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REPORTAJE AL PSICOANALISTA FRANCES ERIC LAURENT
“Hay un uso posmoderno de la clínica”

Un célebre psicoanalista lacaniano propone reinventar la clínica en busca de “una certeza que es el revés de la posmodernidad”.

Eric Laurent, en su reciente visita a Buenos Aires.
“La experiencia analítica desemboca en una certeza.”

Por Rubén H. Ríos

“Hay que reinventar la clínica”, propone el psicoanalista francés Eric Laurent, que visitó Buenos Aires en diciembre, invitado por la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL), para dictar el seminario “Usos actuales de la clínica”. Su último libro traducido al español es Posiciones femeninas del ser.
–¿Qué es o qué significa, para usted, “uso de la clínica”?
–”Clínica” en el sentido de aquello que se comparte entre analistas, psicólogos, psicólogos sociales, psiquiatras, profesionales de la salud mental, como una brújula, una actitud crítica para el abordaje de las psicopatologías. La clínica como un saber que se puede compartir desde abordajes distintos. Ahora, estas jornadas de la EOL se centran sobre el psicoanálisis como tal. Se trata de una discusión del estatuto actual de la clínica analítica y de la investigación clínica dentro del psicoanálisis. Este tiene cien años de existencia, una multiplicidad de autores y diferencias, una clínica que también es una acumulación de perspectivas diversas. Se trata, entonces, de interrogar lo que hace el eje central.
–¿El eje central también de una acumulación de usos múltiples de la clínica?
–Sí, en cuanto estos varios usos de la clínica pueden producir un uso posmoderno de la clínica.
–¿Posmoderno?
–En el sentido de que esta multiplicidad puede originar un efecto de increencia. De “todo vale”. Que es, en definitiva, la relación del sujeto posmoderno con sus creencias. O, al mismo tiempo, lo que podríamos llamar un individualismo de la clínica: “Sólo creo en mi clínica”. Sin embargo, la experiencia analítica desemboca en una certeza, no en una increencia. En una certeza que el sujeto consigue en la relación con su propio síntoma.
–¿La obtención de esta certeza es la finalidad de todo uso de la clínica en psicoanálisis?
–Para que haya un uso efectivo de la clínica se necesita una brújula, una orientación. La brújula se consigue con esta certeza, llamando certeza a lo que permite al sujeto orientarse. Hay que hacer funcionar la experiencia analítica de manera tal que dentro de ella se obtenga esta certeza. Lo que no es tan fácil en una cultura o una época donde es más la desorientación y la dificultad de ubicarse que las certezas.
–En todo caso, el sujeto posmoderno, constituido desde increencias, se muestra como refractario al psicoanálisis.
–O más bien habría que mostrar que el sujeto que aparentemente se define por estas increencias, con estas mismas increencias desconoce los determinantes de su acción. Digamos que el sujeto más increyente es el más actuado por el inconsciente. Este es el verdadero Amo que se burla del sujeto posmoderno. Habría que preguntarse en la clínica de esta situación de increencia quién es el Amo, descubrir las determinaciones escondidas. El Amo es el discurso del inconsciente. Un amo internalizado pero al mismo tiempo exterior. Un interno exterior.
–El seminario que usted dicta se llama “Usos actuales de la clínica”. ¿Esto significa que hay usos obsoletos, permanentes, superados, inactuales? ¿Cómo es?
–Hay algo inactual en la disciplina analítica, pues el inconsciente mantiene con el tiempo relaciones bizarras. El inconsciente es el tiempo del sujeto trastocado, trastornado. Hay un uso inactual en el sentido de que el síntoma analítico tiene una dimensión inactual. Lo actual es este régimen de increencias en la cultura, por el cual estamos todos determinados. La tarea de la clínica consiste en conseguir un horizonte decerteza, pero esto sólo es posible si logra mantenerse viva negándose a transformarse en un saber muerto, clasificatorio. Hay que reinventar la certeza clínica.
–¿Reinventarla desde dónde?
–Desde la experiencia psicoanalítica misma. Desde la clínica en acto. Esta tiene que ser, al mismo tiempo, invención y verificación. Si no es esto, es un saber muerto. De esta manera se obtiene la certeza epistemológica: por la experiencia misma. Podemos aprender de las filosofías de la ciencia, pero el psicoanálisis no es una ciencia. Es un producto de la ciencia. Sin el modo particular de certeza de la ciencia, no habría podido elaborarse el psicoanálisis. El modo demostrativo, la voluntad de utilizar ciertos procedimientos para obtener una certeza, la separación del sujeto de la evidencia de su cuerpo son aspectos del psicoanálisis como consecuencia de la ciencia. Antes de ella, todas las sabidurías respetan la armonía del cuerpo. Con la ciencia se introducen modos de desarreglo del sujeto con el cuerpo. El psicoanálisis viene a responder a esto.
–Pero, ¿en qué consiste, si no es científico en sentido fuerte, el estatuto de la clínica?
–En el modo de pasar por la experiencia. Unicamente definida por las coordenadas del psicoanálisis. La certeza sostiene esta experiencia.
–Certeza que se obtiene como resultado de la experiencia. Suena peligroso.
–Precisamente si algo produce errores y riesgos, es la ciencia. Constatamos todos los días el impacto de los desgastes producidos por la ciencia. Los errores y riesgos la acompañan. El saber científico es un saber universal, un para-todos. Pero en el psicoanálisis no hay un universal. O el funcionamiento del para-todos es más bien el del no-paratodos. Se trata de una lógica del no-todo. La certeza psicoanalítica es de lo particular, no de lo universal. Si usted quiere, son las categorías de la ciencia aplicadas a lo particular. El psicoanálisis, por ejemplo, va por las particularidades de los enamoramientos de un sujeto a largo de su vida. Esto remite a su inconsciente, a las determinaciones en su historia que se revelan al final, pero no son necesarias sino contingentes. Lo que se demuestra, entonces, es la certeza de lo contingente. Mientras que en la ciencia la única certeza posible es la de lo universal.
–La certeza clínica, como usted la piensa, parece una articulación moderna/posmoderna.
–Más bien la certeza clínica sería el revés de la posmodernidad. Porque es un procedimiento que permite no dejarse en un régimen de increencia, torturante para el sujeto mismo. Lejos de cualquier posición conservadora o reactiva respecto de la increencia de nuestra época o cultura, a través de la experiencia psicoanalítica llegamos a ese punto de certeza de la contingencia.

