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Si se nos diera la oportunidad de entrevistar una vez
más a Graham Greene, no andaríamos desencaminados si le
preguntáramos por Adolfo Bioy Casares. A Bioy le preocupa encontrar un artificio para que la vida dure eternamente; a Greene le preocupa saber si existe algo eterno distinto de la vida. Bioy utiliza lo fantástico para reflejar la imposibilidad de explicar el amor entre humanos; Greene utiliza el amor entre humanos para ponerle escenas y palabras a la pregunta por la existencia de Dios.

“Alguien había escrito algo en español en la pared: quizás una plegaria, quizás una obscenidad.”
(Graham Greene, Viajes con mi tía)

POR MARCELO BIRMAJER

Siempre resulta interesante saber por qué una persona ha subrayado tal o cual párrafo de un libro. Pero generalmente, cuando tenemos en nuestras manos el libro subrayado por otro, no tenemos al otro al alcance para preguntarle por qué ha subrayado precisamente esa frase o párrafo: tal vez lo ha subrayado una novia que ya no lo es, un amigo que se ha ido de viaje, un hermano que vive en otro país. Generalmente, también, uno no alcanza a dar por sí mismo con el motivo por el cual esa marca de color verde o naranja fosforescente, o esos trazos de lápiz, colorean o subrayan. En realidad, no llegamos a saber siquiera por qué hemos subrayado, hace ya diez años, tal o cuál párrafo de nuestros propios libros. Cuando al salir de ver la función privada de The End of the Affair (“El ocaso de un amor”), la conmovedora adaptación al cine de El fin de la aventura, fui a mi biblioteca en busca de Una especie de vida, el primero de los dos tomos de la autobiografía de Graham Greene (el segundo tomo es Vías de escape), descubrí que no encontraba la menor lógica en los párrafos resaltados por el anterior propietario de ese libro que compré usado. Sin embargo, una de sus elecciones me ahorró el trabajo de buscar por mi cuenta un párrafo autobiográfico que definiera de entrada a Mr. Greene: “A lo largo de sesenta y seis años he pasado casi tanto tiempo con personajes imaginarios como con hombres y mujeres reales. A decir verdad, aunque he tenido suerte en lo que se refiere al número de mis amigos, no puedo recordar ninguna anécdota de personas famosas o notorias; los únicos cuentos que recuerdo vagamente son los cuentos que he escrito”.
Graham Greene nació el 2 de octubre de 1904 en Berkhamsted, Inglaterra, y publicó su primera novela, The Man Within, en 1929. Desde entonces, la mayor parte de su obra estuvo atravesada por dos intenciones centrales: construir una estructura literaria compacta, motorizada por el misterio, el suspenso, el espionaje, lo policial y el amor entre humanos; y la pregunta constante por la existencia de Dios.
Viajó por todo el mundo, desde el Africa hasta Panamá, y no dejó tema sin opinar, generalmente coqueteando con la izquierda, aunque evitando con igual tesón comprometerse íntegramente con causa alguna. En 1923 estuvo afiliado durante un mes al Partido Comunista. Y en 1926 se convirtió al catolicismo, religión minoritaria en la Inglaterra protestante. No pudo abandonar ninguna de estas dos obsesiones, que recorrieron su vida igual que su obra. Fue amigo del general Torrijos y de los sandinistas, y fraternalmente solidario con los argentinos exiliados durante la última dictadura.
Sus posiciones políticas fueron siempre menos organizadas que sus impecables tramas, y por momentos las declamaciones morales o religiosas de sus personajes no están a la altura de los inteligentes conflictos que el autor les inventa. Por algún tiempo se creyó que el público norteamericano lo miraba con desdén por sus coqueteos con el comunismo, pero bastaría con leer ciertos párrafos de El americano impasible (1955), en el que ostenta un odio compacto tanto por las estrategias políticas como por el “modo de ser” americano, para comprender el enojo con un autor perteneciente a la isla que diez años atrás había suplicado a Estados Unidos que se pusiera de su lado.
Tal vez la mejor trama de Greene haya sido precisamente esta que el director irlandés Neil Jordan acaba de llevar a la pantalla, protagonizada por Ralph Fiennes y Julianne Moore, y si uno ha tenido la suerte de comprar de oferta el grueso tomo de cuatro novelas de Greene que anda dando vueltas por las mesas de saldo, la que le sigue es precisamente El americano impasible, quizás su segunda mejor novela. Se ganará mucho, si se desea conocer al autor, leer después de estos dos duros y maravillososdramas sus dos adorables comedias: Viajes con mi tía y Nuestro hombre en La Habana. Y, aunque se trata de un escritor, la panorámica sobre su obra no estará completa sin ver El tercer hombre, ese guión sorprendente protagonizado por Orson Welles.
La última novela de Graham Greene fue El doctor Fisher en Ginebra, ambientada en la misma ciudad en la que murió, el 3 de abril de 1991.

