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EL PSICOANALISIS EN LA ATENCION
DE PERSONAS SALIDAS DE LA CARCEL Y SUS FAMILIARES
“Aun el robo tiene un valor de esperanza”

Los directores del equipo asistencial que, en el marco de la Universidad de Buenos Aires, brinda atención psicológica a ex detenidos en las cárceles, narran su experiencia y proponen un marco conceptual. 

Por Diego Zerba y María Massa *

El Centro Asistencial FUBA XXII se creó en marzo de 1998 en el espacio del IPA (Instituto de Políticas Alternativas de la FUBA). Los pacientes que se atienden gratuitamente en el centro son ex detenidos y familiares. El objetivo general que plantea la actividad es abrir una instancia por fuera del Servicio Penitenciario Federal y del Ministerio de Justicia, en la que los ex detenidos puedan tener un espacio de reflexión que medie entre el encierro y la libertad. La extensión de la actividad a los familiares contempla la situación que atraviesan durante el encierro y al ser puestos en libertad sus allegados. Nuestro trabajo dentro de la problemática carcelaria había comenzado dictando materias de la Facultad de Psicología en el programa UBA XXII.
Los servicios hospitalarios brindan atención gratuita a ex detenidos y familiares, pero se encuentran con la exigencia de responder con informes si así lo requiere el juez interviniente.
La experiencia de la universidad en las cárceles ha permitido, más allá de la enseñanza, distintas elaboraciones en el marco de la sociología, el derecho y otras disciplinas; por nuestra parte, abrimos un sesgo en esa dirección en el campo de la clínica, y hacemos la especificación de que se trata de clínica psicoanalítica. En esa tesitura desplegamos desde 1995 distintas actividades, incluidas la publicación de dos libros y numerosos artículos bajo el nombre: “El psicoanálisis en el sistema carcelario”.
No nos ocupamos de utilizar o establecer tipologías de la criminología. Tampoco lo hicimos con semiologías abonadas por la cultura massmediática, como las llamadas “adicciones”. Nuestra labor es componer un dispositivo que permita anudar transferencias no previstas en la clínica freudiana. Para lo cual Donald Winnicott –actualizado por los desarrollos del psicoanálisis contemporáneo– es un autor de cabecera. 
Si las transferencias que se instalan no son pertinentes con el clásico dispositivo psicoanalítico, no es tanto por la especificidad de la población con la que trabajamos, como por el modo que tiene el funcionamiento actual de la cárcel.
No trabajamos con semiologías psiquiátricas canónicas o estructuras clínicas recicladas, sino que retomamos la concepción de variación clínica de la transferencia establecida por Winnicott. Este heterodoxo psicoanalista inglés se ha ocupado principalmente de atender lo que ha dado en llamar “pacientes no freudianos”. 
Así como Freud parte de la suposición de un proceso primario, para la construcción de una clínica de la neurosis, Winnicott supone la falla en la estructuración de dicho proceso para una clínica de pacientes no freudianos. Centra el déficit en la “instauración del yo”, que abordamos sin escamotear las dificultades propias de su carácter metapsicológico (transfenoménico). La falla en “la instauración del yo”, señalada por Winnicott, corresponde a esta construcción primitiva perteneciente al proceso primario.
Winnicott establece que el fracaso en la estructuración del proceso primario está originado en la falla de la provisión ambiental que abastece “el hogar como punto de partida”. 
Freud tampoco tiene una postura sanitarista: despeja las “neurosis puras de transferencia” en situación y no desde la gestión estatal. Lo hace dentro del malestar instalado durante la segunda mitad del siglo XIX en el discurso médico, que no logra adecuar sus semiologías abstractas con la presentación clínica (para saciar el furor curandis, el furor de curar, en un discurso que pretende una penetración absoluta de los cuerpos, sin hallar jamás el que realmente importa: el cuerpo erógeno). El síntoma es el suplemento que no permite el cierre esperado, ni aun con el refuerzo dela internación. El síntoma histérico de conversión, escamoteándose a los manuales de anatomía, lo pone en evidencia.
Otro tanto ocurre con Winnicott. Más interesado por su práctica hospitalaria y privada como pediatra que por la esterilidad de los debates en la Sociedad Británica de Psicoanálisis, cuenta con una de las producciones más importantes en la clínica psicoanalítica con niños. Su prolífica fidelidad a la “trinchera” clínica lo lleva, durante la Segunda Guerra Mundial, a ser psiquiatra consultor en el Plan Oficial de Evacuación de Personas, para una de las zonas de recepción de los evacuados en Inglaterra. En situación advierte “las ventajas de la falta de un planeamiento rígido”, lo cual favorecía “que cada Departamento Regional del Ministerio de Salud (de hecho, en cada condado de cada región) se adaptara a las necesidades locales”. Al poco se percató de que el traslado de niños a hogares sustitutos creaba problemas “no sólo por el hecho de que algunos hogares fueran inadecuados”, sino por los casos generados de “conducta