 


 

PROTESTA DE LOS PROFESIONALES
Ameghino está que arde

Protestan los profesionales del Ameghino porque “el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no cumplió el acuerdo que firmó”, lo cual dejaría en el aire la estructura orgánico-funcional de la institución y daría marcha atrás en las rentas para profesionales que desde hace muchos años trabajan ad honorem.
Según la denuncia de la Asociación de Profesionales del Centro de Salud Mental Nº 3 Arturo Ameghino, “hace más de un año se llegó a un acuerdo “ que “jamás se efectivizó” y “no figura en el proyecto de presupuesto del Ejecutivo, pese a habernos reunido con el secretario de Salud, Marcos Buchbinder, y a que el director de Salud Mental, Roberto Lo Valvo, nos aseguró que estaba incluido”. También se habrían suprimido “cuatro rentas otorgadas a profesionales con más de quince años de trabajo ad honorem, que vinieron hace más de tres años con ‘errores’ de tramitación”.
La Asociación destaca que “esta institución funciona gracias al trabajo de unos 450 profesionales, de los cuales más de 300 son ad honorem” y que luchan “para defender la atención singularizada, pública y gratuita en salud mental, derecho de la población incluido en la Ley de Salud Mental de la Ciudad, recientemente promulgada”.

 


 

Adolescente se cuelga y se descuelga hacia la muerte

A partir del caso del joven que mató a su profesora, un comentario sobre la “tendencia antisocial” en los adolescentes, a la luz de la teoría del psicoanalista Donald Winnicott.

Niños juegan ante una de las escuelas donde se produjeron los recientes hechos de violencia contra profesoras.