La bomba lógica
Dos novelas de Graham Greene con escenario en la Londres bombardeada por los nazis –El fin de la aventura y El ministerio del miedo– nos permiten ver de cerca un fenómeno que se repite en gran parte de su producción literaria: en las novelas de Greene las bombas dejan ilesos los cuerpos de los personajes, pero alteran sus vidas.
Un hombre desea olvidar los últimos veinte años de su vida: una bomba, como un talismán terrible, le concederá el deseo. Un amante furtivo desea que su amada, a quien sospecha doblemente adúltera, sea una santa en la Tierra: una bomba provocará el milagro. En Greene las bombas atacan blancos inasibles: una bomba que apunta a destruir una vida y un edificio, destruye la lógica de esa vida y el recuerdo de ese edificio. La guerra, el espionaje, las tramas policiales resultan en las novelas de Greene los accesos al alma. Woody Allen pergeñó en tono humorístico la historia de un detective a quien le encargan hallar el paradero de Dios; a lo largo de su obra, Graham Greene ha escrito esa historia en serio.
Nuestro autor sabe que el único modo de hablar de lo inasible es contando historias concretas. Y este convencimiento le permite sumergir al lector en su más cara búsqueda personal, huyendo a un tiempo del tedio y de la superficialidad. Si existe una trascendencia, un Más Allá, Greene nos propone sus novelas de espionaje como un modo de comenzar a recorrer el camino; pero si no existe nada, si el mundo no es más que ese desierto de edificios bombardeados, entonces sus novelas nos habrán hecho pasar un excelente momento, nos habrán permitido pasar bien el rato.
A veces, Greene puede parecerse a la imagen que él mismo tiene de Dios en sus novelas: una mirada omnipresente que observa con desdén y amor las acciones humanas en su gracioso doblez. Si un personaje, iracundo, le grita a otro: “Te voy a romper el alma”, debemos tomar esta expresión, en las novelas de Greene, como un lugar común y una expresión literal al mismo tiempo, y sentarnos a observar cómo efectivamente le rompe el alma a piñas.

La inocencia y la piedad
Aunque Borges aconsejaba no incurrir en contrastes demasiado absurdos, como el suicidio por alegría, Greene aclara con maestría por qué la inocencia es peligrosa y la piedad, mortífera. En El americano impasible muestra cómo la falta de cinismo, la carencia de ironía o la ausencia de egoísmo pueden llevar a un hombre a cometer faltas horribles. La piedad y la inocencia, según Greene, están contraindicadas para el alma humana, y fatalmente provocan efectos colaterales mucho peores que las dolencias que intentaban curar. Por ejemplo, en las novelas de Greene, el amante que no acepta que en su amor hay un deseo de posesión, una marca de obsesión y de malicia, y que cree en su amor como desinteresado y bondadoso, acaba provocando males mucho peores que el sencillo cliente de un burdel al pagar por su “consumición”. La idea de Bien Supremo, en contraste con la cínica aceptación de una vida multiforme y perversa, la terminan pagando los personajes de Greene con su propia muerte. Del mismo modo que para expresar como novelista lo que piensa del alma no nos explica sus creencias sino que cuenta una historia, construye una entretenida opacidad para hacer visible la transparencia, Greene descree de quienes aman a “la humanidad”, porque sabe que sólo se puede amar a individuos con nombre y cuerpo. Descree de quienes declaman continuo amor a las transparencias, a lo Inasible, porque sabe que noestán capacitados para lidiar con los entresijos de la tragedia humana. Borracho de sus altos ideales, Pyle, el protagonista de El americano impasible, no se percata siquiera de la concreta sangre humana que le mancha literalmente los zapatos.

Un desierto de gente
El Querry es el arquitecto protagonista de la novela Un caso acabado, y aunque su historia no transcurre geográficamente en la Londres de la Segunda Guerra sino en un leprosario del Africa, todas las iglesias que construyó han sido destruidas por una bomba silenciosa, metafísica. El Querry, el más grande constructor de catedrales de Europa, ha dejado de creer en Dios. Ha dejado de creer en la trascendencia de las obras humanas y, por ende, lo rodea un desierto, hecho de polvo que será polvo. Ha dejado de creer en los lazos espirituales entre los hombres, su diálogo ahora es con entidades sin alma de carne fofa. Querry es el paradigma, la conclusión, el caso más acabado de esos personajes que en distintas novelas de Greene entienden el mundo como un desierto donde continuamente se está perdiendo lo que se ama y en el que, por lo tanto, la muerte no puede arrebatarnos gran cosa.
No sería arbitrario encontrar un paralelo entre el oficio de Querry y el de Greene. Las catedrales y las novelas dependen de la credibilidad de sus usuarios, ambas invitan a participar a los hombres de un mundo invisible. Cada palabra minuciosamente labrada, encadenada, ubicada, tiene la pretensión de construir para el lector un mundo en el que vivirá sin dejar de vivir en la Tierra; otro mundo en el que tendrá que creer, sin verlo, para habitarlo. Los detalles arquitectónicos y estéticos de una catedral no tienen otra pretensión. Cuando esa credibilidad falla, los componentes de la obra pierden todo su sentido. El edificio, por muy sólida que sea su construcción material, es inhabitable. Como esas personas a las que adoramos sólo mientras dura el amor, y de las que debemos huir luego sin llegar a entender cómo pudimos haberles dedicado siquiera el tiempo de un encuentro sexual. Tal vez Greene encuentre en la tradicional estructura de las comedias de enredos, de equívocos, de detectives, de infidelidades, de guerra, tal vez encuentre, en su profesionalismo, un pacto de seguridad con la atención del lector, para que nunca lo abandone. Para conjurar el pánico de su mejores personajes: dejar de ser amado.