antisocial”. Así se crean los albergues de internados, cuya función “no es tanto brindar un sustituto de su propio hogar sino experiencias hogareñas familiares primarias satisfactorias”. Concluye que esas conductas obedecen a la suspensión de provisiones ambientales que denomina “deprivación”: la describe sencillamente de este modo: “Las cosas marcharon lo suficientemente bien y después no marcharon lo suficientemente bien”. Plantea la categoría de “tendencia antisocial” para dar cuenta de este fenómeno. No se trata de una simple deprivación (necesariamente, en algún momento las cosas no marchan lo suficiente bien), sino de una “verdadera deprivación” que se articula de este modo: “incluye los sucesos tempranos y tardíos, el trauma en sí y el estado traumático sostenido, lo casi normal y lo evidentemente anormal”. 
La provisión ambiental, según Winnicott, no es brindada al pie de una alteridad omnipotente sino en el límite. De acuerdo con la clásica figura: entre la madre y el niño (así lee el concepto freudiano de anaclisis). Por este sesgo, la deprivación provoca una de las dos orientaciones que le adjudica a la tendencia antisocial: el robo. La madre, al abastecerlo en el límite, permite la ilusión en el niño de experimentarla como creada por él. Así: “El niño que roba un objeto no busca el objeto robado, sino a la madre, sobre la que tiene ciertos derechos”. En este contexto hay que tomar la mentira habitualmente asociada al robo.
La otra orientación es la destructividad. Mediante ella, “el niño busca el grado de estabilidad ambiental capaz de resistir la tensión provocada por su conducta impulsiva”. Busca un marco flexible que lo contenga. Lo buscado no es aquello que dejó de ser “suficientemente bien” abastecido, sino el mismo límite, pero en una función diferente; la que le permita reencontrar el objeto creado como ilusión y darle uso. 
Por nuestra parte no pretendemos que alguien deje de ser delincuente, sino producir suplementariamente una provisión ambiental, que al menos le permita ciertos desvíos respecto del automatismo antisocial. Así entendemos la intervención en transferencia denominada por Winnicott “manejo”, que propone ampliar este concepto más allá de la clínica. De este modo, desde su cargo de consultor psiquiatra, asesora a los cuidadores de los menores señalados, asegurando que tanto el robo como la destructividad tienen el valor de un momento de esperanza y que del saberhacer con él depende algún cambio posible.
Buena parte del material clínico del centro asistencial se ajusta a lo expuesto. No nos parece improcedente establecer una equivalencia entre el trabajo de Winnicott y el nuestro, salvando la inmensa distancia de la inserción institucional (y las prácticas que ellas determinan) en ambos casos. La equivalencia la ubicamos en donde aparentemente estaría la diferencia más obvia: la situación de guerra. En la aldea panóptica se atraviesa una guerra económica, particularmente intensa en los países deltipo de la Argentina. Se advierte un estado de beligerancia entre sectores de los residuos generados por la disolución del lazo social y aparatos de seguridad estatales de diversos tipo (con apoyos logísticos en ambos bandos). No sólo hacemos hincapié en la delincuencia, sino también en las movilizaciones sociales de quienes de un modo más colectivo resisten los ataques. Dentro de este marco existen migraciones a gran escala, similares en sus efectos a las evacuaciones con las que tuvo que trabajar Winnicott.
Consideremos una viñeta clínica. Un joven de 20 años llega enviado por el Patronato de Liberados. Muy parco, menciona su adicción a drogas (que asegura haber dejado, aunque sus signos físicos lo delatan ostensiblemente) y de la reciente finalización de su segunda condena por robo. Vive con su tía, siendo el único hermano al cual ella alberga, de una amplia lista que la madre abandona. Su relato es exageradamente escueto: se restringe a quejarse de las dificultades para conseguir trabajo y a criticar a su tía por haber echado a una hermana menor al quedar embarazada. Se le propone conseguir una beca para seguir un curso de computación en la Federación Universitaria de Buenos Aires. No existiendo inconvenientes institucionales para poner en práctica la propuesta, y aceptada por el interesado, elegimos una sede en la que trabajan instructores formados, como presos-estudiantes, dentro del programa UBA XXII. Por primera vez, como luego dirá la tía, termina un curso de estudio.
Volvía compulsivamente al asentamiento en donde había sido detenido, y en el que los efectivos policiales ya le habían alertado que si volvía “era boleta”. En cierta oportunidad lo vuelven a detener y, en un momento del rudo interrogatorio, le dice al oficial que está estudiando en “la facultad”. Entre risas y bromas lo dejan ir. Algo de la compulsión había dejado de responder al mismo automatismo, por eso no entrega su cadáver al “formulario de boletas” y ensaya esa respuesta. Aunque no sea el específico, hace uso del curso en la facultad. En nuestra tarea de ponerles el hombro a las transferencias, también apelamos a dispositivos ajenos a la clínica, como el ejemplificado.