Por Rebeca Hillert *

Una profesora fue atacada por uno de sus alumnos, con un cuchillo. Murió. Se publicó la noticia acompañada de muchos comentarios. Curioso: los comentarios se refieren a la indisciplina escolar. Se escribe sobre los límites, el diálogo, la violencia, la falta de autoridad. ¿Cuál es la relación entre la mala conducta de los adolescentes y la agresión con un arma blanca? Hay una respuesta fácil y al menos superficial: la “violencia de los jóvenes”. Hace falta otra explicación.
En el imaginario de la cultura actual, cabe perfectamente una agresión real y de magnitud, de alumnos a profesores en el aula. Es decir: no es insólito ni inaudito, se cuenta entre los hechos posibles.
No es mi objetivo dar cuenta de las razones de este acontecimiento particular. Faltan elementos. Puede tratarse de una respuesta impulsiva, aunque nada lo indique. Otra posibilidad, en el terreno de lo patológico: el joven pudo haber obedecido a órdenes de voces alucinadas. Pero no hay antecedentes de una historia clínica que lo sugiera.
Los diarios ofrecen una sola pista: el cuchillo que causó las heridas de muerte fue un regalo del abuelo a este chico de 15 años. También está presente el abuelo en la penitencia que sufriría el muchacho en caso de no aprobar las materias del colegio: durante el verano no iría al campo del abuelo. Aventuro una conjetura para explicar el pasaje al acto homicida: cortar la situación sin salida, sosteniéndose, agarrándose al instrumento que le aporta el abuelo. Tiene una significación, en lo simbólico, esencial.
“La quería asustar”, contestó el alumno a la pregunta de un compañero, apenas producido el ataque. Tal vez fue la respuesta que encontró con posterioridad, para hacer comprensible un acto que para él mismo no lo era. Tal vez (no es excluyente), necesitó producir algo en la realidad, para no sentirse desaparecer, sumido, tragado, por su desesperación.
Hay quienes prefieren explicaciones generales. Por ejemplo: “intolerancia a la frustración”.
No puedo avanzar más en la singularidad del caso. Voy a proponer un abordaje del tema, aunque no estoy en condiciones de corroborar si es o no pertinente a este caso. Será útil a quienes tratamos con jóvenes desde distintas profesiones. Se trata de los desarrollos de Donald Winnicott sobre los adolescentes y la tendencia antisocial.
Escribe Winnicott en Realidad y juego (Gedisa. Barcelona): “Resulta valioso comparar las ideas adolescentes con las de la niñez. Si en la fantasía del primer crecimiento hay un contenido de muerte, en la adolescencia será de asesinato”. “En la fantasía inconsciente total correspondiente al crecimiento de la pubertad y la adolescencia existe la muerte de alguien.” “El tema inconsciente puede hacerse manifiesto como la experiencia de un impulso suicida, o como un suicidio real.”
Si en Olavarría se hubiera tratado del suicidio de un adolescente, la noticia no despertaría desconcierto. Pero, ¿cómo una fantasía de matar se convierte en una realidad irrebatible de asesinato y no de suicidio? Hay una tesis muy fuerte, que debemos también a Winnicott: la lucha del adolescente por sentirse real. “Se sienten irreales, salvo en tanto rechacen las soluciones falsas y eso los induce a hacer ciertas cosas que son demasiado reales desde el punto de vista de la sociedad” (Deprivación y delincuencia. “Luchando por superar la fase de desaliento malhumorado”, Paidós).
Este sentimiento de no ser reales tiene su causa en la manera brutalmente real en que aparecen los cambios instintivos durante esta fase. “Es más –agrega Winnicott–, ¿cómo abordará cada uno algo tan novedoso como el poder de destruir y aun matar, un poder que no se mezclaba con su sentimiento de odio cuando era un pequeñuelo que daba sus primeros pasos?” Los adolescentes, en su fantasía, van a consumar el asesinato del padre. Deben encontrarlo, donde lo busquen, para el desafío y la confrontación. La rebeldía adolescente necesita espacio. El diálogo no ofrece siempre esa posibilidad. Resulta terrible para los adolescentes la delegación de responsabilidad propia de los adultos, responsabilidad que los adultos a veces declinan. Si los mayores abdican, los jóvenes ¿contra quién pelean? Para los jóvenes, la pelea y la lucha son indispensables.
Winnicott, en 1963, enumera tres factores “que han alterado todo el clima en que se desenvuelven los adolescentes”: las enfermedades venéreas ya no son un factor disuasivo (no se conocía el sida); los anticonceptivos, que posibilitan mayor libertad sexual; terminó la amenaza de guerra nuclear.
En la actualidad se agrega un nuevo factor: el saber (el que sirve para vivir, para manejar los artefactos, e incluso el de muchos códigos necesarios para la comunicación), el saber lo tienen supuestamente los adolescentes. Este es un cambio importantísimo en el lazo social entre generaciones. Se espera y exige de los adolescentes respuestas que no tienen. Se confunden conocimientos o alguna información con la experiencia de la vida. Y esta suposición tiene consecuencias éticas. Se les llega a atribuir un saber sobre los deseos que guían los actos. No sólo sobre sus propios deseos, sino también sobre los de sus mayores. Algunos les adjudican un saber sobre el goce sexual y sobre eso que generalmente se nombra como el disfrutar de la existencia. Puede parecer abstracta mi afirmación. Sin embargo, en el ámbito escolar, se pide a los alumnos que se manifiesten libremente, que propongan sanciones disciplinarias para determinados compañeros, que expliquen lo que les sucede y den cuenta racional de sus conductas... Se los acorrala. La angustia deriva de esa sensación de no ser reflejados en las respuestas que reciben de los otros. No son vistos en la insuficiencia e inmadurez que caracterizan la adolescencia.
Otra consecuencia es la alternancia entre la idealización de la juventud y la desvalorización de su conducta. En síntesis: los jóvenes tendrían que hacer la experiencia de relevar a los mayores sintiendo que lo logran por la fuerza. Muchos encuentran sin embargo que luchan contra una masa de soldados en retirada, en desorden, moralmente abatida y resignada.
Entonces, algunos “se cuelgan”: aislados, se retraen en la abulia. Otros, a veces, “se descuelgan”: recurren a la agresión homicida o suicida. No hay que minimizar la importancia de los conflictos que aquejan al adolescente, ni sus angustias. Para ellos, y eso sí lo saben de algún modo, los asuntos que los ocupan son de vida o muerte. “El adolescente o el joven y la muchacha que todavía se encuentra en proceso de crecimiento no pueden hacerse cargo aún de la responsabilidad por la crueldad y el sufrimiento, por el matar y ser muerto que ofrece el escenario del mundo.”

