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TRAYECTORIAS DE “LA VIOLENCIA
 QUE ESTA EN EL ORIGEN DE TODAS LAS INSTITUCIONES”
Sonó una bofetada pero nadie intervino

El equipo de terapeutas de una institución había caído en la apatía, el desánimo, el abandono a los pacientes. Solicitaron la ayuda del célebre psicoanalista René Kaës, quien aquí narra la reunión donde se reveló la “violencia destructiva” subyacente para detectar su relación con una violencia inicial y olvidada.

El psicoanalista francés René Kaës, en Buenos Aires.

Por René Kaës *

Partiré de una situación clínica para presentar el argumento de que la violencia destructiva resulta de una falta de reconocimiento de la violencia de base en la fundación de toda institución. Se trataba de un equipo de terapeutas en un hospital de día que funcionaba como unidad de terapia psiquiátrica para adultos. Mi trabajo era asistirlos en la elaboración de su práctica de equipo terapéutico; tuve durante muchos años una escucha, primero semanal, después mensual. La secuencia que refiero se sitúa después de algunos años, en el momento en que el equipo está angustiado ante una redefinición de su proyecto terapéutico. Los resultados parecen ser positivos, pero desde hace varios meses las crisis han sucedido a las crisis, sin que el origen pueda ser pensado: todo pasa como si nadie estuviera preocupado por nada.
Durante varias semanas, una violenta reivindicación contra el médico jefe se había nutrido de todos los motivos posibles; su autoridad había sido discutida, pero reforzada, debido a la idealización constante de la que era objeto. Al mismo tiempo, la vida cotidiana se había convertido en una suerte de anarquía: los profesionales se disputaban la “propiedad” de los asistidos; cada uno reivindicaba la supremacía de su capacidad terapéutica, desacreditando a los demás. Yo mismo estaba desalentado, con la idea de que lo emprendido no había servido para gran cosa. Soñaba con estar en otra parte y me sentía culpable. 
Durante el período que precede a la sesión que nos ocupa, los profesionales manifestaron un profundo abatimiento, una apatía o estupor a la que sucedían momentos de actividad intensa. Los reproches que, en su depresión, dirigían al jefe médico, cambiaban de tonalidad: a semejanza del padre de la Horda Primitiva, descripto por Freud, él acaparaba todas los enfermos y todos los resultados positivos le eran atribuidos. Muchos profesionales tenían ganas de irse, su trabajo les disgustaba. Cuando la administración les pidió redefinir su proyecto terapéutico, y por lo tanto su identidad, se les representó como una imagen terrorífica, arbitraria y de poco apoyo.
La sesión comenzó, como a menudo desde hacía meses, por un largo y pesado silencio; cada uno miraba a los otros furtivamente y hundía la cabeza hacia adentro, hacia “el vacío de mi pensamiento”, como dijo uno de ellos. Un enfermero preguntó, muy agresivo, si iban a continuar así, “durmiendo mientras los enfermos sufren”. “¿Por qué continuar? –comentó el psicomotricista, en un movimiento depresivo que mostraba desde hace algunas sesiones–. Ya no estamos en un hospital de día, sino de noche; dormir es el régimen diario desde hace más de 15 días; todo el mundo duerme, estamos aquí como los crónicos.” 
Entonces, un enfermero se quejó que hay “muchos enfermos, verdaderamente muchos, y algunos harían bien en desaparecer”. La violencia de este pacto de muerte reforzó el silencio. 
Sí –dijo después el enfermero que había manifestado preocupación por el sufrimiento de los enfermos–, ha habido abandono por parte de los colegas: no se puede contar con ellos, desaparecen con diferentes pretextos y otros esquivan la responsabilidad al punto de que los enfermos se ponen nerviosos. E ilustró esto informando que en la víspera, uno de ellos había abofeteado a una asistente. 
Pregunté entonces cuál había sido la respuesta del equipo: contra la regla habitual, el acting no había sido sancionado, no hubo exclusión temporaria del agresor. ¿Por qué? “Nadie intervino, uno se sentía verdaderamente mal, paralizado, en todo caso vagamente culpable por lo que acababa de ocurrir.” Más tarde, dirían que ellos no habían podido hacer otra cosa que dejar hacer. 
El silencio se restableció, el marasmo se prolongaba. Algunos dejaban la sala sin decir nada: yo señalé esas salidas, sin interpretarlas; recordé las desapariciones que ellos habían mencionado, el acting, el silencio, los deseos de muerte. Algunos se sintieron aliviados de que yo dijera algo sobre esas desapariciones, pero advirtieron que no habían estado pensando en ese tema. Dijeron que no podían asociar con nada cuando les evoqué los “deseos de muerte”. Yo estaba a mi vez turbado, no sabía cómo pensar lo que ocurría; llegué sin embargo a enlazarlo con los reproches que me dirigían por “no seguir al mismo ritmo que antes”: en suma, yo también los iba a abandonar. ¿En qué lugar era puesto en sus transferencias?