* Directores del Centro Asistencial FUBA XXII.

 


 

LOS CHICOS DE LA CALLE ESTAN BAJO AMENAZA
El cuerpo del niño en pedazos

Por Ricardo Arias *

Manuel es un sol, dice la mujer policía, saliendo de su discurso disciplinar habitual. Así presenta al niño, en el Hogar Juanito. Lo manda el juez. Lo anticipan informes y expedientes. 
El Hogar lleva el nombre de ningún adulto, lleva el nombre que recuerda el joven muerto al caer un balcón de un edificio en la costa bonaerense. Es un homenaje y un punto de referencia para que todos los que viven en el hogar estén advertidos. Los otros puntos de referencia son las historias que circulan en el Hogar, múltiples, que, en la dignidad de una escucha, reencuentran la dignidad de la acción de pensarse modificando un destino posiblemente trágico.
Manuel es de los “chicos de la calle” en boulevard Olleros y Luis María Campos. Se ha hecho detener por la policía en su devenir de calle para ayudar a sus ocho hermanos de diferentes madres y padres diferentes: en total son diez o trece y muchas veces menos. El cuerpo del niño es traído al modo de diferentes piezas: fragmentos, líneas, agujeros, sitios, tartamudeos, notas, canciones, tenso y sujetado por entrecruzamientos donde el límite de la concordia no tiene arreglo.
Con él está Gusta, que comparte el mismo cuarto del Hogar: tiene –nunca se sabe ciertamente– siete años, es pelirrojo de ojos verdes. También ha llegado su hermana de cuatro años, de piel y cabello bien negros. Los encontraron en una habitación de un hotel: su madre que trabaja de noche hacía días que no volvía; no es la primera vez que sucede. Los vecinos les dieron de comer algo, no tienen mucho para compartir. Gusta lleva el cuerpo dolido por los golpes, algunos no tan lejanos, erotizado sexualmente hasta el trauma por el poder de los adultos impotentes de un límite.
Al cuerpo de Gus se le robó la inauguración de un tiempo y un espacio que la sociedad debe donar. El cuerpo –el social– es puesto en el límite del instante; lo instituido se confiesa en pecados abismáticos que se responden y se convocan unos a otros. Impotencias perversas son dichas en el mismo sitio donde se jura tener palabra. El niño sagrado, ¿su majestad el bebé?, es aludido por la insuficiencia de la Ley de la ciudad que lo codifica en su perversidad eludiendo los juramentos de la cultura.
Gusta o Manuel hacen hueco en el justo medio de ningún extremo, ni diestro ni siniestro, sólo interrogación imposible de articular con la maqueta económica. Son el efecto del horror insoportable que se expresa en un grito obligado a callar. ¿”El grito”, la pintura de Eduard Munch?
El cuerpo del “chico de la calle” no empieza en ninguna parte anatómica. Sus zonas eróticas se concentran y expanden desde múltiples sitios. Y a partir de la intrusión de un valor: de una mirada y una escucha en el plano placer-displacer lo congelado del goce, éste cede y se reorienta un cierto saber en la ciudad. Ahí, surge la violencia irracional frente a la violencia con motivo inaugural.
Ante estos cuerpos sociales devenidos “chicos de la calle”, hay un derrumbamiento del saber disciplinar que se retira del campo de batalla con informes y dictámenes formales. Mientras, el asombro del niño “no deja de no inscribirse” por las ventanillas de los automóviles en las esquinas.
Ahí están ellos, en instituciones violentas y terroristas que insisten en repetirse. ¿Cómo ubicar ahí deseos y necesidades, urgencias y postergaciones? El informe del juzgado y el psicológico ponen a la frágil y discreta voz de Manuel y Gusta bajo amenaza.

