cervantes siguió siendo víctima de los recortes presupuestarios. A cargo de Raúl Brambilla y desde diciembre con Daniel Ruiz en la subdirección (Ruiz reemplazó a Osvaldo Calatayud, a quien días pasados se le tributó un homenaje), el teatro mantuvo un perfil pluralista y de apertura a los creadores del interior. Organizó encuentros, entre otros el de las obras ganadoras de las regiones (allí se vio la excelente Ruta 38, de La Rioja). De su programación se destacó muy especialmente la puesta de El pasajero del barco del sol, de Osvaldo Dragún (fallecido el 15 de junio de 1999), por Rubén Pires. En cuanto al Teatro San Martín (cuyo director Kive Staiff coordina además los teatros oficiales de la ciudad que por decisión de Cultura funcionan como complejo), mostró obras tradicionales y experimentales, algunas relevantes y otras no tanto. Entre lo más interesante figura Mein Kampf (Una farsa), de George Tabori, según una puesta de Jorge Lavelli. Este abordaje al tema del nazismo desde la comicidad contó con actuaciones brillantes, como las de Jorge Suárez, Alejandro Urdapilleta y Villanueva Cosse. También disfrutable por su planteo fue el trabajo del director catalán Lluís Pasqual para La tempestad, protagonizada por Alfredo Alcón. Entre aciertos parciales se estrenaron además Ifigenia en Aulide, de Eurípides, con dirección de Rubén Szuchmacher; El inspector, de Nikolai Gogol, conducida por Villanueva Cosse; Julia. Una tragedia naturalista, según una puesta de Alejandro Tantanián, y La boca lastimada, dirigida por Laura Yusem. En otro espacio oficial (el remodelado Teatro Sarmiento) se vio La Excelsa, de Juan Pablo Santilli, montada por Oscar Barney Finn, y en el Teatro de la Ribera, Esperando la carroza, de Jacobo Langsner, puesta por José María Paolantonio.


Un escenario internacionalizado

En materia de festivales, el 2000 abrió con el Encuentro Iberoamericano de Teatro en el Cervantes, donde, entre otras obras, se presentó Nuestra Señora de las Nubes, de Arístides Vargas, por el excelente Grupo Malayerba, de Ecuador. El Festival del Mercosur, en Córdoba, congregó a un público entusiasta que aplaudió varios trabajos destacables: una versión de Electra, del grupo español Atalaya; La negra Ester, por la compañía del chileno Andrés Pérez Araya, y los espectáculos del Youth Theatre de Egipto y el Imako Teatri de Costa de Marfil. En cuanto a la Fiesta Nacional del Teatro (este año con sede en Salta), sobresalieron Politik Theatre, por el grupo rosarino De la Acción; Ruta 38, con dirección de Manuel Chiesa junto al Teatro Municipal de La Rioja; H, montaje del grupo santafesino La Piara; El murmullo, escrita y dirigida por Juan Carlos Carta (por el Círculo de Tiza Teatro de San Juan), y una versión de Cámaralenta, de Eduardo Pavlovsky, por el Grupo Terrafirme de Moreno. 
Buenos Aires recibió la visita de los vascos de Tanttaka Teatroa, que trajeron la regocijante El florido Pensil, de Andrés Sopeña; del Teatro Mediterráneo, con una adaptación de Cosmicómicas, de Italo Calvino, y del director argentino Jorge Eines (radicado en Madrid), con Borges, los paraísos perdidos. Dentro de los ciclos programados por el Instituto de Cultura de España (ICI) se vio El traductor de Blumenberg, de Juan Mayorga, protagonizado por Rubén Szuchmacher y dirigido por el español Guillermo Heras. El mimo francés Marcel Marceau trajo sus pantomimas y la Comédie Française, Las picardías de Scapin. Los italianos participaron de ciclos de carácter juglaresco (básicamente a través de �Un puente, dos culturas�) y presentaron Barboni (Vagabundos), una pieza de corte felliniano, dirigida por Pippo Delbono. El chileno Marco Antonio de la Parra estrenó varias obras, algunas con repercusión, como Monogamia, dirigida por Carlos Ianni, en el Celcit. Por último, se vio en el Cervantes una versión de Edipo Rey, de Sófocles, por el Teatro Nacional de Grecia.


Las batallas independientes

Ante la expectativa de mostrar sus obras fuera del país, los grupos independientes se alborotaron frente a los programadores de festivales. Los alentaba el éxito obtenido en el exterior por los premiados El Periférico de Objetos y el Sportivo Teatral de Ricardo Bartís, entre otros. Por eso, una última visita, la del catalán Borja Sitja, director del Festival de Verano de Barcelona, que en el 2001 dedicará su edición a Buenos Aires (entre el 26 de junio y el 31 de julio), desató la euforia. El síndrome Borja reflejó no sólo la búsqueda de oportunidades sino también la insistencia de un sector que en el 2000 supo abrirse camino de muy diversas maneras, organizando ciclos como los realizados en el Teatro del Pueblo (que reunió a distintas generaciones de actores), o en el IFT, con piezas de nueve jóvenes autores. O a través de encuentros como el nacional de Teatro Semimontado en el Cervantes y las experimentaciones en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Es el caso de Proyecto Museos V, ideado y coordinado por Vivi Tellas, quien dirigió este año El precio de un brazo derecho. Hubo además un Festival de Teatro Off (organizado por ATI), en El Empire, donde se homenajeó al director Pedro Asquini, y varios ciclos de Teatro Leído en el Regina, Fray Mocho, IFT y muchos más.

 

 

 

PRINCIPAL