* Psicoanalista. Supervisora en el Hospital Tobar García. Coautora con Guillermina Díaz del libro El tren de los adolescentes. Edit. Lumen.

 


 

PREVENIR LA VIOLENCIA ESCOLAR
“Nadie vio las señales”

Por Sarah Solzi de Rofman *

Ha muerto una docente: nadie se dio cuenta de las señales de peligro que daba un chico de 15 años. Pero ya es tarde, Maritza murió y chicos como el de este caso tienen su vida arruinada. Hoy ha sido un ataque, en otras ocasiones un suicidio, un delito, un apartarse de los carriles de la normalidad. El caso de Olavarría no es el único, aunque tenga particularidades que lo hacen excepcional.
Los adultos damos por hecho que los chicos dicen lo que nosotros entendemos y no es así. Los padres, educadores y todos aquellos que compartimos mucho tiempo con niños y adolescentes debemos aprender a descifrar los mensajes que ellos envían. Niños de preescolar que “no quieren” trabajar, alumnos de primaria que “no aprenden a leer o a hacer cálculos”, adolescentes de secundaria que repiten hasta abandonar las escuelas, puños que se crispan, insultos mascullados, mentiras reiteradas son indicadores que debieran alertar para evitar la frustración irreversible del “no me di cuenta”.
Existen conductas posibles de revertir si son tomadas a tiempo y se modifica el contexto. Cuando se llega tarde, estas experiencias dejan marcas imborrables.
El ADD (déficit atencional) es una enfermedad que puede presentar, entre otros síntomas, la conducta explosiva. Problemáticas de este tipo son reversibles a través de tratamientos adecuados, cuyo éxito depende de la precocidad con que se inicien.
Nadie se dio cuenta de que el nivel de sobreexigencia del alumno superaba su capacidad de frustración. El no podía aceptar tener que rendir un recuperatorio porque esto era sinónimo de pérdida de autoestima y de valoración por los otros.

* Presidenta de la Fundación para Asistencia, Docencia e Investigación en Psicopedagogía.

 

Mail de estas páginas: [email protected] . Fax: 4334-2330.

 

 

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