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UNA “ADICCION” QUE AFECTA
 ESPECIALMENTE A VARONES en la sociedad actual

“No puedo, mi amor, tengo que trabajar”

En el campo del malestar de “los varones que padecen de normalidad” se destaca la “adicción al trabajo”, como “un esfuerzo por huir de realidades psíquicas desbordantes o que provocan algo percibido como un gran vacío”.

Catástrofes: “Para estas personas, los fines de semana se experimentan como dramáticos y los horarios de regreso al hogar pueden volverse catastróficos”.

Por Mabel Burin *

En el caso de los varones, el imperativo social de adscripción a su género los lleva a modos de socialización tempranos, a recursos identificatorios y modos de construcción de su subjetividad que los alejan de la intimidad consigo mismos y con sus cuerpos; también se distancian de la percepción de ciertos deseos –como los deseos pasivos– y se ven llevados a la negación-supresión-proyección de algunos de los denominados “afectos difíciles”, como el miedo, la tristeza, el dolor, configurando todo ello un cuadro que en nuestros ordenamientos culturales sería descrito como correspondiente a la “normalidad” masculina. 
Muchos autores, al estudiar los modos de enfermar de los hombres, han descrito esta situación como potencialmente patógena, caracterizándola como de “varones que padecen de normalidad”. Entre los argentinos que han estudiado esta problemática se cuentan Luis Bonino Méndez, Norberto Inda, Juan Carlos Volnovich y varios más que desde distintas perspectivas psicológicas han tomado la condición de género masculino en términos opresivos para la construcción de su salud mental. Consideran esa “normalidad” como potencial factor de riesgo tanto para su salud física como para su salud mental, llevándolos a descuidar su salud al desconocer síntomas anticipatorios de trastornos más severos, y a desarrollar un tipo de atención de su salud que un investigador argentino en sociología de la salud, Juan José Llovet, denominó “post-fáctica”: cuando los hombres acuden a las consultas por sus condiciones de salud, sus trastornos están avanzados, por lo que carecen de oportunidades de tratamientos preventivos. 
Este sería uno de los factores que llevan a que, en términos generales, los hombres tengan un período de vida más breve que las mujeres, que habitualmente se calcula en los países desarrollados como de siete años menos. Este factor de riesgo en la salud masculina ha provocado que muchos hombres en la actualidad, como parte del proceso de ampliación de su conciencia de género, procuren estar más alertas a sus problemáticas de salud en relación con factores tales como su vida afectiva, social y, en particular, aquellos vínculos humanos y condiciones de sus vidas cotidianas que los ayuden a no morirse antes de tiempo.