* Director asistencial del Hogar Juanito para chicos y chicas en estado de abandono, riesgo y vulnerabilidad.

 

 

POSDATA

Bandas. La Facu de Psico convoca a nuevos grupos de jazz & blues, rock & pop, tango, folklore y soul. Para estudiantes, docentes y graduados. 49326001 int. 162.
Jornadas. Sextas Jornadas Regionales de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales. Del 17 al 20 de mayo en la Universidad de Jujuy, Facultad de Humanidades. Presentación de resúmenes: hasta el 31 de marzo. [email protected] edu.ar
Filosofía. Grupos de lectura y reflexión sobre pensamiento contemporáneo con Rubén Ríos: “De Nietzsche a Badiou: la crisis de la filosofía tradicional”. 4863-0193.
Saber. “Interpretación y saber en el campo del psicoanálisis”, por Teodoro Lecman desde el 17 a las 18 en Centro Psicoanalítico Argentino; gratuito. Además, “Nihilismo occidental” y “Schopenhauer, Nietzsche, Freud” por Gabriel Sarando, y “Heidegger” por Esteban Ierardo. 4822-4690.
Psicoanálisis. Posgrado en psicoanálisis en el Hospital Alvear. 4824-4116.
Paterna. “La función paterna en Freud y Lacan. Diagnóstico diferencial neurosis-psicosis”, por Abel Langer en Servicio de Emergencias Nº 1 del Hospital Borda, desde el 10 de 10.30 a 12. Gratuito.
Pasiones. “Las pasiones. Los trastornos de la afectividad”, por Jorge Helman en el Ameghino, los jueves de 11 a 12.30. 4861-7531.
Africana. La reina africana en “El cine desde la mirada psicoanalítica”. Sociedad Porteña de Psicoanálisis, el 11 a las 21. 4961-0996.
Maternidad. “Maternidad y sexo, de Marie Langer a nosotros” por Patricia Alkolombre en Escuela de Psicoterapia para Graduados, los martes a las 15. 4865-2050.
Estados. “Estados Generales del Psicoanálisis”: reunión el 8 a las 10 en H. Yrigoyen 3442 aula 29. 
Pánico. “Trastornos de ansiedad. Clínica del ataque de pánico” por Martín Wainstein en la Universidad de Palermo, los martes de 12 a 15. 4328-1308.
Clínica. “Recursos para una clínica de nuestros días”, programa anual con David Szyniak. 4772-5996.

Mail de estas páginas: [email protected] . Fax: 4334-2330.

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