Les pregunté si alguna otra escena había podido retener su atención, o que retornaba a su mente en ese momento, para esclarecer lo que había pasado con las salidas de la sala o, antes, con la bofetada. Y de pronto volvió, con un efecto de sorpresa, un episodio que muchos de ellos habían olvidado: tres semanas antes había habido una suerte de “ceremonia de esponsales” entre una enferma y otro paciente. La ceremonia había sido organizada por los pacientes, con acuerdo de algunos profesionales, que la aceptaron en principio con la condición de que se tratara de un juego. No era tan así, ya que los interesados confirmaron su intención de “juntarse”. Hubo turbación y excitación, la ceremonia se transformó en una mezcla inquietante de caricias y de golpes entre los “novios”. De pronto la novia desapareció. La buscaron todo el día, ella había salido del hospital. Después volvió y no se habló más de lo sucedido.
Les subrayé que lo que contaban hablaba de una desaparición, la de la novia. ¿Esto les decía algo? Volvieron a las desapariciones deseadas de ciertos enfermos, las desapariciones operadas en el curso de la sesión, y un rumor previo: que el jefe de servicio faltaría quizás a esta sesión. 
Un enfermero, entonces, de pronto, dijo que la desaparición de “la novia” le hacía pensar en la desaparición violenta de la pareja de médicos que estuvo en el origen de la institución. El doctor había muerto en un accidente poco tiempo antes de la creación del hospital de día, y la mujer que había sido elegida por el fundador había partido desde la apertura de la unidad terapéutica, sin dar razones, y nadie tuvo noticias de ella durante largo tiempo. Desde entonces nadie más habló de estas dos muertes; los más jóvenes no sabían nada.
Me dije que el relato de esta muerte y de esta desaparición en los orígenes produciría, enseguida, vínculos con los fantasmas de muerte en el jefe médico y en los enfermos. En cambio, este retorno de los fantasmas los abrumó o los dejó indefensos durante algún tiempo, antes que el trabajo de elaboración pudiera retomarse. Les observé que, si los pacientes sufrían por la falta de compromiso de los terapeutas, por sus diversas maneras de desaparecer, los que se ocupaban de ellos también sufrían. Y que ellos –sin duda, captaban mi propio desánimo– me habían puesto en el lugar de aquel que les abandonaría también. He aquí lo que desde el principio debía ser reconocido a partir del campo transferencial-contratransferencial: los mandatos de “despertarse” no habían tenido otro efecto que reforzar su apatía, es decir, su protección contra el sufrimiento. Y su necesidad de replegarse en el sueño evocaba, para algunos, el último sueño del fundador y el silencio de la fundadora. 
Habiendo dicho esto y habiendo sido escuchado, pensé que sería posible hablar de las dos escenas que ellos habían permitido: la de la bofetada y la de “los novios”. La mayoría mencionó su fascinación ante esas escenas, la parálisis de su pensamiento. Propuse que el interés de cada uno, al menos de la mayoría, estaba en dejar desplegarse una cierta masa de signos y significaciones con relación a una escena que para ellos era angustiante y fascinante, aterradora y repulsiva, y simultáneamente poner en su lugar, por medio de sus defensas (la inercia, la fragmentación), dispositivos de ocultamiento del sentido. Todos decían haberse sentido inexplicablemente inhibidos para sancionar la bofetada, y de igual manera, impedidos de prevenir el valor traumático que la ceremonia había tomado; como si ellos hubieran esperado y temido esa escena, de la que eran, junto con los enfermos, los destinatarios, los testigos de una falsa-verdadera promesa de matrimonio.
Ellos habían dejado que se pusiera en escena el enigma del origen. Esta versión de la escena de la fundación, congelada en el silencio, largo tiempo retenido, sobre un origen de muerte y de desaparición, daba sentido a su conducta de confusión e incertidumbre, en el momento de redefinir el proyecto fundacional. 
El análisis pudo ser conducido hacia la alianza inconsciente que se había producido entre los terapeutas y los pacientes. Cada paciente tomó parte en los actings que los terapeutas dejaron desarrollar. Una vez que devino suficientemente preconsciente, el marco de esta alianza se pudo precisar: el hecho que los enfermos obrasen “por su propia cuenta” en aquella ceremonia protegía el papel de los profesionales. Pero, en el momento de pensar en un nuevo proyecto para la institución, había sido necesario admitir y comprender lo que había puesto en peligro la confianza en la institución de origen.
El trabajo con el equipo se prolongó sobre este nudo de problemas durante algunos meses. El análisis de sus transferencias sobre mí permitió ver lo que sostenía la violencia contra el jefe médico, sustituto usurpador de la pareja de origen. Era necesario retornar a ese momento donde el acto de fundación de alguna manera se había desimbolizado y se lo encontraba en la repetición de la escena mortífera de los orígenes: lo que vuelve comprensible esa fase de violencia anarquizante donde se condenaba el deseo de muerte del usurpador, pero también a toda figura paterna, y desesperadamente se buscaba un tótem capaz de restablecer el orden simbólico y el pacto de los hermanos. Sólo en términos de este análisis se pudo develar lo que permanecía oculto en su demanda inicial: yo debía refundar la institución y permanecer con ellos por la eternidad. Después de esto, pudimos poner término a las sesiones y separarnos.