***

Es posible pensar la adicción al trabajo como parte de un trastorno subjetivo más amplio, como se caracteriza al resto de las adicciones. Esta adicción puede confundir a quienes consideren que una tal personalidad se fundamenta en valores como el anhelo de ocupar posiciones de poder, de control, de éxito y prestigio, combinados con rasgos de personalidad ambiciosos y autoexigentes. 
Estas parecerían ser metas en consonancia con los ideales de un amplio grupo de personas en este cambio de siglo, especialmente aquellas caracterizadas como “los que llegan”. Se trata de un cierre de milenio signado por un marcado individualismo y una configuración subjetiva destacadamente narcisista para la concreción de logros personales. Para los sujetos inmersos en ese universo de valores, rasgos como la libertad, la espontaneidad, la humildad y la preocupación por el bienestar del prójimo son ajenos a sus modos de vivir y de trabajar. Estas personas, que en inglés se caracterizan como workholics (parafraseando a quienes son adictos al alcohol), muestran síntomas como la preocupación constante por el propio rendimiento –que tiene que ser siempre al máximo–, el esfuerzo por dedicar cada vez más tiempo a la jornada laboral –restándolo a la vida familiar o a otros afectos–, acompañado de una sensación subjetiva de urgencia, de perentoriedad en lo que hacen. 
Por lo general, no les cuesta mucho dar explicaciones que justifiquen su adicción: la más frecuente suele ser la escasez de dinero; otro argumento frecuente es la convicción de que está forjando un futuro mejor para símismo o para su familia; también las nociones de oportunidad (“es ahora o nunca”), de la inmediatez (“es por este año nada más, el próximo será más calmo”) y otras argumentaciones que encubren déficits subjetivos más profundos que están en la base de tal adicción, como sucede con todas las adicciones. Pero, a diferencia de otras adicciones, a menudo ésta logra consenso familiar y social, porque se supone que sus fines ulteriores son generosos y altruistas, ya que se trataría de un sacrificio actual que en algún momento terminará. 
Por supuesto, no todas las personas que trabajan muchas horas al día son adictas al trabajo: el trabajo es esencial para nuestro bienestar, especialmente si nos gusta y encontramos placer en él. En la actualidad, las dramáticas condiciones laborales hacen que el trabajo sea un bien escaso, disponible sólo para unos pocos. Quienes lo poseen a menudo se ven forzados a condiciones laborales extremas en cuanto al cumplimiento de horarios y tareas. Sin embargo, deseo destacar que la problemática de la adicción al trabajo tiene una doble inscripción, objetiva y subjetiva a la vez. Las condiciones laborales actuales forman parte de la realidad objetiva a la que nos vemos sometidos en épocas de escasez de trabajo, pero también existen realidades subjetivas que a menudo hacen posible y sostienen semejante imposición social. 
Lo que analizo es esta doble inscripción de la adicción al trabajo: como realidad social opresiva y como realidad psíquica oprimente. Por lo general, la adicción se observa en hombres de sectores medios y de medios urbanos, para quienes el apremio económico no es la motivación principal para semejante dedicación al trabajo, sino sólo un justificativo. En esta adicción hay –como en tantas otras adicciones– un esfuerzo considerable por huir de realidades psíquicas que resultan inaprensibles, desbordantes, o que provocan algo que perciben como un gran vacío psíquico, y de las cuales quieren alejarse, aturdiéndose, procurando escapar de ellas y precipitarse en el universo laboral. 
Para este grupo de adictos, su trabajo es meramente un medio que les permite realizar tales movimientos de alejamiento, con la ilusión de que así se apartan de sentimientos dolorosos o intimidantes, de culpa o de frustración, de ira o de resentimiento, todos ellos configurando una serie de afectos difíciles de tramitar subjetivamente y que les resulta difícil afrontar con otros recursos. Precipitarse en la esfera laboral les resulta un procedimiento autocalmante para aquellas complejidades subjetivas de difícil elaboración psíquica.
En este tipo de personalidad, los fines se semana pueden ser experimentados como dramáticos, los horarios de regreso al hogar pueden volverse catastróficos, así como las vacaciones pasan a ser incómodos trámites que se tratan de evitar. En estas circunstancias suelen comportarse como personas físicamente presentes pero mentalmente ausentes, que tienen que hacer esfuerzos notables para conectarse afectiva y socialmente con su familia y amigos íntimos. Suele aparecer en estos casos el síndrome de abstinencia, con sus rasgos característicos de irascibilidad, impaciencia, ansiedad psicomotora, que suelen resolver procurando, por ejemplo, leer compulsivamente, jugar incesantemente a algún deporte, o tener una hiperactividad sexual que compense los estados de ansiedad u otros como la apatía, provocados por el alejamiento de sus trabajos. B. Killinger (La adicción al trabajo, Buenos Aires, 1993) destaca que el verdadero sentido de la adicción al trabajo es la huida de los vínculos de intimidad y de los sentimientos de vacío que ponen en riesgo la vida familiar.
Un análisis desde la perspectiva del género nos permite comprender que se trata de una adicción predominantemente masculina. Entre las mujeres sería una adicción difícil de sostener, especialmente para aquellas que tienen niños pequeños u otras personas (ancianos, enfermos) a su cuidado, porque semejante adicción entraría en severo conflicto con el ideal maternal, particularmente presente en las mujeres categorizadas como desubjetividades femeninas tradicionales. Pero para aquellas de subjetividades femeninas transicionales o innovadoras, con estilos de inserción laboral tipificados como masculinos, esta adicción es observable a partir de las condiciones de trabajo impuestas por la crisis de empleo actual.

* Extractado del libro Varones. Género y subjetividad masculina, de Mabel Burin e Irene Meler, de próxima aparición (Editorial Paidós).

