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UN EJEMPLO DEL PODER DE LAS INSTITUCIONES
Acerca de los “duelos sin doncella”


Por Cristian Varela *

La reforma de la Policía Bonaerense avanza velozmente marcha atrás. A la fecha aún subsisten los mecanismos que otorgan participación a las organizaciones vecinales y locales en cuestiones de seguridad, pero aunque no se deroguen se irán vaciando de contenido en el contexto de la actual política emprendida por la provincia. El texto que sigue, escrito en los últimos meses de la reforma, no trata sobre el tema, sino que utiliza un caso particular para ejemplificar el concepto de institución.Los Foros de Seguridad son instituciones creadas en el marco de la reforma de la Policía Bonaerense con la intención de promover la participación de la gente en la prevención de la violencia, los delitos y la inseguridad en general. De los foros se espera también que operen de hecho como factor público de control y supervisión del desempeño policial. Los integran representantes de entidades civiles de los distintos barrios y localidades de la provincia de Buenos Aires. Estrictamente, corresponde la conformación de un foro municipal de seguridad en el ámbito de cada municipio, más un foro vecinal de seguridad en la jurisdicción de cada comisaría. En los municipios que poseen una sola comisaría, se constituye solamente el foro municipal. Tal es el caso, por ejemplo, de los distritos de Pinamar y Villa Gesell.Otro instituto creado por la misma reforma es la figura del defensor de la seguridad, una suerte de ombudsman elegido por el foro municipal. La implementación de estas figuras requiere del compromiso de cada intendente municipal. Por eso, los avances se produjeron en tiempos distintos. Por ejemplo, hacia fines del ‘99, en la región norte de la costa atlántica había defensor sólo en Pinamar; foro municipal en ese mismo distrito y en el de Villa Gesell; en tanto no lo había en el Municipio de la Costa, que sí contaba con los tres foros vecinales que le corresponden. Estos tres municipios comparten problemas similares en lo que hace a la inseguridad, especialmente durante la temporada del verano. Por eso, el defensor y los foristas deciden constituir una instancia ínter-foros que los agrupe, de modo de diseñar e impulsar en conjunto las medidas que consideren necesarias. Se realiza entonces una reunión para dar forma a la idea; el defensor lee un borrador de reglamento, aclarando que se intentó hacerlo sencillo, de modo de no anteponer las formas al verdadero contenido de la idea. El primer artículo hace referencia al objetivo general: una unión voluntaria y espontánea de foros, despojada de partidismos, con el solo objetivo del bien común, etc. El segundo, a los mecanismos de convocatoria, coordinación de reuniones y sistema de votación: un foro, un voto. Surge inmediatamente la pregunta, ¿un voto por foro municipal o por ambos tipos de foro? Son tres municipios distintos, dos poseen sólo foro municipal y el tercero posee tres foros vecinales, pero aún no constituyó el municipal. Si ambos tipos de foros poseen igual peso, el Municipio de la Costa tendrá siempre mayoría absoluta. Si sólo votan los municipales, este municipio carecerá de representación (los vecinos argumentan que el intendente hizo explícito su desinterés por constituir el foro municipal; y que si lo hace, será en oposición a ellos, con lo cual nunca se sentirán debidamente representados). Quienes defienden la idea del voto por foro municipal argumentan que éste subroga –y por lo tanto representa– a los vecinales. Se consulta la ley que da origen a los foros y el decreto que los reglamenta y ese supuesto no aparece. La discusión se alarga y sube de tono. La unión voluntaria y espontánea, así como el bien común, están a punto de desmentirse antes de constituirse. Finalmente, un señor logra hacerse escuchar: “No votemos, eliminemos la votación y se acaba el problema”. Se analiza la proposición y la gente no encuentra nada que justifique el establecimiento a priori de un mecanismo de votación. No se adivina en principio el tipo de conflicto que debiera saldarse por vía delvoto; si hay consenso se actúa de consuno; si no lo hay, se actúa en particular. Sin embargo, la proclamada voluntad participativa estuvo a punto de abortarse por la presencia de la cuestión del poder. Cuestión ficticia pues el conflicto carecía de sustancia, era producto de la anticipación de un mecanismo para solucionar, precisamente, eventuales conflictos. Aquello que en realidad se discutía era la institución del poder, antes que el poder sobre algo, antes aún de quedar conformada la sustancia, el objeto mismo, de la nueva institución. Este hecho muestra cómo la institución es algo ya dado ahí, siempre presente en las relaciones sociales, con existencia previa a cualquier postulación racional y consciente respecto de su conformación o de la necesidad de recurrir a ella. Antes bien, es la institución la que recurre a nosotros. La institución existe en un tiempo y en una dimensión distinta de su creación voluntaria por parte de un grupo humano. Es este aspecto el que otorga sentido a la distinción que hace el institucionalismo entre organización e institución, pues aunque son entidades que se implican mutuamente, responden a lógicas distintas. De la organización se espera que sea racional y funcional a sus fines. De la institución se sabe que posee su propio devenir, porque reside ante todo en los sujetos, bajo un modo particular: la subjetividad de las personas está instituida, está conformada según las improntas de las instituciones a las que los sujetos pertenecen y han pertenecido; sobre todo, a las instituciones que los han formado. En este sentido la institución también es inconsciente (de ahí el título de un texto de Lourau: L’Etat-Inconscient, mal traducido como “El Estado y el inconsciente”). Por ser el sujeto portador de instituciones, no puede dejar de reproducirla en sus acciones, de realizarlas en acto. Un grupo humano piensa darse una organización. Para ser más eficaz, para no complicarse con fórmulas que entorpezcan su cometido, resuelven darse una forma sencilla sin institucionalizar más de lo necesario. Pero al mismo tiempo ese grupo es pensado por otra institución; cree estar pensando únicamente mecanismos racionales de organización y al mismo tiempo está reproduciendo inercialmente la institución del poder bajo la forma del voto. ¿Por qué referirse a una presencia de la institución poder y no hablar simplemente de un conflicto de poder? La institución -.dice Lapassade– es una praxis y una cosa; es acción y es objeto. En la situación citada se puede observar esta diferencia. En tanto praxis, los sujetos en cuestión se hallan abocados a la acción de instituir una forma para gestionar problemas comunes, pero apenas abocados a la tarea se les cuela por la ventana el tema de la votación. Entonces comienza a discutirse la votación en sí misma, per se, en tanto mecanismo para representar las relaciones de poder. Lo que se discute no es un problema relacionado con el objetivo del grupo. Las fuerzas en cuestión, quienes discuten el problema, se agrupan y dividen no en función de su acción e intención respecto del proyecto que los convoca sino en relación con el sistema de poder; del poder en tanto mecanismo, objeto o cosa, como dice Foucault. Se discute por el poder en sí mismo, que es distinto de su ejercicio concreto en una situación dada. Se trata de un juego vano, de un duelo sin doncella, porque no se está votando nada sino se está discutiendo el voto como sistema ya instituido. Este “ya instituido” es la institución cosa que se hace presente por sí sola a la manera de una compulsión a la repetición, sin que en realidad resulte operativa o pertinente a la tarea que se dio el grupo. En la circunstancia, el poder de instituir algo nuevo se ve obstaculizado por la institución del poder –instituido en otro tiempo, otra parte y para otros fines– que irrumpe de manera extemporánea; interrumpe el aquí y ahora como síntoma transmitido por portadores que se suponen a sí mismos, y se muestran entre sí, sanos e incontaminados.

 * Especialista en análisis institucional.

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