* Psicoanalista; especialista en grupos. Texto extractado de la conferencia "La violencia en las instituciones de salud", que pronunció en la Universidad Maimónides durante su última visita a Buenos Aires.

 

 

Las violencias son tres

Por R.K. 
Toda institución se funda en tres formas de violencia: la violencia originaria, la violencia generadora de símbolos y la violencia destructiva.
La violencia del origen funda al sujeto en la representación de una escena originaria, y esto vale para la violencia fundadora del grupo instituido. La violencia del origen es también la del deseo sexual, la del deseo del otro y el deseo por el otro, en tanto que es sujeto de origen; incluye el deseo de suprimir al otro y el no-deseo del otro.
La violencia generadora de símbolos: En Tótem y tabú, Freud muestra cómo el pasaje de la horda al grupo organizado, de la naturaleza a la cultura, es la simbolización de un asesinato, fomentado por el pacto concertado entre los hermanos para matar al padre. La simbolización del deseo de muerte produce efectos de estructuración en los conjuntos colectivos. La ejecución del jefe de la horda estaría comprometida en una repetición sin fin si la invención del tótem no hubiera venido a transformar la violencia del origen en violencia simbólica, generadora de símbolos.
La violencia secundaria, o violencia destructiva, se nutre de tres fuentes. Por una parte, del retorno no transformable de la violencia originarias y de la violencia generadora de símbolos; ella testimonia que, en todo reencuentro intersubjetivo, las dos primeras dejan restos no elaborados. Por otra parte, la violencia destructiva está bajo el efecto de la pulsión de muerte, que desagrega. Además, nace del conflicto fundamental que Freud pone en evidencia en Introducción del narcisismo: “El individuo lleva una doble existencia, en tanto él mismo es su propio fin y en tanto es elemento de una cadena de la que es servidor contra su voluntad o en todo caso sin la intervención de aquélla”. En las instituciones, podemos observar la violencia destructiva cuando las funciones generadoras de símbolos son atacadas o desfallecen y cuando el retorno de la violencia fundadora no puede ser simbolizado.

 

 

posdata

Graves. Seminario “Testimonios de la clínica. Neurosis graves. Fobias e impulsiones”, con Ana Hilzerman y Norberto Mugrabi en Facu de Psico, desde el 6 a las 9. H. Yrigoyen 3242, Secretaría de Extensión.
Baudelaire. Presentación del libro Escritos póstumos de Charles Baudelaire, con Gabriel Sarando, Alejandro Kaufman, Juan Ritvo y Raúl Yafar. El 1º a las 21 en J.E. Uriburu 1345, 1º. Gratuito.
60. “La soledad después de los 60”, taller abierto a la comunidad, con Susana Wortman en Sociedad de Terapia Familiar. 4962-4306.
Psicopedagogía. “Inclusión de la familia en el tratamiento psicopedagógico”, por L. Kunzi en Sociedad de Terapia Familiar, el 7 de 10 a 15. 4962-4306.
uInfancia. “Infancia y medicación: entre el criterio y el abuso”, por la Comisión de Niñez del Foro de Instituciones en Salud Mental, el 2 de 8.30 a 15.30 en la Legislatura, Perú 130. Gratuito.
Covisión. “Covisión. Escenas temidas y multiplicación dramática”, con Hernán Kesselman en Sociedad Argentina de Psicodrama, el 2 a las 10.30. 4854-8742.
Artistas. Festival Latinoa-mericano de Artistas Internados y Externados, en diciembre en Mar del Plata. 4304-5498
Metapsicología. “Articulación entre la metapsicología freudiana y la clínica psicoanalítica”, seminario por Claudio Jonas. 4702-7240.
Exquisito. “El cadáver exquisito”, con Clara Srebrow y Alfredo Maladesky. Instituto Psicosomático de Buenos Aires. Hoy, 13 a 14.30. Gratuito. 4775-1673.
Violencia. Jornadas interdisciplinarias sobre violencia y delincuencia infantojuvenil. Invitado: Jorge Colapinto. 1º y 2 de 9 a 18. Universidad de Belgrano, 4788-5400 int. 3315.

Mail de estas páginas: [email protected] . Fax: 4334-2330.

 

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