 


 

SOBRE LA ULTIMA PELICULA DE BERNARDO BERTOLUCCI
“Un amor en las antípodas”

Por Andrea Fridman

En la dialéctica de la lógica fálica, el amor es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es –tal como lo decía Lacan–, y lo que ahí está en juego se dirime entre el ser y el tener (el falo). Dimensión puramente narcisista, a la que parece reducirse en última instancia todo amor en su afán de completud, de unidad.
Bernardo Bertolucci en Cautivos del amor (en verdad Besieged, “Asediada”) logra darle forma a otro amor, que puede renunciar al ideal narcisista por vía de la renuncia al objeto que vendría a completar la falta. 
Si cuando un hombre ama a una mujer puede llegar al extremo de la desesperación por poseerla, este amor, este otro amor, el del señor Kinsky por Shandurai, se ubica en las antípodas. Si Shandurai es asediada verdaderamente, sólo lo es en escasos momentos: cuando una orquídea que él deja entre su ropa es arrojada al cesto de basura, aunque terminará en un vaso de agua; o cuando él, casi desesperado, le declara su amor, le ruega que se casen y ella lo aparta comunicándole que es casada y su marido está en la cárcel. Se terminó el asedio. No es asedio el signo de interrogación que él escribe en una hoja pentagramada, tímida pregunta a ella por su propia música. 
Aun cuando el fatal destino sea siempre un punto de cabal desencuentro, el amor hace siempre la parte del valiente y se deshace en signos, llamados y cartas. Si el señor Kinsky está cautivo de su amor por Shandurai, Shandurai lo está de su amor por otro, a quien esencialmente respeta. Bastará que él lo sepa para que su renuncia sea inmediata: su amor, todo su amor, se traducirá en renuncia. Sin embargo, no por renunciar a ella, a tenerla, dejará de intentar darle aquello que le falta, porque el señor Kinsky renuncia a ella, a tenerla, sin renunciar a su amor. 
En nombre de este amor, se despojará de todo cuanto pueda tener algún valor. De las paredes de la vieja casona se irán descolgando cuadros y tapices. El velo que a medias ocultaba la decrepitud, irá cayendo. Le da lo que tiene, todo. Y no le demanda nada. Se acerca a su mundo, escucha su música, la espía comer. Ni rastros de duelo, ni siquiera cuando entrega su piano; aun entonces pelea por el precio. Ni rastros de pena por los objetos que entrega a cambio de recuperar para Shandurai a su marido.
¿Qué es lo que el señor Kinsky no le demanda a ella?: que lo ame. Si bajo todos los disfraces que puede adoptar, con todas las coartadas disponibles y aun legítimas, toda demanda se reduce en última instancia a una demanda de amor, él no espera ser amado. Su amor no se sostiene de ilusión ni esperanza alguna de poseerla. Tal vez precisamente por eso no resulta un personaje seductor, porque el amor aspira a poseer. El señor Kinsky seduce cuando va en busca de la música, de ciertos códigos que pertenecen a ella. Por esa vía convocará la mirada de Shandurai por primera vez, cuando ella escucha su música –sus significantes– provenir del piano que él toca. Un sueño en el que, arrancando afiches con el rostro del tirano que domina su país, se topa con otro afiche cuyo rostro es el del señor Kinsky, le dice a quién desea ella en el lugar del amo. Casi imperceptiblemente, un hombro quedará al desnudo. Sutiles, pero inequívocos signos de que algo distinto está operando en ella.
Faltará un paso, necesario para que Shandurai pueda apropiarse de eso que ya sabe. Paso que va del agradecimiento y la confusión a la confesión de su amor, para terminar tendida al lado de ese hombre dormido y borracho.
Poco importa el final. Bertolucci puede dejar puntos suspensivos sobre esa madrugada quebrada por los insistentes llamados de un timbre.