Lo fantástico vs. lo divino
Graham Greene admiraba a su colega y compatriota –aunque algunos años mayor–, Somerset Maugham. Y aunque en su libro de ensayos (Ensayos) señala algunas falencias de Maugham (el uso de un lenguaje estereotipado, por ejemplo) que podrían aplicarse al mismo Greene, lo cierto es que en uno de los párrafos de El fin de la aventura le rinde un inesperado homenaje. Greene arma una escena en la que un periodista de una revista literaria reportea a su alter ego, Maurice Bendrix: “Al final, con ademán protector, me colocaría... probablemente un poco por encima de Maugham, porque Maugham es un autor popular, y yo no he caído aún en ese crimen...; aún no, pero aunque conservo un poco la exclusividad de la falta de éxito, las pequeñas revistas, como los detectives sagaces, tienen un olfato especial para seguirle el rastro”. Detrás de las tramas amorosas de Maugham, está siempre la pregunta por los enigmas de la condición humana mortal, sin Dios ni mayor trascendencia que el brillo de nuestra propia tragedia, que comienza y acaba en carne y huesos. Si se nos diera la oportunidad de entrevistar una vez más a Greene, creo que no andaríamos desencaminados si le preguntáramos por Adolfo Bioy Casares. Detrás del amor de Maugham está el vacío, detrás del amor de Greene está la pregunta por Dios, y detrás del amor de Bioy está lo fantástico.
Un común empeño de trabajar con la falta de lógica de las relaciones amorosas y la existencia del alma lleva a Bioy Casares y a Graham Greene atejer, en algunas de sus mejores invenciones, madejas similares. Difícil será no encontrar entre el doctor Forester y Arthur Rowe de El ministerio del miedo similitudes con la relación de Lucio Bordenave y el doctor Samaniego en el frenopático de Dormir al sol. En cuentos como “La sierva ajena”, donde los devaneos, las fugas y los rechazos de una mujer se explican porque está casada con un hombre fantásticamente diminuto, pueden encontrarse tópicos comunes con El fin de la aventura, donde las mismas inconductas se explican porque la mujer está de novia con Dios. Allí donde en Bioy aparece lo fantástico y el desconcierto, en Greene aparece Dios y el desconcierto. A Bioy le preocupa encontrar un artificio para que la vida dure eternamente, a Greene le preocupa saber si existe algo eterno distinto de la vida. Bioy utiliza lo fantástico, a veces, para reflejar la imposibilidad de explicar el amor entre humanos. Greene utiliza el amor entre humanos, a veces, para ponerle escenas y palabras a la pregunta por la existencia de Dios.
Hay doce cuentos de Greene, sin embargo, agrupados en un libro imperdible titulado ¿Podría usted prestarnos a su marido?, donde el amor es el tema excluyente y autónomo, sin ninguna otra pregunta ni trasfondo. Desde un gracioso repaso por los míticos efectos de la masturbación hasta las cartas de la ex mujer que en cada rincón de la casa encuentra la segunda flamante esposa, pasando por una luna de miel en el que el recién casado es seducido por dos hombres, Greene construye tramas encantadoras con cada una de las complicaciones que acarrea el deseo sexual y el amor físico.

Un hombre viajado
En El revés de la trama y Un caso acabado, que transcurren en épocas distintas del Africa; en El americano impasible, ambientado en el Vietnam de los años ‘50; en El cónsul honorario, escenificado en la provincia de Corrientes, Greene agradece, en la primera página, a quienes lo trataron bien en cada uno de esos territorios y situaciones que inspiraron sus ficciones. De modo que no sólo recorrió el mundo sino que participó de muchos de los más candentes momentos políticos del siglo pasado. En El libro de cabecera del espía, se le cuelan algunas experiencias personales a las órdenes del servicio secreto inglés.
Es elogiable que un hombre poseedor de tantas anécdotas reales e inverosímiles haya podido fraguar, para su gloria, historias irreales y creíbles, y que por las historias que imaginó, más que por las que vivió, sea recordado por la mayoría de las personas que conocen su nombre.

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