 


 

ASPECTOS PSICOLOGICOS EN EL “CASO ELIAN”
“La potestad toma formas distintas”

Por Raúl Courel *

En los debates sobre el “caso Elián”, los ribetes políticos del asunto son por sí solos un tema apasionante, pero no menos que los aspectos psicológicos. La importancia que da la gente a los conflictos que afectan a las relaciones de parentesco más básicas muestra uno de ellos. 
A lo largo del tiempo y de multitud de culturas, la potestad sobre los infantes ha tomado formas distintas. Las variaciones van desde sistemas patrilineales, como el nuestro, a otros matrilineales, en los que bien puede suceder que toda la autoridad sea resorte del tío materno. De todas maneras, más allá de cuáles hayan sido los sistemas, las reglas fueron generalmente claras... hasta nuestros tiempos. En efecto, hoy es tema opinable, como nunca antes, quién debe mandar y disponer sobre las pequeñas criaturas, si el padre o la madre, si ambos o si uno más que el otro. Se sostiene, incluso, el principio de que la responsabilidad última es del Estado, el cual, en representación de toda la sociedad, asigna a los progenitores deberes y derechos como puede hacerlo con cualquier agente público. 
Tal vez respetando un viejo refrán que reza así: “Padre no tuviste, madre no temiste, diablo te hiciste”, el gobierno norteamericano viene reafirmando la potestad del padre sobre el hijo. En verdad, no podía hacer otra cosa sin menoscabar lo más básico de nuestro sistema cultural de relaciones de parentesco, tan difícil de modificar como el lenguaje de la gente. Recordemos el atolladero en que se metió el funcionario que pretendió imponer el uso de términos castizos en lugar de los anglosajones y de otros extranjeros ya popularizados. 
Sin embargo, los visos ideológicos del conflicto, así como su prolongación en los vericuetos judiciales, parecen encerrar vacilaciones en los alcances que se concede al derecho paterno. La clínica psicoanalítica enseña que el tema no se puede tomar a la ligera. No es igual el caso del joven que abandona, en rebeldía, la acogedora aunque fastidiosa casa paterna, que el niño separado de un padre que desea y asume hacerse cargo de él. Tal vez eso se deba al peso que en nuestra civilización tiene el padre como ordenador de nuestras psicologías. Julián de Medrano escribió estos versos: “Hijo eres, padre serás; cual hicieres, tal habrás”.

* Decano de la Facultad de Psicología de la UBA.

 

 

POSDATA

Discapacidad. Charla informativa gratuita sobre grupos de paseos por la ciudad para jóvenes y adultos con discapacidad mental. El 3 a las 18. 4921-9653.
Familiar. Curso de especialización en mediación familiar en la Sociedad Argentina de Terapia Familiar, con Graciela Fernández. 4962-4306.
Psicosis. “Psicosis infantil. ¿Es posible la inclusión de la familia?”, hoy de 12 a 14 en Cefyp, con J. Basile y M. C. D’Agostino. Salguero 2567. Gratuito. Para estudiantes y profesionales.
Joyce. Presentación del libro Les noms de Joyce. Sur une lecture de Lacan, de Roberto Harari. El 3 de julio a las 20.30 en la Maison des Sciences de l’Homme, salle 214, 54 bd. Raspail, 75006 Paris, con Alain Didier-Weill, Jean-Pierre Faye, Robert Lévy, Charles Melman y el autor.
Pichon. “Pichon-Rivière: su vida y obra”, con Ricardo Avenburg y Edgardo Rolla. Hoy a las 20, Vicente López 2220. Asociación Latinoamericana de Historia del Psicoanálisis. Gratuito.
Conversación. “El registro de la conversación en los análisis”, por Marcelo Peluffo, en Tertulias Clínicas, el 2 de 19.30 a 22. 4803-5755.
Escrito. “La función de lo escrito. Del goce, lo que podría ser inconfesable”, por Fabiana Grinberg y María Laura Alonzo, desde el 6 a las 21.30 en Facu de Psico, Independencia 3065.
Lacan. Reunión sobre la Er-eignis con Raúl Cerdeiras, Carlos Dellacasa, Ana M. Gómez, Perla Sneh y J. C. Volnovich en Centro Psicoanalítico Argentino, el 5 a las 20. Uriburu 1345. Gratuito.
Pulsión. “La pulsión”, conferencia por Liliana Ayola en Nuevo Centro, el 6 a las 20.30. Corrientes 2554, 3º. Gratuito. 
Repetición. “Repetición”, por Marcelo Rapoport en el Centro de Extensión Psicoanalítica del Cultural San Martín, el 6 a las 20 en Sarmiento 1551, sala D. Gratuito.

Mail de estas páginas: [email protected] . Fax: 4334-2330.


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